¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 5
13%

Capítulo 5

Mateo

—Lo siento —me disculpé con la mujer a la que acababa de pisar.

No sabía ni cómo había sucedido. En un momento estaba hablando con mi amigo Leo, y al otro tenía casi encima de mí a esa mujer. Con pisotón incluido.

Una vez recuperado de la impresión, lo primero que hice fue mirar hacia su pie maltratado.

Mi expresión se contrajo al darme cuenta del daño que debía haberle hecho. Lo único que le cubría pequeñas partes de los pies eran unas tiras finas. Podía decirse que los llevaba al descubierto, por las sandalias que calzaba.

No había podido esquivarla, aunque podíamos dar gracias a que ni ella ni ambos habíamos terminado en el suelo. Podría haberla arrollado fácilmente, si no hubiera sido porque Leo me agarró de un brazo, frenando el avance de mi cuerpo.

Lo mismo había hecho yo con la mujer, sujetarla para evitar que se fuera para cualquier lado.

Cuando dejé de darle vueltas a lo que había pasado, me fijé en la mujer todo lo que pude. La luz de la calle no era muy buena en esta zona, por eso la habíamos elegido para disfrutar de los fuegos artificiales. Como muchas otras personas.

Desde esta parte los habíamos visto estupendamente, lo que no podía decir ahora mismo de las dos chicas que estaban frente a mí. Al lado de la que todavía sujetaba yo, había otra mujer que al mismo tiempo también agarraba del otro brazo a la que había recibido mi pisotón.

—No pasa nada —me dijo la afectada.

Habló tan bajo que tuve que esforzarme por escucharla, incluso echarme un poco hacia delante.

Al hacerlo, provoqué que ella diera un paso hacia atrás y, al retroceder, la solté del brazo.

Tuve una sensación extraña. Bastante extraña, de hecho, pero la sentía desde el principio.

Fue como si mi cuerpo y mi instinto me lanzaran una alerta, cuando no había peligro alguno.

—De verdad que lo lamento —repetí, con un carraspeo.

—Tranquilo, todavía tiene los cinco dedos en su sitio —dijo la chica que la acompañaba.

Ella no la había soltado y se ganó una mirada dura de la del pisotón. Agradecí no ser el destinatario de esa mirada, aunque a la otra le pareció graciosa su reacción porque sonrió.

—Oye, ¿nos hemos visto en otra parte? —me preguntó a la que había pisado.

Su pregunta impulsiva y de repente me sorprendió, porque…

—¿Tú también tienes la misma sensación? —le pregunté.

—Eso quiere decir que…

—Que creo que te he visto antes, pero es imposible —comenté.

—¿Por qué? —me preguntó, con el ceño ligeramente fruncido.

—Porque es nuestro segundo día en este pueblo —respondió por mí Leo.

Ambas chicas lo miraron, como si hasta este momento no se hubieran dado cuenta de la presencia de mi amigo.

—¿No sois de aquí? —preguntó la acompañante de la del pisotón.

—No —contestamos al unísono, Leo y yo.

—Vivimos a unos cuantos kilómetros de aquí —añadió Leo.

—Bastantes —dije.

—¿Habéis venido para las fiestas? —continuó preguntando.

—No, pero estamos aprovechando el tiempo —respondí.

—La verdad es que… —habló pensativa.

—¿Qué? —le preguntó a la que había pisado.

—Joder, que yo también creo que me suenan de algo, pero no termino de ubicarlos.

—Estamos equivocándonos los cuatro —dijo Leo.

—¿Eso quiere decir que tú también lo sientes? —preguntó con sorpresa la del pisotón.

—Qué mierda… —susurró la otra.

—Sí. Estamos liándonos y confundiéndonos con otras personas —comenté—. Es la primera vez que estamos aquí. —Miré a Leo.

—Sí —lo confirmó.

Sacudió la cabeza.

—Por última vez, lamento lo sucedido.

—Gracias. Ya no me duele —me dijo ella.

—Lo dudo, pero gracias a ti por querer quitarle importancia —sonreí de medio lado—. Que tengáis buena noche y disfrutéis de las fiestas.

No esperé a que alguien más hablara, comencé a caminar alejándome de ellas. A mi espalda escuché cómo Leo se despedía de las chicas, antes de caminar rápido para ponerse a mi lado.

—Qué situación más rara —me dijo.

—Ya… —Fruncí el ceño—. Se nos ha ido un poco la cabeza a los cuatro.

—Pues sí —rio—. Al menos no hemos sido los únicos.

Sonreí de medio lado, negando.

—Ha sido muy curioso —continuó.

—Déjalo ya —le pedí, mirándolo de reojo.

Cuando dejamos atrás la zona menos iluminada, nos recibió todo lo contrario. Comenzamos a caminar por las calles, mezclándonos con las personas que estaban por todos lados.

El acceso a los vehículos estaba cortado, por lo que la gente iba por medio de las carreteras con tranquilidad.

Según nos dijo el camarero del restaurante en el que habíamos comido, los únicos vehículos que podían circular por aquí, durante las fiestas del pueblo, eran los que tenían sus plazas de aparcamiento en sus edificios o casas.

Pero para ellos había un límite de hora para poder pasar. Cortaba el acceso a las siete y media de la tarde. Si alguien se retrasaba, debía estacionar fuera de la zona céntrica.

—Vale —dijo Leo, levantando las manos—. Se queda como otra anécdota más.

—Como si hubiéramos tenido muchas —comenté negando.

—Hoy estás muy pesimista. Llevo todo el día diciéndotelo.

—¿Eso es ser pesimista para ti? Porque para mí es ser realista.

Puse los ojos en blanco, mientras Leo reía.

—A ver, hombre realista, ¿qué te parece si compramos unos bocadillos de pinchos y unas cervezas, y cenamos en alguna parte de la hierba del parque del concierto que está más cerca de aquí? Ya se escucha la música. Empezaba después de los fuegos.

—Me parece una idea perfecta. De vez en cuando las tienes.

Leo soltó una carcajada y yo sonreí de medio lado.

Nos dirigimos hacia el puesto que vimos cuando íbamos hacia la zona de donde veníamos. La primera vez que pasamos por al lado, nos llamó la atención el olor.

Había gente por todos lados. Las terrazas de los bares y de los restaurantes estaban al completo, por lo que los interiores estarían igual. La gente iba y venía, y los que querían comer y no podían por falta de sitio, comían caminando, mientras hablaban y se lo pasaban bien con sus grupos.

Y, como era normal, al llegar al puesto de los pinchos tuvimos que ponernos a la cola. Por suerte, no era tan larga como había pensado en un principio.

No solo vendían pinchos. Había todo tipo de comida rápida para elegir.

—Si te apetece otra cosa…

—Un bocadillo de pinchos. Tengo antojo desde que los olí.

—Yo también. Somos demasiado fáciles, tío.

Reímos.

Poco a poco fuimos avanzando en la cola y cuando fue nuestro turno, le pedimos a la chica que atendía los dos bocadillos de pinchos con dos vasos grandes de cerveza.

Mientras esperábamos a un lado del puesto, dirigí la mirada alrededor.

—¿Estás escuchándome o estoy hablando para el aire? —me preguntó Leo, al cabo de un rato.

Busqué su mirada.

—Claro que estoy escuchándote, pero también puedo mirar a lo que nos rodea —contesté, con una ceja arqueada.

—¿Qué estaba diciéndote?

—Que vas a invitarme a la cena —sonreí de medio lado.

Leo soltó una carcajada.

—No me hagas recordarte que la comida la he pagado yo —le dije con diversión.

—Qué bien sabes salir de las situaciones. —Negó con la cabeza.

Le hice un guiño y pasé por su lado, cuando vi que llamaba mi atención la chica del puesto. Leo le daba la espalda y no se enteró.

Cogí la bolsa con la comida que me ofreció la chica, al mismo tiempo que con la otra mano le daba un billete. A pesar de lo que le había dicho a mi amigo, que le tocaba pagar a él, no tenía ninguna intención de que eso sucediera.

Leo enseguida se puso a mi lado y me miró con diversión. Él se encargó de coger varias servilletas que metió en la bolsa y el portavasos de cartón, en el que estaban los vasos de cerveza.

Nos despedimos de la chica cuando me devolvió el dinero que sobraba y nos alejamos del puesto. Íbamos a salir de la zona cuando me paré a observar de nuevo alrededor.

—¿Qué haces? —me preguntó Leo.

Se quedó adelantado unos pasos.

—Nada —contesté, sacudiendo la cabeza.

Me puse a su lado y fuimos hacia el parque en el que estaba el concierto. No tardamos en llegar y, después de buscar un hueco en el que pudiéramos estar cómodos, lo encontramos junto a un árbol.

Nos sentamos en la hierba y, mientras yo sacaba los bocadillos y las servilletas, Leo colocó el portavasos entre nosotros.

Le di uno de los bocadillos y cogí mi vaso, para quitarle la tapa. Mi amigo me imitó y chocamos con cuidado los vasos de plástico, antes de darle un buen sorbo a la cerveza.

—Deliciosa —dijo.

—Lo mejor. Y este momento también.

—No digas esas cosas que me emocionas.

Sonreí y bebí otro sorbo. Dejé el vaso encajado en el portavasos y rompí el papel que cubría una de las puntas del bocadillo.

Tenía una pinta espectacular y olía de maravilla, pero aún mejor me supo cuando le di el primer mordisco. Leo incluso jadeó cuando lo probó, lo que me provocó una carcajada con atragantamiento incluido, que nos hizo reír a ambos cuando me recuperé.