¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 15
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Capítulo 15

Saqué la llave del contacto del coche, después de estacionar en la plaza del aparcamiento exterior del hospital.

Llegaba cargada con una bolsa del restaurante y una caja de pizza , para cenar con mi hermano. Alan me contestó cuando yo ya estaba en mi piso.

Al final, mis amigas habían decidido pedir la comida para cenar en el piso de Noelia, para vernos cuando yo regresara del hospital. No querían esperar a saber qué me había dicho mi hermano, qué opinaba él de todo esto y cuál sería su decisión si tuviera que tomarla.

Lógicamente, yo iba a aceptar todos los consejos que me dieran. Otra cosa diferente sería lo que terminaría haciendo. Debía meditarlo muy bien, pensar en los pros y los contras, y en la locura que era, porque todavía no me creía lo que había pasado.

Abrí la puerta para salir del coche, pero no llegué a pisar el suelo. Mi móvil comenzó a sonar dentro del bolso y lo busqué.

Sonreí al ver que era mi madre.

—Hola, mamá.

—Hola, cariño.

—Un momento. Voy a coger unas cosas y a salir del coche.

Escuché su voz, pero lejana, porque dejé el teléfono en el asiento, cuando me levanté de él.

Me colgué el bolso cruzado al pecho, cogí la caja de la pizza y la bolsa, y, por último, el móvil, antes de cerrar y bloquear el coche.

—Ya estoy —le dije a mi madre, cuando caminaba hacia el hospital.

—¿Has salido de compras?

—No —contesté riendo—. Voy cargada con la cena para Alan y para mí. Acabo de llegar al hospital para cenar con él. Faltan unos seis minutos para que haga el descanso para comer.

—¡Ah! Genial, cariño. Entonces te dejo.

—Gracias, mamá. Mañana hablamos con calma.

—Claro. Un beso para los dos.

—Igualmente.

Colgué la llamada pensando en hablar con mis padres al día siguiente. No iba a sacarle el tema a mi madre ahora, porque no era algo para soltarlo y hacer unos pocos comentarios y ya está.

En el momento en el que me decidiera a contarles lo de hoy, debíamos estar cómodos y tranquilos, sin prisas de ningún tipo.

A mi padre seguramente se lo contaría primero, para que me sirviera de apoyo con mi madre. ¿Para qué? Ni idea. Estaba por ver todo.

En cuanto entré en el hospital, como ya sabía el camino que debía seguir y los que trabajaban en la zona principal me conocían de sobra, me dirigí sin problema hacia donde sabía que estaría mi hermano.

Si no lo encontraba ahí, sería cuestión de minutos que apareciera.

Entre saludo y saludo llegué a la sala, en la que al entrar me encontré con un hombre y una mujer que salían justo en este instante. Nos saludamos y me quedé sola en la sala.

Dejé la comida en la mesa baja de enfrente de uno de los sofás y me senté en él, a esperar a mi hermano. Pasaron pocos minutos cuando la puerta se abrió y sonreí.

—Hola, preciosa —me dijo Alan.

Me levanté para abrazarlo y nos dimos un beso.

—Hola, guapo —le correspondí, con un guiño—. ¿Hambriento? —le pregunté cuando miró dentro de la bolsa.

Alan se rio, al mismo tiempo que asintió.

Sabía de dónde era la comida, ya que por mensaje le dije que sería de nuestro restaurante favorito, pero no sabía qué comida había en los recipientes. La pizza no contaba porque eso era evidente, por la caja.

—¿Comemos aquí? —le pregunté.

—No. Me apetece que me dé el aire.

—Por mí, genial.

—Vamos a la terraza del bar —me pidió, cogiendo la bolsa y la caja de la pizza .

Por más que quise llevar algo, al menos una de las dos cosas con las que cargaba, no me permitió que le quitara nada de las manos.

Me rendí al segundo intento y caminé a su lado, mientras íbamos hacia la terraza del bar que había mencionado.

Este se encontraba en el interior del hospital, pero tenía un patio grande abierto, al aire libre, en el que se mezclaban el personal sanitario y los visitantes.

Después de recorrer pasillos interminables y de subir alguna escalera, llegamos al bar.

—La bebida no la he comprado, para que no se calentara —le dije.

—Has hecho bien. Toma. —Me dio la caja y la bolsa—. Elige una mesa, yo voy a pedir la bebida.

—Vale —sonreí.

Eso hice, salir a la terraza en la que hacía una temperatura perfecta. En cuanto me senté en la silla de la mesa que escogí, levanté la vista hacia el cielo.

—Ya está —dijo Alan y lo miré a él.

Dejó a mi lado una lata de refresco con un vaso con hielo, la misma bebida que él iba a tomar.

Yo abrí las latas y llené los vasos. Mi hermano se encargó de abrir la tapa de la caja para descubrir la pizza y sacó los recipientes, junto a los cubiertos de plástico que me había traído de mi piso.

—Joder, ahora sí que tengo hambre —dijo.

Reímos.

—Y yo. Cómo para no tenerlo, con la pinta que tiene todo.

Alan asintió y no pudimos resistirnos a llenarnos las bocas con los tallarines especiales de la casa. Así se llamaban. Estaban increíbles.

Después cogimos un triángulo de pizza cada uno y les dimos un bocado. Estaba muy entretenida comiendo, alargando el momento de tener que hablar, pero mi hermano que me conocía estupendamente, carraspeó y me hizo buscar su mirada.

Me encontré con sus cejas arqueadas, mientras masticaba.

—Estoy esperando a que me cuentes quién es Agustín y qué quería de ti, citando en ese hotel —me dijo.

—No vas a creerte lo que ha pasado allí —me salió de manera natural—. Yo estoy todavía alucinando, pero no te preocupes que no es nada grave.

—¿Seguro? —me preguntó con el ceño fruncido.

—Sí. Te lo cuento si no dejas de comer. Yo puedo quedarme más rato, pero tú tendrás que irte dentro de una hora. Bueno, ya menos.

—Lo que quieres es pillarme con la boca llena y que no pueda hablar —dijo, arqueando una ceja.

—También —le confirmé seria y terminamos riéndonos—. Necesito que no me interrumpas. No quiero dejarme nada por decirte y todavía estoy nerviosa.

Alan me observó muy serio, antes de asentir.

Comencé contándole quién era Agustín, lo que lo sorprendió porque mencioné a Deirdre. Lógicamente, no se lo esperaba. Para nada. Hubo un momento en el que ambos nos emocionamos por eso.

Le conté a mi hermano todo, detalle a detalle, pasando por la llegada de Agustín, la presentación, su confesión, la aparición de los dos hombres que, dio la grandísima casualidad de que no eran desconocidos del todo, ya que Sofi y yo los vimos el viernes por la noche.

Sí, le dije a Alan que ellos fueron el motivo por el que nos retrasamos para ir al restaurante a cenar, después de los fuegos artificiales.

Mi hermano fue de sorpresa en sorpresa, y cuando le dije que uno de esos hombres, Mateo, era el nieto de Deirdre, y lo que ella quiso para nosotros dos…

Alan se quedó sin palabras al escuchar lo que Agustín nos dijo, lo de la propiedad de Irlanda y lo de que teníamos que compartirla durante un mes, viviendo juntos Mateo y yo, para que fuera nuestra.

—¿Y si no la perdéis? —me preguntó.

—Si no nos ponemos de acuerdo y aceptamos, sí. La perderíamos —le contesté.

Hice una pausa para beber un sorbo de refresco.

—Por lo visto vale mucho dinero —añadí.

Me encogí de hombros.

—Joder. Es… no tengo palabras. Conocéis a dos tíos que resulta que, de pensar que no volveríais a verlos nunca más, porque os dijeron que no eran del pueblo, resulta que os los volvéis a encontrar hoy.

Negó con la cabeza.

—Y no solo eso, lo más fuerte de todo, que ya es decir, es que si quieres tener la mitad de la propiedad que te dejó Deirdre, debes convivir con uno de ellos, con su nieto en esa vivienda. En Irlanda, nada más y nada menos.

—Lo has entendido perfectamente —dije, haciendo una mueca.

—¿Qué piensas de todo? —me preguntó serio.

—Para empezar, estoy en shock por lo de Deirdre. —Bajé el tono de voz, mirando la tapa del recipiente en el que tenía otro triángulo de pizza . Comencé a moverlo—. Si hubiera sabido cuál era su intención, la habría intentado convencer para que me dejara a mí al margen.

—Era lo que quería, Diana. Te adoraba.

Tragué saliva y cerré los ojos unos segundos, para contener las lágrimas.

—No pasa nada por llorar.

—Lo sé —susurré.

—No sé qué voy a hacer, Alan.

Levanté la mirada para encontrarme con la suya.

—Es una locura todo —seguí—. ¿Qué se le pasaría por la cabeza a Deirdre para decidir que esa casa, o lo que sea, sería para dividir entre su nieto de sangre y yo?

¿Cómo se le ocurrió hacerlo de esa manera?

¿Por qué forzar una situación tan rara? Joder, con el único miembro de su familia que yo no conocía —suspiré.

—¿Tal vez fue eso mismo lo que la llevó a tomar esa decisión? Ya… no tiene sentido. Más que nada porque su fallecimiento fue repentino y ni ella misma pudo anticipar lo que iba a suceder —dijo pensativo—. Eso debió dejarlo por escrito mucho antes.

—No sé —suspiré—. ¿Tú qué harías?

Mi hermano se quedó con el tenedor a medio camino de llevárselo a la boca. Lo bajó despacio, dejándolo caer en otra de las tapas de los recipientes de la comida.

—Me encantaría decirte qué hacer, pero es una decisión que solo puedes tomar tú.

—Ya… pero puede colaborar un poquito.

Hice una mueca y él me sonrió con cariño.

—Yo iría a por todas —me dijo.

—¿En serio?

—Sí. Lo que teníais Deidre y tú era muy especial y bonito, Diana.

Ella quiso incluirte en su testamento, dejarte una parte, pequeña o grande, da igual, de lo que tenía para ofrecer a sus seres queridos.

Estuviste con ella cuatro años, ayudándola, cuidándola.

Os quisisteis y entiendo la decisión que tomó de no dejarte excluida.

Hizo una pausa para beber y yo hice lo mismo, para aliviar el nudo que se me había formado en la garganta. No lo conseguí y tragué con dificultad.

—No puedes despreciar algo así. Por ella. Por Deirdre. Hazlo, asume todos los riesgos, si es que los hay. Habla con Alfonso, tu jefe, y cuéntaselo. Como te ha dicho Agustín, él te lo facilitará todo para que trabajes desde Irlanda. Solo necesitas llevarte el portátil y tener conexión a un wifi.

Se encogió de hombros.

—Solo es un mes. Mentalízate de que ese tiempo será como una especie de vacaciones en Irlanda, en las que trabajarás algunas horas desde casa. Con suerte, la propiedad es tan grande que no te cruzarás con el nieto de Deirdre, si ambos no queréis.

—¿Y si es más pequeña que mi piso? —pregunté, aunque no tenía sentido lo que acababa de decir.

—Pues seréis compañeros y os veréis a diario, cruzándoos para todas las cosas cotidianas, durante un mes. Eso sí, si decides aceptar, tienes que preparar una comida o una cena con el tal Mateo y su amigo Leo, porque de aquí no te vas sin que yo los conozca.

Me reí por la cara que puso.

—Nuestros padres van a flipar —comenté.

—No más que nosotros —me dijo con un guiño y sonreí porque tenía mucha razón.

—Si Mateo acepta y, llegado el momento, vendemos la propiedad, podré terminar de pagar la hipoteca de mi piso. La cancelaré —hablé emocionada.

—Sí. Y estoy seguro de que después de eso continuará quedándote un buen dinero.

—Joder, qué pasada —susurré.

—¿Qué? —me preguntó, por el cambio que di.

—Que me duele estar hablando de esto, porque viene por el fallecimiento de Deirdre. Daría lo que fuera porque ella estuviese viva.

—Lo sé, cariño.

Me agarró una mano por encima de la mesa.

—Pero no lo está y la situación es esta. No hay más —me habló con cariño y comprensión.

Asentí y nos dedicamos a comer.

Terminamos a lo justo, para que mi hermano se reincorporara a la guardia. Uno de los camareros del bar, que lógicamente conocía muy bien a mi hermano, nos pidió que no recogiéramos nada porque se encargaba él de todo.

Se lo agradecimos y nos fuimos de la terraza. Alan me acompañó muy cerca del acceso a la zona principal del hospital.

—No te canses mucho —le pedí, mientras nos abrazábamos.

—Tú ten cuidado con el coche.

—Sí —le sonreí.

—Mañana hablamos, a ver si lo ves más claro que hoy.

—Claro.

Después de un último beso de despedida, nos separamos para ir cada uno hacia una dirección.

—¡Alan! —lo llamé alzando la voz, mientras caminaba despacio de espaldas.

Mi hermano se paró y se giró, para mirarme.

—Puede que esta noche, a medianoche para ser más concreta, termines más agotado que otras guardias, pero muchísimo más feliz y satisfecho. No podrás dejar de sonreír.

—¿Qué dices? —me preguntó, con diversión—. A esa hora tengo mi descanso más largo.

—Por eso mismo —reí—. No creo que puedas dormir mucho, o sí. Quién sabe.

Mi hermano me observó confundido.

—Suerte, hermanito, aunque no la necesitas. Te quiero. Hasta mañana.

Me fui riendo. Me alejé de Alan mientras él pensaba en lo que le había dicho. Era imposible que llegara a la conclusión de que yo estaba refiriéndome a Noelia y a la visita que mi amiga le haría.

Estaba segurísima de ello, después de lo que le había dicho yo por la tarde. Volví a reírme, con ganas, sintiéndome muy emocionada y feliz.

Esperaba que nada saliera mal. Todo debía ir genial porque ambos se lo merecían y los muy cabezotas se habían negado a estar juntos muchas veces.

Noelia debía estar muy nerviosa. En unos minutos la vería, en cuanto llegara a mi piso, o más bien al suyo, donde estaba con Sofi.