¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 20
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Capítulo 20

Sonreí en el momento en el que las ruedas del avión impactaron contra la pista de aterrizaje.

Ya había llegado. Estaba en Irlanda, Dublín. Ahora sí que todo era más real y el estómago me dio un giro como si estuviera en una atracción.

Cuando el avión frenó y abrieron la puerta delantera, no tuve que esperar mucho para que fuera mi turno para salir.

A pesar de ello, me dio tiempo a escribirles mensajes a mis padres, y a mis amigas y a mi hermano, al grupo que compartíamos los cuatro.

Les dije que acababa de llegar y que el vuelo había ido genial. También que, en cuanto estuviera en mi destino y estuviera tranquila, hablaría con ellos con más calma.

A Agustín le informé de que ya estaba en Dublín, a lo que me respondió que estaba esperándome.

Al salir del avión no me dio el aire del país, ya que había una pasarela que llevaba hasta la terminal. La recorrí observando con interés todo lo que se veía, como si los aviones fueran diferentes a los que estaba acostumbrada.

Cuando llegué al final de la pasarela, seguí las indicaciones de los carteles y a los demás pasajeros, para ir a por las maletas.

Mientras caminaba hacia allí, le envié otro mensaje a Agustín.

Diana: Hola. Voy a por las maletas y ya estaré para salir.

Agustín: Estupendo, Diana. No te preocupes, aquí seguiré.

Sonreí y me guardé el móvil.

Al llegar a la cinta por la que saldrían los equipajes de los pasajeros de mi vuelo, tuve que esperar unos diez minutos para tener mis maletas conmigo.

Tirando de ellas, con la mochila a la espalda, busqué la salida para encontrarme con Agustín.

Al salir, lo localicé hacia un lateral y sonreí de oreja a oreja, devolviéndole su recibimiento.

—Bienvenida —me dijo, con los brazos abiertos.

No lo dudé, me lancé a ellos con la confianza que me había dado hasta el momento.

Nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida y este fuera un reencuentro, después de mucho tiempo de estar separados.

Me sentía muy sensible y todo me emocionaba mucho.

—Eh… ¿Estás bien? —se preocupó cuando nos separamos.

—Sí —reí, contradiciendo mis lágrimas—. Perdona. —Negué con la cabeza—. Es que está siendo todo tan precipitado y nuevo… No me gustan nada las despedidas y desde que dejé a mi familia y a mis amigas en el aeropuerto de mi país, estoy muy tontita. Se me pasará rápido.

—Lo comprendo —me sonrió con cariño.

Era tan adorable. No se lo había dicho, pero tenía muchos parecidos con Deirdre. Eso, por una parte, era buenísimo, pero, por otra… me hacía recordarla en muchos momentos y dolía, aunque su recuerdo también era muy bonito.

Entendía que hubieran sido mejores amigos. Deirdre solo se rodeaba de lo mejor y Agustín lo era, como persona y como hombre.

Al menos hasta ahora no podía decir otra cosa ni tener otra opinión sobre él. Y no veía posible que cambiara. Nunca.

—Gracias —le sonreí.

—Déjame que te ayude —me pidió.

Me quitó una maleta de la mano y la otra le dije que la llevaba yo.

—Vamos. Nos están esperando fuera.

—¿Quién? —pregunté con curiosidad y cierto recelo.

En lo primero que pensé fue que Mateo estaba fuera, al volante del coche que iba a llevarnos a nuestro destino.

—Mi chófer —me contestó Agustín.

—Ah.

Lo miré entre sorprendida y decepcionada.

Mi asombro se debió a que no esperaba que Agustín tuviera chófer. No había pensado en ello, a pesar de que sabía que era el dueño del hotel de lujo del pueblo en el que yo vivía.

Ni siquiera se me pasó por la cabeza el nivel económico que podía tener Agustín.

Y, por otro lado, la chispa de decepción que había sentido, porque había sido muy poquita, se debió a que no era Mateo el que estaba fuera esperándonos.

No quise pensar en esto último, porque bastante me costó olvidar su acercamiento de la última vez que lo vi.

En aquel momento, cuando su olor me envolvió por completo y me atrapó sin remedio, mientras el calor de su cuerpo me provocaba para que me pegara más a él, para sentirlo del todo, y sus labios me acariciaban la mejilla, hasta que me besó provocándome un escalofrío, me quedé tan paralizada y afectada que fue evidente para Agustín, pero, sobre todo, para mi hermano.

Por suerte, Mateo no se fijó más en mí, porque se fue rápido. Leo lo siguió, después de una despedida rápida.

El que no se perdió ningún detalle fue Alan, por lo que no me atreví a mirar a mi hermano hasta que pasó un rato de que Mateo y Leo se fueran. La presencia de Agustín me sirvió para centrarme solo en él y así tranquilizarme.

Lo que me sorprendió, pero no me quejé, fue que Alan no me hiciera ningún comentario cuando nos fuimos del hotel. Hasta hoy se mantenía callado al respecto y lo agradecía, porque bastante bochorno sentía cada vez que recordaba lo sucedido.

Dejé los pensamientos apartados y seguí a Agustín por el aeropuerto de Dublín, y una vez fuera de él también, hasta que llegamos a un coche en el que nos esperaba un hombre.

—Buenas tardes —me saludó con amabilidad—. Mi nombre es Sean.

—Buenas tardes —le sonreí—. Encantada, Sean. Yo me llamo Diana.

—Lo sé, señorita. —Asintió.

—Llámame por mi nombre y de tú, por favor.

—Como quieras, Diana.

—Gracias —sonreí.

Sean nos abrió la puerta trasera y Agustín me ofreció entrar.

Lo hice con vergüenza y, una vez estuve sentada, con la mochila a un lado de los pies, Agustín se puso a mi lado en el asiento y Sean cerró la puerta.

El hombre metió mis maletas en el maletero y después ocupó el asiento del conductor. Arrancó y nos pusimos en marcha.

Miré por la ventanilla.

—La propiedad se encuentra en la ciudad de Naas. Está a unos cuarenta o cuarenta y cinco minutos de Dublín —me informó Agustín.

—Vale —susurré.

—¿Estás muy nerviosa?

—Bastante —sonreí, girando la cabeza hacia él—. Nerviosa y sensible, porque al estar aquí es inevitable que piense en Deirdre y en todo lo que viví con ella. Así que, si no me ves muy bien, no me hagas caso.

—Es normal. ¿No has vuelto desde…?

—No —lo interrumpí, para que no terminara.

Asintió.

—Pero he seguido en contacto con Amber y Liam.

Sonreí al mencionar a la hija de Deirdre y a su yerno, los padres de Mateo.

—Hablamos bastante a menudo y siempre que Liam está en casa hablo con los dos.

—Estoy al tanto —me sonrió—. Son increíbles. —Le di totalmente la razón—. Y Mateo también lo es.

Carraspeé, antes de mirar de nuevo por la ventanilla.

—Conócelo, Diana. La situación no ha sido la más favorable para vosotros, más que nada porque os pillé por sorpresa y todo ha sucedido muy rápido, pero te aseguro que Mateo es un fiel reflejo de sus padres y de su abuela.

—Si lo que te preocupa es que me lleve mal con él, no es mi intención. En un principio, porque todo dependerá de él, de la actitud que tenga conmigo y de cómo se comporte.

—Lo sé —sonrió de medio lado—. Me alegra saber que estás abierta a todo.

—Hombre, a todo, lo que se dice a todo…

Lo miré de reojo sonriendo, mientras él reía.

—Si me aceptas un consejo…

—Claro.

—No te dejes engañar por la versión que Mateo quiera darte a conocer de él.

Arqueé una ceja.

—Lo digo por si le da por sacar una cara que nada tiene que ver con cómo es él.

Después de esas palabras y de hacerme un guiño, cogió su móvil y puso toda su atención en la pantalla.

Me quedé con las ganas de preguntarle a qué se refería exactamente, pero preferí quedarme callada para que no se viera un posible interés que para nada era real.

En absoluto.

Al final, solté un suspiro y miré por la ventanilla, otra vez, mientras Sean conducía en silencio.

Durante unos breves segundos nuestras miradas se encontraron por el espejo retrovisor y nos sonreímos.

Mi sonrisa no se borró de mis labios, viendo cómo las calles pasaban ante mis ojos. Fue una sonrisa llena del cariño y de nostalgia de un tiempo pasado.

Volver me hizo sentir muchas emociones, al reconocer el lugar en el que tuve vivencias muy importantes. Unas vivencias y experiencias que me marcaron de por vida.

Este lugar me dio muchísimas alegrías y amor. Pero al cabo de un tiempo me arrebató de golpe una parte de mí.

Tragué saliva y los ojos se me humedecieron al pensar en Deirdre.

Apoyé la cabeza en el asiento e hice gran parte del viaje sin apartar la vista del exterior. Cuando dejamos atrás la ciudad de Dublín, el paisaje cambió a uno en el que destacaba y predominaba el color verde intenso, miraras hacia donde miraras.

Todo era precioso y tenía un encanto maravilloso. Era normal que enamorara.

Debido a que la noche anterior casi no dormí, por los nervios, y que llevaba en pie y activa desde las cinco de la mañana, en algún momento del trayecto me quedé dormida.

Abrí los ojos al cabo de no sé cuánto tiempo, al escuchar cómo Agustín me llamaba suavemente.

—Ya hemos llegado —me dijo, sonriendo.

Me erguí en el asiento y miré por las ventanillas del coche.

El vehículo estaba parado frente a una gran verja que se deslizaba despacio, abriéndose para nosotros.

—No he visto cómo es la ciudad de Naas —susurré.

—Vas a tener tiempo de sobra para descubrirla.

—Sí —murmuré.

Tragué saliva, notando cómo los nervios se me disparaban en el momento en el que Sean aceleró y entramos en la propiedad.

Me quedé con la boca abierta, tal cual, cuando vi lo que se presentó ante mis ojos.

—Bienvenida. De todo lo que verás a partir de ahora, la mitad es tuyo —me dijo Agustín.