Capítulo 18
Mateo
—¿Estás seguro? —me preguntó Leo.
—¿Qué quieres que haga? ¿Renuncio a la propiedad de mi abuela?
Sacudí la cabeza.
—No es por el valor económico, sino por todos los recuerdos que tengo de allí, Leo. De mi abuela y de ella conmigo. No me esperaba para nada lo que ha pasado, pero fue la voluntad de mi abuela y a mí solo me queda aceptarla.
Dejé la vista perdida en el jardín que quedaba al otro lado del gran ventanal. Estaba de pie frente a él, con las manos en los bolsillos.
Hacía unos minutos que estábamos en la sala del hotel en la que quedamos con Agustín, unas horas antes.
Habíamos estado con él casi todo el día, desde el desayuno hasta después de comer. Leo y yo nos trasladamos a su hotel el mismo día que nos reunimos con Agustín, Diana y sus amigas.
En un principio no tenía pensado dejar el hotel en el que nos hospedamos desde el primer día que llegamos a este pueblo, pero Agustín me llamó insistiendo para que lo dejáramos, ya que no me vio muy convencido cuando me fui de aquí.
No era que no me convenciera la idea de estar en su hotel. Eso sería una locura porque era una pasada. El problema fue que me vio raro, ya que me largué bastante desconcertado y descolocado, por todo lo que me enteré.
—Estarás forzado a convivir con Diana, una mujer que no conoces de nada. Y teniendo en cuenta que vuestro último encuentro no fue muy bien… —carraspeó.
—Forzado…
—Claro, aunque puedo mudarme un mes contigo —dijo, con una sonrisa pícara.
—¿Y vivir los tres?
Arqueé una ceja.
—¿Acaso quieres tener intimidad con Diana?
Imitó el movimiento de mis cejas.
—¿Qué dices? —Sacudí la cabeza—. Lo que quiero es que todo termine lo antes posible y lo mejor que se pueda. Ya está. Tengo pensado hacerle una buena oferta a Diana, una vez finalizado el mes que tenemos que estar juntos obligados. Quiero que la propiedad sea solo mía.
—Lo entiendo.
Asintió.
—¿Crees que querrá vender su parte? —me preguntó.
—¿Por qué no? Ya te he dicho que voy a hacerle una oferta muy buena, para que no pueda resistirse. ¿Para qué querría ella la mitad de una propiedad en Irlanda? No tiene sentido. Desde que falleció mi abuela no ha regresado. Tiene su vida aquí, en España.
Me encogí de hombros.
—Hasta donde tú sabes. No tenemos ni idea de cuáles son sus pensamientos o de lo que quiere. Lo mismo ahora, con la oportunidad que se le ha presentado, apuesta por tener un lugar de vacaciones para cuando le apetezca.
Me quedé callado porque podía tener razón, pero aun así estaba convencido de lo que yo había dicho.
La puerta de la sala se abrió y nos giramos hacia ella. Agustín entró caminando tranquilo, mirándonos sonriente a Leo y a mí.
—Os habéis adelantado bastante —nos dijo.
—Porque no podemos retrasarnos mucho —le informé.
—¿Y eso? —me preguntó extrañado.
—Debo volver hoy a Irlanda y Leo me acompaña. Ya tenemos los vuelos comprados.
—Por supuesto. Igual que vinimos, nos vamos —habló mi amigo.
—¿Ha pasado algo? ¿Tus padres están bien? —se interesó Agustín, preocupado.
—Mis padres están como siempre. Que yo sepa. El motivo de irme tan precipitadamente no es nada grave, solo es por trabajo. Mi padre me llamó anoche para decirme que mañana tenemos una reunión urgente, con nuestro cliente más importante.
—Entiendo. —Asintió Agustín.
Y tanto que lo entendía. Él vivía para el trabajo, aunque, por suerte, desde hacía un tiempo, estaba aprendiendo a aflojar.
—Mi padre tenía pensado encargarse él de todo, para no agobiarme, pero yo quiero estar. Más que querer, lo correcto sería decir que necesito estar allí, ya que debo ser yo el que reciba al cliente y el que dirija la reunión. He trabajado mucho en el cliente.
—Es comprensible —sonrió—. ¿Puedes esperar a que llegue Diana?
—Lo tenemos todo preparado para irnos en un rato. No podemos retrasarnos mucho. Hemos dejado el equipaje en la recepción, ya que en cuarenta minutos debemos estar en el aeropuerto.
—De acuerdo. ¿Cuál es tu respuesta a lo que conté el otro día?
Cuando iba a responder, se escucharon varios golpes en la puerta y los tres miramos en esa dirección.
Agustín se dirigió hacia allí, para abrir. Diana fue la primera que apareció en el pasillo y, como la vez anterior, no estaba sola. Pero en esta ocasión no la acompañaban sus amigas.
Detrás de ella, parado a su espalda, había un hombre alto y, por lo que podía apreciarse desde la distancia, de constitución definida y fuerte.
—Hola. Bienvenidos —los recibió Agustín, con tanta amabilidad como siempre.
—Hola, Agustín —lo saludó ella.
—Diana. —Asintió—. Tú eres Alan. ¿No?
—Sí —le confirmó el hombre.
Los observé con curiosidad, mientras se daban la mano. Después, cuando Agustín cerraba la puerta, el tal Alan colocó una mano en la espalda de Diana.
Los tres caminaron hacia nosotros, acercándose a Leo y a mí.
—Hola.
Mi amigo fue el primero en cortar el momento tenso que se había creado.
—Hola —le correspondió Diana.
—Yo soy Alan —se presentó el que continuaba sin separarse de ella.
Eso cambió cuando dio varios pasos para ofrecernos la mano a Leo y a mí. Ambos aceptamos su gesto, diciéndole nuestros nombres.
—Encantado de conoceros —nos dijo, muy correcto.
—Igualmente —habló Leo.
Yo asentí, antes de mirar hacia Diana.
Estaba seria. En todas las veces que la había visto, hoy la notaba distinta. Quizá eran nervios, por lo que estaba a punto de decir.
Antes de que lo hiciera, me adelanté, para presionarla un poco.
Debía irme, no podía retrasarme mucho, pero no iba a salir de este hotel sin saber de primera mano qué decisión había tomado y hacia dónde nos llevaba eso, a ambos.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunté, directamente.
Todos pusieron su atención en nosotros, mientras que yo no dejé de observar a Diana. No aparté la mirada de la suya.
—Pensaba que lo tenías claro, por lo que me dijiste el martes por la noche.
—Ya… —Ladeé un poco la cabeza—. Pues ahora quiero escuchártelo decir aquí.
—¿Y no puedes esperar?
—El tiempo es demasiado valioso como para desperdiciarlo.
Ella apretó los puños a los lados de su cuerpo. Yo sonreí de medio lado.
—Voy a aceptar lo que Deirdre me dejó —dijo, al fin—. Créeme, no me hace gracia tener que compartir la propiedad contigo. Ni mucho menos tener que verte la cara más veces, durante un larguísimo mes, después de tu cambio de actitud. Pero tendré que soportarte para que esto salga bien.
—Lo mismo digo. Estamos en el mismo punto. —Apreté la mandíbula.
—Bien —dijo Agustín.
Miré de reojo a Alan. Se había cruzado de brazos y observaba muy tranquilo la escena, mientras sus ojos iban de Diana a mí, con una pequeñísima sonrisa dibujada en sus labios, de vez en cuando.
—Para que quede claro para todos… —Carraspeó Agustín.
Quiso llamar nuestra atención, pero ni Diana ni yo apartamos la vista del otro.
—Lo que acabáis de decir es que ambos aceptáis compartir la propiedad y convivir durante un mes en ella. ¿Es correcto?
—Sí —respondimos al unísono, Diana y yo.
—Estupendo. Deirdre estaría feliz y muy orgullosa de vosotros —nos dijo Agustín—. Yo también.
Esas palabras nos hicieron desviar la atención hacia Agustín.
—Entonces todo está hecho. ¿Cuándo queréis empezar el mes?
—Cuanto antes, mejor, a no ser que Diana se eche para atrás —contesté.
—No voy a echarme para atrás —dijo, con un bufido.
—¿Qué os parece el lunes que viene para comenzar a vivir en la propiedad?
—Bien —respondimos al mismo tiempo, de nuevo.
—De acuerdo. Pues, sabiendo eso, solo queda que tus padres te den la llave de la propiedad —se dirigió a mí Agustín—. Ellos tienen una copia.
Asentí.
—Diana, no te preocupes por nada. Yo mismo te recogeré en el aeropuerto y te llevaré a la propiedad. Me quedaré contigo el tiempo suficiente para enseñártela y para que te adaptes un poco a ella.
—Gracias —susurró Diana.
—Yo me iré mañana, pero cuando tengas el vuelo, con el horario, llámame o escríbeme. ¿Te grabaste mi número de teléfono?
—Sí.
—Entonces ya está —sonrió Agustín—. Todo aclarado y solucionado.
—Imagino que puede haber visitas, ¿no? —preguntó Alan.
—Eso ya es cosa de tu hermana —le contestó Agustín, con diversión—. Ella es una de las propietarias.
—Todavía no —comentó Diana.
—Lo serás —dijo Agustín, con determinación.
—Si es así, creo que voy a comenzar a organizarme para escaparme del trabajo unos días —comentó Alan.
—¿Podrás? —le preguntó Diana.
La ilusión que mostró, por el simple hecho de la posibilidad de estar con su hermano en Irlanda, me removió algo por dentro.
Y la sensación que tuve yo, me pilló por sorpresa, al igual que cuando esa sensación aumentó, en el mismo momento que pensé que quería volver a ver la sonrisa que tenía ahora mismo Diana.
Iba dirigida hacia Alan, y, aunque parecía una sonrisa como cualquier otra, en realidad en ella había una cantidad increíble de amor, cariño, admiración, felicidad e ilusión. Todo ello quería volverlo a ver en Diana.
Lo observé a él con atención, sabiendo ya la relación que lo unía a Diana. Hermanos… Mis labios se curvaron hacia un lado, en un gesto totalmente involuntario.
—Haré todo lo que pueda.
Con esas palabras de Alan, Diana amplió su sonrisa. Estaba seguro de que, si no hubieran tenido espectadores, ella se habría lanzado sobre su hermano, para abrazarlo.
Pensando en eso, comencé a despedirme de Agustín.
Diana me miró contrariada, por mi repentina huida. Así se lo tomó ella, lo que para nada era verdad. No la saqué de su error y Agustín se mantuvo callado al respecto.
—Alan.
Esta vez le ofrecí la mano yo.
—Mateo —me imitó, aceptando mi gesto.
Nos dimos un apretón, mirándonos a los ojos.
—Tu abuela era una mujer increíble. Adorable, cariñosa y buenísima persona. Se hacía querer sin conocerla.
Sus palabras me hicieron tragar saliva, mientras asentía.
—Gracias —susurré—. Estoy seguro de que ella te tenía un gran cariño.
—Así es. —Asintió—. Y yo a ella.
Nos sonreímos y después de mantenernos las miradas unos largos segundos, sin separar las manos, al final perdimos el contacto porque yo me moví.
Caminé hacia Diana, a la que había dejado a propósito para la última.
No le di tiempo a reaccionar de ninguna manera. Me incliné hacia ella, cogiéndola totalmente desprevenida.
—Hasta que nos volvamos a ver —le susurré muy cerca del oído, casi rozándole la mejilla con los labios.
Noté cómo se tensaba y contenía la respiración.
—Espero que llegues a Irlanda preparada. Todavía no tengo claro si los días que tenemos por delante, a partir del lunes, serán interesantes o un fastidio. Dependerá de…
Dejé la frase incompleta, a propósito. Diana no se atrevió a preguntarme o no supo qué decir. Sus nervios eran evidentes.
Había algo en su olor que me invitó a acercarme más a ella. Tuve que frenar el impulso de rodearle la cintura con un brazo, para atraerla más hacia mí y así mantener pegados nuestros pechos.
Al final coloqué los labios en su mejilla y el contacto, el que pretendía que la afectara a ella de cualquier manera, terminó afectándome a mí.
Ni por asomo pude prever lo que me recorrió por todo el cuerpo. No esperé algo así, ni parecido.
Me vi forzado a separarme rápido de Diana y a pasar por su lado. Fui directo hacia la puerta y no me giré en ningún momento, esperando a que la puñetera erección que me había sorprendido desapareciera antes de que me encontrara con alguien de frente.
Salí agobiado de la sala al pasillo y no me paré a esperar a Leo. Para cuando mi amigo se puso a mi lado, yo ya había recobrado el control de mi cuerpo y di gracias, porque la bragueta de mi pantalón volvía a estar plana.
Lo último que necesitaba era que Leo empezara con sus bromas.