Capítulo 33
—Bienvenida a Boston, señorita Mitchell —la mujer en la pequeña caseta le devuelve el pasaporte con un gesto amable, pero seco.
Emma sonríe porque, a pesar de que en los ocho años que estuvo en Londres vino a su ciudad natal varias veces, esta vez es diferente: en esta ocasión no estará en Estados Unidos por unas semanas con esa incomodidad que la mayoría de las veces le atenazaba el pecho.
Hoy, después de un vuelo directo desde la capital inglesa que duró ocho horas, la médica vuelve a casa de forma definitiva.
El último mes ha sido menos duro de lo que en realidad se imaginaba, porque estaba segura de que los días pasarían con una lentitud agonizante, como cuando tienes vacaciones en el trabajo y las horas se hacen eternas.
No fue el caso: Emma estuvo tan ocupada entre las gestiones de todo lo que implica dejar un país en el que hizo su vida durante casi una década, que cuando Rachel la invitó a cenar para despedirse, se sorprendió de que solo le quedara una semana de ese lado del mundo.
Sienna volvió de Madrid al día siguiente de cerrar la gira en España y solo pudo estar tres días con ella antes de tomar un vuelo hacia Los Ángeles.
Han hablado cada día y, aunque la cantante se ha readaptado con facilidad, no ha sido del todo sencillo volver a mezclarse en el círculo en el que solía hacerlo.
Ha encontrado una terapeuta especializada en adictos en recuperación; le gusta, pero aun así sigue teniendo charlas tranquilas con la doctora Vega que la han ayudado a mantener la calma incluso en mitad de la noche.
Bendita sea la diferencia horaria, que le ha permitido a la cantante hablar con su terapeuta a las tres de la madrugada sin tener que sacarla de la cama.
—Hija —se escucha un chillido agudo y, cuando Emma gira el cuello, una muy llorosa Susanne corre hacia ella con los brazos abiertos.
Emma da varios pasos hasta que es arrollada por el cuerpo de su madre. Se sumerge en ese abrazo que solo una progenitora cariñosa es capaz de dar y la doctora suspira sintiendo que no solo está en casa, sino que ha vuelto a su hogar.
—Te hemos echado de menos —murmura la mujer intentando contener el manantial de lágrimas que le moja la cara—. ¿Has tenido un buen vuelo?
Su padre llega hasta ellas en ese momento y envuelve a su hija mayor entre sus brazos.
—Por fin en casa —dice el hombre con una sonrisa en los labios.
Emma se separa de ellos y los mira por unos segundos sin poder evitar que sus labios se estiren.
—Estoy feliz de estar aquí —contesta la médica, y comienza a caminar junto a sus padres mientras Jeffrey tira de sus dos maletas—. El vuelo estuvo bien, muy cómodo.
Evita mencionar que el billete en primera clase que Sienna insistió en pagar ―aunque Emma podía asumirlo perfectamente― hizo bastante más ameno el trayecto.
Salen hacia el aparcamiento y el aire frío les refresca la cara. El rostro de Emma se relaja y, cuando el aire entra en sus pulmones, reconoce el familiar olor de la ciudad en la que nació.
—¿Solo estas dos maletas? —Susanne las mira con gesto de duda.
Emma encoge los hombros.
—Cuando estás fuera de casa, tu vida cabe en dos maletas —la médica entra al coche junto a sus padres y se recuesta en el asiento para ponerse el cinturón de seguridad—. Regalé muchas cosas que había comprado para casa; creo que no había visto a Rachel tan feliz en años.
Emma niega con la cabeza al recordar a la enfermera haciendo aspavientos exagerados y llevándose las manos a la cara como si la cardióloga le estuviera regalando una bolsa llena de oro en vez de trastos acumulados a lo largo de los años.
Jeffrey conduce como es habitual, con una calma que Emma siempre ha envidiado, mientras hablan de tantos temas a la vez que está segura de que acabará mareada.
Cuarenta minutos después, el coche entra en la zona de Jamaica Plain y, tras girar en dos calles, su padre aparca frente a la casa familiar.
—Tu hermana ya ha llegado —Susanne señala el coche eléctrico de tamaño miniatura aparcado frente a ellos—. Quería recibirte en el aeropuerto, pero tenía una reunión que no podía cambiar.
A Emma el corazón le da un vuelco: ver a Claire es lo único que le falta para sentir que está en el sitio correcto.
Además, con su hermana es con la única con quien puede hablar de Sienna con tranquilidad, porque, aunque sus padres no van a meterse en medio de su relación con la cantante, Emma sabe que no están especialmente tranquilos ante la posibilidad de que se repitan los patrones del pasado.
Antes de que la médica llegue a la entrada, la puerta se abre y una sonriente Claire, vestida con un traje que le queda perfecto, avanza hacia ella para abrazarla.
—Joder, estás guapísima —suelta Emma, porque, aunque la vio hace unos meses en Londres, se ha cortado el pelo y eso hace que sus facciones se vean más delicadas.
—Esto es lo que pasa cuando la hermana guapa vuelve a casa y una no puede dejarse eclipsar —ambas sueltan una carcajada aún pegadas cuerpo a cuerpo.
La familia Mitchell Grant entra en casa y Emma comprueba que parece que por allí el tiempo no ha pasado. No ha estado en Boston en más de dos años porque las últimas veces han sido ellos quienes han pasado una temporada en Londres aprovechando para conocer algunos países vecinos.
—¿Cómo estás? —le pregunta Claire después de que tomaran un café los cuatro y sus padres salieran de casa horrorizados porque habían olvidado comprar agua con gas para Emma, a pesar de que ella les dijo que no era necesario.
La médica respira y suelta el aire con un resoplido dramático.
—Estoy bien, aunque me siento algo perdida —la médica solo es así de transparente con su hermana—.
No me malinterpretes: estoy segura de la decisión que tomé de volver, pero llevo tanto tiempo fuera, sin parar ni un momento, así que ahora que estoy aquí, sin trabajo, en casa de papá y mamá, no sé realmente cuál es el siguiente paso. No hay ningún plan.
—Y creo que puedes permitirte no tenerlo de momento, ¿no crees? —pregunta Claire sosteniendo la mano de su hermana mayor—. Como has dicho, llevas mucho tiempo sin detenerte, y creo que ahora mismo eso es perfecto. ¿Sienna y tú habéis hablado de cómo lo llevaréis?
Emma siente un cosquilleo en el pecho que le hace estirar los labios.
—Quiere que me lo tome con calma y decida qué es lo que deseo —Emma se ajusta las gafas—.
Ella tiene que estar en Los Ángeles la mayoría del tiempo; la semana pasada firmó un acuerdo con la discográfica, tiene que grabar el disco que sale a finales de este año y luego una serie de conciertos pactados.
Después de eso podrá instalarse donde quiera.
Claire mueve la cabeza, asintiendo.
—¿Y tú has pensado en dónde quieres estar?
—Con ella —Emma ni siquiera ha dudado.
Ya ha tenido mucho tiempo para eso: para los miedos, la incertidumbre de pensar si la relación puede o no funcionar; pero todo lo que ha ocurrido en las últimas semanas le ha ido proporcionando seguridad.
Sienna ha crecido tanto que en ocasiones la médica no la reconoce.
En esencia sigue siendo ella, pero hay otro tipo de madurez en sus actos y en sus palabras.
Al principio Emma pensaba que su actitud se debía a esa reconquista que la cantante había iniciado, pero con el paso del tiempo pudo comprobar que Sienna no es esa misma chica de veintidós años que una vez fue su novia; los años y —supone— las experiencias la han convertido en alguien increíble.
—Quiero estar en un sitio en el que las dos estemos cómodas —continúa la cardióloga—. Donde ambas podamos trabajar y disfrutar de nuestra relación.
—Dudo que eso sea en Boston —Claire escudriña la cara de su hermana—, pero eso es algo que ya sabías.
—Quiero un nuevo inicio para las dos. Sienna quiere vender su casa de Malibú —Emma se muerde el labio con nerviosismo—. Y como todavía tenemos que esperar al menos un año para eso, tendremos tiempo suficiente para estar seguras de hacia dónde va esto.
Claire la abraza —porque es mucho de abrazar— y le susurra al oído:
—Es normal tener miedo; estás dando un gran paso, y lo que te ocurrió con Sienna lo has sufrido demasiado tiempo —se separa y la mira a los ojos—.
Pero no por eso dejes de intentarlo. Estoy segura de que sabrá hacer las cosas de manera diferente esta vez —ahora ladea una sonrisa—.
Y no te juzgo, joder, con todas esas canciones.
Emma suelta una carcajada porque, a pesar del dolor que se percibe en muchas de esas letras, Sienna Cole literalmente empezó a pedir perdón por su error en el primer álbum que salió tras la ruptura.
No es la redención que hacen la mayoría de los amantes, porque ella cantó al mundo una súplica, desnudó su alma con cada una de las canciones y se atrevió a interpretarlas en todos los escenarios que pisó.
La médica se agradece a sí misma su entereza y la fuerza que tuvo para no escucharlas en su momento, porque no está muy segura de lo que hubiera hecho.
—¿Por qué no descansas un rato? —ofrece Claire una hora después de ponerse al día—. Voy a trabajar desde aquí y te llamo a la hora de comer.
Emma acepta porque está agotada: a pesar de que el vuelo fue cómodo, no durmió ni un minuto, y la noche anterior tampoco, nerviosa porque estaba a punto de dejar atrás una etapa de su vida.
La doctora Grant —Mitchell, la doctora Emma Mitchell— abre los ojos y le cuesta comprender durante unos segundos dónde está. Es su habitación, la de su infancia, y parpadea varias veces porque, aunque no pretendía quedarse dormida, ha sido tocar la cama y caer en un sueño profundo.
Revisa el móvil; no sabe nada de Sienna desde que aterrizó esta mañana en Boston, cuando hablaron apenas un par de minutos porque la cantante estaba en el estudio en medio de una grabación.
Se estira y la espalda le cruje, porque al parecer ha estado en la misma posición las tres horas que ha dormido.
Va al baño, se asea un poco y, cuando pasa por el pasillo, escucha una voz familiar.
Baja las escaleras intentando no correr como una adolescente de catorce años y, cuando llega al salón, un dorado que lo ilumina todo engancha su mirada.
—Hola, Em —Sienna sonríe, y Claire parece más emocionada por el momento que la propia Emma.
La escena es particular: Susanne trajina con algo en la cocina mientras su padre parece que mantenía una conversación con la cantante.
Emma no tiene tiempo de analizarlo, pero después sabrá que ese intercambio entre Jeffrey y Sienna no estaba siendo del todo amistoso, porque su padre le estaba dejando muy claro que, si volvía a hacer sufrir a su hija, la que tendría que mudarse de país sería ella.
Las dos caminan al mismo tiempo y se encuentran en el centro del salón.
—Hola —susurra Sienna, pero esta vez lo hace con un tono cómplice—. No sabes cuánto te he echado de menos.
A Emma no le importa que tres espectadores maleducados tengan la mirada clavada en ellas: le besa los labios a su chica porque es lo que necesita, y luego la abraza. Ahora sí, Emma Mitchell puede confirmar que realmente está en casa.
—No esperaba verte hoy —dice Emma acariciándole la mejilla.
—De verdad te echaba de menos —Sienna le pasa la mano por el cabello con suavidad—. Y no estoy segura de que en las próximas semanas pueda verte como quiero.
Un carraspeo mal disimulado hace que ambas se giren y vean a Claire poniendo los ojos en blanco con un gesto de «aquí no, que a papá y mamá solo les faltan las palomitas».
—¿Cuándo vuelves a Los Ángeles? —la ignora Emma.
Sienna hace un mohín con los labios.
—Pasado mañana. Keisha solo pudo conseguir ese tiempo; tengo varias entrevistas que no puedo cancelar.
Emma asiente, todavía mirándola a los ojos, embelesada.
—Ahora volvemos —la médica lo dice evitando mirar a nadie de su familia, y tira de Sienna escaleras arriba.
Cuando entran a su habitación y cierra la puerta, la espalda de la cantante se estrella contra la madera y de inmediato siente una boca caliente pegada a la suya.
Emma devora sus labios como un animal hambriento; ha podido aguantar ocho largos años sin tocar a Sienna, pero después de volver a hacerlo no puede soportar tenerla lejos.
—Joder —sisea la médica en los labios de Sienna—. Yo sí que te he echado de menos.
Emma no detiene sus movimientos: pega su pelvis a la de Sienna y baja las manos para acariciar sus costados. Se da cuenta de que está fuera de control cuando la cantante empieza a frenarla.
—Créeme, estoy loca por hacerlo —suelta Sienna con la voz entrecortada—, pero como poco, tu padre llamará a la policía.
Emma no se ríe por el chiste; tiene la respiración agitada y el pecho es un sube y baja errático.
—Vale, vale —da un paso atrás y se recoloca las gafas—. Esta noche me quedo contigo.
La cantante acorta la distancia que la médica había impuesto y vuelve a besarla.
Dos minutos después, están sentadas en el borde del colchón intentando que sus cuerpos dejen de vibrar. Esta vez ha sido Emma quien ha detenido el avance; prefiere hablar antes de volver al salón. Lo demás puede esperar a la noche.
—He grabado dos canciones para el disco —explica Sienna—. Estamos trabajando duro para terminar las grabaciones con margen y poder relajarme antes de comenzar los conciertos.
—¿Estás durmiendo bien? —es la respuesta de Emma en forma de pregunta, porque conoce a la cantante y sabe que cuando se pone en modo trabajo se olvida incluso de comer.
—Sí. Keisha es más exigente de lo que había pensado; ha elaborado un calendario marcando horas para cada cosa y se ha asegurado de que asista a las sesiones con la terapeuta —Sienna echa la melena hacia un lado—. Hace años, la hubiera despedido.
Emma lo sabe, sobre todo la parte en que la engreída Sienna Cole hacía lo que quería cuando quería. Nunca fue así con ella, pero ser una estrella en ascenso siendo tan joven suele convertirte en una persona insoportable.
—Me gusta Keisha, entonces —responde Emma.
—Pensé que solo le gustaba yo, doctora Mitchell.