Capítulo 32
—Me gusta más Londres que París —dice Sienna, tumbada bocabajo con la mejilla sobre la almohada de la cama del hotel en el Triangle d'Or de la capital francesa.
Emma arrastra la yema de los dedos con pereza por la espalda lisa de la cantante y nota cómo su rostro se va relajando.
Hace dos horas que se han refugiado, por fin, en la habitación después de que el concierto acabara.
No ha habido ningún tipo de celebración luego —como era habitual y a las que Sienna se aferraba como una especie de cura—; simplemente la banda junto a los miembros de su equipo han cenado en un restaurante cercano para luego separarse hasta el día siguiente.
Sienna ha necesitado tomarse un relajante cuando han llegado al hotel porque entre los nervios del concierto que pulsaban dentro de su cuerpo y la excitación por volver a los escenarios, se sentía inquieta, impaciente e incluso algo fuera de control.
La pastilla ha hecho su efecto junto a la agradable ducha caliente y el hecho de que Emma se arrodillara entre sus piernas para lamer con calma su sexo, haciéndola experimentar un orgasmo liberador y efectivo.
—Londres es precioso, una de mis ciudades favoritas. —Emma entierra sus dedos en la melena húmeda de la cantante, moviéndolos para masajear su cabeza.
Sienna no contesta de inmediato y la doctora cree que por fin se está quedando dormida después de un largo día, pero se da cuenta de que se equivoca cuando vuelve a escuchar su voz.
—Mi casa en Malibú es demasiado grande. —El tono no es el habitual; este parece tembloroso—.
Una mala decisión, ya sabes —suspira pensando en cuándo la adquirió—.
Quiero venderla e ir a por una más acogedora y, bueno, he pensado en comprar algo en Londres.
Después de que cumpla el contrato de Northstar, podría instalarme en cualquier parte y puede ser allí, si quieres.
Ya te fuiste una vez; no quiero que tengas que moverte otra vez ni que vivamos tan separadas.
Lo dice tan rápido que incluso hay palabras que a la médica le ha costado entender. Sin poder evitarlo, vuelve a tensarse, y Emma lo nota; es la primera vez en esas semanas que ve a Sienna tan insegura.
—Hay algo que no te he contado —es su respuesta, y la cantante levanta la cabeza de inmediato.
Tiene miedo. Ha cometido demasiados errores y en el camino ha destrozado muchas cosas, pero nada la hace temblar más que la perspectiva de volver a perder a Emma.
Sabe que, después de todo, hay posibilidades de que la relación no funcione y Sienna lo va a respetar si ocurre, por mucho que le duela, pero mientras estén juntas va a hacerlo lo mejor posible y a intentar redimirse por el dolor que le ha causado a la mujer que quiere.
—Hoy he presentado mi renuncia en la clínica. —Emma sigue moviendo las manos entre el pelo y la espalda de Sienna para tranquilizarla—. El preaviso de un mes ya ha comenzado y, después de eso, quiero volver a Boston.
Boston, a más de tres mil millas de Los Ángeles, pero al menos estará en el mismo país que Sienna.
—Quiero volver. Necesito volver a casa —se corrige Emma—. Llevo mucho tiempo queriéndolo y ahora es el momento adecuado.
Ahora sí, la cantante se gira y se sienta en la cama porque una conversación así lo merece. El corazón le late con tanta fuerza que vuelve a sentir ese nerviosismo al que empieza a acostumbrarse después de la cirugía a la que tuvo que ser sometida.
—Siento haberte alejado de casa. No debería haber pasado así.
La médica niega con la cabeza y engancha su mirada azulada con la de la cantante.
—Fue mi decisión; en ese momento era lo que necesitaba —Emma lo explica con firmeza—.
Luego me quedé en Londres porque en Boston no tenía la oportunidad que en el St. Catherine's me estaban dando.
Pude volver y aun así decidí no hacerlo, pero el tiempo allí ha llegado a su fin; he hecho todo lo que he querido y ahora es momento de volver.
Sienna la mira y Emma puede ver en sus ojos un destello de miedo.
—¿Y si lo nuestro no funciona? —la cantante pregunta y se remueve incómoda—. No quiero que tomes decisiones apresuradas.
—No vuelvo a Boston por nosotras, Sienna. —Su voz ha sonado más fría de lo que pretendía—. Lo hago porque necesito comenzar una nueva etapa, porque echo de menos estar en casa, tener a mis padres en el mismo país, ver a Claire.
Sienna asiente y estira una mano para acariciar los dedos de su chica.
La cantante estaba dispuesta a trasladarse a Londres aunque fuera más complicado llevar a cabo sus planes desde allí, pero ahora, con la noticia que le acaba de dar Emma, siente que todo se está poniendo en el lugar que le corresponde.
Quisiera darle las gracias, prometerle que esta vez no lo estropeará todo, y no lo hace porque todas esas palabras le suenan huecas; prefiere demostrárselo.
—Tus padres van a matarme. —La cantante hace un mohín con los labios y Emma suelta una carcajada que aligera el momento.
—Cuenta con eso —confirma; no le va a mentir: sus padres siguen dolidos con lo que hizo—. Tiempo al tiempo.
Sienna sigue jugueteando con los dedos de Emma. Deberían dormir; mañana vuela temprano a Lisboa y la médica de vuelta a Londres, pero está inquieta: hay demasiadas emociones en su cuerpo y, aunque son todas buenas, se siente incapaz de cerrar los ojos.
—¿Qué te ha parecido Keisha? —pregunta Sienna deslizándose otra vez al colchón y tumbando a Emma con ella para quedar de lado mirándose a la cara.
—No sé si es buena en su trabajo, pero desde luego impresiona y parece una mujer bastante seria.
Keisha Robinson, una mujer afroamericana de sesenta años, es quien, una vez que acaben los dos conciertos que le quedan en Europa, empezará a hacer el trabajo de Dylan, convirtiéndose en la mánager oficial de Sienna Cole.
Voló hace unos días para acompañar a la cantante en los conciertos y que se conocieran mejor.
Sienna había oído hablar de ella: una especie de leyenda que proviene de una familia de músicos, que no solo es exclusiva llevando a pocos artistas, sino que también es muy exigente con el tipo de vida que lleva cada uno de sus representados.
Las drogas, para Keisha, están prohibidas, el alcohol en eventos públicos también, y cualquier tipo de escándalo por adicciones, igualmente.
El contrato es muy detallado y los artistas suelen cumplirlo a rajatabla porque Keisha no es precisamente flexible y las demandas por saltarse las normas que ella impone son millonarias, pero, a cambio, sus cantantes suelen estar invitados a todos los eventos verdaderamente importantes, se mantienen en el top 10 de la mayoría de listas y, lo más relevante, son recordados por su música y no por sus inmoralidades.
Es lo que Sienna necesita porque, a pesar de que mucha gente piensa que las adicciones se superan yendo a terapia y alejándose de las tentaciones, la realidad es bastante más compleja: también es necesario asegurarse de que cada paso que da es firme, con el pensamiento tatuado en la mente de que, si vuelve a equivocarse, lo que perderá es infinitamente mayor esta vez.
—Nunca la había considerado porque era demasiado estricta. —Sienna hace una mueca con los labios. Hace unos años jamás hubiera firmado con Keisha por razones obvias—. Además, tenía a mi hermano, pero ahora todo es diferente.
Emma la observa como cuando se conocieron y al poco tiempo cayó prendada de ella, con una devoción que incluso derretiría a los corazones más fríos. La besa suavemente en los labios y se esconde en el cuello de la cantante.
—Todo será diferente —susurra la médica—. Un nuevo comienzo.
—Uno que no pienso desperdiciar —suspira Sienna—. Eso tenlo por seguro.