Tú te lo pierdes Capítulo 31
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Capítulo 31

C harles Ellwood mira a Emma como si necesitara asegurarse de que lo que acaba de oír es completamente cierto.

Para el director del St. Catherine's Private Hospital el día no ha comenzado bien: Londres amaneció tan nublado como siniestro, ocasionando grandes retrasos en el tráfico y gente malhumorada.

Ha llegado tarde a una reunión que tenía y después de dos horas de auténtico caos, la doctora Grant se presenta en su despacho y deja caer una bomba que no se esperaba.

—¿Y cuándo tienes pensado marcharte? —pregunta Charles, entrecerrando ligeramente los ojos.

—Dentro de un mes. —Lo dice y se apresura a seguir hablando porque ha visto al hombre abrir la boca—.

He hablado con Recursos Humanos para revisar que, en efecto, en mi contrato está estipulado que el preaviso laboral es de treinta días.

También estuve reunida con el departamento legal y me han confirmado que no se abrirá ninguna investigación por conflicto de intereses; a pesar de que conocía a Sienna, llevaba ocho años sin verla, no había ningún motivo por el que no pudiera operarla o tratarla.

El acercamiento que hemos tenido empezó después de dejar esta clínica.

Lo tienen controlado por si a alguien se le ocurre hacer mención de esto.

Emma Grant no iba a asistir a esta reunión sin hacer antes bien los deberes; conoce a Charles desde que asumió la dirección del hospital.

No es un tirano, pero cuando se trata de la imagen del St. Catherine's, saca a relucir los brillantes colmillos que siempre mantiene a resguardo.

La médica tenía la certeza de que Charles, de forma sutil —o no tanto—, haría que el centro de salud se beneficiara de tener entre sus médicos a la mujer que se relaciona sentimentalmente con la muy conocida Sienna Cole.

Lo veía dando órdenes para que, en la página web y en los panfletos, la cara de Emma apareciera de alguna manera y ella no podría negarse porque cuando firmas el contrato, cedes parte de tu imagen para las necesidades de la clínica.

También pensó que podría tirar del posible lío en el que Emma se podría meter por haber operado a su presunta pareja, así que habló con su hermana Claire, que tiene mucha relación con el área jurídica y, cuando ambas lo tuvieron claro, la doctora Grant no perdió tiempo en gestionar una cita con la administración del St. Catherine's.

—Bueno, parece que lo tienes todo resuelto. —No hay rencor en las palabras de Charles, pero sí un deje de orgullo herido.

—No había mucho que resolver, Charles —Emma lo mira con gesto severo—, he tomado la decisión de dejar la clínica y me he asegurado de hacerlo bien.

Charles pone ambas manos con las palmas hacia abajo sobre su enorme mesa de madera.

—Entonces no hay nada más que decir. —Hace una pausa y levanta la barbilla—. Espero que hayas tomado la decisión correcta. Aquí en St. Catherine's eres muy respetada.

La médica sabe lo que hay debajo de ese comentario, esas palabras sutiles con poco filo que con seguridad esconden un pensamiento arcaico porque Charles debe de pensar que Emma abandonará su carrera en Londres para seguirle los pasos a Sienna mientras viaja por el mundo dando conciertos y olvidándose de su profesión para siempre.

No puede estar más equivocado, pero ella no lo sacará de su error.

—Es la correcta. —Emma se pone de pie y Charles tarda un segundo en imitarla. Le extiende la mano y él se la aprieta—. Si no nos vemos antes de que me vaya, fue un placer estar todos estos años a cargo del departamento de Cardiología Genética.

Charles esboza una sonrisa educada mientras su mente se mueve con rapidez valorando todo lo que tiene que hacer ahora.

Emma Grant es perfectamente sustituible; el problema es encontrar a alguien competente que en menos de un mes se una a la clínica, porque de buena tinta sabe que ninguno de los médicos que trabajan con ella quiere asumir el demandante cargo que no solo exige un alto conocimiento sino muchas horas de trabajo, guardias interminables y estar siempre disponible incluso en sus días libres.

Emma sale del despacho a paso perezoso, aún le quedan un par de horas de su turno y mucho que hacer antes de coger un taxi a Gatwick para tomar un vuelo a París.

Hoy es el primer concierto de la continuación de la gira europea que Sienna tuvo que suspender, por lo que la cantante lleva dos días en la capital francesa preparándolo todo junto a su equipo y la médica ha hecho malabares para poder estar con ella, aunque tendrá que volver a Londres al día siguiente mientras que Sienna se traslada a Lisboa y después hace el cierre en Madrid.

—Hey, extraña —le dicen por el pasillo y cuando Emma levanta la mirada, se encuentra con la figura de Rachel Ashford con las manos puestas en las caderas con actitud desafiante—. Se dice que ahora que eres la novia de Sienna Cole, eres aún menos accesible.

Emma suelta una carcajada corta y niega con la cabeza.

Ya está al tanto de lo que se susurra en los pasillos de la clínica, pero a estas alturas ni va a hacer un cambio en esa personalidad que ha creado entre los muros del St. Catherine's ni va a intentar convencer a sus compañeros de que estar con la cantante no la ha cambiado en absoluto.

—Para todos menos para ti —dice Emma y Rachel sonríe con la mirada brillante—. ¿Vamos a mi despacho? Tengo un rato antes de que llegue el señor Klein.

Emma ha decidido que todo el papeleo puede esperar; no le ha dicho a su amiga que se marcha de la clínica y tampoco quiere dejar que pasen los días porque conoce de primera mano la furia de la enfermera y, si se entera antes de que ella se lo cuente, el drama estará servido.

—¿Qué tal estás? —inquiere la médica y se sienta detrás de su escritorio.

Rachel frunce los labios.

—Muerta de hambre —se queja—. La nutricionista sigue comportándose como una villana, pero debo reconocer que me encuentro mejor. Ya no tengo esos ardores nocturnos que me despertaban y, además, he perdido algo de peso.

La enfermera da un giro modesto con los brazos abiertos para después sentarse de cualquier manera frente a su amiga.

—Y menos amargada —apunta Emma, que conoce el malhumor de la chica cuando tenía los problemas estomacales.

Rachel la señala.

—Buen punto. —Cruza una de sus piernas y entrelaza las manos alrededor de la rodilla—. ¿Tú cómo lo llevas?

Ya han hablado varias veces desde que la noticia de que la doctora Grant estaba con Sienna explotó en internet.

Rachel, como siempre, hizo bromas, pero también fue comprensiva al respecto, le dio algunos consejos y le dijo que crearía un grupo violento para participar en una reyerta contra los paparazzi si estos la acosaban demasiado.

Sin embargo, los últimos días, entre los libres y los turnos en los que no han coincidido, han hablado muy poco y solo por mensajes de texto.

—Ahora mejor. Empiezan a dejarme en paz, cada vez son menos los que me siguen y ahora que Sienna está en París han perdido más el interés en mí.

—Emma pone un codo sobre su escritorio y apoya la mejilla en la palma de su mano—.

Vengo de hablar con Ellwood. —Rachel la sigue mirando y la médica ladea una sonrisa melancólica que pone en alerta a la enfermera—.

Le estaba informando de que he dado el preaviso a Recursos Humanos. En un mes dejo la clínica.

Ambas mujeres se observan durante unos segundos y en esa mirada lo único que hay es nostalgia anticipada, un «te voy a echar de menos» y el agradecimiento de la médica por tantos años de amistad incondicional.

—Suponía que era lo que pasaría —Rachel lo dice estirando los labios—; es lo natural después de todo lo que ha pasado entre Sienna y tú.

Emma se muerde los labios mientras la escucha.

—No es solo por eso —aclara—. La decisión la he tomado impulsada por lo que siento por Sienna, pero la razón de peso es que llevo mucho tiempo queriendo volver a Boston.

Londres me ha dado mucho, Rach, te conocí, tuve una relación con Freddi, tengo más experiencia y, sobre todo, me ayudó a sanar algunas de las heridas con las que llegué.

—La médica suspira, no hay ninguna mentira en sus palabras—.

Estar lejos de mi familia, en un país diferente, ha sido duro y ahora que ya no tengo que seguir ocultándome de mi pasado, quiero regresar sin importar lo que pase entre ella y yo.

—Entonces tendré una excusa para conocer tu ciudad.

—Rachel adelanta el cuerpo y estira las manos para coger la de Emma—.

Sabes que siempre te he entendido, yo tengo la suerte de que Birmingham me queda solo a unas horas en coche, pero Boston queda muy lejos y si estar ahí te hace feliz, es donde debes estar.

El móvil de Emma emite un sonido que reconoce como una notificación de la aplicación del St. Catherine's Private Hospital. Su paciente, el señor Klein, acaba de llegar.

Rachel es la primera que se pone de pie y cuando Emma lo hace, se acerca a ella y le deja un abrazo cariñoso.

—Espero que no tenga que volar a los Estados Unidos a darle una paliza a Sienna por si te rompe el corazón. —Rachel aprieta más el abrazo—. Sus abogados me destrozarían y aquí no gano tanto dinero como para pagarme uno que me defienda.

Emma tiene que carraspear para no soltar un sollozo al escuchar a la mujer que aguantó su dolor y su mal humor durante años.

—Tienes que prometerme que irás a verme.

Rachel se separa de la médica y sube ambas cejas.

—¿Por quién me tomas? —hace un mohín—. Estaré ahí con una camiseta que diga «fan de Emma Grant».

—Mitchell —la corrige Emma; una de las cosas que recuperará a su vuelta a Boston es el uso de su primer apellido—. Mi padre no estará contento si sigo ocultándolo.

—Entonces espero que no adoptes el de tu novia cuando os caséis. —Rachel se lleva una mano a la barbilla—. Aunque suena bien. Emma Cole.

La doctora siente la tensión en la espalda que le sube hasta la nuca. Ni siquiera le ha pasado algo así por la cabeza.