¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 8
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Capítulo 8

—Gracias —le dije a la camarera.

Nos sonreímos y se fue a atender a otra mesa, ya que mi taza fue la última que había dejado en nuestra mesa.

Le eché un poco de azúcar al café con leche y lo removí.

—¿Iréis alguna noche al cine de verano? —nos preguntó Inés—. Hay cada noche de esta semana y las películas no están nada mal.

—A mí me gustaría, nunca he estado al aire libre viendo una película —comentó Rocío.

—Tiene que estar bien. Les diré a mis amigas si les apetece —dije.

—Claro. ¿Qué mejor que cenar al aire libre? —habló animada Inés—. Marcus y yo nos llevaremos una toalla tipo manta y cenaremos allí, viendo la película. No creo que nos veamos si hay mucha gente, pero quién sabe…

Se encogió de hombros.

—Queremos aprovechar para ir hasta el viernes, que será la última noche —añadió.

—Es un buen plan. —Asentí.

—Si te animas y no tienes con quién ir, pero te apetece, llámame y te vienes con nosotros.

—Gracias, preciosa.

Nos sonreímos.

—Lo mismo digo. Yo no sé si iré todas las noches, aunque es mejor opción que quedarse en el piso con el aire acondicionado. Quedaré con Mireia, pero si quieres, te unes a nosotras —me propuso Rocío.

—Sois las mejores —les dije, con un guiño—. Pero no os preocupéis por mí. Si Sofi y Noelia no se apuntan juntas a la experiencia, seguro que lo hace una u otra. Alguna noche sí que quiero ir. Se tiene que estar de lujo, como decís.

Cuando cogí mi taza, para darle un sorbo al café, la vista se me fue hacia la carta que estaba debajo de mi móvil. Bebí y, con las manos libres, retiré el teléfono para coger la carta.

Miré de nuevo el sobre con atención, por ambas caras, pero continué con las mismas dudas porque no hubo nada que me dijera qué contenía.

Mientras Inés y Rocío hablaban de lo que habían hecho el fin de semana largo que habíamos tenido de descanso, yo me puse a abrir con cuidado el sobre.

Dentro había una hoja doblada. La desdoblé y fruncí el ceño, al ver que contenía pocas palabras impresas. Era una carta, pero muy informal. No tenía membrete ni nada que me hiciera saber de quién venía, solo una firma, también impresa, pero sin ningún nombre.

—¿Qué pasa? —me preguntó Rocío, al darse cuenta de mi reacción—. ¿Es algo malo?

—¿De trabajo? —quiso saber Inés.

—No sé lo que es. Todavía no he leído —respondí—. Y no es del trabajo. Me la he traído del buzón de mi casa.

Levanté la hoja.

—Pues lee —me pidió Rocío.

Miré el sobre vacío que había dejado sobre la mesa. En la parte delantera era el único sitio que habían escrito algo a mano: mi nombre y mi dirección.

Me fijé en los trazos, pensativa, antes de dirigir la mirada a la carta.

«Diana Vera:

Esta breve carta es para citarla el día diez de julio, lunes, en el hotel Atalaya.

Venga a las seis de la tarde y pregunte por Agustín. Él la estará esperando y en el hotel le indicarán dónde encontrarlo.

Todas las dudas y respuestas le serán resueltas ese día y a esa hora, en la dirección indicada. Le aseguro que le interesa mucho conocer de qué se trata».

Lo siguiente era la firma sin nombre.

La leí varias veces, sin saber qué pensar. Venía de alguien que sabía mi nombre y apellido, y la dirección donde vivía. Pero yo no tenía ni idea de quién era ese tal Agustín y de qué iba esto.

—¿Qué? —me preguntó Rocío.

Como no sabía qué decir, con todas las vueltas que estaba dándole a la cabeza, alargué la mano y les di la carta, para que la leyeran ellas mismas.

Inés me la quitó y ambas se pusieron a leer.

—¿Esto qué es? —quiso saber Rocío, mirándome sorprendida.

Me encogí de hombros.

—¡El día que te citan es hoy! Es lunes diez de julio —habló con asombro Inés.

—Antes de que me preguntéis más, no tengo ni puñetera idea de quién me la ha enviado y qué voy a encontrarme si voy esta tarde.

—¿Y si no hubieras visto la carta? —me preguntó Rocío—. Nunca llevas al día el correo.

—Pues mala suerte. —Me encogí de hombros—. Se me habría pasado y ya está. Pero como tampoco sé para qué es ni estoy esperando nada…

—Qué raro —comentó Inés, pensativa.

Me devolvió la hoja. La doblé y la metí dentro del sobre, el que volví a dejar pisado por el móvil.

—El hotel Atalaya es el más lujoso del pueblo —dijo Rocío.

—Lo sabemos —rio Inés, nerviosa.

—¿Vas a ir? —me preguntó Rocío.

—No lo sé —contesté con sinceridad.

—Puedo acompañarte —me dijo Inés.

—Y yo —se ofreció también Rocío—. Podemos ir las tres si no tienes a nadie más con quien ir. Con tu hermano no creo que puedas contar, por su trabajo. Sofi sale a las seis y media de su empresa y ya sería demasiado tarde. ¿Y Noelia?

—Noelia puede acompañarme si decido ir —las calmé—. Tranquilas que, si se me pasa por la cabeza presentarme en el hotel, no lo haré sola. —Les hice un guiño—. Y mi hermano sacará la artillería pesada desde lejos, controlándome con la ubicación en tiempo real —sonreí.

Reímos.

—Quién será ese Agustín. Joder, sabe tus datos.

—Ni idea —suspiré.

Miré el sobre, pensativa.

Nos tomamos los cafés hablando del tema, hasta que quince minutos más tarde regresamos a nuestros puestos de trabajo.

Nos despedimos de Inés. Ella se quedó en la recepción y Rocío y yo subimos a nuestra planta, para ir directas a nuestras mesas.

—Volvemos a la triste realidad —dijo con un suspiro, al dejarse caer en su silla.

—¿Y esa es…?

—Que tenemos que trabajar y es lunes —contestó con varios bufidos.

Solté una carcajada y, riendo, llegué al armario bajo. Lo abrí para meter la carta dentro del bolso y volví a dejarlo cerrado.

El monedero y el móvil se quedaron conmigo. El primero, porque lo utilizaría para cuando bajáramos a desayunar.

Una vez estuve sentada en mi silla, con el ordenador encendido y una carpeta abierta, con las hojas de su interior esparcidas en orden sobre la mesa, cogí el móvil para enviar un mensaje escrito al grupo que compartía con mis amigas y mi hermano.

Tenía otro en el que solo estábamos las chicas, para cuando no queríamos molestar a mi hermano, en los momentos que estaba desbordado de trabajo.

Diana: Hola, guapos. Antes de nada, ánimo para el lunes. Hermanito, mucha fuerza para la guardia de todo el día.

Diana: Os escribo porque me ha pasado algo bastante raro. No sé qué pensar.

Sofi: Hola, cariño. Las palabras lunes y ánimos no hay manera de que combinen. Ja, ja, ja… Oye, ¿qué narices te ha pasado?

Diana: Esta mañana he cogido el correo de mi buzón, antes de venir para el trabajo. Por cierto, Noe, tengo una carta tuya. Luego te la doy. El caso es que hasta hace un rato no me ha dado por mirar de qué eran las cartas.

Diana: Resulta que había una que solo tenía mis datos escritos a mano. La he abierto tomando un café con las chicas y me ha dejado un poco loca.

No hacía falta que especificara quiénes eran las chicas. Mi hermana, Sofi y Noe sabían que me refería a Rocío y a Inés.

Noelia: Hola, preciosas. Vamos a dejar lo del lunes porque está siendo una mierda. ¡Y acaba de empezar! Pero voy a lo importante. Sigue contando lo de esa carta.

Sofi: Joder, ¿qué te ha pasado a ti?

Noelia: Que tengo un jefe proclamado el mayor rey de los imbéciles y a una compañera que le sigue muy de cerca. Nada nuevo.

Diana: Mándalos a la mierda ya.

Noelia: Ja, ja, ja… El día que lo haga va a temblar toda la empresa. Os lo aseguro. Pero todavía no. La venganza me la voy a tomar bien fría.

Sofi: Muy bien, así se habla. Prepárate bien para machacarlos. Diana, cuenta de una vez lo de esa carta.

Alan: Eso digo yo, nos tienes en ascuas a los tres. Hola, preciosas. Estoy en un descanso.

Sofi: Hola, guapísimo.

Noelia: Hola, guapísimo.

Diana: Hola, hermanito.

Diana: Voy a haceros una foto de la carta, para que la leáis vosotros mismos. Un momento.

Me levanté con el teléfono y fui hasta el armario bajo, el que abrí para sacar del bolso el sobre. Saqué la hoja, la extendí sobre la superficie del mueble y le hice una foto.

La envié al grupo y, mientras mis amigas y mi hermano leían y sacaban sus conclusiones, yo lo guardé todo de nuevo y regresé a mi mesa.

Miré a Rocío. Ella estaba hablando por teléfono, pero por trabajo. Me hizo un guiño, antes de continuar a lo suyo. Le sonreí.

Alan: ¿Qué mierda es esto?

Diana: Ni idea. Eso es lo que quiero saber.

Sofi: Joder. Normal que te haya dejado loca. Estoy flipando.

Noelia: ¿Quién es ese Agustín? ¿Y por qué, quién sea, sabe dónde vives? No me gusta.

Diana: Lo sabré todo en unas horas.

Alan: Y una mierda. Quítate eso de la cabeza, no vas a ir.

Diana: Acabo de decidir que sí. Quiero saber de qué narices va lo de la carta.

Alan: No me jodas, Diana. ¿Precisamente hoy que tengo guardia presencial?

Diana: No va a pasarme nada, me negaré a estar en cualquier sitio que no sea público y haya gente alrededor. Además, Noe puede venir conmigo.

Noelia: Por supuesto. Cuenta conmigo.

Sofi: Y también conmigo. Saldré a las seis del trabajo y voy a por vosotras para ir las tres juntas al hotel. No te preocupes por nada, Alan. En vez de pagar por un rescate, tendrás que aflojar el bolsillo y pagar por tres. Ja, ja, ja…

Noelia: Ya te vale. Ja, ja. Ja…

Diana: Sois los mejores los tres. Os quiero. Ahora os dejo, tengo que empezar a trabajar porque, entre unas cosas y otras, todavía no he hecho nada. Nos vemos esta tarde, chicas. Hermanito, no te canses mucho en la guardia y espera que sea tranquila.

Alan: Quiero que vayáis informándome cuando podáis. ¿De acuerdo?

Después de responderle las tres que sí y de intentar tranquilizarlo, nos despedimos por el momento.

No quería preocupar a mi hermano, y menos cuando no podía moverse del hospital, pero sabía que se hubiera enfadado mucho si me hubiera callado, por lo que había preferido hacerlo de esta manera.