Capítulo 12
Diana
Lo único que tuve claro, por la manera de hablarle a Agustín y por la forma de mirarlo, fue que no era la primera vez que ellos se veían.
Los observé cada vez con más atención, conforme fui tranquilizándome.
—Mateo —le dijo Agustín al hombre que me pisó el viernes pasado.
Mateo, repetí en mi cabeza y fruncí el ceño, pensativa.
—Me alegro mucho de verte, muchacho —le sonrió.
Sus palabras parecieron ablandar su dureza porque el recién llegado relajó los hombros, hizo una respiración profunda y sacudió la cabeza, para terminar, sonriéndole a Agustín.
Después Mateo se acercó a él. Rodeó el sofá y, como ya esperaba, se dieron un fuerte abrazo que alargaron más de lo debido. Con ese gesto hicieron ver que eran cercanos y que entre ellos había mucho cariño, como poco.
El otro hombre, del que estábamos a punto de saber su nombre, no tardó en moverse. Siguió a su amigo para saludar también a Agustín.
—Antes de nada, voy a hacer las presentaciones —dijo Agustín—. Ellos son Mateo y Leo.
Los señaló al mencionarlos, aunque no hacía falta.
—Podéis presentaros vosotras si queréis —nos ofreció.
—¿Y si no queremos? —soltó Sofi.
Sonreí de medio lado. Agustín nos miró con diversión.
—En un momento u otro terminaré diciendo vuestros nombres. Será sin querer, pero…
—Sin querer… —repetí, con las cejas elevadas—. Ellas son Sofi y Noelia —me adelanté a presentarlas—. Yo, Diana —hice una pequeña pausa—. Ya podemos continuar —dije mirando a Agustín.
Me urgía terminar con todo esto, fuese lo que fuese, porque necesitaba saber por qué narices Agustín había mencionado a Deirdre.
Una vez que me había escuchado su nombre, no iba a irme sin saber qué tenía que ver Deirdre en todo esto. Tragué saliva, al mismo tiempo que descruzaba los brazos.
—Por favor, sentaos —nos pidió Agustín.
Para que mis amigas se movieran, tuve que hacerlo yo la primera. Volví al sitio del sofá en el que estuve sentada antes de la interrupción, al igual que mis amigas ocuparon los suyos, sin separarse mucho de mí.
—Esto parece cachondeo —me susurró Sofi.
—Como poco. Sí.
Le hablé en el mismo tono, mostrándome totalmente de acuerdo con ella. No era para menos.
—¿Qué tiene que ver Deidre con todo esto? —pregunté.
No quería esperar más, me sentía muy rara, por lo que necesitaba irme cuanto antes de esta sala.
Mi intuición me decía que, fuera lo que fuera esta situación, no iba a gustarme. De quedarme tranquila, había pasado a estar en alerta.
Mi pregunta pilló desprevenidos a los recién llegados. El tal Leo me observó con sorpresa, mientras que Mateo entrecerró los ojos y por primera vez vi en él un cambio significativo.
Se puso en tensión y se mostró desconfiado, mientras nuestras miradas no se apartaban del otro.
—¿Por qué la has mencionado? —me preguntó Mateo.
—No deberías —me dijo Leo.
—Porque tú lo digas —soltó Sofi.
Leo y ella se observaron retándose.
—Yo no soy la primera que la ha mencionado —me defendí, aunque no había hecho nada como para tener que justificarme.
Daba igual quién había dicho el nombre primero, como si había sido yo. Estaba en todo mi derecho de hablar de Deirdre y nadie iba a quitármelo, como tampoco todos mis recuerdos y vivencias.
—Pero independientemente de eso —continué hablando—. El «no deberías» que has dicho te lo podrías haber ahorrado —me dirigí a Leo—. Voy a hablar de Deirdre todas las veces que me dé la real gana, ahora o en un futuro. Durante el resto de mi vida.
Volví a mirar a Mateo, para enfrentarme de nuevo a sus ojos.
—Llegados a este punto, tomo yo el control de la conversación.
Todos miramos a Agustín, que era quien había hablado.
Se le veía muy tranquilo, sentado cómodo en el sofá, con la espalda apoyada en el respaldo y las piernas cruzadas.
Iba vestido de manera informal, pero aun así se distinguía la clase y elegancia que desprendía.
—Ya era hora —dije, a modo de queja.
Solté un bufido porque necesitaba respuestas, no perder el tiempo y cabrearme.
Agustín me miró con diversión, para después asentir. Me dio la razón.
—Como os he dicho —habló mirándonos a mis amigas y a mí—. Todo lo que sé de ti es por Deirdre, mi gran querida amiga.
Miró a Mateo. Este parecía desconcertado otra vez, muy extrañado por lo que acababa de escuchar.
—Diana ha mencionado a Deirdre porque yo lo he hecho primero —le aclaró a Mateo—. Y sí. —Nos miró a ambos—. Deirdre estaría muy feliz si pudiera compartir este momento con todos nosotros.
La expectación de todos era evidente. Agustín continuó hablando.
—Esto debe estar provocándole mucha felicidad, porque es exactamente su voluntad. Yo la estoy llevando a cabo, por lo que sé que en algún sitio su alma está sonriendo.
Tragué saliva, conteniendo las ganas que tenía de agarrarme a algo. No quería llorar.
—No lo entiendo —dije.
Mi voz sonó más baja de lo normal, por el nudo que se me formó en la garganta.
Todos me miraron.
—Tu abuela lo quería de esta manera, Mateo.
Al escuchar a Agustín, agrandé los ojos al mirar a Mateo.
—¿Eres su nieto? —pregunté alzando la voz.
—Sí —me confirmó Mateo—. ¿Y tú eres?
—Una persona a la que tu abuela adoraba y quería mucho —contestó Agustín por mí.
Me ayudó porque, por unos instantes, me quedé sin saber qué decir, a pesar de que la respuesta estaba clara.
—No era su nieta de sangre, pero la consideró como tal durante años —añadió Agustín.
Sus palabras me hicieron apartar la vista, para esconder mis ojos nublados por las lágrimas.
Enfoqué la mirada vidriosa en mi vaso de café con hielo. Me había olvidado por completo de la bebida, pero todavía había hielo gracias al aire acondicionado.
Mis amigas, al saber perfectamente cómo me encontraba, me dieron su apoyo como pudieron. Noelia colocó una mano en mi espalda y comenzó a acariciármela. Sofi cogió mi vaso de café con hielo, como si me hubiera leído la mente, cosa que era muy normal entre nosotras.
Me lo dio y lo agarré con fuerza, antes de llevármelo a la boca. Bebí un sorbito de café, notando y siendo muy consciente de que todas las miradas estaban puestas en mí.
—Diana… —dijo Mateo.
No estaba llamándome. Sonó como si estuviera recordando.
—¿Fuiste tú la que convivió con mi abuela durante bastante tiempo? —me preguntó Mateo.
Asentí, todavía sin levantar la cabeza.
Volví a beber otro sorbo de café y me tomé mi tiempo para calmarme. Todo se había desviado demasiado de lo que esperaba, aunque no supiera bien por dónde iba a
—No me acordaba de tu nombre, hasta ahora, claro. Mi abuela me lo diría años atrás, al principio de todo, pero sinceramente no lo retuve y como nunca te llamaba por tu nombre… Siempre que me hablaba de ti, que me comentaba algo de vosotras dos, se refería a ti como álainn . Quiere decir…
—Hermosa —dijimos ambos y nos quedamos en silencio.
Mateo asintió.
—Me llamaba así porque la primera vez que me lo dijo me pareció una palabra muy bonita y me gustó mucho. Por eso se acostumbró a no decir mi nombre —aclaré—. Y Deirdre te habló de mí —le dije a Agustín.
—Por supuesto —me confirmó—. Como ya he dicho, fuiste muy importante para ella y yo, al ser uno de sus mejores amigos, lo sabía muy bien.
—Uno no —habló Mateo—. Fuiste su mejor amigo, el primero en la lista de los que tenía. Como tú, nunca tuvo ninguno.
Agustín sonrió con nostalgia y cariño, mirando al que imaginaba que consideraba su familia.
—¿Estás bien? —me preguntó Sofi, susurrando.
—Más o menos, pero sí.
La miré y ella me dio un beso en la mejilla, lo que me hizo sonreír. Noelia apoyó la cabeza en mi hombro, para que recordara que continuaba a mi lado.
Imposible que se me olvidara. Eran las mejores y si mi hermano estuviera aquí, sabiendo cómo me afectaba hablar de Deirdre, ya me tendría subido a sus piernas para tenerme cerca y abrazarme.
—Noe, escríbele a Alan en el grupo, pero no le cuentes nada. Solo que todo va bien —le pedí—. Estará nervioso y, si todavía está descansando, quiero que se quede tranquilo.
—Voy —dijo al momento.
Sacó su móvil y lo hizo. A Sofi y a mí comenzaron a sonarnos los mensajes.
—Está en línea —nos informó y sonreímos.
Mi historia con Deirdre se remontaba a mucho tiempo atrás. Para mí fue una persona muy especial. Llegué a quererla como si fuese mi abuela y la adoré como tal. El sentimiento fue mutuo, se hizo muy fuerte entre nosotras.
Hace años, cuando terminé mi carrera universitaria, decidí continuar con mis estudios en otro país.
Quise abrir más mi camino, no privarme de nada, y como tenía los conocimientos necesarios que requerían en muchos de los países a los que quería ir, no lo dudé cuando tomé la decisión de embarcarme a la aventura y a lo desconocido.
Todavía me acuerdo del momento en el que les conté a mi familia y a Sofi que me iba por varios años. Noelia no estaba en mi vida por aquel entonces. Ella llegó pasados unos años, cuando regresé y me independicé, al comprar mi piso.
El caso fue que viajé a Irlanda para estudiar un máster en el que me especialicé en la que, más tarde, sería mi profesión. Y, sinceramente, no podía decir cómo se dio todo para terminar con Deirdre porque en un principio iba a quedarme a vivir en una residencia de estudiantes.
Al final, después de muchas conversaciones e investigaciones de mis padres y de mi hermano, terminé contactando por teléfono con la mujer de la que mi hermano me dio el teléfono.
Ella fue Deirdre, una mujer adorable con la que di por casualidad. Sí, nosotras no debíamos habernos conocido, pero sorprendentemente terminamos viviendo juntas.
La casualidad se debió a que Alan encontró el número de teléfono de Deirdre, en una lista de personas que ofrecían compartir sus viviendas con estudiantes de fuera.
Cuando hablé con Deirdre la primera vez, no me dijo nada, a pesar de que la noté sorprendida al decirle cuál era el motivo de ponerme en contacto con ella.
Fue al cabo de unos meses que me confesó que ella dejó de prestar ese servicio hacía años, por lo que su contacto no debería haber estado en la lista de opciones para los estudiantes extranjeros.
El fallo nos vino genial a ambas porque terminamos creando una relación muy especial, como ya sabéis.
Deirdre aceptó acogerme y vivimos cuatro años juntas, porque una vez finalicé el primer máster, fui a por el segundo.
Después de eso, cuando regresé a España, siempre mantuvimos un contacto muy cercano, hablándonos varias veces todas las semanas.
Durante todo el tiempo que estuve con ella en Irlanda, también estuve muy cerca de su familia, siendo una más de ellos. Me acogieron con mucho cariño y eso fue lo que me dieron.
Solo hubo dos personas que no conocí, pero de las que Deirdre me habló mucho. Una de ellas era su nieto, el que estuvo años estudiando en Alemania, y al mismo tiempo trabajando en ese país.
Por otro lado, estaba Agustín, el amigo inseparable de Deirdre, del que ella me habló con mucha añoranza porque, por aquella época, Agustín siempre estaba viajando por negocios.
Sus viajes eran interminables e iba de un destino a otro.
De ahí que yo no lo viera nunca, aunque sí supiera de su existencia.
Ahora podía ponerles cara a ambos. De Agustín nunca vi una imagen, pero de Mateo sí que vi las fotografías que tenía Deirdre de su nieto, hasta su adolescencia.
Y nada tenían que ver con el hombre que estaba delante de mí, observándome con intensidad.