Capítulo 27
—Ya no te veo nunca —se queja Rachel Ashford mientras mira con recelo el yogur que acaba de comprar en la cafetería de la clínica.
Emma levanta la ceja izquierda y luego toma un sorbo de su café.
—Llevabas casi tres semanas de vacaciones, Rach —Emma observa el gesto de asco de su amiga cuando prueba el yogur—. Es lógico que no nos hayamos visto.
Rachel no contesta; ataca el yogur tragando cucharada tras cucharada, y cuando acaba empuja a un lado el envase como si se tratara de una muestra radioactiva.
—Joder, qué asco —se pasa una servilleta por los labios y luego bebe de su botella de agua—. La nutricionista me ha dicho que, como la leche me sienta mal, que pruebe los yogures vegetales. Prefiero cagarme encima antes de volver a comer esto. Y eso no es excusa; pudimos hablar más por teléfono.
Emma suelta una carcajada sin poder evitarlo, haciendo que varios compañeros se giren a mirarla con gesto sorprendido.
Es la primera vez que ríe de esa forma tan despreocupada en medio de la cafetería, o en realidad, en cualquier sitio de la clínica, a la vista de todos.
Rachel siempre se lo decía: que su eterno gesto serio no causaba respeto entre los sanitarios sino miedo, o en algunos casos rechazo; pero era algo que no podía controlar.
Parecía que esa personalidad fue la que subió con ella en ese avión que partió de Boston y se instaló en Londres como parte inamovible de su existencia.
—Vaya —la enfermera levanta mucho las cejas en un gesto exagerado—. ¿Qué me he perdido?
Esa es Rachel: la que durante años ha estado a su lado, escuchándola, apoyándola, pero sobre todo conociendo cada uno de sus gestos.
Emma no va a fingir que no quiere contarle lo que le pasa, ni hará su habitual sacudida de cabeza seguida de «todo está bien»; esta vez necesita soltarlo, porque esto quizá es una de las cosas más grandes que ha vivido desde que llegó a la ciudad.
—Freddi y yo lo hemos dejado —vale, no ha comenzado demasiado bien—, pero estoy bien, no te preocupes.
Rachel se apoya en el respaldo de la silla y mira su reloj de pulsera antes de volver a levantar la cabeza.
—Tienes exactamente doce minutos para ponerme al día; no te cortes, pero ve al grano —entrecierra los ojos, observando bien el rostro de la médica—. Tengo la sensación de que lo que me contarás no es la triste historia sobre una ruptura, porque ese brillo y esa risa no son de un duelo precisamente.
Emma se lleva el vaso de café a los labios solo para hacerla rabiar, y lo logra, porque Rachel la señala con el dedo en una clara demostración de que puede aplicar la fuerza en cualquier momento con tal de que le cuente todo lo que ha pasado.
—¿Recuerdas a Sienna?
La respuesta de la enfermera es abrir mucho los ojos e inclinarse otra vez hacia adelante.
Así comienza Emma a explicarle lo que ha ocurrido en esas tres semanas que no se han visto.
Lo de Freddi lo cuenta por encima; tampoco quiere centrarse en eso, al menos no ahora que solo le quedan once minutos.
—Me di cuenta de que en realidad nunca había dejado de quererla, aunque me había convencido de ello —Emma suspira—. Estoy aterrada, créeme, pero lo que siento por Sienna es superior a cualquier otro sentimiento.
—La novia de Sienna Cole —Rachel lo dice sílaba a sílaba y luego hace una perfecta O con los labios.
Emma chasquea la lengua.
—No estamos en ese punto. He estado a su lado estos meses, pero sin que nada pasara entre nosotras —Emma se lleva el café frío a la boca porque los recuerdos de las dos últimas tardes en la casa de la cantante le hacen sentir una oleada caliente en el vientre—. Vamos despacio.
Ahora sí, Rachel compone un gesto de seriedad y se inclina más sobre la mesa para quedar cerca de Emma.
—¿Estás segura de darle una oportunidad?
—Emma se tensa y su amiga le pone una mano sobre el antebrazo—.
No te estoy juzgando, de verdad; si quieres estar con ella, adelante.
Solo quiero asegurarme de que no has olvidado por qué os separasteis y todo lo que tuviste que superar tras vuestra ruptura.
Llevabas con Freddi varios años; has cortado con él hace tres semanas y lo que te falta es celebrarlo con una botella de vino caro.
En cambio, con Sienna, el daño se quedó anclado ahí —le señala el pecho con la mano libre—, durante mucho tiempo; te vi morir de dolor tantas veces.
—Lo sé —contesta Emma de inmediato—. Sé que si esta vez no funciona será muy duro, pero ya no tengo fuerzas para seguir yendo en contracorriente, Rach. La quiero, la quiero muchísimo, y no me imagino otra vez lejos de ella.
Rachel Ashford esboza una sonrisa radiante.
—El amor te sienta muy bien —comprueba su reloj y hace una mueca—.
Me alegro mucho por ti, Emma; de verdad que mereces ser feliz —se pone de pie y luego se coloca a su lado—.
Haz que se lo gane, porque también mereces que te demuestre lo que vales.
Haz que Sienna Cole escriba canciones que todo el mundo pueda oír pidiéndote…
Rachel se detiene cuando ve la sonrisa burlona en la cara de la doctora Grant.
—Hija de puta —dice abriendo la boca dramáticamente—, literalmente tú eres la protagonista de todos sus álbumes.
Emma también se pone de pie y camina con Rachel pegada a sus talones.
—Eso no lo sé.
—Claro que lo sabes —hace un suspiro enamorado—. Ojalá Sienna Cole me hubiera roto el corazón y no ese paramédico estúpido al que tuve que ver durante un año entero mientras se paseaba de la mano con la doctora caraculo . Tengo que elegir mejor.
Ambas mujeres salen de la cafetería y, antes de que sus caminos se separen, la enfermera le coge una mano.
—¿Quedamos la semana que viene? —pregunta la chica—. Nos veremos por aquí, pero no quiero tener que susurrar por los pasillos.
—¿Vas a poder aguantar una semana sin saber los detalles? —Emma sabe que Rachel siente picores en el cuerpo si no tiene la información completa.
Rachel hunde los hombros.
—Lo intentaré —le guiña un ojo y, antes de darle la espalda, agrega—: sé que merecerá la pena.
Cuando Emma aparca frente a la casa de Sienna, son las seis de la tarde del día siguiente.
Levanta la mano para saludar a uno de los guardaespaldas que está en la puerta y se queda un minuto en el coche con las manos en el volante.
Clava la mirada en el asiento del copiloto y observa durante un instante la pequeña mochila que ha preparado para quedarse ahí esa noche.
La guardia ha sido un infierno, porque lo que iba a ser una noche tranquila de rondas ha acabado en una complicación de uno de sus pacientes que ha tenido que operar de urgencia.
A las cuatro de la madrugada estaba en la ducha de su despacho quitándose los restos de cansancio de la cirugía, y cuando revisó su móvil el corazón se le detuvo al ver una notificación de Sienna.
S. C.
Espero que estés teniendo una guardia tranquila. Me he despertado pensando en ti.
Entonces su mente evocó los cientos de mensajes que la cantante, durante ese año de relación, le enviaba.
Daba igual si estaba dando un concierto, grabando en el estudio o en una entrevista: Sienna siempre tenía un momento para ella, para recordarle lo mucho que la quería.
Entonces, sin esperarlo, el miedo le cortó la respiración: ¿qué es diferente esta vez?
¿Cómo puede blindar su corazón? Rachel tiene razón; nada le ha dolido más que la ruptura con su exnovia, y no está muy segura de poder soportar que todo salga mal otra vez.
No pudo contestarle el mensaje; simplemente bloqueó la pantalla del teléfono y se centró en el trabajo, aunque su cerebro no paraba de mandarle alertas que no hacían más que tensarla por completo.
Cuando llegó a su casa sobre las siete de la mañana, tenía un par de nuevos mensajes.
S. C.
Odio madrugar, pero la doctora Vega quiere que hagamos una sesión al amanecer .
S. C.
Espero que hayas llegado a casa. Ya estoy en la clínica.
Esos tampoco los contestó porque seguía aterrada, encerrada en un bucle de recuerdos horribles que apenas la dejaban pensar con claridad.
Pudo dormir, y eso la sorprendió, porque en otro momento no hubiera podido siquiera cerrar los ojos; pero ese descanso le vino bien: la bruma en su mente se había disipado dándole la oportunidad de tener las cosas algo más claras.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que ni ella, ni nadie en el mundo, puede asegurar que una relación funcione; eso es imposible, aunque sí puede comenzar una sobre cimientos sólidos, con implicación de las dos, sin tener que recurrir a promesas que quizá no puedan cumplir.
Así que ahora está ahí, sintiéndose fatal por no contestar los mensajes de Sienna, aunque con la seguridad de que va a darle la cara y explicar su actitud.
—Buenas tardes, doctora —levanta la mano el escolta cuando se baja del coche y se acerca a la puerta de la casa.
—Hola, Frank —le devuelve el saludo; de todos los del equipo de seguridad, este es el que mejor le cae.
El hombre avisa por radio de que Emma va a entrar a la propiedad y abre la reja para dejarla pasar. Apenas unos tres metros la separan de la puerta principal, y el pecho se le llena cuando la madera se abre y la ve esperándola.
Sienna lleva la melena suelta, peinada de medio lado, un pantalón deportivo blanco a juego con una sudadera del mismo color.
Le sonríe, y el alma de Emma brilla. Joder, ¿cómo puede pensar en no estar con ella otra vez?
Nunca entenderá cómo sobrevivió a estar ocho años sin sentir la piel de esa chica.
Emma sube los dos escalones y se pega a su cuerpo. Hunde una mano en ese cabello espeso y la baja hasta la nuca para que sus bocas se encuentren. No es un beso apasionado; es más un saludo, pero está cargado de tantas cosas que la doctora Grant podría llorar ahí mismo.
—Hola —le susurra la cantante aún pegada a su boca.
—Siento no haberte contestado —es la respuesta de Emma, y Sienna le da otro beso rápido.
—No pasa nada —le quita la mochila del hombro y se hace a un lado—, entra.
Hay un olor diferente en la casa, y cuando Emma atraviesa el salón se fija en que viene de la cocina.
—¿Has cocinado?
A Sienna los ojos dorados le brillan.
—Llevaba años sin hacerlo —deja la mochila en el sofá e invita a Emma a sentarse con ella—. Hoy en la sesión se lo comenté a la doctora Vega, porque es una de las cosas que quiero recuperar; antes lo disfrutaba mucho, y he confirmado que sigo haciéndolo.
Emma acerca su mano y entrelaza los dedos con los de la cantante.
—Tus sándwiches de queso eran los mejores —dice la médica, y Sienna aprieta sus dedos—. ¿Qué has preparado hoy?
—Pasta con salsa de carne.
—¿Ha quedado buena?
Sienna se encoge de hombros.
—No la he probado; la estaba guardando para la cena. Quería invitarte, pero he preferido esperar a que tú me hablaras. No quería agobiarte; además, seguro que tenías mucho trabajo.
Emma no ve a la mujer de treinta años que tiene frente a ella, sino a una más joven. No a la descarada de veintidós a la que no le costó nada enamorarla; es una versión que jamás había visto y que le encanta.
—Fue una noche movida, pero no es esa la razón por la que no te contesté —Emma se gira y queda en una posición en la que puede ver a Sienna de frente—.
El día que pasó lo del hotel y esas chicas, me mandaste un mensaje; siempre lo hacías, aunque en las últimas semanas te habías distanciado un poco, tus mensajes siempre llegaban.
Hoy, cuando lo recibí, sin pretenderlo, lo recordé y tuve miedo.
—Lo sien…
Emma levanta la otra mano y la corta.
—Ya te has disculpado y no te cuento esto para que vuelvas a hacerlo —Emma se humedece los labios; de repente los siente muy secos—.
Aunque te perdoné por lo que hiciste, eso no lo va a borrar de mi mente.
Han pasado ocho años y sigue ahí; pero ¿sabes lo que también sigue?
Lo que siento por ti. Quiero intentarlo contigo, quiero vivir lo que nos merecemos, porque estoy segura de que en algún sitio tu historia y la mía está escrita con un final diferente.
Sienna se muerde los labios con fuerza mientras asiente.
—Ninguna de las dos puede saber a qué camino nos llevará esto; tú sigues siendo Sienna Cole, la cantante estrella, y yo la cardióloga que ama su profesión.
No sé qué pasará, pero lo que sí quiero es descubrirlo: que lo hablemos, que volvamos a conocernos y entendamos quiénes somos después de tantos años.
Sienna se limpia una lágrima que le empaña la visión y respira antes de poder hablar.
—No tienes ni idea de lo que estoy dispuesta a hacer para que me des la oportunidad de demostrarte lo mucho que te quiero. Llevo ocho años cantándote, Em, deseando que mis letras te encontraran de alguna manera, y ahora que por fin te tengo aquí, no pienso desaprovecharlo.
Se miran durante un rato, el azul y el dorado conectados, reconociéndose. Sienna levanta su mano derecha y la extiende hacia Emma.
—Hola, soy Sienna Cole; es un placer conocerte.
Emma sonríe y se le marcan las arrugas alrededor de los ojos. Preciosa.
—Y yo Emma; para mí también es un placer conocerte.