Capítulo 2
—Dios, ¡cómo te odio! —Fue lo primero que le dije a Alan, en cuanto descolgué su llamada.
Mi hermano soltó una carcajada y yo varios bufidos. El primero de ellos fue por él, los demás por el esfuerzo tan grande que acababa de hacer.
Estaba sorprendida conmigo misma, por lo lejos que había llegado. No en distancia, sino hasta el final.
—¿Qué he hecho yo? —me preguntó, haciéndose el inocente.
Solo por cómo me estaba escuchando ya se había hecho una buena idea.
—Enumerarme todos los puñeteros beneficios que tiene hacer deporte. Me cago en todo con lo de: «Diana, tienes que hacer deporte, te sentirás muy bien». ¿Quieres que te diga cómo me siento ahora mismo?
—¿Has empezado hoy? No me lo creo.
—¿A ti qué te parece? A ver si te piensas que mi falta de aire al hablar y mis bocanadas son porque me apetece.
Puse los ojos en blanco, mientras escuchaba de nuevo sus risas.
—No me hace gracia.
Me senté en un banco, dejándome caer de golpe por la falta de fuerzas.
—Ni te la hará hasta dentro de unos días, pero para entonces te habrás dado cuenta de que gracia es lo último que tiene que hacerte. Ahora que has empezado, tienes que continuar cada día para que te sirva de algo.
—Ya veré lo que hago, porque si digo ahora lo que pienso…
—No. Mejor quédate callada —me pidió, con diversión—. Te llamo por el mensaje que me has enviado.
—Hace como dos horas.
—Ya, las mismas que he estado durmiendo.
—Por eso no te he llamado. ¿Has descansado bien?
—Después de comer me dio tiempo de llegar al sofá, antes de quedarme dormido —me contó y sonreí, con cariño.
Mi hermano trabajaba en el hospital de nuestro pueblo, el que acogía a todas las personas de aquí y de los pueblos de alrededor. Era el único que había a muchos kilómetros.
Alan era cirujano general especialista en urgencias.
Desde hacía unas semanas hacía el turno de mañana, ya que trabajaba en turnos rotativos de mañanas, tardes y noches.
Aunque siempre debía estar localizable para estar disponible las veinticuatro horas del día, durante los siete días de la semana.
Aparte de sus guardias presenciales, en las que podía estar días enteros trabajando en urgencias.
Con lo liado que estaba en su trabajo, o más bien, limitado, Noe lo había incluido sin dudar en la reserva del restaurante, ya que las tres sabíamos que hasta el día siguiente no tenía que volver al hospital.
¿Podían llamarlo en medio de la cena o de cualquier otro momento? Sí. ¿Eso lo limitaba a no beber alcohol? Sí. Pero daba igual, preferíamos que disfrutara unas horas a que no lo hiciera nunca. Si tuviera que estar pendiente todo el tiempo de recibir una llamada, no se movería de su casa.
—¿Te apetece el plan que te he contado en el mensaje? —le pregunté—. Ir al bar de Iván, ver los fuegos artificiales, después al restaurante de la plaza a cenar y alargar la noche lo que nos apetezca y se pueda.
—Ahora mismo no me apetece, pero sé que me animaré. Al menos saldré un poco en las fiestas, en vez de vivirlas desde dentro del hospital. Pero me quedaré hasta la una menos veinte o menos diez, como mucho. Quiero estar en la cama a la una. Necesito levantarme descansado por la mañana.
—Claro, como si te quieres ir antes. Sabes que, por nosotras, lo que decidas estará bien.
—Lo sé.
Noté la sonrisa en su voz.
—Pues voy a darme una ducha. En cuanto esté arreglado, voy para tu bloque —comentó.
—No te arregles mucho porque hoy habrá muchas mujeres por las calles e irás dejando desmayos por todas partes.
Alan soltó una carcajada y yo sonreí.
—¿Ya has llegado al piso?
—No. Sigo a la misma distancia que cuando he descolgado —le contesté con diversión—. Yo también necesitaba descansar. Me he sentado en un banco porque me temblaban las piernas.
—¿Qué tipo de ejercicio has hecho?
—He salido a correr —le respondí con un bufido—. Yo. ¿Te lo puedes creer?
—¿Sinceramente? No —rio—. Si no te hubiera pillado casi al borde del desmayo y sin poder hablar, al faltarte la respiración, todavía estarías intentando convencerme de que hoy, por primera vez en tu vida, me has hecho caso en lo del deporte y has decidido hacer algo.
—Lo habrías notado en cuanto me vieras moverme a los siguientes días.
Reímos.
—¿Cómo te ha dado por correr?
—Yo qué sé —suspiré—. Pensaba que sería más fácil. A ver, me he alejado de mi zona caminando y, al cabo de un rato, he empezado a correr. Pero para mí ha sido mucho. En total habré corrido… no llega a veinte minutos.
—Está muy bien para ser la primera vez.
—Y la última.
Bufé.
—De eso nada. Mañana otra vez. Lo que puedes hacer es ir más despacio. Caminar también está muy bien. Puedes ir aumentando el ritmo progresivamente de un día para el otro, hasta que te veas forzada a trotar y de ahí a correr un poco más rápido.
—Esa idea me gusta. Convenceré a Noe para que me acompañe.
—¿Se lo has dicho hoy?
—Sí.
—Y te ha dicho que no se ha levantado muy bien de la siesta o cualquier otra excusa, ¿no? —preguntó serio.
—Efectivamente —contesté de la misma manera.
Soltamos una carcajada.
—Ya le diré luego que tiene muy buena cara para haberse encontrado mal —comentó con humor.
—Es capaz de pedirte que le hagas un chequeo, para seguir con su excusa —le dije.
Volvimos a reír.
—Levanta el culo del banco y ve a ducharte ya. Voy a llegar antes de que acabes.
—No sé si me veo capaz.
—En quince minutos llego, así que tú misma.
—No es verdad. Has dicho que ibas a ducharte —reí.
—Tienes veinte minutos. Hasta ahora.
—Hasta dentro de un rato.
Colgué sonriendo y me levanté del banco haciendo una mueca. Notaba todavía más la debilidad de las piernas, después de un rato.
Hice varias respiraciones profundas después de los primeros pasos, mientras pensaba que iban a pasar varios días para que me animara de nuevo a salir a correr.
La verdad era que no le encontraba explicación al haberme decidido a dar el primer paso. De no realizar ningún deporte en mi vida, había pasado directamente a lanzarme de cabeza, a nada más y nada menos que, a correr.
Como si tuviera fondo para aguantar. ¡Si aprobaba a lo justo la asignatura de gimnasia durante los años de colegio! Ese era un resumen perfecto para aclarar mi relación con el deporte.
Cuando llegué al edificio en el que vivía, subí en el ascensor hasta mi planta. En cuanto entré en mi piso, me dirigí a mi habitación para no perder tiempo.
Mi hermano no se retrasaría de la hora que me había dicho. Las dos únicas opciones eran que llegara puntual o que se adelantara unos minutos.
Me desnudé deprisa, para meterme en la bañera. Me sentó genial que el agua me cayera por la cabeza y me recorriera todo el cuerpo. Antes de enjabonarme, me tomé unos minutos de más disfrutando de la sensación. Por el calor que había pasado y para aliviar mis músculos doloridos.
Salí de la bañera pasado un rato, con una toalla enrollada en la cabeza y mientras me secaba el cuerpo.
Fui a la habitación para ponerme la ropa interior y saqué del armario la ropa que iba a ponerme. Elegí un pantalón corto y un top de tirantes finos.
Para encima, decidí llevarme un cárdigan que quedaba muy fino y elegante. Era holgado y calado, con las mangas de murciélago. Me llegaba hasta por debajo del trasero, aunque podía colocármelo por la cintura, ya que a veces me lo ataba por delante.
Con eso tenía más que suficiente para cuando refrescara, para sentir algo sobre los hombros.
Volví al baño para secarme un poco el pelo. Me lo dejé húmedo y suelto, y al terminar, me vestí y me calcé unas sandalias de tiras con cuña.
Saqué del armario mi bolso preferido, el que más utilizaba en mis salidas, y después de meter la cartera, un paquete de pañuelos y el móvil, doblé bien el cárdigan y lo coloqué con cuidado dentro.
Regresé por última vez al baño, para pintarme los labios y echarme perfume. No quise maquillarme, ya que tenía un color muy bonito de piel, de la mañana en la playa.
Justo cuando me colgaba el bolso al hombro y apagaba el aire acondicionado, sonó el timbre. Venía del portero del edificio, por lo que era mi hermano.
Salí de la habitación y fui hacia la puerta del piso, donde enseguida vi a Alan en el videoportero, al haberse activado la cámara. Estaba de perfil.
Pulsé el botón del videoportero para hablarle.
—Cara bonita —le dije.
La giró hacia mí, sonriendo, y le devolví el gesto.
—Ya estoy. Voy a picarle a Noe y bajamos.
—Vale. Aquí os espero.
—¿Te abro para que estés más fresco?
—No. Voy al único banco de enfrente en el que da la sombra. De vez en cuando corre aire y se está bien.
—Vale. Hasta ahora.