Capítulo 25 #2
Sienna sabe que se merece cada una de esas palabras porque sí, la traicionó, pero en este punto de su vida entiende que ese fue el menor de los daños.
Lo que realmente rompió a Emma en pedazos fue su actitud: no fue capaz de comportarse como una adulta, de asumir que lo había jodido todo e intentar buscar el perdón de la mujer que amaba.
—De verdad que lo…
—No —Emma la señala con el dedo—. No puedes venir ahora y… joder. No es justo, Sienna.
La voz de la doctora se rompe; toda esa fortaleza que había construido alrededor de la doctora Emma Grant se desvanece en ese mismo instante. Tiene los puños apretados a cada lado, los labios en una fina línea y los ojos tan encendidos como un bosque en llamas.
Sienna no duda y se levanta para acercarse a ella. Emma suelta un sonido, un tipo de rugido que le exige que se aleje, pero ella sigue dando pasos en su dirección esperando como mínimo una bofetada bien merecida; sin embargo, lo que recibe es otra cosa.
Emma Grant la arrolla con su cuerpo, levanta las manos y atrapa la cara de la cantante mientras busca con desesperación sus labios.
Ocho años imaginando cómo sería vivir este momento si es que algún día volvían a verse.
Lo imaginó de cientos de maneras, con gritos de por medio o con una indiferencia dolorosa, pero no había ensayado cómo el cuerpo podía reaccionar antes que la mente.
El beso no comienza delicado; es rabia acumulada que se va diluyendo en la saliva que comparten, deseo retenido en su vientre, años enteros quemando el recuerdo de su boca.
El pasado está ahí, arañándoles el pecho a ambas, recordándoles las noches de dolor, las promesas rotas y ese ardor en el alma que solo quema tanto cuando se extraña a quien quieres.
—Te he echado tanto de menos —susurra Sienna pegada a su boca cuando se separan un segundo para coger aire.
La respuesta de Emma es morderle los labios y luego hundir la lengua en esa cueva cálida que jamás logró olvidar.
La cantante se mueve hacia el sofá y, de un segundo a otro, ambas caen sobre él soltando un pequeño jadeo que lo inunda todo.
El beso parece eterno mientras sus manos tantean sus pieles: Sienna con más ternura, la cardióloga con desesperación, movida por el huracán de sentimientos que tuvo que enterrar hace años y que ahora emergen con una facilidad que incluso la ahoga.
—He soñado millones de veces con este momento —Sienna lo dice mientras se deshace de la camiseta de Emma y pega sus labios al cuello de la médica—. Joder, Em, si no te toco ya, siento que me moriré.
A Emma el corazón le salta varias veces porque ella también siente que, si Sienna no la toca, en cualquier instante se desplomará.
Ambas terminan de desvestirse y cuando están desnudas sus pieles actúan como dos imanes.
En ese momento el tiempo no ha pasado, todo es exactamente como lo recuerdan y saben muy bien lo que tienen que hacer.
Emma desliza las yemas de sus dedos por la piel de la espalda de la cantante y de inmediato sonríe cuando nota cómo se va erizando.
—Parece que nada ha cambiado —habla por primera vez la cardióloga.
—Cuando se trata de ti, no —Sienna desliza la lengua por el centro de su pecho—. Contigo, Mitchell, todo sigue intacto.
No pueden medir el tiempo que pasan pegadas a sus bocas, saboreando cada centímetro de sus pieles expuestas.
Ambas jadean, presas de una necesidad que llevaba tiempo atrapada en algún sitio entre Boston y Londres.
Están tan excitadas que, cuando caen en el sofá, Emma no puede evitar tumbarse sobre Sienna.
Sin apartar sus miradas —el azul y el dorado—, la doctora Grant hunde sus dedos en el sexo completamente húmedo de la otra chica.
—Mira cómo me tienes —sisea Sienna y echa hacia atrás la cabeza cuando Emma la penetra hasta el fondo, dejando los dedos quietos durante un instante antes de empezar a moverlos.
La cantante desliza sus uñas por la espalda de Emma, logrando que la doctora acelere sus embestidas porque, si hay algo que la excita, es lo que acaba de hacer Sienna.
Dos minutos después, los dedos de Sienna también se mueven en el interior de la cardióloga. Es un baile frenético de dos mujeres que esperaban este momento con un ansia imposible de medir.
—No puedo soportarlo más —susurra Emma con los ojos cerrados y el cuello cubierto de llamas.
A Sienna también la golpea el orgasmo un instante después, porque ver a Emma Mitchell corriéndose sobre su cuerpo sudado es la imagen perfecta que lleva anhelando ocho años.
El silencio está ahí, pero no dura demasiado.
—Te sigo amando de la misma manera, Em.
Lo dice aún con la respiración entrecortada mientras se recupera del increíble orgasmo que acaba de experimentar.
Tiene ganas de llorar, de abrazarse al cuerpo caliente de Emma y soltar todo lo que tiene dentro, porque Sienna Cole ha tenido mucho sexo —en palabras de su baterista, se ha hinchado a follar—, pero no recuerda apenas sus caras, porque ninguna de esas mujeres le interesó de verdad o estaba demasiado colocada como para ser consciente de lo que hacía.
Así pasaron los años: tocando cuerpos, sintiendo pieles, buscando ese subidón que acaba de sentir en el sofá de su casa en Londres con la única mujer que ha querido de verdad.
—Yo también a ti —eso sí que no se lo esperaba, o al menos que lo dijera con tanta naturalidad—, pero estoy herida, Sienna, y a pesar del tiempo que ha pasado no logro desprenderme de todo el dolor ni mucho menos encontrar la manera de volver a confiar en ti.
Sienna le coge una mano y entrelaza sus dedos. La mira a los ojos, con seriedad, como tuvo que haberlo hecho aquella vez después de que la engañó en ese hotel y todo el país la viera en televisión nacional saliendo de ahí con una sonrisa triunfante. Asqueroso.
—Sé que llego tarde y que yo misma jamás me perdonaré lo que hice ni cómo reaccioné, pero si tú sientes lo mismo que yo, te prometo que haré todo lo necesario para demostrarte que ya no soy esa chica inmadura —Sienna toma una respiración profunda—.
Si me das una oportunidad, no descansaré hasta que vuelvas a confiar en mí, porque yo no quiero nada más que un futuro contigo, Emma.
La médica levanta la mano libre y le limpia las lágrimas que mojan el precioso rostro de la mujer que quiere.
Se da cuenta de que ella también está llorando cuando Sienna la imita, y en ese preciso momento sus pulmones se llenan de aire violentamente.
Lo hacen de verdad, no como en los últimos años en los que Emma respiraba a medias sin entender cómo un corazón roto podía doler tanto.