Capítulo 30
E l vaivén de los dedos de la cantante está destrozando la cordura de Emma Grant.
Sienna es la que está encima, moviendo los dedos con agilidad mientras la médica bebe de su sexo con voracidad.
—No voy a aguantar mucho más —jadea la doctora mientras atrapa el sexo empapado de Sienna entre sus labios.
Es la tercera mañana que se despiertan de esa manera, entre caricias robadas y momentos guardados en años de anhelo.
Emma ha abierto los ojos primero y, cuando ha sentido esa piel tibia pegada a la suya, el calor la ha inundado por completo provocando una punzada de placer mezclada con amor.
Porque una cosa sí ha descubierto la médica estos últimos meses: lo que pensaba que sentía por la chica con la que estuvo ocho años atrás palidece con lo que está experimentando ahora.
Ha comprendido que la vida le dio a probar un bocado exclusivo de felicidad y luego se lo quitó de sopetón y la obligó a pasar hambre durante mucho tiempo; entonces Sienna volvió a aparecer en su universo y el ruido desapareció.
—Me voy a correr.
Esta vez el quejido ronco sale de la garganta de Sienna y la chica empuja sus caderas con fuerza sobre la boca de Emma, frotándose mientras empieza a sentir cómo el orgasmo crece en su vientre, a la vez que pega sus labios al clítoris de la doctora y la penetra con dos dedos en una perfecta posición de darse placer mutuo.
En la habitación solo se escuchan gemidos ahogados, palabras murmuradas y el chapoteo de sus sexos completamente mojados.
—No vayas a trabajar. —Sienna se gira con un movimiento torpe y trepa por el cuerpo de su chica como puede.
—Sabes a mí. —Emma le muerde los labios y se saborea a sí misma en la boca de la cantante—. Y tú también tienes que trabajar, así que vamos a la ducha o llegaremos tarde.
Sienna suelta un resoplido; se había acostumbrado a la rutina sencilla de hacer lo que le apetecía cuando quería y ahora que el cierre de la gira europea es inminente, los ensayos vocales han comenzado haciendo que su día sea un caos que, por fortuna, ha sabido controlar.
Durante las últimas semanas, se ha dedicado a seguir con sus sesiones en Blythemoor y, aunque la doctora Vega le ha dado el alta de forma extraoficial, la cantante ha descubierto que, gracias a esos encuentros, su mente es más fuerte, los ataques de ansiedad han disminuido y, lo que es más importante para ella, cuando los nervios le aprietan la garganta, es capaz de calmarse, de decirse a sí misma que todo está bien.
—Hoy iré a mi piso cuando salga del St. Catherine's; hace días que no paso por ahí. —Emma sale de la ducha con el cabello húmedo, las piernas desnudas y, mientras se lo dice, se abotona la camisa azul de manga larga.
Sienna se muerde los labios y niega con la cabeza.
—¿Sabes que estar cerca de los cuarenta te ha hecho más sexy?
Emma bufa y se gira para sacar el pantalón del armario.
Ese ha sido uno de los temas principales en las últimas cenas porque, a pesar de la vida que la cantante le ha dado a su cuerpo, sigue pareciendo aquella chica de veintidós que caminaba con aire arrogante por la fiesta de Chester Philip.
En cambio, a ella sí se le nota que está cerca de pisar una nueva década: las líneas de expresión están más marcadas, la piel no le brilla tanto y, desde luego, no aguanta las maratónicas folladas de Sienna Cole.
—Frank irá contigo —le dice Sienna, pegándose a su espalda—. Lo siento.
Emma se gira entre los brazos de la cantante y le desliza las yemas de los dedos por la piel del cuello. Siente el pulso, cómo late con calma y también el leve estremecimiento de la chica.
—No tienes por qué sentirlo. —Emma le da un beso corto—. Sabía dónde me metía cuando me dejé ver contigo.
La misma tarde después de la reunión en la oficina de los aliados de Northstar Records, internet se llenó de las fotos de ambas caminando por la calle cogidas de la mano.
Así fue durante días con la pregunta reiterada de «¿quién es la mujer que acompaña a Sienna Cole?
», además de cientos de teorías que iban desde que se trataba de su psiquiatra hasta que era una bailarina de ballet francesa.
A la cuarta mañana, uno de los medios más conocidos del entretenimiento publicó una cronología perfecta que empezaba en Boston con esa doctora con la que se le veía cenando o paseando por las calles de la ciudad, pasando por el desvanecimiento que tuvo en Dublín, su operación en Londres y su rehabilitación en Blythemoor.
Fue un resumen impecable y ese mismo día el mundo supo quién era Emma Mitchell Grant.
Al principio la médica no se lo tomó muy bien, pero al cabo de unas cuantas horas entendió que no se puede empezar una relación con una cantante famosa y conservar el anonimato por mero capricho.
Lo que sí decidieron es seguir manteniendo el acuerdo de no dar ningún detalle hasta que lo hicieran oficial.
De hecho, el equipo de publicidad de Sienna está preparado para dar el comunicado cuando ellas den el paso.
La parte que menos le gusta a Emma es el constante acoso que sufre por parte de las pirañas con cámaras.
Una vez que sale de la urbanización privada, ya tiene un coche pegado al suyo que la persigue a donde sea y la última vez que fue a su casa, había uno esperándola en las escaleras y, en cuanto la vio, empezó a lanzarle preguntas incómodas.
—Lo sé, pero sé que no es agradable y no quiero que tengas que sufrir porque esos imbéciles no saben cuándo parar.
—Dylan dijo que se cansarían; en algún momento dejaremos de ser noticia.
Sienna suspira y se recoge la melena con una goma fina.
—Es lo habitual, pero después de cuatro semanas siguen sin darnos tregua, aunque reconozco que son pocos.
Cuando están listas, bajan a la cocina. El ritual siempre es el mismo: café, huevos revueltos que hace Sienna y una fruta para el camino.
Desayunan hablando de cualquier cosa; hoy es sobre los ensayos.
La banda de Sienna tiene que llegar a Londres la siguiente semana para, diez días después, volar a París.
Todo será bastante rápido, porque tras ese primer espectáculo irán a Lisboa y al día siguiente cerrarán en Madrid.
—¿Has vuelto a hablar con tus padres? —pregunta Sienna después de acabarse el desayuno.
Emma asiente, termina de masticar y se levanta para llevar ambos platos al fregadero.
—Ayer por la tarde, en uno de mis descansos.
Mi madre sigue preocupada, ya sabes cómo es.
—Emma abre la nevera para coger dos botellas de agua y le entrega una a la cantante—.
Mi cara está hasta en las revistas de cotilleos que venden en el barrio y piensan que alguien puede secuestrarme porque estoy saliendo con Sienna Cole.
La médica pone los ojos en blanco cuando lo dice porque su madre siempre ha sido así de exagerada.
Su padre, aunque no ha dicho mucho, sabe que no está demasiado convencido de que su hija vuelva a aventurarse a una relación con Sienna, porque la vio tan deshecha cuando ocurrió todo aquello que la posibilidad de que lo vuelva a pasar así de mal no le gusta nada. Claire, en cambio, sí fue directa:
—Si es lo que quieres, nadie va a frenarte.
—Al fondo se escuchaba el ruido del aeropuerto en el que estaba—.
Pero ya sabes todo lo que ha hecho durante estos años.
Tú más que nadie, siendo médica, sabes las secuelas que experimenta un adicto o las recaídas que puede tener.
Si decides dar un paso adelante con Sienna, también lo haces con sus fantasmas.
Y vaya si Emma lo sabe. Ha estado a su lado en cada ataque de ansiedad, en cada instante de duda, de debilidad y de incertidumbre, pero en ninguno de esos momentos la médica ha vacilado, nunca ha pensado en el típico «¿en qué coño me estoy metiendo?
», simplemente sabe que cuando se ama no solo se espera la parte bonita: también hay días de oscuridad, de lucha e incluso de dolor, pero si el amor es sano como el que ella siente por Sienna, no se moverá de ahí ni a pedradas.
—Tu padre no tiene que estar nada contento. —Sienna lo sabe porque lo conoció de cerca y, aunque le dio mucho cariño, también le demostró que con su familia no se juega.
—No, no lo está.
Emma se lo dice en un tono suave, pero Sienna sabe que debajo esconde un filo que, si no tiene cuidado, la puede cortar, porque cuando lo de ellas sea oficial, la cantante tendrá que darle la cara a Jeffrey Mitchell.
—¿Nos vamos? —pregunta la doctora revisando la hora en su móvil.
Sienna también revisa su teléfono para confirmar que los coches las esperan fuera. Emma ha tenido que dejar de usar el suyo y va con uno más discreto que siempre conduce un chófer acompañado de un escolta. No está demasiado contenta, pero es la forma más segura de moverse.
—Nos vemos esta noche. —Sienna la besa antes de abrir la puerta principal.
—No cantes demasiado —le susurra Emma, enganchada a su boca.
—Por suerte salgo con una doctora que puede curarme si se me irrita la garganta.