¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 16
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Capítulo 16

—Me encanta —dijo Sofi, riendo.

Sonreí viéndola unos pasos por delante de mí, emocionada como una niña pequeña.

Íbamos cargadas, ella con dos bolsas y yo con una nevera pequeña.

Eran las nueve y media de la noche del martes, un día después de conocer a Agustín y de la bomba que me soltó.

Sofi y yo habíamos quedado para ir al cine de verano, al aire libre. Aquí estábamos, acabábamos de llegar.

Mi amiga iba abriendo camino entre las personas que ya esperaban a que comenzara la película. Aún faltaban unos minutos. Nos sobraba tiempo.

Algunos estaban sobre toallas o mantas que habían extendido en la hierba del parque. Otros se habían traído sillas plegables. Cada uno había buscado su comodidad.

Lo bueno era que el parque estaba dividido para que todos pudiéramos ver bien, sin tener ningún obstáculo por delante que molestara.

Me refería a que los que habían elegido la opción de disfrutar de la noche en sus toallas o mantas, al estar más bajos, se encontraban todos colocados más cerca de la gran pantalla de cine.

El espacio que habían dejado era bastante grande y hacia él nos dirigíamos nosotras, ya que llevábamos una manta tipo picnic.

Cuando se terminaba esa parte, comenzaba la de las sillas e incluso mesas, porque algunos no escatimaban en nada.

—¿Qué te parece? —me preguntó Sofi.

Señaló hacia un espacio bastante grande y asentí, dándole el visto bueno. Nos dirigimos hacia allí.

Fui mirando hacia todos los lados, buscando a mis compañeras de trabajo, a Rocío y a Inés, incluso a Marcus, el novio de Inés, pero no los vi.

Había mucha gente y la iluminación era más bien escasa. Nosotras nos habíamos traído dos lamparitas a pilas, para iluminar nuestra manta. Así estaban los demás, convirtiendo el espacio en uno íntimo y especial. Era muy bonito.

Cuando llegamos al sitio que queríamos ocupar, dejamos todo en el suelo y empezamos a montarlo todo. Colocamos la manta y sobre ella dejamos dos almohadas, pero no las de nuestras camas, varios cojines, y dos mantas muy finas que parecían más sábanas que mantas.

Después de cenar y para cuando estuviéramos cansadas de estar sentadas, teníamos pensado tumbarnos y taparnos, para continuar disfrutando de la película.

Hacía una noche preciosa. El cielo se veía estrellado, lo que pronto cambiaría porque la luz de la pantalla produciría mucha luz y lo acapararía todo. Por el momento estaba apagada.

Sofi se puso de rodillas para doblar la bolsa que se quedó vacía y para sacar de la otra la comida que habíamos preparado. Yo me senté al otro lado, dejando la comida entre nosotras, y saqué dos botellines de cerveza.

La nevera la habíamos cargado de ellos, de varios refrescos por si necesitábamos parar de beber alcohol y una botella grande de agua.

—Por nosotras y esta noche —dijo Sofi, con su botellín en alto.

La imité, los chocamos y bebimos, antes de empezar a cenar.

—Es una pena que mañana trabajemos —suspiró—. Podríamos alargar esta noche porque me parece que nos va a costar irnos —sonrió.

—Sí. Pero tenemos hasta el viernes para repetir cada noche —le recordé, con un guiño.

—Es verdad. Yo me apunto si te apetece.

—Claro —acepté.

—¿Has visto a Inés o a Rocío? —me preguntó por mis compañeras.

—Qué va. Es muy difícil, a no ser que dé la casualidad de que pase por al lado.

Me encogí de hombros.

—Eso o que te pongas a gritar sus nombres —rio.

—Claro que sí, para que me lancen de todo.

Soltamos una carcajada.

—Mañana les diré por dónde hemos estado, a ver si nos ponemos de acuerdo para otro día terminar por la misma zona —comenté.

—Estaría guay. Hace que no las veo.

—A ellas también les hará ilusión —sonreí.

—La tortilla de patata te ha quedado de lujo. Está riquísima —habló con la boca llena, tapándosela.

—Eso es el hambre que tienes —reí.

—También, también —se unió a mis risas—. Oye, ¿no sabes nada nuevo de Noe y tu hermano?

Negué con la cabeza, varias veces, con una sonrisa de oreja a oreja.

—Qué fuerte. ¡Por fin! —levantó los brazos y reí.

La noche anterior, cuando dejé a mi hermano en el hospital y fui a mi edificio, para terminar en el piso de Noelia, les conté a mis amigas la conversación que tuve con mi hermano.

Todo fue bien, estuvimos hablando como una hora, hasta que nos fuimos cada una a su casa. Yo no tuve que moverme mucho para llegar a mi piso.

Nos despedimos con Noelia diciendo, decidida, que iba a ir al hospital a medianoche. De ese momento al que estábamos, después de muchas horas, lo único que sabíamos de ella era por el corto mensaje que me envió sobre la una y media de la madrugada.

Noelia: Gracias, cariño. Mejor no habría podido salir. Ya os contaré. Por unos días voy a estar muy desaparecida.

Acompañó a su mensaje con una cara haciendo un guiño y con una llama de fuego. El mensaje no dicho, estaba clarísimo y cuando se lo conté a Sofi nos pusimos a gritar, por ellos.

—Me parece mentira —dije, negando con la cabeza—. Les ha costado mucho, pero parece que ahora sí, ¿verdad?

—Sí. A ver qué te dice Alan, cómo lo está viviendo él y cómo lo ves tú de ilusionado, pero estoy segurísima de que ya puedes irte a Irlanda tranquila.

Reímos.

—¡Qué rápida! Será porque te interesa mucho. ¿Ya has tomado la decisión?

Al escuchar la voz de hombre, una voz que reconocimos rápido, ambas nos sobresaltamos sentadas en la manta.

—Joder —me quejé, sofocada—. ¿No sabes avisar o qué? —Bufé—. ¿Y no te han enseñado que no se escuchan conversaciones personales y ajenas?

Entrecerré los ojos.

—Estáis al aire libre, rodeadas de personas, no creo que eso os dé mucha intimidad para mantener vuestras conversaciones en privado.

Arqueó una ceja y yo apreté la mandíbula.

—No te recordaba tan borde y cortante —le dije, de malas maneras.

—No me conoces de nada e igualmente, a veces las cosas cambian sin avisar.

Sonrió de medio lado y, para mi sorpresa, cuando me fijé bien, Leo, su amigo, ya estaba sentado en una gran toalla. La habían colocado a nuestro lado, sin que nos diéramos cuenta.

—Hola, señor repelente —le dijo Sofi a Mateo, sin cortarse.

—Hola, Sofía —se dirigió a ella Leo.

—Ese no es mi nombre, listo —se quejó mi amiga.

—Ah, ¿no? ¿Y de dónde viene Sofi? —continuó Leo.

—Sofi viene de Sofi, tal cual. No hay más. Ni Sofía ni Sofie, ¿te hago un croquis para que puedas entenderlo bien, listo?

—Gracias por considerarme tan listo. Decírmelo dos veces seguidas debe significar algo —sonrió de medio lado Leo.

—Vete a la mi…

Mi amiga terminó de hablar contra la palma de mi mano, cuando le tapé rápido la boca. No se la escuchó, pero ni falta que hizo porque su mensaje hacia Leo lo había dejado clarísimo.

La interrumpí porque habíamos captado la atención de varias de las personas de alrededor y no quería eso.

Mateo no contestó a ninguna de las provocaciones. Se mantuvo de pie, muy cerca del final de la manta de Sofi y mía, y se limitó a sonreír de medio lado.

Dejamos de verle la cara cuando nos dio la espalda, para sentarse al lado de su amigo. Leo nos observaba con diversión y como retando a Sofi, para que continuara. A mí no me hizo ni puñetera gracia nada.

—¿A qué mierda ha venido todo esto? —me preguntó Sofi, cabreada—. ¿Por qué te ha entrado hablando de esa manera el «nietecito»?

Lo de «nietecito» lo dijo con retintín y con una vocecilla que me hizo apretar los labios. Tuve que contenerme para no reír.

—¿Y el otro? Qué hostia con la mano abierta le hubiera dado. —Bufó—. Todavía estoy a tiempo, que vigile bien.

Sonreí, mirándola de reojo.

—Te ha faltado decir el polvazo que tiene —le dije, con diversión.

Me miró seria, pero no pudo retener la risa y terminamos soltando una carcajada. Nos quedamos muy a gusto, le fastidiara a quien le fastidiara.

Cuando nos tranquilizamos, cuando la pantalla de cine se iluminó y todas las miradas se dirigieron a ella, volví a hablar, en tono bajo, de lo que había pasado minutos atrás.

—Está claro que el «nietecito» se ha picado, por lo de su abuela.

Bufé y bebí un trago de cerveza, antes de seguir hablando.

—No le ha sentado nada bien que Deirdre pensara en mí, quitándole a él algo que le pertenece. Y más si vale tanto dinero.

Hice una mueca.

—Que se joda —dijo Sofi, levantando su botellín.

Lo choqué con el mío y bebimos juntas.

—En cierto modo lo entiendo, Sofi.

—Que no, joder. —Puso los ojos en blanco—. La fortuna y los bienes eran de su abuela. Por lo tanto, era Deirdre la que decidía qué hacer con sus cosas. No te fastidia. Además, los padres de Mateo lo saben y están de acuerdo. Lo ha dicho Agustín.

—Me encantaría ver a Amber y a Liam —sonreí con cariño.

—Estás en todo tu derecho y los verás. Y tanto que sí. Ya verás cómo ellos ponen recto al de al lado.

—No te calientes más —le pedí—. Lo mejor es pasar de él y de su comportamiento infantil, inmaduro y enrabietado. No quiero llevarme del todo mal con Mateo porque, si ambos aceptamos vivir juntos, el mes que estaremos en esa propiedad puede hacerse eterno.

Me encogí de hombros.

—Qué fuerte —susurró.

—Ni que lo digas —murmuré.

Miré de reojo hacia el lado, para ver a Mateo mirando hacia la pantalla.