Capítulo 6
—Venga —me pidió Sofi, para que me diera más prisa.
—Pero ¿dónde vas? El restaurante está hacia el otro lado —le dije extrañada.
—Estamos siguiendo a los dos hombres.
Agrandé los ojos y me paré de golpe, provocando que hiciera lo mismo porque tiré de su brazo.
—¿Qué? —me preguntó impaciente.
—¿Te has vuelto loca? ¡Que me ha pisado, no me ha amenazado!
—Joder, ya lo sé —rio—. No los estamos siguiendo por el pisotón que te ha dado. Por cierto, no veas cómo estaba ese hombre y eso que faltaba luz. Oye, ¿sientes todos los dedos?
Ambas miramos hacia mi pie dolorido.
—Sí. Demasiado porque algunos me molestan.
—Eso es bueno. —Asintió.
—¿Me puedes decir qué te ha dado ahora con perseguir a esos dos hombres?
Me crucé de brazos.
—Solo es interés.
Elevé las cejas.
—¿Tú no lo tienes? No puedes negar que ha sido curioso lo que ha pasado.
—Sofi —suspiré—. La sensación de habernos visto antes puede ser debido a muchas cosas.
—¿Sí? A ver, dime unas cuantas —me pidió.
—Y yo qué sé. Ahora no voy a pensar en eso.
Bufé.
—Quiero ir al restaurante. Mi hermano va a preocuparse como no lleguemos dentro de poco.
—Tu hermano lo que necesita es estar a solas con Noe. Le estamos haciendo un favor.
—Es mejor que no tensemos esa cuerda —dije con una mueca.
—Déjate de tonterías. A veces es necesario tensar tanto que parezca que se va a romper.
—¿Qué pretendes hacer? ¿Seguirlos y ya está? —le pregunté sobre los hombres.
—Claro. ¿Qué más quieres que hagamos? Aunque podemos arrastrarlos a un portal oscuro y… ¡Ay!
Se quejó del golpe que le di en el brazo. Exageró porque fue un golpecito, pero a mi amiga no le ganaba nadie a dramática.
—Eres una aguafiestas. —Puso los ojos en blanco—. Ahora cállate y sígueme, porque como los perdamos será imposible encontrarlos entre tanta gente.
Me dio la espalda y comenzó a caminar muy rápido, para recuperar el tiempo que la había retenido.
Solté un suspiro y la seguí, mientras sacaba del bolso el móvil. Le envié un mensaje a Alan, para que no se preocupara y se pusiera a buscarnos, por si con el ruido que había no escuchábamos los teléfonos si nos llamaba.
Diana: Vamos a retrasarnos un poco. Sofi se ha encontrado con unos conocidos y estamos hablando un rato con ellos. ¿Ya estáis en el restaurante? Id pidiendo el vino.
La respuesta de mi hermano me llegó seguida.
Alan: Vale. Tranquilas, aquí os esperamos. Sí, estamos sentados en la terraza del restaurante. Y para tu información, ya hemos pedido una botella de vino y la hemos vaciado por la mitad. Ja, ja, ja…
Diana: ¡¡No puedes beber más de unos cuantos sorbos!! ¡¿Qué pasará mañana si tienes que operar?!
Alan: Que haré algunos cortes menos precisos, pero al final el resultado será satisfactorio.
Diana: ¿Eso es un chiste de cirujanos? Porque a mí me ha parecido horroroso.
Alan: Ja, ja, ja… Eso no es un chiste ni es nada. Como tampoco he bebido. Bueno, sí, me he echado un dedo de vino en la copa y por ahora solo le he dado un sorbo para probarlo. Sabes que no voy a hacer ninguna tontería.
Diana: Vale. Gracias por dejarme tranquila, sin pensar que he perdido a mi hermano.
Alan: Ja, ja, ja… Cómo te va el drama a veces. Si os vais a retrasar mucho, dímelo.
Diana: En un rato te digo si vamos para el restaurante o si todavía no nos hemos movido. Hasta ahora.
Alan: Hasta ahora, cariño.
Guardé el móvil en el bolso sonriendo y dirigí la mirada a la espalda de mi amiga. Durante la conversación con mi hermano no había perdido de vista a Sofi, siguiéndola.
—He avisado a mi hermano —le dije.
—Estupendo. Hemos ganado tiempo.
Se paró de golpe y yo con ella, para no darle un empujón.
—Ahí están.
Me asomé por encima de su hombro y encontré a los dos hombres haciendo cola en un puesto de comida rápida. A mis amigas, a mi hermano y a mí también nos gustaba comer del puesto, algún día de las fiestas. Todo estaba buenísimo y entraba de maravilla.
—¿Y ahora? —le pregunté.
—Vamos a esperar un poco.
—¿Para qué? ¿Qué pretendes?
—Lo único que pretendo es lo que estamos haciendo. No vamos a acercarnos ni nada por el estilo —dijo.
Se encogió de hombros.
—Sigo sin entender qué estamos haciendo aquí —suspiré—. Quiero llegar al restaurante, tomarme una copa de vino, pedir la cena, cenar y pasar un rato muy bueno con vosotros. El tiempo corre y mi hermano se irá. Quiero que cene tranquilo.
—Mierda, es verdad.
Bufó y puse los ojos en blanco.
—Un poco más y ya está.
No perdí el tiempo en preguntarle más, porque las respuestas que me daba no me servían de nada.
Nos quedamos calladas, observando a los dos hombres.
Había una buena distancia entre nosotros. Por suerte. No le encontraba el sentido de estar perdiendo el tiempo de esta manera, pero continué entreteniéndome con cada uno de los movimientos que hacían esos hombres.
Cuando les tocó el turno, pidieron y después se pusieron a un lado del puesto, a esperar.
Contuve la respiración cuando el hombre que me había pisado comenzó a mirar hacia todas las direcciones, como si buscara algo.
¿Se había dado cuenta de que estábamos espiándolos? ¿Lo había notado? Joder, era lo que estábamos haciendo. Agrandé los ojos.
Agradecí toda la gente que había, porque nos servía para taparnos a Sofi y a mí. El hombre que me había pisado no consiguió vernos, ya que era muy difícil.
Cuando volvió a prestarle atención a su amigo, cogí una gran bocanada de aire, al darme cuenta de que había dejado de respirar en algún instante.
—¿Qué? —le pregunté a Sofi—. La culpa es tuya. Como no quites esa cara de diversión…
—Tendría que haberte visto —rio y yo bufé.
—Vámonos ya al restaurante.
—De eso nada. Tu hermano y Noe saben que nos retrasaremos, pues vamos a hacerlo por un buen motivo.
—¿Y ahora qué quieres hacer? —le pregunté, con sorpresa—. No me lo puedo creer —susurré.
Sofi me agarró de una mano y tiró de mí para que la siguiera. Eso volvimos a hacer, seguir a los dos hombres. Ahora el que me había pisado llevaba una bolsa con la cena y su amigo cargaba con un portavasos y con dos vasos grandes de cervezas.
Dejé que Sofi me llevara hasta donde quisiera, porque no valía de nada intentar que entrara en razón cuando se le metía algo con tanta fuerza en la cabeza.
Los hombres llegaron al parque del concierto y vimos cómo buscaban y ocupaban un hueco en la hierba, de cara al concierto.
Enseguida se pusieron a comer, después de hacer un brindis y beber cerveza.
En el parque, en la zona más amplia donde las personas lo daban todo con la música, no cabía nadie más.
—¿Qué opinas?
—¿A qué te refieres? —le devolví la pregunta, sin comprender qué quería decir.
—¿Sigues sintiendo que los has visto antes de hoy? ¿A los dos o solo a uno?
—Continuó con la misma sensación y es hacia ambos, aunque con uno de ellos es más fuerte.
—Ya… ¿El del pisotón? —quiso saber, mirándome de reojo.
—Sí. —Negué con la cabeza—. Pero todo esto no tiene sentido, Sofi. ¿Qué hacemos aquí? Por Dios, ¡qué parecemos acosadoras y acabamos de conocerlos hace unos pocos minutos!
—Pensaba que llegaríamos a alguna conclusión, pero sigo igual que al principio —dijo, haciendo una mueca.
—Entonces vámonos de aquí ya —le pedí.
—Al final nos quedaremos con las dudas —suspiró, dramáticamente.
Sonreí, antes de imitarla. Después terminamos riéndonos.
Sofi se agarró de mi brazo para alejarnos del parque e ir hacia el restaurante.
Todo iba bien porque habíamos conseguido pasar desapercibidas para esos hombres. La vergüenza que habría pasado si se hubieran dado cuenta de que…
Contuve la respiración en el momento en el que me moví para irnos. Justo en ese instante, mientras giraba el cuerpo, me encontré con los ojos del hombre que me había pisado.
Para mi sorpresa, estaba observándonos por encima del hombro. Nuestras miradas se quedaron enganchadas, sin ninguna barrera entre nosotros, aparte de la distancia que nos separaba.
Le sonreí disimulando, como si fuese una casualidad el volver a vernos, pero algo sucedió de repente. Algo que me dejó parada en el sitio, sin poder reaccionar.
No supe qué fue, pero por unos largos segundos todo mi alrededor dejó de existir, incluso mi amiga Sofi desapareció y ya no noté el peso de su brazo sobre el mío.
Tuve la sensación de que a él le sucedió lo mismo, por el desconcierto que dejó ver. Pero no podía asegurarlo.
Y ese algo que sucedió me hizo tragar saliva, mientras no podía apartar la mirada de la suya.
Hasta que todo se desvaneció tan rápido como llegó.
—¡Diana! ¡Diana! —me llamó Sofi, alzando la voz.
—¿Qué?
—Joder. ¡Qué susto me has dado!
Me abrazó con fuerza.
—¿Yo?
—Te has quedado rígida —susurró—. No podía moverte. Te hablaba y no reaccionabas. ¿Qué te ha pasado?
Apreté los brazos en su cintura, para que se tranquilizara, mientras mis ojos se encontraban de nuevo con los de ese hombre.
En esta ocasión no fue tan raro, simplemente nos mantuvimos la mirada y fui consciente de todo. Sobre todo, del abrazo cálido de mi mejor amiga.
Cerré los ojos con fuerza, con la necesidad de dejar de sentir tantas cosas raras, y cuando los abrí, una pequeña parte de mí se desilusionó, porque el hombre del pisotón continuaba con su amigo en la hierba, pero ya no me observaba.
Ahora me daba la espalda y mi esperanza se esfumó. Pero, ¿esperanza de qué?