Capítulo 4
—Se está de maravilla —dijo Sofi.
—Sí —estuve de acuerdo.
Miré la hora en la pantalla del móvil.
—Quedan veinte minutos para los fuegos artificiales —les recordé.
No nos habíamos movido de la terraza del bar de Iván. Se estaba demasiado bien y no nos había apetecido.
—Por mí no lo hagáis —comentó Noe—. No hace falta que vayamos. Desde aquí se verán y, cuando terminen, podemos irnos directamente al restaurante.
—Pero no es lo mismo —le dije.
—Exacto —habló Sofi—. Cada año te hace la misma ilusión. ¿Por qué te da igual ir ahora?
—Lo has dicho tú. Aquí estamos de maravilla.
Se encogió de hombros Noelia.
—De pie, viendo los fuegos, también lo estaremos —intervino Alan—. Además, será poco tiempo. Dentro de poco tendremos que ir al restaurante.
—Como queráis —nos dijo Noe.
—¡Si lo estás deseando! —rio Sofi.
Se levantó y se colgó el bolso.
—Voy a pagar y al baño —nos dijo.
No nos dio tiempo a contradecirla en lo de pagar. Se movió rápido, antes de que pudiéramos hablar.
Los demás nos levantamos de la mesa y nos alejamos unos pasos de la terraza. Desde ahí observamos a Iván. Estaba junto a otros clientes, hablando con ellos, por lo que no quisimos llamarlo.
Fue Iván el que se dio cuenta de que nos íbamos, al cabo de unos segundos, y vino hacia nosotros.
—Continuad disfrutando de la noche —nos pidió.
Pasó por cada uno, dándonos un abrazo. Cuando llegó Sofi, hicieron lo mismo.
—¿Vais a dar una vuelta? Después de los fuegos comienzan varios conciertos —nos dijo Iván.
—Primero tenemos que alimentarnos, guapo —le dijo Sofi.
—Ah, que no habéis tenido bastante con las tapas que os he servido —comentó con diversión él.
—Esas eran para abrir boca —rio Noe.
—Ya veo —sonrió Iván—. Pues, hagáis lo que hagáis, a pasarlo bien.
—Ahora vamos a ver los fuegos de cerca y después a cenar al restaurante de la plaza. El resto no lo sabemos. Lo iremos viendo —le conté.
—Buen plan —me dijo, con un guiño—. ¿Mañana tienes turno de tarde? —le preguntó a mi hermano.
—No. Voy de mañana —le contestó Alan, sonriendo—. Así que ya puedes imaginarte cuál va a ser mi plan después de salir del restaurante.
—Tu cama —le dijo Iván, con una sonrisa pícara—. Solo.
Rieron.
Cuando escuchamos los petardos que anunciaban el inicio de los fuegos artificiales, nos despedimos por última vez de Iván y nos fuimos caminando con pasos rápidos.
—¿Corremos? —propuso Sofi.
Alan soltó una carcajada.
—¿Qué? —le preguntó ella, por su reacción.
—Yo no corro más hasta que pierda la memoria de esta tarde —comenté, con diversión.
—¿Cómo? —Me miró Sofi.
—Diana ha salido esta tarde a correr —le contó Noe, mientras se contenía para no reír.
—Ya… no cuela como broma. —Negó con la cabeza Sofi.
—Ojalá fuese una broma y estuviera riéndome ahora mismo —le dije—. En vez de notar debilidad en las piernas.
Bufé.
—¿Es verdad? ¿Has salido a correr? —Jadeó por la impresión.
Mi hermano volvió a reír.
—Cállate, que el único culpable eres tú —me dirigí a él.
Le di un pequeño empujón, pero Alan lo solucionó pasando un brazo por mis hombros y dándome un beso en la cabeza.
—Pelota —le dije, sonriendo.
—No tengo por qué —sonrió de medio lado.
—¿Podéis hacerme caso? —se quejó Sofi.
—Ya te lo he dicho. Créetelo —le pidió Noe—. Diana ha salido a correr esta tarde —repitió.
—¿Pero por qué?
—Durante la cena te lo cuento —suspiré—. Ahora vamos a disfrutar del espectáculo.
Los primeros fuegos salieron disparados hacia el cielo, cuando llegamos a una parte desde la que se podían ver estupendamente. Nos sentamos los cuatro en un macetero decorativo y desde esa posición, observamos en silencio las formas tan bonitas que explotaban sobre nuestras cabezas.
Noelia fue la que lo vivió con más intensidad, como cada año. Le encantaba este momento. Era el que más disfrutaba de todas las fiestas del pueblo. Y había mucho para elegir.
Unos minutos más tarde, demasiado rápido, todo había terminado. Alan, Sofi y yo reímos cuando Noe comenzó a quejarse como una niña pequeña a la que le han quitado su mayor diversión y distracción.
—Anda, vamos —le dijo Alan.
Le rodeó la cintura a Noe y se la llevó con él, mientras se movían entre todas las personas que también se iban de esta zona.
—¿Crees que algún día tu hermano terminará con tanta tontería? —me preguntó Sofi.
Se agarró de mi brazo y comenzamos a caminar.
—No lo sé —sonreí con cariño, pero también con pizca de tristeza—. Cuando le saco ese tema de conversación, me pide que lo deje estar, que no quiere hablar de ello porque no tiene sentido hacerlo.
Me encogí de hombros.
—Están perdiendo un tiempo valioso —dijo pensativa.
—Según mi hermano, lo que pasó entre ellos es pasado.
—Claro, por eso a veces se miran con anhelo. Ambos, ¿eh? Porque Noe no se queda atrás.
—Si ya no se acuerdan ni por qué lo dejaron —comenté, con un bufido.
—Mujer, yo tampoco me acordaría con un hombre como Alan —dijo riendo Sofi—. Preferiría recordar otras cosas mucho más interesantes.
—Ya te vale —reí.
—Tú harías lo mismo. —Me hizo un guiño.
—Pues sí.
Soltamos una carcajada.
—Tienen que arreglar ese lío de buenos amigos —comentó Sofi.
Puso los ojos en blanco y sonreí.
Eso eran mi hermano y Noelia, buenos amigos, desde que decidieron dejar de tener sexo frecuente durante cuatro meses.
Se conocieron por mí, ya que Noelia era mi nueva estrenada vecina y organicé una cena en mi piso. Cena a la que mi hermano también estaba invitado, por supuesto.
La atracción entre ambos fue instantánea, no la pudieron ocultar porque hasta a ellos les sorprendió aquella noche.
Después de eso y de varias salidas en grupo, en las que fueron tanteándose, comenzaron a quedar a solas. Disfrutaban, se lo pasaban bien, quedaban y hacían lo que les apetecía y querían.
De esa manera estuvieron durante cuatro meses, tiempo en el que todos los de su alrededor llegamos a pensar que tenían una relación. En sí lo fue, aunque no como los demás imaginábamos.
Tuvieron una relación muy especial, pero no hasta el punto de comprometerse y reconocerse.
Para mí, que me ilusioné mucho por ambos y que más feliz no pude sentirme, supuso un palo muy grande cuando me dijeron cada uno, por separado, que ya no volverían a verse más si no era un grupo, como buenos amigos.
Terminaron lo que tenían de un día para el otro, lo que nadie entendió. Y menos comprensible era cuando los veías juntos. La química y la conexión continuaban estando ahí. Había cosas que, por mucho que se quisieran ocultar, era imposible hacerlo.
Y la atracción también se notaba, aunque esta la controlaban más. Como había dicho Sofi, solo había que verlos cuando, en algunos momentos, se miraban sin que el otro se diera cuenta. Había tanto ahí…
—Yo no voy a meterme —le dije a Sofi—. Ya lo hice bastante en el pasado y terminé peor que ellos.
Me encogí de hombros.
—Es que no sé por qué tu hermano no hace nada —suspiró—. Es tan evidente todo.
—Tendrás que preguntárselo a él, yo hace tiempo que desistí de todo.
—¿Crees que es verdad lo que te dijo?
—Sí —le confirmé sin dudar—. Alan no me engaña en las cosas que me dice, pero eso no quiere decir que se guarde información o detalles para él. Si me dice algo, es verdad, o él cree que es verdad.
—Entonces debe ser cierto que ambos decidieron de golpe que lo mejor para mantener la relación de amistad era olvidarse del sexo y de intimar —dijo pensativa Sofi.
—Sí, pero tomaron la peor decisión de sus vidas.
Bufé.
—Ya. Joder, anda que deben tenerse ganas…
Nos miramos y soltamos una carcajada, a pesar de que la situación no nos gustaba nada.
Las risas se me quedaron atascadas en la garganta, cuando solté un grito de dolor. De golpe, recibí un pisotón inesperado que me hizo ver las estrellas y todo el firmamento, al llevar el pie al descubierto.
Las tiras de las sandalias no servían de nada para frenar un poco el impacto.
—¡Diana! —se preocupó Sofi, agarrándome de un brazo.
—Joder, joder… —Bufé—. Dios, creo que tengo partidos varios dedos.
—Ay, tus deditos. —Jadeó.
Ambas miramos hacia el suelo, donde nos encontramos con otro pie muy, pero que muy cerca de las puntas de mis dedos.
Fue en ese momento en el que me di cuenta de que alguien que no era Sofi me agarraba del otro brazo.
Levanté la cabeza para encontrarme con la cara de un hombre, casi delante de mí.
—Lo siento —se disculpó.
Estábamos alejados de la única farola que teníamos cerca y él quedaba de espaldas a la luz, por lo que nada favoreció a que pudiera verlo con claridad.
Pero, aun así, sí que lo vi lo suficiente como para apreciar sus facciones, su altura y su constitución.