¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 19
49%

Capítulo 19

Diana

—Avísanos cuando llegues —me pidió mi madre, mientras me abrazaba con fuerza.

—Sí.

No alargué mi respuesta porque me lo había pedido muchas veces, las mismas que yo le había asegurado que los avisaría, al mismo tiempo que iba acortando las palabras.

—Emma, no la agobies —le dijo mi padre.

—Muy tranquilo te veo a ti —se quejó ella—. La niña se nos va un mes.

—La niña ya es una mujer adulta que está viviendo su vida estupendamente —comentó mi padre.

Él le rodeó los hombros con un brazo y de esa manera la abrazó y también la separó un poco de mí.

Habían venido conmigo al aeropuerto, para despedirme, pero no eran los únicos que estaban conmigo. Mi hermano, Sofi y Noelia también habían querido acompañarme.

Los días habían corrido demasiado y el inicio de semana había llegado. Ya había facturado dos maletas grandes y tenía conmigo una mochila que ahora estaba en el suelo, pero que dentro de poco estaría colgada a mi espalda.

En ella llevaba un poquito de todo, desde varias mudas de ropa por precaución, hasta varios neceseres y el portátil, junto con todo lo que iba relacionado con él y mi trabajo.

Ya no me quedaba nada por hacer. Lo último, era despedirme de mi familia y mis amigas, para hacer cola y pasar el control policial. Pero ni aun así me había hecho a la idea todavía de que estaba a punto de irme de España, para coger un vuelo hasta Dublín, Irlanda.

De mi jefe Alfonso y de mis amigas y compañeras me despedí el viernes pasado, el último día de trabajo de la semana.

Sobre todo, de Inés y Rocío, a las que invité a comer.

Esa fue mi intención, pero al final las invitadas fuimos las tres porque nuestro jefe Alfonso se encargó de la cuenta, para nuestra sorpresa.

Sobre Alfonso… como ya sabía, yo y todos, me puso por delante todas las facilidades desde el principio, para que pudiera irme con tranquilidad a Irlanda durante un mes.

Iba a trabajar desde allí, pero para cuidarme más, mi jefe me había reducido la jornada de trabajo a cinco horas diarias. Diferente sería si yo quisiera alargar más el tiempo.

Nos despedimos con un fuerte abrazo y con mi jefe diciéndome que no se me ocurriera dejarme secuestrar por los irlandeses, como tampoco podía enamorarme del lugar en el que estaría.

Desde mi última reunión con Agustín, el hombre que había puesto mi vida patas arriba, el tiempo había transcurrido demasiado rápido.

Estaba en contacto con Agustín. El sábado le escribí un mensaje para informarle de que tenía el vuelo comprado, por lo que le di todos los datos que me pidió.

Agustín me aseguró que estaría esperándome cuando el avión aterrizara y no lo dudé, en ningún momento. Hacía media hora que me había escrito él, para interesarse por cómo me iba. Mi contestación fue que ya estaba en el aeropuerto y que todo estaba yendo genial.

—¿Dónde vais? —nos preguntó nuestra madre, a Alan y a mí.

Mi hermano me había agarrado de la cintura y tiraba de mí. Estábamos alejándonos del grupo.

—Voy a dejarme convencer para ir dentro de unos días a visitarla —le contestó Alan y sonreí.

Nuestra madre soltó un jadeo y enseguida comenzó a hablar, pero ya no la escuchamos. No supimos si se dirigía a nosotros, o a Sofi, a Noelia y a nuestro padre.

Yo estaba encantada de tener conmigo a mi hermano, ya que continuaba en el turno de tarde y había podido estar presente en este momento.

Apoyé la cabeza en su cuerpo.

El vuelo hasta el aeropuerto de Dublín duraba unas dos horas y cuarenta minutos, aproximadamente.

Eran las ocho y cuarto de la mañana. Si todo iba bien, el avión despegaría de aquí a las diez en punto y aterrizaría en Dublín a las doce y cuarenta de España.

En Irlanda era una hora menos, por lo que recuperaba un poco de tiempo. La hora real de llegada de allí sería a las once y cuarenta.

—¿Cómo llevas los nervios? —me preguntó Alan.

—Fatal —contesté, riendo—. Tengo el estómago revuelto. Antes de irme del piso he tenido que ir varias veces al baño, así que imagínate.

—Ya… —Sonrió de medio lado—. Todo va a ir bien. Recuerda cuando volviste de Irlanda, llegaste enamorada de todo.

—Sí —sonreí con nostalgia—. Pero lo más importante no estará esta vez —susurré.

Mi hermano no dijo nada, respetó mi silencio y la tristeza que me provocaba no viajar con la ilusión de volver a ver a Deirdre. Me parecía que eso quedaba tan lejano…

—Crearás recuerdos nuevos —me dijo, antes de darme un beso en la cabeza—. Lo de ir a visitarte lo he dicho muy en serio.

—¿De verdad? —me ilusioné.

—Sí.

Me miró y nos sonreímos.

—Todavía no sé cuándo exactamente, pero cuando consiga cuadrarlo todo en el hospital, me escaparé a Irlanda para estar contigo el máximo de días posible.

—Joder, qué ilusión.

Le rodeé la cintura con los brazos y me apreté a él.

—Pero hasta entonces tienes que prometerme que estarás tranquila y que te tomarás esta experiencia con positividad y alegría. Tienes una oportunidad única para disfrutar de un mes completo en un lugar muy especial e increíble. Cuando llegues al final, ya se verá.

—Me da mucho apuro tener que convivir con Mateo —suspiré—. No sé cómo a Deirdre pudo pasársele esa idea por la cabeza.

Puse los ojos en blanco, al imaginarme allí en Irlanda, bajo el mismo techo que Mateo.

—Con suerte, solo lo verás un rato al finalizar el día. Estará fuera desde bien temprano, por trabajo.

—Agustín dijo que Mateo trabaja en Dublín.

—Sí. Me lo dijiste. Ahí lo tienes. Tendrá que ir y venir de la propiedad a Dublín, por lo que pasará muy poco tiempo en la propiedad. ¿Sabes si es una casa?

—No tengo ni idea. Agustín no me ha aclarado nada de eso, ya que siempre ha dicho propiedad, sin dar más detalles.

Me encogí de hombros.

—Bueno, da igual.

—Sí —estuve de acuerdo.

—Tú piensa que será como cuando viajaste para irte a vivir con Deirdre. Aquella vez solo la conocías de hablar con ella por teléfono y fuiste descubriéndola poco a poco, día a día. Lo mismo te sucederá con su nieto. Vivirás lo mismo. A él no llegarás a conocerlo tanto, o sí. Quién sabe.

Me miró de reojo y yo negué. Mi hermano apretó los labios.

—Vas a estar bien y feliz.

Se puso delante de mí cuando nos paramos. Me agarró de la cara, con ambas manos, y me dio un beso en la frente.

—Te quiero y te voy a echar mucho de menos.

—Yo también —susurré—. Odio las despedidas.

—Pero te encanta cuando regresas —me dijo con un guiño.

—Sí —reí, a pesar de que tenía muchas ganas de llorar.

—Te quiero y voy a echarte mucho de menos —repetí sus palabras—. Pero me voy muy tranquila porque ahora tienes a Noe —sonreí con picardía.

Alan soltó una carcajada.

Nos abrazamos y durante unos segundos ninguno de los dos hizo por soltarse, hasta que no nos quedó más remedio.

Regresamos junto a los demás y, entre abrazos y besos, menos mi hermano y mi padre, Sofi, Noelia, mi madre y yo terminamos con la mirada nublada por la emoción.

Después de colgarme la mochila a la espalda, les lancé un beso con la mano y les di la espalda. Me alejé de ellos con un gran nudo en la garganta.

Podía verse como una tontería, ya que me iba por días contados. Ni más ni menos, un mes. Pero es que estaba dejando atrás mi vida entera, mis pilares, en muchos sentidos. Unos más que otros, pero todos importantísimos y necesarios.

Comencé a trabajar para tranquilizarme, cuando los vi a todos por última vez, antes de perderlos de vista.

Me dije que todo iba a salir bien. Me convencí de ello, ya que Agustín me esperaba en el aeropuerto de Dublín y no me dejaría sola, hasta que estuviera preparada.

Me lo había dicho varias veces y le creía. Por supuesto.

Mi estancia iba a ir bien. Trabajaría desde la comodidad de la casa o lo que fuera la vivienda, e intentaría llevarme lo mejor posible con Mateo. Iba a conocer a gente nueva en la ciudad que sería mi hogar durante un tiempo, y estaba segura de que quedaría encantada con ellos.

El idioma no era un problema, gracias a los cuatro años que estuve viviendo y estudiando en Irlanda.

Tenía por delante un mes diferente. Un mes lleno de descubrimientos y para crear nuevos recuerdos. Un mes que me serviría para hacerme a la idea de lo que haría cuando tuviera el dinero de la venta de la mitad de la propiedad.

Si Deirdre me la hubiera dejado únicamente a mí, ni me plantearía deshacerme de la propiedad. La atesoraría como un recuerdo de ella. Pero dada la situación, al ir a medias con Mateo, no veía la forma de hacer que eso funcionara.

Me dolía desprenderme de algo que fue de Deirdre. De algo que ella quiso y cuidó, y que decidió dejarme con mucho amor y pensando en mí con cariño. Pero no podía quedarme con mi parte de la propiedad porque tampoco era justo para Mateo.

Entendía que él quisiera que fuera suya, ya que fue de su abuela.

No, lo mejor era ponerme de acuerdo con Mateo para vender mi parte y así cada uno podíamos seguir con nuestras vidas como si nada de esto hubiera pasado.

Una vez pasé el control de seguridad, sin ningún incidente, me dirigí hacia la zona donde había más cafeterías y restaurantes de todo tipo.

Necesitaba un café con urgencia, para que se me asentara el estómago, y porque hacía mucho que me tomé el primero del día en mi piso. Ya no me acordaba de él.