Capítulo 13
—¿Por qué me has buscado ahora por Deirdre? —le pregunté a Agustín, en tono bajo—. Has dicho algo así como que estás cumpliendo su voluntad.
—Así es —me confirmó, asintiendo con la cabeza—. Hasta ahora no ha podido ser, por varios motivos que no vienen al caso. El tema es que tengo algo que contaros a Mateo y a ti.
Mateo y yo nos miramos, sorprendidos.
—Deirdre nos dejó hace un año y medio. Todos lo pasamos muy mal porque una muerte siempre es muy dura, pero cuando nada te avisa o te prepara para ella, es mucho más traumática.
Tragué saliva y fijé la vista en cómo Sofi me quitaba el vaso de las manos. Hasta ese instante no me di cuenta de que me temblaban. Uní las manos para entrelazar los dedos y las dejé caer juntas en la falda.
Como acababa de decir Agustín, Deirdre se fue de un día para el otro. Se acostó una noche como cualquier otra, después de pasar el día con unos y con otros, ya fuera en persona o por teléfono, como fue en mi caso, y ya no volvió a abrir los ojos más.
Sí, pude hablar con ella horas antes de que entrara en un sueño eterno, pero eso no fue un consuelo para el dolor tan grande que me provocó la llamada que recibí de su hija Amber, la madre de Mateo.
Volé a Irlanda en cuanto pude y llegué antes del entierro. Lo quise así porque no me apetecía ni tenía cuerpo para estar con más gente. Mi hermano me acompañó. Alan no quiso dejarme sola y lo agradecí, porque fue el gran apoyo que necesité en todo momento.
Alan conocía a Amber y a su marido Liam, al igual que mis padres y Sofi, de las veces que vinieron a verme a Irlanda, durante los años que estuve en el país.
Amber y Liam se emocionaron mucho al vernos a Alan y a mí, y después de darles el pésame y de pasar por muchas lágrimas, pasamos el día juntos.
Mateo, el hijo de ambos, viajó por la noche de ese mismo día, para regresar desde Alemania lo más pronto que pudo. Alan y yo también viajamos esa noche, para volver a España.
—Sé que Deirdre te quería como a otra nieta más y que tú le correspondías de la misma manera, sintiéndola como tu abuela —continuó hablando Agustín, mirándome.
—Sí —susurré.
—Y por eso estoy aquí y os he citado a los dos.
Nos miró a Mateo y a mí.
—Fuisteis sus nietos, de corazón y de sangre —hizo una pausa, antes de seguir—. Tengo algo para vosotros de ella, para los dos.
—¿Cómo? —pregunté sorprendida.
—Pero… —habló Mateo—. Después de lo del testamento me dijiste que todo quedó arreglado y cerrado.
Frunció el ceño.
—No todo, pero en ese momento tuve que darte esa respuesta. Necesitaba que llegara este momento, para que Diana estuviera presente. Ella forma parte de lo que voy a decir.
—No entiendo nada —dije.
—Ni yo —habló Noelia.
—Yo sigo flipando, entre unas cosas y otras —comentó Sofi.
—Antes de seguir, quiero que sepáis que Amber y Liam, tus padres, —miró a Mateo— saben lo que voy a deciros. Están informados de que ahora mismo estamos todos aquí, reunidos en mi hotel, y están completamente de acuerdo con lo que va a suceder.
Mateo frunció el ceño.
—Me han guardado el secreto, hasta que fuera el momento de hablar —añadió Agustín.
—¿Qué secreto? —pregunté.
—Estaría bien saberlo —comentó Leo—. Nos tienes a todos nerviosos.
—Deirdre era dueña de una propiedad impresionante en Irlanda. Tú la conoces bien —le habló a Mateo.
—Claro —confirmó él—. Ahora es propiedad de mis padres.
—No. Eso es lo que te hicimos creer —le dijo Agustín.
—¿Cómo? —preguntó con sorpresa Mateo.
—Los dueños de esa propiedad sois Diana y tú.
En la sala se escucharon varios jadeos, los de mis amigas y el mío.
—Así lo quiso Deirdre.
—Pero… —susurré—. No puede ser. Yo…
—Tú eras muy importante para ella y, como no podía ser de otra manera, te tuvo en cuenta en las reparticiones de su testamento —me dijo Agustín—. Diana, la mitad de la propiedad que digo es tuya y te aseguro que te enamorarás en cuanto la veas.
—No puedo aceptar algo así. —Negué con la cabeza, varias veces.
Después miré a Mateo. Él me observaba serio, pero porque estaba pensativo. No parecía estar molesto, solo sorprendido.
—No se trata de que lo aceptes o no, se trata de que es tuyo desde el mismo momento en el que Deirdre así lo decidió —me aclaró Agustín.
—Pero…
No sabía qué más decir. Me había puesto muy nerviosa, por lo que suponía lo que estaba diciendo Agustín.
Sabía muy bien el nivel económico que tuvo Deirdre, no porque lo averiguara por mí misma, sino porque Deirdre fue enseñándomelo con el tiempo.
Confiábamos la una en la otra, ciegamente, pero jamás imaginé que…
—Hay algo más, quizá lo más importante —carraspeó Agustín.
Tanto Mateo como yo fruncimos el ceño. Mateo no había dicho qué le parecía la decisión que tomó su abuela.
—¿El qué? —le preguntó Mateo.
—Para que esa propiedad sea vuestra definitivamente, hay una condición inamovible: debéis convivir en ella durante un mes. Ambos y al mismo tiempo.
—¿Qué? —pregunté gritando.
Me levanté de un salto.
—¿A qué viene eso? —preguntó Mateo, alzando también la voz.
—Deirdre tuvo sus motivos para decidirlo así —comentó Agustín, con mucha calma.
—¿Qué motivos? Mateo y yo nunca nos conocimos, ni hablamos, ni nada. ¿Por qué querría algo así, Deirdre?
—Lamento no poder responderte, Diana.
—No me jodas… —dijo Mateo.
Se pasó las manos por el pelo, varias veces, hasta que nuestras miradas se encontraron y dejó caer los brazos a los lados de su cuerpo.
—Renuncio —hablé con determinación.
—Diana… —me llamó Sofi.
—Renuncio —repetí.
—Esa posibilidad no está entre las que quería Deirdre —me informó Agustín—. Si renuncias, la propiedad nunca será de Mateo. Si alguno de los dos se niega a lo que he dicho, el otro también saldrá perjudicado. Si no aceptáis lo que dejó por escrito Deirdre, sea uno u otro, perderéis.
—No puedo tener esa responsabilidad —dije.
Miré de reojo a Mateo.
—Mateo tiene derecho a ser el propietario de lo que sea —continué.
—Tú también, Diana —me confirmó con dulzura Agustín.
—Es una locura. No sé qué la llevó a…
—Solo tenéis que vivir juntos durante un mes, como ya os he dicho. Ninguno de los dos se verá afectado en vuestros trabajos. Diana, me consta que tu jefe te permitirá trabajar a distancia. No sería la primera vez.
Tragué saliva, al mismo tiempo que asentía.
—Y tú, Mateo, trabajas en Dublín y puedes moverte con total libertad allí.
Solo cambiaríais el lugar de residencia y sería provisional.
¿Qué es ese tiempo en comparación con la gran propiedad de la que seréis dueños cuando cumpláis lo de ese mes?
Después seréis libres de venderla. Su valor es muy elevado.
Lo dijo mirándome, ya que Mateo debía saberlo de sobra. Yo, durante el tiempo que estuve viviendo con Deirdre, no conocí ninguna de sus otras propiedades. No surgió y tampoco me interesaba.
—Si vivimos un mes juntos, bajo el mismo techo de esa propiedad, ¿después será nuestra? —preguntó Mateo.
—Exacto —confirmó Mateo, con una media sonrisa—. Lo tengo todo preparado, a falta de una firma vuestra. Una vez seáis los propietarios, solo quedará que os pongáis de acuerdo en si queréis mantener la propiedad para alternaros en ir de vacaciones, o cuando os plazca, o si queréis venderla.
—Necesito… pensarlo bien —comenté y todos me miraron.
—Por supuesto, tienes esta semana para decidirte —me comentó Agustín—. El sábado debo irme, me espera otro destino por trabajo —nos informó—. Tú también medítalo bien —le pidió a Mateo—. No tomes una decisión precipitada.
Mateo asintió.
—Debéis quedaros en este pueblo hasta que volvamos a reunirnos los tres —se dirigió a Mateo y a Leo.
—Menudas vacaciones —comentó el último—. Ya podrías invitarnos algún día a este hotel —le pidió con diversión.
—¿Hace falta que os invite? —le preguntó Agustín—. Sois bienvenidos siempre que queráis. Si preferís dejar el hotel en el que estáis, para venir a este, solo tenéis que decírmelo para arreglarlo todo.
—¿Qué dices? —Leo se dirigió a su amigo.
—Estaría bien —contestó Mateo, pensativo.
Todavía no había reaccionado del todo y lo entendía. Yo me sentía de la misma manera.
—Pues hecho. Ahora lo comento en la recepción. Y vosotras —se giró hacia mis amigas y hacia mí—. Si queréis…
—Ya tengo bastante por hoy —lo interrumpí.
—Hija, que un dulce no amarga a nadie —dijo a modo de queja Sofi.
No pude ni reírme por ello.
—Tranquila —me dijo Agustín—. Dejaré dichos vuestros nombres para que todos los que se encargan de la recepción, en los diferentes turnos, sepan lo que tienen que hacer si venís.
No tiene por qué ser esta semana. Es ampliable a cualquier otro momento.
Da igual el tiempo que pase y cuántas veces queráis estar aquí.
—Joder. ¡Qué pasada! —exclamó Noelia.
—No sé si yo lo utilizaré, pero ¿podrías incluir el nombre de mi hermano?
—Por supuesto —me confirmó, asintiendo.
—Se llama…
—Sé cómo se llama: Alan.
—Sí —susurré y sonrió.
—Es un placer incluirlo, para cuando le apetezca venir. Os lo digo para que lo tengáis claro: venga quien venga y cuantas veces quiera, no tenéis que hacérmelo saber de ninguna manera. Sois libres de moveros por aquí. Daré vuestros nombres en las dos recepciones que hay.
—Muchas gracias, Agustín —le dije.
—No es nada. Puede que nos hayamos conocido hoy, pero te aseguro que te siento como si hiciera años. Deirdre me habló mucho de ti.
—Vale —dije, notando calor en las mejillas.