¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 9
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Capítulo 9

Me puse una falda vaquera que me llegaba hasta medio muslo y una camiseta de manga corta, ropa que acompañé con las sandalias de cuña.

Me recogí el pelo con una pinza, para que no me rozara ni un mechón el cuello y los hombros, y cogí el bolso, para salir del piso y picar a la puerta de Noelia.

Había llegado la hora de irnos. Sofi venía de camino, desde su trabajo. Me había enviado un mensaje hacía unos minutos, para avisarme de que no tardaría en pasar a recogernos.

Cerré con llave la puerta de mi piso y me dirigí a la de mi amiga. No me dio tiempo a picar, me quedé con la mano suspendida en el aire. Noelia abrió de golpe, como si hubiera estado mirando por la mirilla.

Elevé las cejas, sonriendo.

—Sí. Estaba esperándote —me dijo, riendo—. Joder, es que estoy nerviosa.

Bufó y apreté los labios.

—Yo no, así que relájate —le pedí.

—Lo dices como si fuera fácil —suspiró.

—Vamos —caminé hacia el ascensor—. Sofi está a punto de llegar y a esta hora no encontrará sitio para parar con el coche.

—¿No estás ni un poquito nerviosa? —me preguntó, poniéndose a mi lado.

Pulsé el botón del ascensor.

—Un poco sí, pero por la curiosidad que me ha creado. Parece todo muy misterioso. No sé.

Me encogí de hombros.

Las puertas del ascensor se abrieron y entramos. Enseguida comenzamos a bajar y no tardamos en estar fuera del edificio.

En la calle, observamos hacia la carretera. Sofi no estaba, pero apareció rápido. Noelia y yo fuimos hacia su coche casi corriendo, ya que paró en mal lugar.

—Hola —la saludamos, al unísono.

—Hola, preciosas —nos correspondió Sofi.

No pudo ni mirarnos, se incorporó a la circulación sin perder tiempo y se puso en marcha hacia la dirección del hotel.

El Atalaya se encontraba en una zona preciosa del pueblo. Estaba bastante apartado, rodeado de zonas verdes que le daban mucho encanto, pero, sobre todo, tranquilidad y desconexión.

Era impresionante, lujoso y con mucho estilo. Iba a ser la primera vez que entráramos, ya que solo lo habíamos visto desde fuera y de lejos. Había una barrera para acceder con los vehículos.

Si no te hospedabas en el hotel o llegabas con una reserva que te identificara, la única manera de entrar era caminando por un camino estrecho de piedra.

Desde ese camino se llegaba a una pequeña recepción y, si te dejaban acceder, todavía debías continuar por el camino, hasta la gran entrada del hotel.

Eso fue lo que hicimos en cuanto Sofi aparcó rápido en una zona amplia. Nada más bajarnos del coche, nos dirigimos hacia el camino de piedra que bordeaba la entrada principal de acceso a los vehículos.

—Es una pasada —dijo Sofi—. Ojalá se nos hubiese ocurrido a nosotras montar este lugar como está.

—¿Con qué dinero? —preguntó Noelia, entre risas.

—Eso es un detalle sin importancia. —Bufó, Sofi.

Soltamos una carcajada las tres y, haciendo comentarios divertidos, llegamos a la pequeña recepción.

—Hola —saludamos al hombre que nos esperaba en la puerta.

Nos paramos a unos pasos de él. El hombre intimidaba por sus músculos y su expresión seria. Su postura tampoco ayudaba, ya que tenía las piernas ligeramente abiertas y los brazos cruzados.

—Hola. ¿En qué puedo ayudarlas? —nos preguntó.

—¿Y si nos damos la vuelta? —nos preguntó Noelia—. Estamos a tiempo.

Apreté los labios para no reírme, mientras que Sofi le daba un golpecito por detrás de mi cuerpo.

—Me han citado en el hotel a las seis de la tarde —comencé a explicarle—. He recibido una carta en la que me piden que pregunte por Agustín. Según lo que ponía, él me está esperando y en el hotel saben decirme dónde encontrarlo al llegar.

—Un momento.

Asentí y nos quedamos fuera de la recepción. El hombre entró y, después de unos segundos, regresó.

Pero no se quedó ocupando el hueco de la puerta. Bajó varios escalones antes de pararse.

—Es correcto. El señor Agustín la está esperando.

Al decirlo, miró a mis amigas.

—Ellas vienen conmigo. Si hay algún problema con eso, me voy por donde he venido, con mis amigas —le dejé claro.

—Voy a daros paso a las tres, pero no sé lo que sucederá una vez estéis en el hotel.

—Gracias —le sonreí—. Lo mismo nos ves irnos rápido.

Fue muy leve, pero vi cómo sus labios se curvaban hacia un lado.

—Podéis ir tranquilas. —Nos señaló el camino de piedra, para que continuáramos por él.

—Gracias —le dijo Sofi, con un guiño.

—¿Te acostarías con un tío como ese? —le preguntó Noelia, con curiosidad.

—¡Pues claro! —exclamó Sofi—. ¿Tú no?

—Si consiguiera que su cara no me diese miedo, podía ser.

Soltamos una carcajada.

—A ti te van más los tíos más o menos de la estatura del que hemos dejado atrás, pero no con tanto músculo.

—Los músculos de ese hombre son exagerados, los de Alan están perfectos. Está tonificado por el deporte y…

Se quedó callada de golpe, con las mejillas de un color rojo intenso, cuando se dio cuenta del error que acababa de cometer.

—No me refería a Alan, pero si insistes…

Cuando terminó de hablar, Sofi me miró y no pudimos contenernos más. Comenzamos a reír, mientras que Noelia se agobiaba más.

Nos apiadamos de ella y nos quedamos calladas. La agarramos cada una de un brazo, le sonreímos, y de esa manera terminamos de recorrer el camino.

—Qué bonito es —comentó Noelia, mirando la fachada del hotel.

—Sí —dije.

—¿Habrá alguien de nuestro pueblo que tenga dinero para pasar aquí alguna noche? —preguntó con curiosidad Sofi.

—Ni idea, pero supongo que los dueños de las empresas pueden darse un capricho como este, ¿no?

—Pregúntale a Alfonso —me pidió Noelia.

Se refirió a mi jefe y sonreí.

—Alfonso y Cecilia son más de ir de campin —comenté.

Sonreímos las tres porque solo con mencionar al matrimonio nos salía una sonrisa.

Cecilia era la mujer de mi jefe. Mis amigas conocían bien a ambos, al igual que mi hermano y mis padres. De vez en cuando compartíamos momentos todos juntos, ya fuera en la casa de Alfonso y Cecilia, o en la de mis padres.

—Igualmente, la próxima vez que veamos a Cecilia le preguntaremos si han venido —comentó Sofi, con diversión.

—Vamos a terminar con esto —comenté.

Comencé a caminar hacia la entrada.

—Llegados a este momento, a mí no me importaría retrasar un poquito más nuestra marcha —rio Sofi—. Vamos a estar dentro, así que seguramente podamos dar una vuelta por las instalaciones.

—O sentarnos en el bar. Debe tener cafetería o bar. ¿No? —habló Noelia.

—Aquí tienes que valer un dineral hasta un vaso de agua del grifo —dije y reímos.

—Si encontramos un bar y podemos sentarnos, os invito a tomar una cerveza —comentó Sofi—. Eso sí, este fin de semana tendréis que invitarme a cenar cuando salgamos, porque de aquí salgo en números rojos.

Soltamos una carcajada, pero nos controlamos enseguida, en cuanto entramos en el hotel.

La elegancia estaba en cada detalle hacia donde dirigías la vista.

Sofi silbó, controlando el sonido, mientras que Noelia miraba de un lado al otro, impresionada.

—Hola —me dirigí a la chica que estaba al otro lado del mostrador de la recepción.

—Hola. Buenas tardes —nos saludó, sonriente—. ¿En qué puedo ayudarlas?

—He quedado a las seis con Agustín. Me avisaron de que en el hotel lo sabrían.

—¿Su nombre?

—Diana.

—Un momento, por favor.

Asentí y me separé del mostrador con mis amigas.

—Me encanta la fuente —comentó Noelia.

La fuente se encontraba desplazada hacia un lado, dejando el camino libre para entrar y salir. Esta estaba funcionando, dejando el agua correr.

—Perdone.

Al escuchar a la recepcionista, nos giramos hacia ella.

—El señor Agustín la está esperando —me comunicó, sonriente.

—¿Quién mierda es ese Agustín? —preguntó en un susurro Sofi.

—¿Dónde? —quise saber, apoyando las manos en el mostrador.

—Un compañero la llevará.

—Mis amigas también vienen conmigo.

—Claro. No creo que haya problema —me dijo y asentí.

—Voy a llamar para que venga un compañero.

—Gracias —le sonreí.

Al cabo de unos minutos apareció un hombre vestido con el uniforme del hotel y nos pidió amablemente que lo acompañáramos.

Lo seguimos después de despedirnos de la recepcionista. Íbamos caminando por un pasillo ancho y alto, cuando la melodía de mi móvil nos sobresaltó a las tres.

El hombre del hotel nos miró con diversión, pero no dijo nada sobre el grito que soltamos.

—Joder —dije riendo.

Busqué el móvil en el bolso y sonreí al ver el nombre de mi hermano en la pantalla.

Sofi puso los ojos en blanco. Noelia se hizo la despistada.

—Hola —dije al descolgar.

—¿Cómo va? ¿Ya habéis llegado?

—Va muy bien. No hemos tenido problema en entrar al hotel y todos han sido muy amables, por el momento. Ahora nos están llevando hacia donde está Agustín —carraspeé.

—Bien. Vigila el sitio al que os llevan y donde os quedáis.

—Tranquilo. Lo tenemos controlado —sonreí—. ¿Cómo va la guardia?

—Con el trabajo normal de siempre. Ahora estoy en otro descanso, pero más largo. Me he echado un rato en la cama de una de las habitaciones de descanso.

—A ver si puedes dormir un poco, que la noche es muy larga.

—Todavía es pronto, quizás más tarde. No te preocupes por mí, tú céntrate en lo que estás haciendo —me pidió.

—Te dejo. Parece que hemos llegado —le dije.

—Ten cuidado y, sea lo que sea, no tomes ninguna decisión precipitada. En cuanto puedas, llámame.

—Vale. Te quiero.

—Te quiero.

Colgué y me guardé el móvil en uno de los bolsillos traseros de la falda, antes de pararme junto a mis amigas al lado de una puerta.

El hombre agarraba el pomo y nos sonrió, antes de abrir.

En ese instante sí que me puse nerviosa, porque el momento había llegado. Todo me resultaba muy raro.

—Adelante —nos ofreció pasar el hombre.

Fui la primera en entrar, seguida por mis amigas.