Capítulo 17
Sentía cómo el corazón iba a salírseme por la boca.
Si hubiera continuado un poco más, estaba segura de que sería lo que habría pasado, pero por suerte pude mantenerlo en su sitio cuando comencé a andar.
Acababa de llegar a mi calle, después de cometer otra locura. Ya era la segunda vez en mi vida que salía de mi casa para correr. Algo imperdonable por mi parte, pero que ya estaba hecho.
Fuera bromas, aunque no tan broma, era lo que había necesitado.
Una hora y media atrás me sentí muy agobiada entre las paredes de mi piso. Noelia no estaba en el suyo. Hasta la noche no llegaría de la casa de sus padres, y Sofi no saldría de trabajar hasta dentro de un rato. Por todo ello no había tenido ningún entretenimiento para poder distraer la mente.
Era jueves, había pasado el tiempo suficiente desde mi reunión con Agustín, en su hotel, como para haber meditado bien lo que iba a hacer.
Ya había tomado una decisión. Si era acertada o no, solo el tiempo me lo diría. Lo que tenía claro era que no iba a retroceder, con lo que me había costado dar el paso.
Seguramente me arrepentiría, pero en este momento me daba igual. Solo quería sentirme bien y tranquila conmigo misma, pero, sobre todo, lo que más quería era que Deirdre pudiera descansar en paz.
Había dejado de cuestionarme su decisión y sus imposiciones con respecto a lo que podía ser mío si lo aceptaba todo. Aunque ya no estaba, seguía confiando en Deirdre. Aparte de que sabía que nunca hubiera hecho nada para dañarme.
Otra cosa diferente sería cómo se lo tomara su nieto, Mateo. Y cómo reaccionaría él a todo. Estaba por ver, porque a lo mejor Deirdre no conocía tan bien como creía a su nieto.
Siempre me habló muy bien de su nieto, con orgullo y con un amor increíble. Pero como lo veía y lo sentía una abuela, no se podía comparar a la visión de los demás.
Tal vez no tenía nada que ver con la realidad y con cómo era Mateo con los demás.
—¡No me lo puedo creer!
Después de esas palabras de mi hermano, me llegó alta y clara la carcajada que soltó.
Puse los ojos en blanco, pero sonreí mientras me acercaba a él como si hubiera estado corriendo interminables kilómetros.
Nada que ver, por supuesto. De la hora y media atrás que decidí salir de mi piso, agobiada, solo había utilizado media hora para correr. El resto del tiempo había estado caminando y también sentada un rato en un banco del parque.
—Hola —lo saludé casi sin respiración y haciendo una mueca.
—Hola —me correspondió, divertido—. ¿Por qué no has dicho que ibas a salir a correr? Te habría acompañado.
—¿Por qué no me has dicho que ibas a adelantarte para venir? Te habría esperado haciendo cualquier otra cosa o, mejor aún, te habría pedido que vinieras antes para salir a tomar algo.
Bufé y rio.
—Estaba tan agobiada que mira cómo he terminado.
Puse los ojos en blanco.
—Agobiada y muy nerviosa. Seguro que ahora te sientes mejor.
—Ahora lo único que quiero es una ducha.
Saqué la llave y abrí la puerta del edificio. Entramos y nos dirigimos al ascensor.
—Te la das y vamos a tomar ese algo que has dicho. Tenemos tiempo de sobra.
Asentí, sonriendo.
Había quedado otra vez con Agustín. El momento de hacerle saber mi decisión había llegado y mi hermano estaría a mi lado.
Iba a acompañarme al hotel y después seguramente pasaríamos el resto del día juntos para al final terminar cenando.
Alan había hecho hoy el turno de mañana, pero al día siguiente cambiaba al de tarde, por lo que no tenía que estar pendiente de irse tan pronto a dormir.
—Seré rápida —le dije, sonriendo.
Nos montamos en el ascensor y, en cuanto estuvimos en mi piso, dejé a mi hermano en el salón y yo fui directa a mi habitación.
Cogí del armario un pantalón corto vaquero y una camiseta de tirantes anchos, de tela holgada y cómoda, y lo coloqué todo encima de la cama.
De camino al baño, cogí la ropa interior y no tardé en estar desnuda y dentro de la bañera, con el agua cayéndome por la cabeza.
Disfruté unos segundos de la sensación, pero enseguida comencé a enjabonarme.
Terminé rápido y, una vez me sequé el cuerpo, con una toalla enrollada en la cabeza y la ropa interior puesta, fui a mi habitación para acabar de vestirme.
Me puse el pantalón corto y la camiseta, junto con unas sandalias planas, antes de regresar al baño para cepillarme el pelo.
No me molesté en darme un poco con el aire caliente del secador. Me lo dejé mojado para que se secara al aire.
Me puse un poco de brillo en los labios, me perfumé, y fui a por el bolso. Me aseguré de que llevaba dentro todo lo que podía necesitar y metí el móvil, antes de ir a buscar a mi hermano.
Alan había salido al balcón y me dirigí hacia él, para avisarlo.
—Ya estoy —le dije y se giró.
Sonrió al verme.
—Tan perfecta como siempre.
—Claro, porque lo llevamos en los genes y somos familia —hablé con diversión.
—Efectivamente.
Me hizo un guiño y reímos.
Nos fuimos de mi piso y bajamos a la calle, donde Alan me guio hasta su coche.
—Vamos a tomar algo a algún sitio que quede lo más cerca posible del hotel, así luego no tenemos que movernos mucho —me dijo.
—Vale.
Arrancó, salió del estacionamiento y comenzó a circular por la carretera.
Llegar a un bar que nos gustó nos llevó unos quince minutos en coche y unos cuatro caminando, sin saber hacia dónde íbamos.
—Un refresco de naranja —le pedí al camarero.
—Yo otro —se apuntó mi hermano.
—Enseguida —nos dijo el chico, antes de dejarnos solos.
—¿Cómo es que entre todas las cosas que podías hacer te ha dado por correr? —me preguntó con interés.
—Necesitaba cansarme, agotarme para frenar mis pensamientos —le contesté, haciendo una mueca con los labios.
—¿Y lo has conseguido?
—Por un rato sí, porque solo pensaba en sobrevivir a correr.
Soltamos una carcajada.
—¿Ves cómo no es tan malo? Has sobrevivido y te ha servido de ayuda.
Me hizo un guiño.
El camarero llegó con nuestros refrescos y Alan aprovechó para pagar. El chico le devolvió el cambio al momento.
Eché el refresco en el vaso y di el primer sorbo, refrescándome la garganta.
—Hoy ha sido aceptable —confesé—, aunque me ha costado mucho y vuelve a dolerme todo —suspiré.
—Es la segunda vez, en cuanto acostumbres al cuerpo a la rutina y…
—Shhh… No te pases, que coges carrerilla y te emocionas —lo frené y negué con la cabeza, mientras mi hermano reía.
Bebimos de nuestros refrescos.
—¿Estás segura con la decisión que has tomado?
—La mayoría del tiempo sí, pero hay momentos en los que no y me digo que se me ha ido completamente la cabeza.
—Lo tienes todo a tu favor. Papá te apoya desde el principio y mamá lo hará también. Todavía tiene que hacerse a la idea de perderte de nuevo. La noticia es muy reciente.
—Esta vez solo será un mes, no cuatro años.
—Házselo entender a ella.
Arqueó una ceja.
—Paso.
Reímos.
—Esté segura o no, no voy a cambiar de decisión. Ya está.
Me encogí de hombros.
—Estoy muy orgulloso de ti, cariño.
—No me pongas tontita que, como empiece a emocionarme ya…
Hice un puchero con el que lo hice reír de nuevo.
—Dentro de un rato conocerás a Mateo y a Leo, como querías —le dije.
—Sí —sonrió de medio lado.
—¿Por qué sonríes así? —quise saber.
Conocía muy bien todas las sonrisas de mi hermano, al igual que sus risas y expresiones, con todas sus variantes, de manera que me llamó la atención la manera en la que sonrió.
—¿Cómo quieres que sonría? —me preguntó.
—No me fastidies. —Bufé—. No quiero que sonrías como si supieras algo que yo no sé y que tiene que ver conmigo.
Entrecerré los ojos.
—¿Es sobre lo de Irlanda?
—¿Cómo fue y terminó el encuentro con Mateo y Leo la noche del cine?
El cambio de tema descolocó.
Al día siguiente, ayer, le conté a mi hermano que Sofi y yo nos los encontramos, mientras él disfrutaba de otras maneras muy diferentes con Noelia.
Cuando se lo dije, no entré en detalles, solo le comenté que los tuvimos a nuestro lado durante todo el tiempo que duró la película.
—Pasamos de ellos —le contesté, pensativa—. Por suerte, se fueron nada más terminar.
—¿Vosotras os quedasteis?
—Un rato. Se estaba muy bien.
Asintió.
—¿Y no iniciaron ninguna conversación con vosotras?
Entonces le dije cómo fue la noche desde que ellos aparecieron y lo subiditos que llegaron. Mi hermano me escuchó atento, sin borrar en ningún momento la sonrisa de sus labios.
—¿Te hace gracia cómo nos trataron?
—En absoluto. Estoy deseando conocer al tal Mateo.
—Vamos a dejar de hablar de él, que dentro de poco volveré a tenerlo delante y estoy bastante saturada de ese hombre.
—Claro.
Fruncí el ceño, por cómo lo dijo.
—¿Y tú? —le pregunté.
—¿Yo qué? —me devolvió la pregunta, forzándose para no reír.
—¿Cómo fue con Noe? ¿Cómo te va con ella? —quise saber.
Contuve la emoción para no agobiarlo. Ya sabía la versión de mi amiga, había podido hablar con ella, pero quería y necesitaba escuchar a mi hermano.
—¿Por qué me preguntas si ya lo sabes?
Arqueó una ceja.
—Alan…
—Está bien. Era broma —nos sonreímos con cariño y complicidad—. Ahórrate, por favor, lo de: te lo dije muchas veces.
—No voy a decir eso —amplié la sonrisa.
—He sido muy idiota por dejar pasar el tiempo, por querer olvidar a Noelia, cuando hace tiempo me di cuenta de que era imposible.
Se quedó pensativo.
—Hemos perdido mucho tiempo y…
—No tienes que pensar en eso —lo interrumpí—. La decisión que tomasteis hace tiempo de separaros fue de los dos. Estuvisteis de acuerdo en su momento.
Le agarré una mano por encima de la mesa y me dio un apretón.
—Vuestros motivos tendríais, Alan. Lo importante es que lo habéis llevado muy bien, dentro de lo que cabe, porque la situación no ha debido ser fácil para ninguno de los dos. Tenéis que dar gracias a que todo ha sido favorable para vosotros y a que ahora estáis juntos. Porque lo estáis, ¿no?
—Lo estamos.
Me lo confirmó con una gran sonrisa y rio cuando solté un grito, al mismo tiempo que me levanté de la silla de un salto.
Rodeé la mesa para lanzarme a sus brazos y terminé sentada sobre las piernas de mi hermano, de lado, mientras lo abrazaba con fuerza del cuello.
—¿Eres feliz? —le pregunté.
Quise asegurarme, aunque ya lo sabía.
—Sí. Mucho —me contestó y me dio un beso en un brazo.
—No sabes cómo me alegro. Ni te imaginas cuántas veces he soñado despierta con este momento, en el que me confirmabas que amabas a Noelia y que estabas con ella.
—Pues tus sueños se han hecho realidad.
—Tengo ganas de llorar —le dije con la voz entrecortada.
—¡Nooo…!
—¡Sííí…! —le llevé la contraria.
Reímos.