¿Tú y yo en Irlanda? Capítulo 3
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Capítulo 3

En cuanto la imagen de mi hermano desapareció de la cámara, abrí la puerta del piso y, después de cerrarla, fui hacia la de mi amiga Noelia.

Pulsé el timbre y sonreí cuando abrió de un tirón.

—Hola, preciosa —me saludó.

—Hola, guapísima —le dije, con un silbido.

Se había puesto una falda pantalón y un top palabra de honor que le sentaba genial. Estaba preciosa y se había arriesgado a dejarse el pelo suelto, como yo.

—Tú también vas espectacular —habló haciéndome un guiño y reímos.

—¿Ya estás? Alan está abajo.

—Sí. Espera, voy a por el bolso.

Volvió pronto con él cruzado al pecho y, una vez cerró con llave la puerta de su piso, fuimos al ascensor.

—¿Al final qué has hecho esta tarde? —me preguntó, mientras pulsaba el botón de la planta principal.

—Salir a correr.

—¿Lo has hecho? —quiso saber, sorprendida.

—Sí, hija, sí.

Bufé.

—Eres muy mala amiga. Me has dejado sola ante el peligro.

—Joder, pensaba que te echarías para atrás. Cuando me lo has dicho, he pensado que estabas pasando por una locura transitoria y que se te pasaría rápido.

Se llevó una mano al pecho.

—Además, no me encontraba bien. Ya te lo he dicho. No puedes enfadarte conmigo —me pidió haciendo un puchero.

Solté una carcajada, mientras negaba con la cabeza.

Salí la primera del ascensor, cuando llegó a la planta principal.

—¿Te has enfadado? —insistió, por mis risas y ante mi silencio.

—Noe, no hay quien se crea que te encontrabas mal desde que te has despertado de la siesta. Por si no te acuerdas, al principio de la llamada que te he hecho, me has hablado con mucha energía y después la has perdido toda, cuando te ha convenido.

Me encogí de hombros y abrí la puerta del edificio.

—No has sido creíble. Tendrías que haberme dicho la verdad, que pasabas de acompañarme porque me había vuelto loca por querer hacer de golpe deporte —suspiré—. Lo mismo me habría servido para entrar en razón.

—Lo siento. De verdad pensaba que no lo harías. ¿Cómo de mal te ha ido?

Caminamos por la acera, yendo directas hacia mi hermano. Tal y como me había dicho, se había sentado en el banco, a la sombra.

—Ha sido horrible, Noe —le contesté con un puchero.

—¡Ay!

Se tapó la boca con una mano.

—Pensaba que el corazón se me saldría del pecho, por la boca o los oídos.

Ha sido espantoso. Y la respiración… Madre mía, no podía respirar.

El aire no me entraba bien y no conseguía coger el suficiente para que me llegara a los pulmones.

Y encima me temblaban mucho las piernas.

En algunos momentos pensaba que me caería. Todavía me las noto de gelatina.

Reí cuando me encontré con la mirada de mi hermano. Tenía una ceja arqueada, después de escuchar mi gran explicación.

—Dios, ¡qué horror! —exclamó Noe, con cara de susto.

—¿Ya estás bien, Noe? —le preguntó mi hermano—. Diana me ha dicho que has estado indispuesta esta tarde. Si es algo del estómago, te aconsejaría que hoy tomaras agua y que cuidaras la alimentación. Una sopa o algo muy ligero te sentaría bien.

Apreté los labios, conteniendo la risa, mientras que mi amiga lo observaba con la boca abierta. Ya estaba temiendo que mi hermano se metiera en su papel de médico y que la obligara a cuidarse, a pesar de que no lo necesitaba.

—Con eso no se juega —le dijo ella, señalándolo.

Alan y yo soltamos una carcajada.

—No seáis malos —nos pidió, con un suspiro—. Jo, que me da tanto miedo el deporte como a ti —me dijo—. Y no creía que salieras a correr, después de decírmelo.

Puso los ojos en blanco.

—Así que estás perfectamente y puedes comer y beber de todo —comentó Alan.

Noe asintió con energía, varias veces, y volvimos a reírnos. En esta ocasión, ella también.

—Vamos al bar —les pedí—. Sofi debe estar a punto de llegar.

Sofi vivía en la parte contraria a la de nosotros tres. El bar de Iván quedaba a medio camino y desde donde nos encontrábamos había unos seis minutos caminando.

Un paseíto agradable, ya que mi hermano dejó el coche estacionado en la calle. Y no solo fue por lo cerca que estaba el bar y la zona más concurrida del pueblo, sino porque en cuanto camináramos un par de calles, nos encontraríamos con el resto cerradas al tráfico.

Por las fiestas no se podía acceder al centro con vehículos y de esa manera continuaría, hasta que todo volviera a la normalidad. Después del caos del primer día ya nos habíamos acostumbrado, como cada año en estas fechas.

—¿Cómo van esas piernas? —me preguntó Alan.

—Solas —contesté.

Reímos.

—Todavía siento que me tiemblan. No sé, es una sensación rara y nueva para mí.

—Se te pasará poco a poco.

—Has sido muy valiente —me dijo Noe.

La miré de reojo.

—Pues prepárate porque el próximo día porque me va a dar igual que me enseñes un termómetro con más de cuarenta de fiebre —le advertí—. Igualmente, no me lo creeré.

—¿En serio te han quedado ganas de repetir? —me preguntó sorprendida.

—No, pero según Alan, con unas cuantas veces más le cogeré el gusto y con más tiempo lo necesitaré para sentirme bien.

Me encogí de hombros.

—Noe, te digo lo mismo que a mi hermana.

Si lo piensas, no lo harás, así que lo mejor es que te prepares y salgas a la calle.

¿Qué andas? Perfecto. ¿Qué puedes correr un poco?

Pues también perfecto. Lo importante es que os mováis y, cuando os deis cuenta, iréis subiendo de nivel.

Incluso vosotras os sorprenderéis de lo fácil que os resultará.

—No sé. Suena muy fácil, pero hacerlo… —carraspeó.

—Empezaremos sin prisa —le dije. Me agarré de su brazo—. Saldremos a caminar, daremos un paseo largo y ya verás cómo ni nos enteramos —la animé.

—Si es solo caminar…

No habló muy convencida y sonreí.

—Te aseguro que la locura de hoy no la hago más —suspiré—. Quiero intentarlo, hacerlo bien, y también quiero que me acompañes porque te mueves tan poco como yo.

—Para ir al trabajo y los demás para completar mis rutinas. Este paseíto también cuenta.

—Ya veréis lo bien que os viene, incluso solo porque estaréis al aire libre desconectando de todo lo demás.

—Eso también podemos hacerlo sentadas en una terraza, bebiendo una cervecita o lo que nos apetezca. Según la hora que sea —dijo con mucha gracia Noe.

Soltamos una carcajada.

—Poneos eso como premio, si andáis más de una hora. Es un reto que podéis hacer perfectamente —nos picó Alan.

—Va gustándome más —comentó Noe, y Alan y yo sonreímos.

Una vez que estuvimos por las calles solitarias de coches, comenzamos a cruzarnos con muchas personas. Fuimos saludando a todos los que conocíamos, mientras nos acercábamos cada vez más al bar de Iván.

Iván era el dueño y nuestro amigo. Tenía la misma edad que Alan y estudiaron juntos. Sofi y yo siempre fuimos dos cursos por debajo de ellos y éramos más grandes que Noe por un año.

—Al final os convenzo para que os preparéis para un maratón. Tiempo al tiempo —dijo entre risas mi hermano.

Noe y yo lo miramos como si se hubiera vuelto loco, lo que provocó que riera por más tiempo.

—¡Ya era hora! Casi me bebo toda la cerveza del bar —nos dijo Sofi, alzando la voz.

Los tres sonreímos mientras recorríamos los últimos metros que nos separaban de la mesa que había ocupado.

Nuestra amiga dejó su jarra de cerveza y se levantó, para saludarnos. Nos dimos abrazos y besos, antes de sentarnos todos.

—No dijimos la hora exacta —comentó Noe.

—Déjala —le pedí—. Si no se queja, no es ella. —Le hice un guiño.

—No me hagas hablar.

Puso los ojos en blanco.

—Buenas noches, preciosas y precioso.

Al escuchar a Iván, los cuatro levantamos la mirada hacia él.

—Hola, guapetón —lo saludó Noe.

Él le sonrió.

—Menos mal que me has dicho precioso, si no, no podría haber dormido esta noche —le dijo Alan.

Iván soltó una carcajada, mientras colocaba una mano en el hombro de mi hermano. Se dieron un abrazo rápido cuando Iván se inclinó hacia mi hermano.

—¿Cervezas? —nos preguntó.

—Jarras medianas —le contesté, señalando la de Sofi.

—Marchando. Lo mejor para mis mejores clientes —susurró con complicidad.

Iván se fue para traernos las bebidas, con las que regresó antes de que nos diera tiempo a iniciar una conversación.

—Diego estaba sirviéndolas ya —nos informó del motivo de su rapidez.

—Chico listo —dijo Sofi y todos reímos.

—¿Vais a querer algo más? Lo digo porque la cocina comienza a estar un poco colapsada, para que no se os retrase mucho.

—¿Pedimos unas tapas para picotear? —nos preguntó Noe.

—Por mí sí —contesté.

Al final, Iván se fue para pasar a la cocina el pedido que solo él sabía, por el momento. Dejamos las tapas a su elección, ya que todo lo que nos sirviera nos gustaría.

No había una sola cosa que no preparara Roberto, el cocinero, que no fuera una maravilla.