Tú te lo pierdes Capítulo 26
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Capítulo 26

S ienna sigue con el mismo pensamiento en bucle que le está robando la tranquilidad desde la noche anterior.

Emma tiene los ojos cerrados, completamente dormida a su lado, con la cara aplastada en la almohada y un mechón de cabello rubio cayéndole por el rostro.

Son las ocho de la noche y la cantante no quiere despertarla, porque después de ese primer orgasmo en el sofá han subido a la habitación principal para liberar toda esa tensión acumulada durante años y el indiscutible deseo que ha estado bailando entre ellas desde que se volvieron a encontrar, pero Emma tiene otra vez guardia esa noche y en dos horas debe estar en el St. Catherine's.

«Tiene novio, Sienna, me lo dijo cuando vine a Londres a hablar con ella».

Entonces, ¿en qué convierte eso a Sienna? ¿En su amante? Joder. Se pasa la mano por la melena enredada e intenta peinarla con los dedos mientras sigue pensando en exactamente lo mismo.

—Cuando piensas mucho, te mueves demasiado —la voz pastosa de Emma la sobresalta y hace que la respiración se le corte.

Emma Grant la mira con un ojo abierto y el otro tapado por la tela de la almohada.

Le sonríe, y en ese instante Sienna siente que todo va a estar bien, porque ya no es ese estiramiento de labios profesional que se encontró en Londres ni el de su médica tratante que recitaba la medicación que le estaban suministrando o le decía que enseguida la irían a buscar para una prueba.

Ahora es la de Emma Mitchell, la chica preciosa de Boston que, aunque al principio estuvo algo reacia, al final se dejó llevar porque lo que estaba sintiendo era justo como ahora.

—Lo siento —se disculpa la cantante y le deja una caricia en la mejilla—, pero es hora de que te levantes.

Emma atrapa la mano de la chica cuando la está retirando.

Quizá Sienna ha cambiado, como lo hacen todos los seres humanos, pero hay cosas que siguen exactamente igual: la mirada dorada que brilla según lo que mire o escuche, la forma de besar —con calma, con seguridad— y la forma errática de moverse cuando hay algo que le preocupa.

—¿Qué te tiene tan pensativa? —pregunta Emma y se lleva las yemas de los dedos de Sienna a los labios para dejarle un beso.

No contesta de inmediato porque, aunque tiene claro lo que le pasa, sacar ese tema no es nada fácil.

Sabe que está en su derecho, porque a pesar de lo que hizo, ahora mismo están ellas dos, y que haya un tercero lo complica todo —¿o es Sienna la tercera en discordia?

Sacude la cabeza; tiene que centrarse— porque para ella esto significa algo, significa mucho, y desde luego quiere hacer las cosas bien.

—Dylan me dijo algo que…

Sienna no sabe cómo continuar —después de vender a su hermano, claro—; entonces Emma frunce el ceño y se incorpora para sentarse en la cama. La imagen es de postal privada: el pelo que ahora apenas le acaricia las clavículas y esa mirada azul tan intensa como arrebatadora.

—¿Qué ha pasado? —pregunta y gira la cabeza para intentar encontrar sus gafas.

—Están en el salón —Sienna sonríe al ver el gesto de fastidio de la médica—. Y tranquila, no ha pasado nada.

Emma espera a que la chica continúe.

—Dylan me dijo que tienes novio —lo suelta como si diciéndolo en voz alta se activara alguna clase de hechizo que borrara a ese hombre de la ecuación.

Emma suspira porque el recuerdo de Freddi se le instala en la cabeza como un batazo que no ha visto venir.

Siente entre pena y remordimiento, pero sobre todo se siente una villana.

¿Lo quiso? Sí. ¿Sabía que no tenía futuro con él y aun así siguió a su lado?

También, y duda mucho que eso se lo pueda perdonar algún día; pero en su propia defensa, Emma no sabía cuán profundo era el amor que aún sentía por la mujer que la mira con los ojos más bonitos que ha visto nunca, ni que todo lo que había estado viviendo en Londres era una mera simulación, la vida mostrándole cómo sería estar sin ella.

Emma lo intentó y con Freddi quería algo diferente; simplemente no lo logró.

—Freddi y yo ya no estamos juntos —ahora su gesto se endurece—. No sería capaz de tocar a nadie más estando con él.

Bueno, lo ha dicho bien: «tocar», porque pensar en ella o masturbarse con su música, sí que lo ha hecho.

Emma se gira y pone ambos pies en el suelo.

Siente el frío llegarle hasta las pantorrillas y cierra los ojos buscando serenidad.

Es consciente de lo que ha hecho —vaya que si lo ha sido—, porque ahora respira diferente, como si hubiera tenido una especie de bloqueo entre sus pulmones y su corazón durante años que se ha disipado en el preciso momento en el que Sienna tenía los dedos dentro de ella y la besaba con una devoción que había olvidado que existía; pero eso no elimina sus miedos, no borra el recuerdo de lo que un día ocurrió ni recupera la confianza que perdió por completo en la mujer que ahora está en esa misma habitación.

—Sé que no eres así, pero no sé, Em, ha pasado mucho tiempo y con eso en mente, tenía que preguntarlo.

—En realidad no has preguntado nada —Emma tira de la sábana que está sobre la cama y se tapa la desnudez con ella—. Solo me has dicho que Dylan te dijo que tenía novio. Entonces, ¿qué es lo que en realidad quieres saber?

Sienna se pone de pie al ver que la doctora lo hace, pero se queda en ese lado de la cama, como si esa distancia fuera necesaria para la conversación.

—Vale, es justo —contesta la cantante asintiendo y le repite alguna de las palabras que le dijo hace un rato—.

Lo que quiero saber es lo que significa para ti lo que hemos hecho.

Creo que te lo he demostrado de alguna manera, pero por si no he sido del todo clara: quiero que lo intentemos, Emma.

Lo que te hice no voy a poder cambiarlo, pero sí demostrarte que ya no soy esa Sienna.

Ya no soy una chica con la fama en la cabeza que no supo manejar lo que se le venía encima ni valorar a la gente que tenía a su alrededor.

Ahora soy esto: una cantante adicta a la cocaína que está luchando por ser mejor persona cada día, por dejar las adicciones, los vicios, y abrazar su vida.

Sé que no suena demasiado prometedor, pero no más mentiras, Em, porque no fui esa chica contigo; siempre fui sincera hasta esa maldita noche que lo jodí todo.

—Tú te lo pierdes —Emma lo dice mirándola a los ojos, y Sienna la mira sin comprenderlo.

—No te entiendo.

—Eso fue lo que me dijiste cuando apareciste en mi piso para explicarme que lo que había pasado no tenía importancia —Sienna aprieta la mandíbula con fuerza al escucharla—.

Porque yo te quería muchísimo, pero no podía dejar pasar lo que me habías hecho, y tú me dijiste que si salías de mi piso, no volverías.

«Tú te lo pierdes», me dijiste, y te fuiste.

Sienna se pasa los dedos por su larga melena y se la echa a un lado con rabia.

No recuerda esa conversación con tanta exactitud; es posible que siguiera colocada —¿cuándo no lo estaba?

—, y agradece que esas palabras se hubieran borrado de su mente, porque su vida habría sido infinitamente peor con ellas dando vueltas a todas horas, castigándola por su estupidez.

—Fui una imbécil.

—Lo fuiste —Emma no duda en confirmarlo—. Además de egoísta e inmadura.

¿Y qué puede contestar a eso? Hay muchas cosas que podría decir, como que su mente no estaba donde debía o que en ese momento no supo qué hacer con tanto, pero todas son excusas fútiles que cargan el peso de su error.

La doctora Grant resopla.

—Aun así, te quiero; dudo que haya dejado de hacerlo alguna vez —Emma aprieta la sábana sobre su pecho y piensa en lo ridícula que está siendo la escena, pero la conversación se ha dado así, en ese momento—.

Y volver a tocarte no ha hecho otra cosa que confirmármelo, pero eso no significa un pase directo a lo que alguna vez tuvimos.

—Y no lo pretendo —se adelanta Sienna—. Fue perfecto durante un tiempo, pero de aquella chica que fui queda muy poco. Creo que ambas hemos vivido experiencias que nos han aleccionado todos estos años, y no sé si es un buen momento o no, pero yo quiero intentarlo; de verdad que quiero.

Emma traga saliva y sus ojos se mueven por la habitación.

No necesita llevarse los dedos a su muñeca izquierda: su pulso está acelerado y siente el corazón bombeando incluso en la garganta.

¿Esto es lo que quiere? Qué pregunta tan absurda; claro que sí, es lo que lleva queriendo mucho tiempo aunque se negara a verlo y a aceptarlo, pero el miedo sigue ahí, tirando de esa cuerda alrededor del cuello que la ruptura con Sienna le dejó.

—Yo necesito tiempo —Emma se pasa la mano por los ojos; odia lo borroso que ve—.

No tiempo para decidir si quiero estar contigo —eso lo tengo claro—, quiero darnos una oportunidad, y aunque debería ser un poco más dura con esto, estoy cansada de serlo conmigo misma.

El tiempo es para sentirme más segura al respecto.

La cantante siente que su pecho se abre al oírla.

—Lo que necesites.

Emma niega con la cabeza.

—Esto no solo se trata de mí —esta vez su voz suena más firme—. También queda muy poco de aquella Emma Mitchell, y quizá lo que soy ahora no te guste. El tiempo que necesito es para las dos, para que estemos seguras de que de verdad es esto lo que queremos, de que juntas podemos estar bien.

—Siempre has sido la más coherente de las dos.

—Soy la mayor; tengo que serlo —esta vez el tono de Emma es más suave—. Se me hace tarde, tengo que irme a la clínica, pero necesitamos hablar de esto en otro momento.

Sienna asiente y se lanza a la piscina.

—¿Quieres venir cuando acabes la guardia? Puedes descansar aquí y cuando despiertes seguimos hablando.

Emma niega de inmediato.

—Prefiero venir por la tarde; además, mañana tienes sesión con la doctora Vega y no quiero que intentes zafarte de ella por volver a tu casa antes.

Eso era exactamente lo que iba a hacer, porque ¿quién en su sano juicio no querría volver a casa si allí la está esperando la mujer con la que lleva soñando con volver a ver los últimos ocho años?

La conversación acaba cuando Emma le hace un gesto de «voy a ducharme» y Sienna le señala la puerta para luego cogerla de la cintura y besarla con mucha intensidad en cuanto la médica pasa por su lado.

La sábana cae al suelo y Emma desea con todas las ganas del mundo volver a sentir esas manos suaves reviviendo su piel después de una sequía tremenda, pero tiene que trabajar, y el compromiso con su profesión es lo único que la ha mantenido cuerda hasta ahora.

—Luego —Emma vuelve a besarla y su lengua serpentea dentro de la boca de la cantante—, ahora tengo que irme.

Sienna suelta un gemido lastimero y quiere decirle que no puede jugar así con el recién operado corazón de una chica, pero aún no se siente demasiado segura de hacer ese tipo de bromas.

La deja marcharse al baño con las yemas de los dedos en llamas y las ganas aplastándole el pecho con ambas manos.

Se pone un pantalón y se recoge la melena antes de bajar a la cocina.

Cuando abre la nevera y revisa lo que hay dentro, cae en la cuenta de que hace mucho tiempo no se encarga de cosas tan básicas como hacer la compra, y eso de alguna forma la entristece.

No pretende jugar a que es una mujer que pueda ir al supermercado con naturalidad; de hecho, la muestra de que su situación de normal no tiene nada es que fuera de su casa hay al menos ocho personas de seguridad contratadas por su hermano que se rotan para vigilar la propiedad y sus alrededores, sin contar la garita que tiene la urbanización privada en la que reside temporalmente; pero lo que le molesta es que simplemente ha delegado su vida entera a otros hasta tal punto que ni siquiera sabe qué hay en su nevera.

Chasquea la lengua. «Un paso a la vez, Sienna»: recuerda las palabras de su psiquiatra, porque no puede pretender cambiar de un día para otro lo que ha sido ley durante tantos años.

Diez minutos después está guardando un bocadillo con una botella de agua en una bolsa de papel que ha encontrado en uno de los cajones de la cocina, mientras escucha los pasos lentos de Emma bajar las escaleras.

—Te queda bien —sonríe Sienna cuando la ve vestida con su pantalón deportivo y una camiseta negra sin mangas.

Emma se muerde los labios y la cantante no reconoce el gesto. Qué diferente se ve ahora, con el pelo más corto, el rostro menos joven pero increíblemente más hermoso. Una mujer perfecta.

—Por fortuna tengo ropa en mi despacho —dice recuperando sus gafas y poniéndoselas. Parpadea varias veces para adaptarse a la claridad.

Emma coge su bolso, y cuando se acerca a Sienna, esta le entrega la bolsa: «Tus pacientes agradecerán que no te desmayes del hambre», con beso y caricia en la mejilla incluidos.

Una escena de pareja que lleva toda su vida junta, y el mero pensamiento hace que los cimientos internos de la doctora Grant se tambaleen, porque de una u otra manera Emma y Sienna han estado conectadas durante estos últimos años, ancladas a ese amor que nunca se desvaneció por completo, anhelando volver a encontrarse aunque una se lo negara y la otra se pusiera mil excusas para no intentarlo.

Y cuando se cierra la puerta de la pequeña casa separándolas por varias horas, ambas desean con mucha fuerza que el momento de darse una oportunidad de verdad haya llegado.