¿Tú y yo en Irlanda?
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Capítulo 1
Diana
—¿No os apetece un baño? —preguntó Noelia.
—Yo estoy en modo cangrejo —dijo Sofi.
—¿Diana?
—Si quieres esperarme, iré en un ratito. Si no te veo dentro del agua —le contesté.
—Te espero.
—Avisadme si me quedo dormida —nos pidió Sofi.
Sonreí, con los ojos cerrados.
Estaba tumbada bocarriba, con el sol calentándome el cuerpo. No podía abrir los ojos, debido a que llevaba un buen rato con ellos hacia el sol.
Debía hacer una hora, o tal vez un poquito más, que iba cambiando de postura para coger color. Sí, ya tocaba disfrutar de un baño, para refrescarme y quitarme el agobio del calor.
Sofi era diferente a Noelia y a mí. Ella podía pasarse horas sin moverse de la toalla, como si nada le afectara, y encima su piel era muy agradecida. Enseguida se ponía morena y pocas veces se quemaba.
Me moví en la toalla para colocarme bocabajo. Después de soltarme las tiras de la parte de arriba del bikini, para que me quedaran las menos marcas posibles, flexioné los brazos y apoyé la mejilla sobre las manos, con la cabeza girada hacia mis amigas.
Sofi y yo éramos amigas desde la primaria. Llevábamos toda la vida juntas, para lo bueno y para lo malo. Como siempre me decía, íbamos a cargar la una con la otra para el resto de nuestras vidas.
Ya no teníamos escapatoria, por muy pocas ganas que tuviéramos de vernos cuando nos enfadábamos.
Mi amistad con Noelia era más reciente, aunque llevábamos años siendo amigas. Éramos vecinas, vivíamos en el mismo bloque y en la misma planta. Nuestros pisos se encontraban uno al lado del otro.
Mi piso lo compré sobre plano, ya que invertí en una construcción nueva. De eso ya hacía ocho años, siete desde que entré a vivir en él. A Noelia la conocí a la semana de estar allí, cuando coincidimos al salir al mismo tiempo de nuestros pisos.
En aquel momento nos saludamos, nos presentamos y solo nos bastaron los primeros minutos de charla para saber que nos caíamos bien y que nos llevaríamos genial.
Esos bien y genial fueron agrandándose con el paso del tiempo. Cuando nos dimos cuenta, nos habíamos convertido en muy buenas amigas y no pasaba ni un día sin que nos viéramos, aunque fuese para saludarnos.
Compartíamos tiempo en el piso de la otra, compartíamos cualquier comida del día, siempre que podíamos, y muchas cosas más.
A Sofi y a Noelia las presenté a las pocas semanas del inicio de mi relación con mi vecina. A Sofi le creó mucha curiosidad todo lo que fui contándole de Noe y, según Sofi, debía darle el visto bueno para poder quedarse tranquila.
Y aquí estábamos. Desde el día que nos conocimos, pocas veces nos habíamos separado, siempre y cuando estuviéramos libres de nuestras obligaciones.
Sonreí recordando algunas anécdotas que habíamos ido acumulando con los años, mientras disfrutaba un poquito más del sol.
Hacía un día increíble, aunque demasiado caluroso si no tenías la oportunidad de mojarte. Por suerte, habíamos tenido la gran idea de pasar la mañana en la playa.
A la una y media recogeríamos y nos iríamos hacia el chiringuito, donde teníamos reservada una mesa para comer.
No debía quedar mucho, pero no me apeteció mirar la hora en mi móvil. Lo tenía dentro del capazo que siempre utilizaba para venir a la playa.
Durante un buen rato más estuvimos tomando el sol, hasta que fui la primera en moverme porque no lo soporté más. Tenía todo el cuerpo ardiendo, incluso la cabeza.
Me abroché las tiras de la parte de arriba del bikini y me incorporé despacio, asegurándome de que lo tenía todo bien atado y de que los triángulos de tela me cubrían los pechos.
Tampoco sería un desastre que se escapara algo, ya que de vez en cuando nos gustaba hacer toples. Pero para eso elegíamos otra playa. Esta en la que estábamos era la más cercana a donde vivíamos y podíamos encontrarnos con personas conocidas.
Al moverme, hice reaccionar a mis amigas. Esperé de pie a que estuvieran listas, mientras miraba hacia el mar.
El agua estaba en calma total. Llegaba a la orilla como una caricia y, sin tener en cuenta ese pequeño movimiento, el resto parecía una piscina.
—Vamos —dijo Noe, cuando se pusieron a mi lado.
Sonreí y comenzamos a caminar hacia el agua.
A Sofi y a mí nos costó varios grititos terminar mojadas del todo, mientras que Noelia se reía de nosotras, después de zambullirse en el agua y sacar la cabeza.
Una vez mojadas y pasadas las primeras impresiones, estuvimos de lujo y alargamos el momento todo lo que pudimos. Hasta que tuvimos que salir para secarnos un poco, antes de ir hacia el chiringuito.
Este se encontraba en la zona más alejada de la arena, a unos cuantos metros de distancia.
Después de unos minutos al sol, terminamos de quitarnos el exceso de agua del cuerpo con las toallas. Estas las guardamos en nuestros bolsos, junto a todo lo demás que teníamos fuera.
Una vez tuve puesto el vestido playero y las chanclas, y me recogí el pelo en un moño alto, me colgué al hombro el capazo para ir hacia el chiringuito.
Al llegar, una camarera nos acompañó a la mesa que nos habían reservado.
—Una botella de vino blanco, de la casa —le pidió Noelia.
La camarera se fue a buscarla.
Cogí uno de los paquetes alargados que contenían bastones finos de pan y lo abrí, para colocarlo en el centro de la mesa. Las tres comimos uno.
—Mañana podemos venir a pasar todo el día —comentó Sofi, mirando en la dirección del mar.
La mesa que habíamos ocupado se encontraba en la terraza, por lo que teníamos unas vistas preciosas de toda la playa. No nos daba el sol por ningún lado, estábamos protegidas y frescas por el gran ventilador que teníamos enfocado hacia nosotras.
—Claro —se animó Noe—. Y venimos preparadas, con la nevera y demás. Yo puedo hacer una tortilla de patata esta noche.
—Yo había pensado en repetir aquí para comer —dijo Sofi, refiriéndose al chiringuito—. Lo siento, pero yo paso de ponerme a hacer comida.
—Tú mejor entra lo justo a la cocina —le pedí.
Reí cuando me lanzó su servilleta.
La camarera eligió ese momento para volver con la botella de vino dentro de una cubitera llena de hielo.
Nos miró divertida, antes de abrir la botella y servirnos en las copas.
Se lo agradecimos y le pedimos que nos dejara un poco más de tiempo, ya que no habíamos mirado la carta.
—Qué bien sienta fresquito —comentó Noe, después de beber el primer sorbo de vino.
—De maravilla —estuvo de acuerdo Sofi.
—¿Esta tarde hay plan o queréis descansar? —les pregunté.
Cogí mi copa y me refresqué la garganta. Sí que entraba bien el vino, era una gozada con el calor que hacía y por lo bueno que estaba.
No entendía de vinos, pero sí de lo que a mi paladar le parecía perfecto. Y este vino de la casa lo sentía así. Era el que siempre pedíamos cuando veníamos a este chiringuito, y nos gustaba venir a menudo. Sobre todo, en verano, pero en invierno también.
Durante el año, el chiringuito solo cerraba un mes y medio. El resto del tiempo abría sus puertas y ellas las traspasaban muchas personas. Mis amigas y yo incluidas.
Estar en la playa y poder disfrutar de ella de cualquier manera era un extra en cualquier época del año. Aparte de que este chiringuito tenía mucho éxito por lo buena que estaba toda la comida que preparaban.
—Yo contaba con salir —habló Sofi—. Pensaba en descansar cuando termináramos de aquí y después vernos sobre las ocho o así, para tomar algo, cenar y después terminar con unas copitas. Son las fiestas del pueblo.
Se encogió de hombros.
—A mí me gustaría ver los fuegos artificiales —comentó Noe.
—Eso es fácil. A las diez de la noche miras hacia el cielo y arreglado —le dijo Sofi, con diversión.
—Pero no es lo mismo. —Hizo una mueca Noe.
—Podemos hacerlo todo —comenté—. Ahora reservamos en el restaurante para las diez y media, para no quedarnos sin mesa.
Nos vemos al final de la tarde, sobre las ocho, en el bar de Iván.
Nos tomamos unas cervecitas, hacemos tiempo hasta las diez, vamos a ver los fuegos y después al restaurante. Cenamos y más tarde las copas.
—Voy a llamar al restaurante —dijo Noe animada y sonreímos.
Buscó el número en su teléfono y la escuchamos hablar.
—¿Hola? Sí. Llamo para reservar una mesa para cenar a las diez y media. Sí. Estaremos ahí después de los fuegos artificiales y seremos cuatro. Sí. Claro. Muchas gracias. —Colgó, después de dar su nombre—. Hecho, ya tenemos reserva confirmada.
—Estupendo. Una cosa menos —nos dijo con un guiño Sofi.
—Yo me encargo de decírselo a Alan. Se unirá a todo —dije convencida, con un guiño.
Como había dicho Sofi, eran las fiestas del pueblo. La feria de las atracciones llevaba varios días montada y se alargaría hasta el final de la semana siguiente.
Durante diez días había muchas actividades por el pueblo, tanto para pequeños, como para jóvenes y adultos. Todos los espacios cobraban vida, al aire libre o a cubierto, como el teatro y distintas instalaciones.