Capítulo 28
A Sienna la sonrisa se le apaga cuando ve a Jason Kelly atravesar la puerta principal de su casa en Londres.
Se ha preparado para el encuentro porque, desde que entró a Blythemoor hace ya varios meses y la eterna bruma mental con la que vivía empezó a disiparse, la cantante fue consciente de muchas cosas, quizá más de las que hubiera querido, y una de esas fue entender la verdadera naturaleza de la relación entre ella y Jason.
El ejecutivo es como dice aquel dicho: «lobo con piel de cordero», y aunque su hermano siempre se lo advirtió, la cantante se dejó convencer de que ese hombre era como un padre.
No porque se lo hubiera demostrado, sino porque Jason se encargó de meterle en la cabeza que nadie más que él velaría por sus éxitos, que Dylan la cuidaría, sí, pero que era un novato en esto de la música y que su apoyo no era suficiente.
Entonces el ejecutivo empezó a llevarla a fiestas exclusivas, la mimaba, peleaba con la prensa para que solo se publicaran las cosas que a Sienna le convenían, y ella se sintió querida.
Su padre siempre sería su padre, pero Jason Kelly lo estaba haciendo bien.
Mentira.
Todo era mentira, hipocresía y manipulación con tal de tener a la gallina de los huevos de oro contenta y haciendo millones cada vez que una canción llegaba al número uno, hasta que Sienna cayó desplomada en pleno concierto en Dublín y Jason empezó a mostrar los dientes.
Ya no era ese padre que fingió ser; ahora se comportaba como lo que de verdad siempre ha sido: un tiburón que no iba a soportar que sus bolsillos ya no estuvieran tan llenos por una nimiedad como una adicción que él mismo provocó.
—Sienna, cariño —Jason abre los brazos mientras sonríe, radiante—. No sabes lo que te he echado de menos.
El abrazo llega y la cantante se tensa. La incomodidad le surca la piel como un cuchillo afilado que la va arañando.
Qué diferente se perciben las personas cuando te quitas la venda de los ojos, cuando ya no las idealizas o simplemente dejas de creer en sus mentiras.
Para Sienna, ahora Jason es una especie de monstruo que la ha llevado al cielo, pero no sin antes darle un buen paseo por el infierno mientras se lucraba con ella.
Dylan observa la expresión de su hermana y el corazón se le ralentiza hasta casi detenerse por completo.
Frente a él no está la cantante que revienta escenarios ni la mujer que ha estado recuperándose en este lado del mundo.
Lo que ve es a esa niña asustada que se encontró perdida cuando sus padres murieron y no entendía qué pasaría de ahí en adelante.
Eso es lo que las personas como Jason Kelly le hacen a alguien como Sienna.
—Vamos a sentarnos —Dylan corta el momento—; Sienna tiene que volver esta tarde a la clínica y es mejor que aprovechemos el tiempo.
El ejecutivo endurece el gesto.
—¿Otra vez? —se desabotona la chaqueta que lleva puesta—. Pensé que habías ido esta mañana; no veo la necesidad de seguir acudiendo a ese sitio, yo te veo magnífica.
La sonrisa de dientes irrealmente blancos es como otra cuchillada en la mente de Sienna. No consigue centrarse ni entender por qué su cuerpo está reaccionando de esta manera.
—Es parte del protocolo de la clínica, y si Sienna quiere el alta definitiva, tiene que cumplir con el programa completo —Dylan se lo dice a Jason mirándolo sin vacilación, y cuando observa al hombre abrir la boca, se adelanta porque sabe lo que va a decir—.
Y queremos cumplirlo; aunque Sienna esté ahí de forma voluntaria, es importante para ella y su recuperación.
El ejecutivo vuelve a sonreír, pero esta vez la máscara se le mueve unos centímetros, dejando ver al demonio que oculta debajo.
—Bueno, lo que haga falta para que nuestra estrella vuelva a los escenarios.
Sienna sigue sin decir ni una palabra y se asombra de que el hombre ni siquiera se haya fijado en eso.
Se sientan en el salón: Dylan en una de las butacas y Sienna lo imita, mientras Jason ocupa el sofá.
—¿Cuál es el plan? —la pregunta sale de la boca de la cantante y ella misma se sorprende de la firmeza con la que la ha formulado.
Jason cruza una pierna y coloca el brazo sobre el respaldo del sofá. Como si estuviera en su propia casa.
—En primer lugar, dar los conciertos que hemos tenido que suspender. En algunas ciudades no será posible; la lista de espera para dar un espectáculo en según qué sitio es larguísima y nosotros hemos perdido nuestra oportunidad —tuerce el gesto como si fuera algo terrible.
—El seguro se ha encargado de todo —comenta Dylan mirando a su hermana—. Por eso no hay que preocuparse.
Jason los mira a los dos por un segundo; nunca le ha gustado Dylan, siempre metiéndose en todo.
—La preocupación siempre está, Dylan —el hombre lo suelta con frialdad—, porque no solo es el dinero, sino la reputación de Sienna. Una artista que cancela conciertos acaba señalada y, en muchos casos, abandonada por su público.
—No es nuestro caso —el mánager y hermano de Sienna no piensa quedarse callado—.
Aunque no lo hemos hecho oficial, la prensa se ha encargado de que el mundo sepa dónde ha estado recluida Sienna, y el apoyo ha sido brutal.
Las reproducciones de sus canciones en las diferentes plataformas se han multiplicado, los clubs de fans nos han hecho saber que esperan su vuelta y nadie se ha retirado de las colaboraciones.
—Lo que quiero saber es si ya hay establecido algún calendario —a Sienna empieza a dolerle la cabeza y quiere acabar con esta reunión ya—, y si la discográfica va a hacer algún anuncio.
Jason cambia la posición en la que está sentado y se inclina hacia adelante apoyando los codos sobre sus muslos.
—Esa es la idea, pero estamos esperando a que Dylan —hace una pausa y clava sus ojos oscuros en él—, nos confirme cuándo acaba tu tratamiento.
Una vez que lo sepamos, enviaremos a la prensa la información sobre tu regreso.
Cerraremos la gira europea en Madrid, después de Lisboa y París; luego volvemos a casa.
Tienes que empezar a trabajar en el nuevo disco; podemos grabar las canciones que ya habías escrito y hemos aprobado. El tema de la…
Un zumbido entra en los oídos de Sienna dejándola aturdida.
Está paralizada y no le gusta esa sensación porque, hasta ahora, lo que está diciendo Jason no es nada nuevo; está acostumbrada, pero no sabe si es por todo lo que ha experimentado últimamente y hacia dónde quiere llevar su carrera musical, que escuchar al ejecutivo le está provocando el inicio de un ataque de ansiedad.
La garganta se le cierra y el flujo de aire ya no es constante; piensa en Isabel Vega, en las sesiones que ha tenido con ella.
No le funciona. Cierra los ojos un segundo y, sin buscarlo, unos ojos azules aparecen en su mente.
Sienna se aferra a ellos, a ese brillo que alumbra sus rincones más oscuros, y aunque siente cómo la bilis le sube hasta la boca, logra concentrarse para empezar a calmarse.
—Quiero una reunión con la discográfica; ¿cuándo puedes organizarla? —Sienna corta la verborrea insoportable de Jason, y el hombre no puede evitar dibujar un gesto de sorpresa.
—Sabes que yo soy el enlace con la directiva —masculla despacio—. Todo lo que quieras hablar con ellos, primero lo discutes conmigo. Siempre ha sido así y…
—Esta vez será diferente —la cantante niega con la cabeza—. Dylan te pondrá al día con los detalles, pero la reunión final será entre ellos y yo.
Jason endurece el gesto y la línea de su mandíbula se marca.
No le gusta perder el control de las cosas, y menos ser el último en enterarse de que algo va a cambiar.
Sienna Cole no es la única artista a la que lleva, pero sí la que más beneficio le ha reportado desde que se dedica al mundo del entretenimiento.
Hasta ahora, la cantante confiaba en él ciegamente y todo se hacía como Jason quería.
—Estás en tu derecho, pero no les va a gustar que hagas las cosas así —Jason se quita una pelusa inexistente de su pantalón y compone un gesto que lo hace ver como el hombre arrogante que es—. ¿A qué viene todo esto, Sienna?
—Jason —Sienna dice su nombre con calma, y no recuerda haberle hablado así nunca—.
Llevo años enganchada a las drogas, subiendo a cantar colocada o ebria.
La única certeza que tengo de que más de la mitad de las canciones que he escrito son mías es porque reconozco las letras, porque soy yo quien las canta.
No solamente me estaba matando; es que le estaba dando a mi público la cara de una artista de mierda.
El hombre mueve la muñeca con un gesto que indica que lo que le dice es una tontería.
—Cariño, más de la mitad de tus canciones son un éxito mundial, y no conozco todavía a nadie que no haya coqueteado con las drogas. En este mundillo es lo habitual; lo importante es que estás trabajando en ello, ¿no?
—No —la respuesta hace que Jason sufra un tic en el ojo izquierdo—. No voy a seguir siendo esa Sienna, así que arregla lo necesario para hablar con los directivos —la chica se gira para conectar la mirada con la de su hermano—. Dy, ¿se lo explicas fuera de aquí? Me duele la cabeza.
Jason no da crédito a lo que está oyendo y levanta ambas cejas cuando ve al mánager ponerse de pie.
—¿Vamos? —pregunta Dylan al darse cuenta de que Jason no se mueve—. Será mejor que hablemos de esto cuanto antes.
Jason Kelly observa a Sienna durante unos segundos muy largos.
Busca en ella algo que le confirme que la chica que está sentada en esa butaca sigue siendo la misma que durante años caminó a su lado.
No ve nada diferente; sin embargo, nada se siente igual.
Se parece a la Sienna que llegó una tarde a su despacho después de que la discográfica le ofreciera el primer contrato y se la asignaran a él como su ejecutivo, su hombre para absolutamente todo.
En ese tiempo había crecido, había demostrado de lo que era capaz, y ahora se ha acobardado porque la fama le ha enseñado las garras.
Se pone de pie y no le da la gana de componer una sonrisa porque se siente traicionado por esa chica que no era nadie y a la que él moldeó para la fama.
—Nos vemos —es lo único que dice el hombre, y se abrocha la chaqueta para salir del salón.
Dylan espera a que dé varios pasos fuera y se gira para enfocar a su hermana.
—¿Vas a estar bien? —lo dice en voz baja—. ¿Quieres que llame a Emma?
La cantante niega y sube ambos pies a la butaca para abrazar sus rodillas.
—Está trabajando y tengo que empezar a enfrentar estas situaciones yo sola —toma una respiración profunda que le cuesta lograr—. Dy, déjale todo muy claro; ya sabes lo que hemos hablado, y que a final de esta semana podamos hablar con los directivos.
—No te preocupes por eso; yo me encargo de todo.
El hombre le guiña un ojo y sale del salón.
Unos segundos más tarde la puerta se cierra, y ese «clic» es el que termina de desatar la ansiedad que hasta ese momento había podido mantener a raya.
Se pone de pie de un salto y empieza a caminar con las manos en la cintura mientras intenta controlar los espasmos que siente en el estómago y le suben a la garganta.
Piensa en los momentos en los que sintió lo mismo, solo que no lo había identificado con tanta claridad como ahora, porque siempre que le pasaba eso tenía una dosis preparada, una botella de lo que fuera y un buen montón de marihuana.
Le pican las yemas de los dedos y cierra los ojos porque todo sería muy fácil: la presión se borraría en un segundo y su mente quedaría libre al menos por las siguientes horas, pero ¿merece la pena?
Esa pregunta nunca se la había hecho; simplemente tomaba lo que necesitaba y seguía adelante.
Ahora tiene mucho que perder —más de lo que ha perdido en este largo camino— y sin duda no piensa volver ahí.
Coge su guitarra y se sienta en el suelo con la espalda pegada a la pared.
Los primeros acordes inundan el salón y su corazón conecta con esa melodía que ni siquiera ella identifica; la música siempre ha sido su carcelera, pero también su salvadora, y esta noche se aferrará a la idea de que no va a permitir que Sienna vuelva a caer en la oscuridad.