¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 7
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Capítulo 7

Llegué corriendo a mi habitación, justo a tiempo, antes de que se cortara la llamada.

—Mamá —le dije rápido, para que no colgara.

—Ay, cariño. Pensaba que ya no era buen momento.

—No es el mejor, pero puedo hablar unos minutos.

—Vale. Solo quería saber cómo te había ido el fin de semana en las fiestas del pueblo. Desde el miércoles pasado no nos vemos.

—¿Y no has podido esperar a esta tarde? —le pregunté con diversión.

Salí de mi habitación para recorrer el pasillo e ir a la cocina.

Había dejado a medias el café que me estaba preparando, al salir corriendo a por el móvil.

Me puse delante de la cafetera y terminé de hacérmelo.

—Iba a llamarte anoche, pero se me pasó la hora y cuando me acordé ya era demasiado tarde. Con tu hermano hablé el sábado por la mañana. Me llamó en uno de sus descansos y me dijo que estuvisteis juntos el viernes.

—Sí. Estuvimos en el bar de Iván, después fuimos a ver de cerca los fuegos artificiales y a cenar al restaurante de la plaza. Nos lo pasamos muy bien. Alan se fue cuando salimos del restaurante. Tenía que madrugar para el turno de mañana.

Quité la taza de la cafetera y fui a la nevera para coger la leche. Me preparé el café con leche como me gustaba y devolví la leche a la nevera.

Salí de la cocina para ir al salón, donde me senté en el sofá.

—Sofi, Noe y yo fuimos a la feria —continué contándole—. Nos acercamos para montarnos en dos atracciones, y terminamos la noche dando una vuelta, comiendo algodón de azúcar y bebiendo mojitos que pedimos para llevar.

—Suena muy bien.

—Genial —sonreí—. El ambiente era increíble y se estaba de maravilla. ¿Papá y tú no salisteis?

—Sí, con Maite y Manuel. El viernes fuimos a cenar unas tapas a un bar y el sábado repetimos.

—Guay.

—¿Ya estás preparada para irte? —me preguntó.

—Todavía voy en pijama.

—¡Pero si te queda poco tiempo para salir de casa! Pensaba que el café era lo último, antes de irte al trabajo.

Reí, por lo nerviosa que se puso.

—¿Tú me ves nerviosa o con prisas?

—Pero…

—No hay problema, mamá. Voy a tomarme el café. Después iré a vestirme y saldré del piso con calma, para ir al trabajo en coche.

—Tienes suerte de no vivir en la zona centro, pero sí cerca de ella.

Se refirió a que a mí no me afectaban los cortes de los accesos con el coche.

—Pues sí. Besos para ti y papá.

—Igualmente, cariño. ¿Quieres venir este mediodía a comer?

—Para otro día.

—¿Mañana?

Reí.

—Venga. Mañana voy en cuanto salga del trabajo.

Las fiestas en el pueblo continuaban, pero para los que trabajábamos no. Después de un fin de semana largo, porque el viernes sí que cerraron todas las empresas, tocaba volver a la rutina.

—Estupendo. Le preguntaré a tu hermano porque me dijo que dentro de poco cambiaba de turno, pero no me acuerdo cuándo.

—Vale. Os quiero.

—Y nosotros a ti, cariño. Hasta mañana.

Colgué pensando que no le había dicho mi aventurita del viernes con el deporte, aunque era lo mejor. Noticias como esas, tan impactantes, debían decirse cara a cara.

Me reí sola por eso y comencé a beberme el café con leche.

Estaba tomándomelo todo con mucha paciencia, lo que me llevaría a retrasarme en el trabajo, pero me daba igual. Bastantes horas hacía otros días.

Además, mi jefe, para el que llevaba años trabajando, nunca me diría nada si entraba o salía antes. Se llamaba Alfonso, nos llevábamos genial y sabía de sobra que podía confiar en mí. Aparte, nuestra relación iba más allá de la empresa.

Cuando me terminé el café, fui a llevar la taza a la cocina, donde la dejé en el fregadero a remojo, y me dirigí a mi habitación para arreglarme.

Me vestí con una bermuda de lino que me llegaba por la mitad de los muslos y con una camiseta de tirantes anchos que se ajustaba a los pechos, pero que después caía un poco suelta hasta la cintura.

Durante unos segundos dudé frente al zapatero, en si ponerme las sandalias planas de tiras u otras con cuña. Al final ganó la primera opción, me calcé las planas y fui al baño a terminar.

Me cepillé el pelo y me lo recogí en un moño alto despeinado, dejándome varios mechones caer por los lados de la cara. Me pinté los labios con un brillo rosa y me perfumé.

El brillo de labios se fue directo a mi bolso, al que utilizaba para el trabajo.

Con todo hecho, me aseguré de tener el móvil y me fui de mi piso más tarde de la hora en la que solía hacerlo.

Mientras cerraba con llave la puerta, miré hacia la de Noelia. Mi amiga ya hacía un buen rato que no estaba, ella entraba a trabajar una hora antes que yo.

Bajé en el ascensor hasta la planta principal, para recoger el correo del buzón. Si no iba expresamente, siempre se me olvidaba. Saqué varias cartas y propaganda, y lo metí todo dentro del bolso, de cualquier manera. Cuando estuviera en el trabajo, tiraría lo que no me servía.

Volví al ascensor y terminé de bajar hasta la última planta, donde se encontraba el estacionamiento subterráneo del edificio. Conforme caminaba recorriéndolo, fueron encendiéndose las luces, hasta que llegué junto a mi coche.

Me monté en él, arranqué, y me dirigí despacio hacia la salida. Una vez en la calle, al incorporarme a la carretera, tomé la dirección de la empresa en la que trabajaba.

Normalmente, solía llegar en diez minutos, tiempo que recorté porque no encontré mucho tráfico.

En mi trabajo también tenía una plaza para estacionar, por lo que, al no tener que buscar aparcamiento, enseguida estuve caminando hacia la entrada del edificio.

Este tenía cinco plantas de altura. Era uno de los más altos de la zona y el que más destacaba por su fachada moderna.

—Buenos días, guapísima —saludé a Inés, la recepcionista.

—Buenos días, preciosa —me correspondió desde el otro lado del mostrador, con una gran sonrisa.

—¿Cómo ha ido el fin de semana largo? —le pregunté.

—Estupendamente. Menos ayer que necesitaba descansar, los demás días casi no estuve en casa —rio y sonreí.

—Yo también salí el viernes y el sábado, pero me lo tomé con más calma. —Le hice un guiño.

—Está genial, igualmente. ¿Viste alguno de los conciertos?

—El sábado. El viernes vimos los fuegos y fuimos en plan más tranquilo.

—El sábado fue una locura en el parque.

—Ahí estaba yo con mis amigas, entre tanta gente —dije, riendo.

—Yo también —se unió a mis risas.

—Nos vemos luego, Inés.

—Claro. —Asintió.

Me alejé del mostrador de la recepción para ir hacia el ascensor. Mi puesto de trabajo se encontraba en la cuarta planta, desde la que había muy buenas vistas.

En cuanto llegué, comencé a saludar a los compañeros que vi, mientras caminaba hacia mi zona de trabajo. Esta estaba al fondo y hacia la izquierda.

Detrás de mi mesa había un gran ventanal y, por delante de mí, un espacio abierto en el que no había más mesas de compañeros hasta unos buenos metros de distancia.

Eso hacia el frente y a mi espalda, pero a mi lado, a mi derecha, había otra mesa que ocupaba mi compañera Rocío.

—Buenos días, Diana —me saludó cantarina, en cuanto apartó la vista de la pantalla de su ordenador.

—Buenos días, Rocío —le sonreí—. Dime que esa felicidad se debe a que el jefe te ha dicho que cuando yo llegara podíamos irnos.

Mi compañera y amiga soltó una carcajada.

—Eso sería un sueño —suspiró—. No tengo ni idea de a qué se debe mi felicidad. Tal vez todavía me quede en el cuerpo algo de todo lo que he bebido durante las fiestas del fin de semana.

Reímos.

Dejé mi bolso a un lado de la mesa y me senté en mi silla.

—Esa ha sido buena —le dije.

—Y te aseguro que muy real —comentó con diversión—. ¿Tú no has salido?

—Claro, pero me he portado mucho mejor que tú —le confirmé, con un guiño.

Rocío soltó una risilla.

—¿Cómo se presenta el día? —le pregunté—. ¿El jefe ha venido a dejarme trabajo?

—Por ahora está muy tranquilo. Desde que yo estoy aquí no ha venido ni Alfonso ni nadie más.

Se encogió de hombros y asentí.

Me puse el bolso en las piernas, encendí el ordenador, y saqué de uno de los cajones diferentes carpetas con las que tenía que trabajar.

Después de dejarlas en la mesa y de teclear la contraseña del ordenador, fui a sacar el monedero pequeño y el móvil del bolso, para guardar el bolso en el armario bajo que tenía a mi espalda.

Ahí se quedaría, hasta que me fuera del trabajo, ya que cerraba con llave el armario. Igualmente, no me preocuparía si fuese de manera diferente, ya que confiaba en mis compañeros.

Puse el monedero sobre la mesa y, al coger el móvil, toqué con los dedos lo que había metido a la prisa del buzón de mi piso. Lo coloqué todo en la mesa y me levanté para guardar el bolso.

Al volver a sentarme, descarté la propaganda que había, lanzándola a la papelera, y agarré las cinco cartas. Una de ellas no era para mí, por lo que la aparté. Ya estaba acostumbrada a que me colaran alguna de mi amiga Noelia. A ella le sucedía lo mismo con las mías.

Al tener los pisos seguidos, era habitual.

De las cuatro cartas que quedaron, tres tuve claro de qué eran, pero la otra miré con curiosidad el sobre y busqué el remitente, pero no había información sobre él.

—¿Vamos a tomar un café? —me preguntó Rocío.

—Sí —le contesté, sin mirarla.

—¿Qué tiene de interesante?

Levanté la mirada hacia ella, para ver cómo observaba la carta. A eso se había referido.

Se había levantado de su mesa y ahora estaba al otro lado de la mía.

—No lo sé —le contesté, sonriendo—. Primero vamos a tomarnos el café y después lo averiguamos.

Me levanté de la silla con la carta de la mano, la que abriría tranquilamente en la cafetería, y guardé las otras tres en el primer cajón.

Cogí el móvil y me metí el monedero en un bolsillo de la bermuda, antes de rodear la mesa para ponerme al lado de Rocío. Bajamos en el ascensor hasta la planta principal, donde le pedimos a Inés que se uniera a nosotras.

Siempre que podíamos disfrutábamos de un tiempo juntas, aunque en ocasiones fuese muy breve, a según qué horas.

Inés aceptó encantada, dejando a cargo de la recepción a su compañera Aroa. Entre ellas se cubrían y, como Aroa acababa de llegar, Inés no tuvo problema en venir con nosotras.

Después de saludar a Aroa y de hablar un poco con ella, salimos de la empresa para ir a la cafetería.