Tú te lo pierdes Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Déjate de tonterías y vamos, que no me gusta hacer esperar a mis pacientes. —Ahora la que habla es la antipática doctora Grant que todos conocen en la clínica.

Sienna lleva más de media hora con Emma en su camerino intentando mantener la calma.

Hace unos minutos ha terminado una llamada con la doctora Isabel Vega que le ha servido para reforzar todo lo que ha ido aprendiendo en las terapias.

Hace semanas que trabajan en técnicas para controlar esos cuadros ansiosos que estaba experimentando por su vuelta a los escenarios y los posibles ataques de ansiedad cuando llegara el momento de dar el espectáculo.

No está siendo fácil, ha vomitado dos veces y la sensación de pánico es tan intensa que siente dos manos apretando su garganta con fuerza.

Emma no solo está ahí siendo su chica, sino también su médica, revisando su pulso y sus constantes, cerciorándose de que está realmente bien.

—¿Mejor? —pregunta la doctora, poniéndole la mano en el pecho.

Sienna tiene los ojos cerrados, haciendo respiraciones controladas y llevando a su mente a un lugar seguro en el que pueda entender que todo está bien, que lleva muchos años haciendo esto y que no hay motivo por el que pensar que algo va a salir mal.

El problema lo tiene claro: llevaba mucho dando conciertos tan colocada que solo recuerda la euforia, su actuación desenfrenada y al público rugiendo con ella.

Ahora está consciente, es como si llevara tiempo cantando en la oscuridad y ahora alguien ha encendido los focos para que pueda ver realmente dónde está.

—Sí —dice, y el dorado empieza a aparecer cuando abre los ojos—, pero no voy a negar que estoy aterrada.

—Es normal, lo sabes, ¿no? Llevas meses fuera y volver nunca es fácil.

Alguien da varios toques a la puerta del camerino interrumpiéndolas.

Un segundo después, Dylan entra con el pinganillo puesto.

Antes de preguntar, el mánager escruta la cara de su hermana buscando alguna señal que le diga que debe cancelar el concierto, pero no la ve. Se nota nerviosa, pero parece fuerte.

—¿Estás lista para salir? —inquiere de todas maneras.

Sienna se pone de pie mientras asiente.

—Lista.

Dylan mueve la cabeza y se hace a un lado para dejarla salir junto a Emma.

La banda ya está en su posición y desde el pasillo se puede oír al público coreando el nombre de Sienna Cole.

La cantante sostiene la mano de Emma con fuerza, entrelazando sus dedos para buscar ese apoyo que tanto necesita, y su pecho se abre cuando lo encuentra, sintiendo un aleteo de paz al que sin duda va a aferrarse.

—Estaré al otro lado. Si no te encuentras bien, ya sabes lo que tienes que hacer y te sacamos de inmediato. —Dylan le pone las manos sobre los hombros a su hermana—. Tú cantas y yo te sostengo.

El hombre se da media vuelta y camina rodeando el pasillo para llegar a la otra punta, desde donde coordinará el espectáculo y podrá ver más de cerca a Sienna.

—Deséame suerte —pide la cantante cuando siente las manos cálidas de Emma en sus mejillas.

—La suerte no existe. —Emma le da un beso suave en los labios—. Existe tu talento y tu fuerza. Estás lista, cariño, y yo estaré aquí esperándote.

El siguiente beso es más profundo, necesitado, y dura más de lo que debería. Sienna se aferra al cuerpo de la mujer que nunca ha dejado de querer y tras una respiración profunda se gira para subir las escalerillas.

—¡Buenas noches, París! —el público recibe a Sienna en el escenario con una ovación que hace vibrar la madera bajo sus pies—. Es una noche especial porque por fin estoy con todos vosotros. Gracias por confiar en mí y lamento mucho haberos hecho esperar.

La gente grita y Sienna apenas entiende las palabras porque son miles de personas las que están ahí, por ella, y una vez más entiende lo afortunada que es.

—Voy a comenzar donde me quedé en Dublín, con una de las canciones que más tira de mí, y espero que de vosotros también. —Sienna ladea la cabeza y conecta su mirada un segundo con la de Emma.

La cantante mira al baterista que está esperando la señal y cuando la recibe, golpea las baquetas entre ellas tres veces y comienza.

El sonido de la guitarra atraviesa sus oídos, cada tecla del piano la siente en su pecho; entonces cierra los ojos y separa los labios:

Eres la razón por la que creo en algo más.

La calma después de cada tormenta.

Mi lugar seguro, mi puerta abierta…

Donde el ruido se vuelve silencio, donde el peso deja de doler, en tus brazos dejo de fingir.

En tu voz puedo por fin ceder.

Iba a la deriva en la oscuridad, amor.

Cada noche era igual que ayer.

Persiguiendo ecos, sombras vacías, llamando a alguien sin saber…

Una canción tras otra hace que Sienna se sienta más segura, que abrace aquello que una vez controló y que su público disfrute por primera vez en mucho tiempo de una cantante que sabe que está ahí y no en la estratosfera, gracias a todo lo que llevaba en el torrente sanguíneo cuando se subía a cantar.

El espectáculo dura dos horas y cuando los acordes de la última canción dejan de sonar, Sienna deja el micrófono en el soporte.

Da dos pasos atrás, junta sus manos y baja la cabeza en una reverencia, en un agradecimiento para los que están ahí abajo gritando su nombre.

—Gracias por estar aquí —dice recuperando el aliento y pegando los labios al micrófono—. Espero que algún día podamos volver a vernos.

Con eso se gira y cuando da unos cuantos pasos, abraza el cuerpo de Emma que la espera con una sonrisa radiante y los ojos llenos de lágrimas.

—Has estado increíble —dice la médica después de que Sienna liberara sus labios—. Lo has logrado.

Sienna ni siquiera puede hablar, la ola de sentimientos se la está llevando por delante y el nudo en la garganta no le permite emitir ningún sonido. Se siente bien, se siente libre y, sobre todo, amada.