Tú te lo pierdes Capítulo 34
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Capítulo 34

—Vas a acabar conmigo —sisea Sienna mientras intenta mantener el equilibrio con la palma de la mano apoyada en la pared.

—Hace semanas que no te toco. —La voz de Emma se escucha amortiguada desde abajo.

En todos los años en los que Emma Mitchell ha sido sexualmente activa, jamás ha sentido el hambre que experimenta desde hace meses.

A menudo se pregunta cómo estuvo tanto tiempo con Freddi porque, además de que no era especialmente creativo en la cama, el resumen correcto para definirlo todo es que es hombre.

Bien podría haber salido con alguna mujer en vez de elegirlo a él, pero también es consciente de la animadversión hacia las féminas que tenía cuando llegó a Londres, pero joder, estar de rodillas en un baño minúsculo devorando el sexo de su novia es el placer más exquisito que ha conocido jamás y que, por supuesto, no tiene comparación alguna.

Emma ya lleva casi dos meses en Boston y solo ha podido ver a Sienna en tres ocasiones.

La primera, el día que llegó y en el que pudieron pasar dos noches juntas.

Después, un encuentro que organizó la cantante para que pasaran cuatro días en Nueva York y ahora que ha aparecido por sorpresa en el estudio de Los Ángeles.

No había podido resistirlo más; las manos no dejaban de temblarle como si necesitara un trozo de Sienna para seguir respirando porque, a pesar de que se ha mantenido ocupada haciendo consultoría clínica especializada para el St. Catherine's Private Hospital, nada parecía funcionar hasta que Claire, harta de escucharla, se aseguró de que su hermana comprara un vuelo para el día siguiente.

Y ahí está, hundiendo su lengua en la humedad de la cantante, recargándose de vida.

—Cariño…

Lo escucha Emma como una caricia y aplana la lengua, moviéndola con más calma hasta que siente los espasmos y los gemidos amortiguados mientras Sienna se muerde el puño con fuerza.

—Hola —susurra la médica después de ponerse de pie y quedar frente al rostro enrojecido de la cantante.

—Hola, cariño. —Los ojos le brillan tanto que Emma siente que está disfrutando del amanecer más bonito de su vida.

—Siento no haberte avisado. —Emma aprieta los labios—. Quería sorprenderte.

—Lo has hecho. —La besa—. Y estoy encantada.

Salen del baño después de asearse, y Keisha, que está sentada en el sofá al fondo del estudio, ni siquiera levanta la mirada. Les da unos segundos para que puedan componer el gesto disimulado que sabe que van a hacer y se pone de pie.

—Sienna, aún te quedan cinco minutos del descanso —dice la mujer guardando el móvil. Coge un par de botellas de agua, camina hasta ellas y se las entrega—. Le diré a los chicos que vayan preparándose.

Le guiña un ojo a Emma y se gira para desaparecer tras una puerta.

—No sé cómo la has convencido. —Sienna levanta ambas cejas mientras abre su botella.

Emma sonríe porque Keisha resultó ser una cómplice maravillosa.

La médica no quería ocasionarle problemas a Sienna, así que se hizo con el número de teléfono de la mánager a través de Dylan y le dijo que tenía intención de ir a ver a su chica.

A Keisha le pareció una buena idea, porque la cantante llevaba días algo desconcentrada y tenía la impresión de que era porque hacía semanas que no se veía con ella.

La mujer estaba al tanto de la relación, por supuesto; de hecho, fue ella la que le sugirió a Sienna esa escapada a Nueva York.

Siempre ha creído que, si el artista está contento, puede dar más de sí frente a los micrófonos.

Gestionó que un coche la recogiera en el aeropuerto y la trajera directamente al estudio en el momento en que ella decidiera parar para hacer un descanso.

—Quizá algún día te lo cuente. —Emma se hace la misteriosa y le da un beso a Sienna—. Anda, te están esperando.

—No te vayas —Sienna lo dice caminando de espaldas mientras la señala.

—¿Y dejarte escapar? —Emma niega con la cabeza.

—Chicas, estáis muy guapas.

—Aquí, pareja.

Lo único que puede ver Emma es el destello de los flashes mientras levanta una mano hacia su cara para proteger los ojos, y la otra la mantiene aferrada a Sienna, que camina a su lado rodeada de dos guardaespaldas.

Hace varias horas que salieron del estudio y se fueron directamente a la casa de Sienna en Malibú.

Emma solo la había visto en fotos o en las videollamadas que hace con su chica; es más impresionante de lo que había podido imaginarse, a la vez que le parece tan grande como vacía.

Tiene dos piscinas, una sala de bolos que Sienna jamás ha pisado, sauna, un estudio de grabación y siete habitaciones enormes tipo suite.

El único lugar de esa casa que parece usado por Sienna es el estudio donde pasaba noches enteras componiendo lo que hoy son muchos de sus éxitos.

Emma no ha dicho nada, pero ahora entiende la necesidad de Sienna de vender la mansión y esas llamadas nocturnas acurrucada en el sofá de su estudio en vez de en su habitación.

Han decidido salir a cenar a pesar de que sabían que, como siempre, sería un drama con fotógrafos apuntándoles a la cara, pero ambas han tenido la necesidad de hacer lo que cualquier pareja haría tras semanas sin verse: hacer el amor y comer.

—¿Estás bien? —pregunta Sienna mirándola con culpa cuando al fin se suben al coche.

Emma le acaricia la cara.

—No te preocupes, ya te lo he dicho. —La besa y se engancha por un segundo a su labio inferior—. Estoy bien.

Sienna suspira, pero el corazón le late rápido y desagradable. Ella está acostumbrada a esa vida, pero Emma no, y le da pánico que la médica no pueda soportarlo, aunque le ha repetido hasta la saciedad que no lo está llevando mal.

El coche se mueve por las calles de Los Ángeles mientras ambas miran al frente con los dedos aún entrelazados.

Han experimentado tanto desde que volvieron a verse hace casi un año en Londres que parece que han vivido una vida entera desde el momento en el que Sienna se desplomó en Dublín.

Han ido reconstruyendo sus partes rotas sin prisa, primero con negación —al menos por parte de Emma— y luego con miedo, pero lo han logrado.

Cada paso que están dando las acerca a ese futuro del que han hablado durante largas llamadas telefónicas con la distancia de por medio o en la cama, perezosas, después de pasar horas perdidas entre sus pieles.

Los Mitchell aún no confían del todo en la cantante —Claire sí; Emma cree que quiere más a Sienna que a ella—, pero la médica sabe que la confianza tarda en conseguirse y es lo único que hace falta para que su relación roce la perfección.

—¿Cómo has notado a Dylan? —pregunta la cantante rompiendo el silencio en el coche.

—Animado. —Emma ha hablado con él varias veces desde que el mayor de los Cole decidió emprender un largo viaje por Latinoamérica—. Creo que necesitaba reencontrarse consigo mismo.

Sienna vuelve a sentir otra punzada de culpa, y esta vez es por su hermano, que dedicó su vida a ella dejando la suya a un lado. Emma lo nota —ya han hablado de lo que siente la cantante varias veces— y le aprieta la mano.

—Deja de hacer eso, cariño —pide Emma—. No puedes seguir cargando con el peso de todo lo que ha pasado en estos años. Dylan no se arrepiente de no haberse separado de ti, todo lo contrario: sabe que hizo un buen trabajo de hermano no dejándote sola. Ahora es su momento de vivir y lo está haciendo.

Isabel Vega ha hecho hincapié en eso mismo. Han trabajado en largas sesiones con esa culpa que Sienna arrastra, y le está costando más de lo que esperaba que pueda perdonarse por todo lo que les hizo a las personas que más ha querido.

—Gracias por venir a verme. —Sienna recuesta la cabeza en el asiento y gira el cuello para enfocar a su novia—. Necesitaba esto.

—Y yo te necesitaba a ti.