Capítulo 29
—Sienna, Sienna, aquí.
La cantante no puede identificar exactamente de qué boca salen los gritos. Hay al menos veinte personas diciendo su nombre, llamándola como si que la cantante girara la cara fuera algo vital para los paparazzi que apuntan sus cámaras hacia ellas.
—¿Es cierto que has superado las adicciones? —alza la voz uno.
—¿A qué estabas enganchada? —esta es una mujer.
—¿Cuándo vuelves a los escenarios? —otra voz.
—¿Es verdad que estás arruinada porque te has gastado todo en drogas?
—¿Quién es ella?
«¿Quién es ella?»
Esa última pregunta es la que le hace acelerar el paso porque nada de esto estaba planeado y lo último que quiere es involucrar a Emma en esta pérdida de control.
No han tenido «esa» conversación sobre cómo tratarían la relación de cara al público si finalmente lo suyo funcionaba.
Era muy pronto para tocar ese tema; se estaban dando la oportunidad de conocer a la Sienna y la Emma adultas tras todos esos años sin verse, y ni siquiera habían mencionado nada sobre qué pasaría si las fotografiaban juntas.
Emma veía a los periodistas como buitres revoloteando fuera de la urbanización privada en la que ahora vive la cantante, también tras la verja de Blythemoor prácticamente acampando noche y día, pero ella nunca tuvo ni que enfrentarse a ellos ni dar explicaciones.
—No se detengan, por favor —la voz de uno de los guardaespaldas de Sienna las insta a mantener el paso porque Emma lo ha ralentizado para observarle la cara a la cantante, que parece estar perdida en medio de los gritos.
—¿Estás bien? —pregunta la doctora.
Sienna esconde los labios y los convierte en una fina línea.
—Cuando subamos al coche, lo estaré.
Emma no lo piensa, no lo planea, simplemente mueve su brazo hacia un lado y le toca la mano a Sienna.
La cantante baja la mirada, nota el gesto y sus ojos dorados sufren una pequeña transformación cuando se encuentran con los de la médica.
No se dicen nada, no es necesario; quizá forma parte de esa conexión que surgió hace tanto que las hace poder entenderse con facilidad.
Entrelazan los dedos y el mundo se apaga, solo se escucha el eco de los disparos de las cámaras y las voces sofocadas por el momento.
Un nuevo inicio que ambas esperan no tenga fin.
Las dos mujeres caminan con las barbillas levantadas y los hombros rozándose. No giran las cabezas, no gesticulan, avanzan los pocos metros que les quedan para subirse al coche que las espera con las puertas abiertas.
—Hijo de puta —masculla Dylan cuando finalmente están dentro del vehículo y este arranca.
—¿Qué pasa? —Emma lo pregunta con el ceño fruncido porque no entiende nada, mientras Sienna sigue perdida en el momento en que unieron sus manos frente a todos.
El mánager bufa mientras empieza a tocar la pantalla de su móvil.
—Esto tuvo que ser obra de Jason, estoy seguro —se pasa una mano por el cabello con rabia—. Se ha sentido traicionado cuando Sienna le dijo que quería la reunión con la discográfica y luego, cuando hablé con él a solas, se enfadó muchísimo.
Han pasado cuatro días desde aquel encuentro incómodo con el ejecutivo y desde el momento en que Jason salió de la casa con Dylan, todo se convirtió en un caos.
La cantante recibió varias llamadas de Northstar Records —la discográfica con la que mantiene su contrato—, se ha filtrado información sobre su paso por Blythemoor y se ha especulado tanto en televisión como en internet sobre el supuesto verdadero motivo por el que fue intervenida quirúrgicamente en el St. Catherine's Private Hospital, pero hoy todo ha explotado: uno de los directivos quiso que la reunión fuera en las oficinas de uno de sus aliados musicales en Londres para que la cita no solo se llevara a cabo por videollamada, sino que tuvieran un representante presente.
Emma ha acompañado a los hermanos Cole sin haberlo organizado previamente; simplemente estaba en casa de Sienna y la decisión ha surgido de forma natural.
Cuando han acabado esa primera fase de discusiones —la siguiente se hará en Los Ángeles en cuanto Sienna toque suelo americano— y han salido del edificio, no habían contado con la horda de periodistas, paparazzi y curiosos que las han abordado nada más poner un pie en la calle.
Las oficinas están ubicadas en medio de una calle peatonal, por lo que la distancia entre la puerta y el coche que las esperaba era de unos doscientos metros.
Se supone que nadie tenía que saber que Sienna Cole estaba ahí: no hubo anuncios, el chófer se aseguró de salir de la urbanización con un coche de alquiler distinto al habitual, cerciorándose de que no los seguían.
Es casi imposible que esos sensacionalistas estuvieran ahí sin que alguien les diera la hora y la ubicación correctas.
—Pero ¿qué gana ese hombre con esto? —Emma cada vez entiende menos el mundo artístico.
—Jason ha ganado conmigo más dinero que con otros cantantes —esta vez es Sienna la que lo explica; Dylan sigue con el ceño fruncido y con los ojos pegados a su móvil—.
Todavía me queda un disco con Northstar, y que queramos llegar a un acuerdo para evitar que yo pase más tiempo con ellos no solo corta de raíz sus beneficios, sino que elimina cualquier opción de renovar el contrato.
Y aunque esto ocurre más a menudo de lo que la gente sabe, para un ejecutivo de carrera es una estocada, sobre todo para Jason, que se cree la única razón de mi éxito.
Emma no ha entrado a la sala donde se ha desarrollado la reunión, pero lleva semanas escuchando a los hermanos hablar de los conciertos que tiene que dar Sienna, las cláusulas especiales que tiene su contrato y las repercusiones económicas a las que posiblemente se tenga que enfrentar si no lo cumple.
Además, hace días que Sienna le está explicando su intención de volver a ser una artista pequeña —la médica no tiene ni idea de cómo se logra eso; una vez eres así de conocida, ¿cómo regresas a tus inicios?
—, la firma que quiere crear para llevar artistas emergentes y todo el cambio que añora hacer con su imagen pública.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres? —le preguntó Emma una noche mientras cenaban.
—Ahora mismo, sí —Sienna pareció meditar la continuación de su respuesta durante unos segundos—. He disfrutado mucho de todo lo que me ha dado la música, pero quiero buscar un equilibrio, y si no pruebo con lo que me apetece, nunca lo sabré.
El problema de todo esto es que si Sienna no cumple con lo que tiene pactado con la discográfica, Northstar podría demandarla por veinticinco millones de dólares; esa cifra, que al parecer es baja, solo lo es porque aún no le habían dado ningún anticipo por ese disco.
Sin embargo, la cantante no se está negando a grabarlo, sino a hacer una gira que la agote física y mentalmente cuando podría estar centrada en sus nuevos objetivos.
—Dy, ¿qué piensas de lo que han dicho los directivos? —inquiere la cantante una vez que su hermano guarda el teléfono.
—Podemos apretarles un poco más, pero lo que proponen en primer lugar es mucho mejor de lo que me esperaba.
Tampoco quieren meterse en un escándalo si decidimos hacer una acusación formal —Dylan mueve el cuello para intentar destensarse—.
Que grabes el disco y hagas diez conciertos no es una locura.
Hay unos segundos de silencio en el coche y solo se oye el sonido exterior de las ruedas contra el asfalto.
—No, no es una locura, pero, como has dicho, si podemos lograr que reduzcamos el número de conciertos y que el disco sea corto, unas diez canciones, entonces firmo lo que sea.
Dylan asiente y aprovecha para mandarle un mensaje al equipo jurídico, que es el encargado de lidiar con estas cuestiones legales con más profundidad.
Han estado preparándose por si tienen que contraatacar, porque de alguna manera, Jason Kelly tuvo mucho que ver con la adicción de Sienna.
Es casi imposible probarlo, pero Dylan está seguro de que Northstar Records no quiere involucrarse en una pelea por drogas.
Media hora después, Sienna y Emma están entrando a la casa de la cantante.
Ambas están agotadas; no ha sido un día especialmente fácil, no solo por el desagradable encuentro con la prensa que acaban de tener, sino porque esa mañana Sienna tuvo un fuerte ataque de ansiedad.
Por suerte, la médica se había quedado a dormir la noche anterior, y lo que la sacó de un sueño profundo fueron los movimientos del colchón.
Sienna se había sentado pegando la espalda a la pared, pero el pecho le dolía tanto que todo se volvió oscuro, tenebroso, y temió estar sufriendo un ataque al corazón.
Emma supo cómo ayudarla: se sentó a horcajadas sobre la cantante en un gesto que nada tenía de sexual; solo quería que estuvieran lo más cerca posible.
—Estoy aquí, cariño, mírame y vamos a respirar despacio —las dos hicieron una inhalación lo más profunda que pudieron—. Te prometo que se te pasará.
Así estuvieron durante casi treinta minutos hasta que Sienna empezó a tranquilizarse. Han sido días de presión, de toma de decisiones y de comprender que en pocas semanas tendrá que empezar a cumplir los compromisos que habían quedado suspendidos por su baja.
—Em —la llama Sienna cuando la doctora Grant se acerca a la nevera para coger agua—. Sabes que a esta hora las fotos que nos han tomado cogidas de la mano ya estarán en internet, ¿no?
Emma abre la botella sin apartar la mirada de la cantante y toma un trago largo.
—Lo sé.
—¿Y sabes lo que eso significa? —Sienna apoya el trasero en el respaldo del sofá.
—En Boston pudimos lidiar con eso —la voz de Emma suena segura. Sienna niega con la cabeza.
—En Boston nunca dijimos que estábamos juntas.
En esa época no me perseguían tanto y las pocas fotos que nos hicieron fueron casuales, de dos amigas que salen a cenar —la cantante siente cómo la ansiedad empieza a arremolinarse en su vientre—.
Aquí nos hemos cogido de la mano, una declaración de lo que somos.
La doctora Grant camina hasta donde está Sienna. Se queda frente a ella y acerca su cuerpo metiéndose entre las piernas de la cantante.
—Lo hice sin pensarlo, pero no me arrepiento —Emma le pasa los dedos por el cabello—. No te voy a mentir, estoy aterrada por todo lo que pueda pasar, o simplemente porque esto no funcione, pero estoy harta de no vivir. Que la prensa diga lo que quiera.
Sienna la besa, lento, con la lengua hirviendo y el deseo acumulado de años.
—Ni confirmaremos ni desmentiremos por ahora —Sienna le roba un beso corto—. Quiero que esto sea tuyo y mío incluso cuando lo hagamos oficial —lo dice segura de que la relación entre ellas irá bien—; no pretendo darles explicaciones de nosotras.
—A ver cómo se lo toman tus fanáticas —Emma tuerce los labios en un gesto burlón.
—¿Está celosa, doctora?
Emma chasquea la lengua y pone la palma de su mano en el lado izquierdo del pecho de Sienna.
—No olvides que fui yo quien arregló este corazón.