¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 10
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Capítulo 10

Nos paramos en medio de una sala en la que no había nada más que varios sofás, dos butacas, una mesa pequeña y otra más alta. Esta última con sus sillas rodeándola.

Tenía grandes ventanales por los que entraba mucha luz del día y desde ellos se veía un amplio jardín.

—Esperen aquí.

Nos giramos hacia el hombre del hotel que nos había acompañado.

—Enseguida vendrá el señor Agustín.

—Sí. Gracias —le dije y le sonreímos las tres.

En cuanto cerró la puerta y esperamos unos segundos, para asegurarnos de que la puerta no volvería a abrirse hasta dentro de un rato, nos separamos para movernos por la sala.

La recorrimos entera, observando de cerca hasta el más mínimo detalle. Yo terminé parándome frente a uno de los ventanales, para disfrutar de las bonitas vistas que ofrecía el jardín.

Estaba muy bien cuidado, con un verde precioso en la hierba y en toda la vegetación. También había flores de colores variados, muy llamativas, que encajaban genial con todo el conjunto.

—¿Podremos salir a dar una vuelta? —me preguntó Noelia.

Se puso a mi derecha.

—No creo que nos lo prohíban. A mí también me gustaría —le contesté.

—No nos dirán nada. Ya estamos dentro —comentó Sofi.

Se puso a mi otro lado, a la izquierda.

—Con suerte encontraremos un bar que tenga terraza en el jardín. Sería un dos por uno —continuó Sofi.

Nos quedamos en silencio, las tres mirando hacia el jardín. Hasta que la puerta de la sala se abrió y nos giramos rápido hacia ella.

—¿Lo conoces? —me preguntó enseguida Sofi, susurrando.

—No —contesté de la misma manera—. No tengo ni puñetera idea de quién es.

—Esto no me gusta —comentó Noelia.

—No va a pasar nada —la calmó Sofi—. Recordad que no nos separamos. Este sitio es muy grande y hay muchas puertas. ¿De acuerdo? —Me miró—. Si ese tío te dice de ir a dar una vuelta o a otro sitio…

—Relajaos —les pedí.

Negué con la cabeza, sonriendo.

—Después dices de mi hermano.

—Ni se te ocurra decírselo, que se reirá de mí durante una buena temporada. —Me señaló Sofi.

Apreté los labios, conteniendo la diversión. Pero mi expresión cambió de repente, cuando devolví la atención al hombre que había entrado en la sala.

Estaba solo y parado cerca de uno de los sofás. Sonriente. No era muy buena calculando la edad de las personas, pero era mayor que mis padres.

—Hola —se dirigió a las tres.

—Hola —le correspondí.

Sofi eligió asentir con la cabeza y Noelia levantar una mano hacia él.

—¿Agustín? —le pregunté.

—El mismo. Antes de nada, quiero pedirte perdón, Diana.

—¿Por qué?

Fruncí el ceño.

—Por la manera en la que te he hecho venir hasta aquí. Gracias por presentarte, ya que no me conoces y la forma ha sido como poco dudosa.

Al terminar, le salió una sonrisa tan cálida que no pude hacer otra cosa que devolvérsela.

Di los primeros pasos hacia él. Sofi y Noelia me siguieron de cerca. Estuve a punto de reírme porque parecían mis sombras.

Se habían tomado muy en serio lo de ser mis guardaespaldas, a pesar de que Agustín se veía una persona noble.

Nunca se podía fiar una, pero… Mi instinto me decía que podía estar tranquila y le hice caso, porque poquísimas veces me había fallado.

—Acepto la disculpa y la agradezco, pero no hace falta. Me he entretenido mucho desde que vi la carta —le dije, sin dejar de sonreír—. Diana. —Le ofrecí una mano—. Aunque sabemos nuestros nombres, yo desde hace poco, es la primera vez que nos vemos.

—Por supuesto. Agustín.

Me imitó y nos dimos un apretón de manos.

—Es un placer conocerte en persona, Diana.

Asentí. Él iba con ventaja, así que yo no le devolví las palabras. Preferí esperar.

—Ellas son mis mejores amigas, Sofi y Noelia.

—Hola —le dijeron ellas y Agustín sonrió.

—Hola. ¿Podemos sentarnos? —nos preguntó.

Dirigió una mano hacia el sofá y las tres asentimos.

Cuando estuvimos sentados los cuatro, Agustín pulsó un botón y casi de inmediato entró una mujer vestida con el uniforme del hotel.

—Buenas tardes —nos saludó y le correspondimos.

—¿Qué quieren tomar? —nos preguntó.

Miré a Agustín y me hizo un gesto para que pidiéramos nosotras primero.

—Un café con hielo, por favor —le pedí a la mujer.

—Nosotras también —dijo Noelia, después de que Sofi y ella se miraran.

—Enseguida. ¿Y usted, señor Agustín?

Como cada vez que se referían a él, me llamó la atención la forma en la que lo mencionaban. Todos parecían conocerlo bien.

—Un café solo.

—De acuerdo —dijo la mujer.

Asintió y se fue tan silenciosa como llegó.

—Eres muy conocido aquí —expresé una de mis dudas.

—Soy el dueño del hotel. Todo lo que habéis visto es mío.

Mis amigas y yo agrandamos los ojos, lo que pareció divertir mucho a Agustín.

—Joder —susurró Sofi.

—¿Es para tanto? —nos preguntó él, con humor.

—¿En serio? Menudo negocio tienes montado aquí —silbó Sofi.

—Ya te digo —comentó Noeli—. Es muy lujoso y exclusivo. Una preciosidad, tanto por fuera como por dentro. Nunca había estado en un sitio tan refinado.

—Gracias —nos sonrió él—. Me gusta saber la impresión que da.

—Ahora que hay cierta confianza, Agus —soltó Sofi de manera natural, como si lo conociera de toda la vida.

Reímos y continuó hablando.

—Cuando terminemos contigo aquí, ¿podremos visitar el hotel? Las zonas comunes.

—Por supuesto. Sois libres de ir donde queráis. No tenéis que pedir permiso —nos dejó claro.

—Gracias —le dije.

Me sentí bastante desbordada con todo porque no entendía a qué venía tanta amabilidad y cercanía por parte de Agustín.

A simple vista, como ya he comentado, se notaba que era un buen hombre, pero ¿de qué me conocía para saber cómo me llamaba y tenerme localizada en mi piso?

Me quedé a punto de hablar, cuando la mujer de antes regresó cargando con una bandeja.

Vino hasta nosotros y nos dejó a cada uno, delante, lo que le habíamos pedido.

Se lo agradecimos y se fue.

En cuanto nos quedamos solos de nuevo, pensando en cuál sería mi siguiente pregunta o comentario, endulcé mi café solo, lo removí y lo eché en el vaso con hielo.

Todos nos entretuvimos con nuestras bebidas.

Cogí mi vaso y me lo llevé a los labios, para dar un sorbo, mientras observaba más allá del ventanal que quedaba delante de mí.

—¿Cómo sabes quién soy, Agustín? —le pregunté girando la cabeza hacia él—. ¿Cómo sabes dónde vivo? No sé si estar preocupada o no. Y has tenido mucha suerte, porque no suelo mirar a menudo el buzón. Lo normal habría sido que la carta se quedara ahí una semana como mínimo.

—Habría esperado o buscado otra manera de llegar hasta ti. Como, por ejemplo, desde la empresa en la que trabajas.

Agrandé los ojos.

—¿También sabes dónde trabaja? —le preguntó con un jadeo Noelia.

—Qué mierda… —susurró Sofi.

Se pegó más a mí en el sofá.

—Sé muchas cosas de Diana. Al menos algunas de las más importantes.

—¿Cómo? ¿Por qué? —le pregunté, desconcertada.

—Deirdre.

Un nombre. Solo bastó escuchar el nombre que dijo Agustín para que el corazón me diera un vuelco y notara cómo los ojos se me aguaban.

—¿Qué? —preguntó Noelia.

Mi amiga no cayó en la cuenta. Normal, teniendo en cuenta el tiempo que había pasado y que esa persona no tenía nada que ver con este momento. Ni con ninguno desde hace bastante.

Me levanté despacio del sofá, temblorosa. Mis amigas me miraron y se preocuparon al instante, al ver cómo estaba.

—¿Por qué la mencionas? ¿Qué tienes que ver con Deirdre? —le pregunté a Agustín.

—Deirdre… —susurró Sofi—. ¡Oh, joder!

Reaccionó levantándose de un salto, al darse cuenta de quién estábamos hablando.

No podía ser otra persona. Yo solo había conocido una Deirdre en mi vida y no era un nombre común como para confundirme.

—Diana… Sofi… —habló Noelia.

Sofi se inclinó hacia ella y le habló al oído. Entonces Noelia, que también sabía de quién hablábamos, solo que no había caído, se levantó rápido, sorprendida.

—La menciono porque era una gran amiga mía, como nunca conoceré a otra.

Tragué saliva, al notar la emoción de Agustín.

—Y, sobre todo, debo mencionarla en este momento porque si estamos aquí es por ella.

Entrecerré los ojos y apreté los puños a los lados de mi cuerpo.

—Si tan amigos erais, déjala descansar —dije molesta.

—La estoy haciendo feliz —habló con calma.

Se escucharon varios golpes en la puerta de la sala y todos miramos hacia ella. Esta no tardó en abrirse y en dejarme sin respiración, después de un jadeo fuerte, por la grandísima sorpresa que me llevé.

¿Cuántas probabilidades había de que, el mismo hombre que me dio un pisotón la noche del viernes, después de los fuegos artificiales, acabara de aparecer al otro lado de la puerta? Y no solo él, sino que a su lado estaba el otro hombre que también lo acompañaba esa noche.

La sensación extraña que sentí el viernes al verlo regresó, con más intensidad.

—¡Hostia! —exclamó Sofi, al reconocerlos.

—¿Qué? —nos preguntó Noelia.

Noelia no podía saber a qué se debía mi asombro ni la impresión de Sofi, ya que cuando fuimos al restaurante a cenar la noche del viernes, después de que a Sofi se le quitara de la cabeza lo de perseguir a esos dos hombres, y una vez que el del pisotón nos pillara mirándolos en el parque del concierto, no le contamos a Noelia ni a mi hermano lo que habíamos estado haciendo para retrasarnos.

Ellos continuaron creyendo la versión que le di a mi hermano, cuando le envié un mensaje para que no se preocupara por nuestro retraso.

Después no habíamos pensado en lo que pasó y nos habíamos olvidado por completo de esos hombres. De ahí que Noelia no tuviera ni idea de quiénes eran.

Aunque Sofi y yo tampoco lo sabíamos.

—¿Qué está pasando? —insistió Noelia.

—No tengo ni puñetera idea —contesté casi sin voz.

No pude apartar la mirada de la de los dos hombres que estaban igual de sorprendidos. Nos habían reconocido a Sofi y a mí.

—Luego te contamos de qué conocemos a esos dos —le susurró Sofi a Noelia—. Sobre lo demás, mi respuesta es la misma que la de Diana.

—Vale. Estoy muy nerviosa con todo.

Cuando pude apartar la vista de los dos hombres que no se habían movido todavía, después de abrir la puerta de la sala, busqué con la mirada a Agustín.

Su mirada bailaba entre los recién llegados y yo, lo que me hizo fruncir el ceño.

—Adelante, chicos —los invitó a entrar—. Os estábamos esperando.

—Ah, ¿sí? —le pregunté.

Agustín no me respondió, solo me sonrió.