Capítulo 11
Un poco antes…
Mateo
—¿Agustín no te ha dicho nada nuevo?
—¿No te vas a cansar de preguntarme siempre lo mismo? —le devolví la pregunta a Leo.
Lo miré de reojo, mientras yo conducía por el camino que llevaba al hotel.
Agustín me había citado a las seis de la tarde aquí, hora para la que aún quedaban unos veinte minutos.
—No te lo pregunto siempre de la misma manera —se defendió mi amigo, entre risas.
—Te repito que sé lo mismo que tú. Por mucho que insistas, no voy a decirte nada nuevo.
—Es que no veas con Agustín —dijo, sacudiendo la cabeza—. Después del tiempo que hace que no os veis, y te cita precisamente aquí, en su hotel. Nos ha hecho viajar un montón de kilómetros hasta este pueblo y no ha sido capaz de decirte para qué.
—Nos cita. A ti también te incluyó y sus motivos tendrá —comenté, pensativo.
—Cuáles serán esos motivos… —suspiró.
—No te quejes tanto, que estamos teniendo unas vacaciones con las que no contábamos —sonreí de medio lado.
—Eso sí que debemos agradecérselo a Agustín. —Estuvo de acuerdo y rio.
Paré en la entrada del hotel, donde ya nos esperaba uno de los trabajadores para recibirnos. En cuanto nos bajamos, se acercó a mí.
—Gracias —me dijo cuando le di la llave del coche.
Eso era lo que estaba esperando, para llevarse mi coche al aparcamiento.
—Gracias a ti.
—¿Vamos a tomar una cerveza? —me preguntó Leo, cuando estuvimos solos de nuevo.
Miré la hora en el reloj de pulsera, aunque ya sabía lo que iba a ver.
—Podemos tomárnoslas tranquilos —le contesté—. Aún queda para que sean las seis.
—Estupendo —habló animado Leo.
Me pasó un brazo por los hombros y comenzó a caminar hacia la entrada.
—¿Sabes dónde ir? —le pregunté.
Caminaba como si conociera el lugar, llevándome hacia la dirección que él había decidido.
—No tengo ni idea —respondió con diversión—. Pero a algún sitio llegaremos.
—Paso de que nos llamen la atención.
Al decirlo, me paré, frenándolo a él también.
—Vamos a preguntar, antes de que se nos acerque alguien —le pedí.
Me dirigí hacia la recepción y Leo me siguió sin perder la sonrisa. Ambos fuimos observando lo increíble que era el hotel de Agustín.
—Hola —saludé a la chica que atendía.
—Hola. Buenas tardes. ¿Necesitan algo?
—Estamos buscando el bar —le contesté—. Hemos quedado con una persona, pero falta un rato para que llegue la hora y queremos hacer tiempo tomándonos una bebida fresca.
—Claro. Tienen que ir por ese pasillo. —Lo señaló—. Y cuando lleguen a la mitad, más o menos, girar hacia la izquierda. El bar está al final de ese nuevo pasillo. No tiene pérdida.
—Muchas gracias.
—De nada —me sonrió.
Nos despedimos de ella y fuimos hacia donde nos había indicado.
—Cómo te gusta ligar.
—¿Qué dices? —Lo miré de reojo.
—Lo que oyes —rio.
—Lo que acabas de decir es una gran tontería.
Negué con la cabeza.
—Lo peor de todo es que no te das ni cuenta —continuó con el tema, hablando con diversión.
Opté por el silencio, para que dejara ya el temita.
En cuanto accedimos al segundo pasillo y llegamos al final de él, nos encontramos con el bar. No tuvimos que pensarlo, fuimos directamente a la terraza que daba a una parte del jardín.
Se estaba de lujo. La mayoría de las mesas estaban a la sombra y ocupamos una de ellas.
Un camarero se acercó y le pedimos dos cervezas.
—¿Tú crees que Agustín ya está aquí? —quiso saber—. Podríamos haber preguntado por él.
—Para que nos salgan las cervezas gratis, ¿no?
—Me encanta cuando me lees la mente.
Reímos.
—Agustín tiene aquí un paraíso en miniatura —comenté.
—¿Por qué no habías venido nunca?
—No ha surgido la ocasión —respondí—. Gracias —le dije al camarero, cuando dejó las cervezas en la mesa.
Cogí mi botellín y le di un buen trago.
—Podrías haber pasado unas buenísimas vacaciones aquí. Las instalaciones son impresionantes, no falta de nada, y la piscina es…
—Me lo enseñaste todo. —Asentí.
Leo había visto todas las imágenes del hotel que estaban disponibles en la página web. La mayoría de ellas eran de clientes más que satisfechos que hablaban maravillas del lugar.
—Podemos dejarle caer a Agustín que, para el mes que viene, nos reserve una habitación. Si tuviéramos una para cada uno, sería un sueño.
—No voy a autoinvitarme, Leo.
—¿Por qué? Sabes que Agustín estaría encantado de que vinieras y de que para ti siempre tendrá sitio. Te lo repite en cada ocasión que habláis.
—Si llego a aceptar algún día, no será porque yo saque el tema. Si Agustín no vuelve a proponérmelo, no hay más que hablar.
—El hombre ya se habrá dado por vencido, con tantas negativas tuyas.
Puso los ojos en blanco.
—Lo que me recuerda que no sé qué hago hablando de esto —comenté.
Arqueé las cejas.
—Ya te vale. —Bufó—. Podrías pensar un poquito en tu amigo del alma, ¿no?
—Amigo del alma… —repetí, con una media sonrisa.
—Pues claro. Ese soy yo —me dijo con un guiño.
—No me habías dicho que tenías las fechas claras de las vacaciones de verano.
Bebí otro trago de cerveza.
—No las tengo.
Se encogió de hombros.
—Acabas de decir lo de venir aquí el mes que viene —le recordé.
—Hombre, es que, si nos sale la ocasión, como si es la semana que viene. Ya te digo yo que lo dejo todo para venir cuando sea —rio.
—Tienes la agenda abierta —comenté con diversión.
—No te imaginas cuánto y hasta qué punto.
Reímos.
—Anda. Dale con ganas.
Señalé su botellín con el mío, antes de acercármelo de nuevo a los labios. Mi amigo se tomó al pie de la letra lo que le dije y se bebió de golpe su cerveza.
Estuvimos disfrutando en la terraza y con las vistas, hasta que nos fuimos cuando faltaban unos seis minutos para las seis.
Desde que salimos del bar y mientras recorrimos los pasillos, no pude parar de reír por la cara que puso y la reacción que tuvo Leo, cuando el camarero nos dijo el importe a pagar por las cervezas.
Iba a estar doliéndole la barriga durante todo el día.
—Hola —le dije a la misma chica de antes, la recepcionista.
—Hola —me correspondió, con una gran sonrisa.
—Ya ha llegado el momento de reunirnos con la persona que hemos venido a ver.
—¿Cómo se llama?
—Agustín.
—¿El señor Agustín? —preguntó.
—Sí —le confirmé—. Nos está esperando.
—Está reunido con alguien más —nos comunicó.
Fruncí el ceño.
—¿Qué hacemos? ¿Se habrá olvidado? —me habló Leo.
—Lo dudo —contesté pensativo—. ¿Sería posible que lo viéramos un momento? —me dirigí a la chica—. Podemos ir donde está y, si le ha surgido algo de última hora que no ha podido anular, nosotros esperaremos.
—Agustín y él son como familia —le dijo Leo, a la recepcionista.
—En ese caso, sí, pueden preguntarle ustedes mismos —nos confirmó ella, sin ponernos ningún problema.
Nos indicó el camino que debíamos seguir para llegar a la sala en la que estaba Agustín. Se lo agradecimos y fuimos hacia allí.
Conocía desde pequeño a Agustín. A lo largo de mi vida había acumulado muchos recuerdos en los que él había estado presente.
La relación de él con mi familia siempre había sido muy cercana, y continuaba siéndolo, a pesar de los giros de la vida.
Hicimos todo el camino en silencio y cuando llegamos frente a una gran puerta doble de madera, nos paramos frente a ella.
La golpeé varias veces con los nudillos y no esperé a escuchar la voz que nos diera paso. Abrí directamente y lo que me encontré dentro me dejó desconcertado y sorprendido.
No pude ocultar mi reacción, al igual que Leo, cuando vimos dentro de la sala, con Agustín, a las dos mujeres del pasado viernes por la noche. Una de ellas era la que pisé, la otra, su amiga que la acompañaba. La tercera no la conocía.
El asombro fue en ambas direcciones, ya que por parte de ellas se escuchó algún jadeo por la impresión. Sus expresiones debían ser muy parecidas a las nuestras.
Me quedé sin saber qué hacer, buscando una explicación.
Cuando la que pisé dejó de mirarme, para centrarse en Agustín, yo hice lo mismo para ver cómo él nos observaba a ambos.
—Adelante, chicos —nos dijo Agustín, a Leo y a mí.
Y si la situación no fuera ya rara de narices, sus siguientes palabras terminaron por confundirme del todo.
—Os estábamos esperando.
Antes de que me diera tiempo a abrir la boca, lo hizo la mujer del pisotón.
—Ah, ¿sí? —le preguntó a Agustín.
Él simplemente le sonrió. Muy típico de su manera de actuar, lo conocía muy bien.
Ella reaccionó bufando y cruzándose de brazos.
—Entrad y cerrad —nos pidió Agustín
Leo y yo nos miramos. Mi amigo no salía del asombro que sentía.
Como mi amigo no se movía, me puse a su espalda y lo empujé con suavidad, para entrar y cerrar, tal y como había pedido Agustín.
—Joder, tío —me susurró Leo.
—Ya… —Sacudí la cabeza.
—¿Qué está pasando? —preguntó la mujer del pisotón—. ¿Qué hacen ellos aquí? ¿Quiénes son? ¿Quién eres tú? Estoy cansándome ya de todo y estoy a nada de largarme de aquí.
Sonó muy molesta, lo que entendí perfectamente.
Al menos ellas, las tres, se habían quedado de la misma manera que Leo y yo.
Aquí no había nada planeado, lo que me tranquilizó en cierta forma. El único que conocía qué narices estaba pasando era Agustín, quien observaba la situación… divertido.
—No sé de qué va todo esto —dejé claro, a pesar de que era más que evidente mi postura.
Al hablar, miré fijamente a la del pisotón, hasta que dirigí la vista a Agustín.
—Tampoco sé qué pretendes —le dije—. Me encantaría saber por qué me has hecho viajar hasta aquí con tanta urgencia, citándome hoy y a esta hora en tu hotel, para encontrarme con esta situación que no comprendo.