Tú te lo pierdes Capítulo 25
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Capítulo 25

E mma tiene novio. Eso es lo que Sienna tiene en la cabeza —en bucle, por si fuera poco— desde la noche anterior, cuando su hermano se sentó junto a ella después de que la médica se fuera a la clínica para su guardia.

Dylan, que ha notado el acercamiento progresivo entre su hermana y Emma, no dudó en ponerla sobre aviso, porque hacerse falsas ilusiones ya de por sí es jodido como para sumarle que ocurra justo cuando ella lucha por superar su adicción.

—Me lo dijo cuando vine a Londres a hablar con ella —le explicó Dylan antes de llevarse el vaso de agua con gas a los labios, un vicio que había descubierto recientemente—. No sé mucho más; no hemos vuelto a tocar ese tema por razones obvias.

Entonces Sienna sintió lo mismo que aquella noche en Dublín, cantando con el corazón acelerado hasta que de repente se desplomó y todo se volvió oscuro para ella.

No va a fingir que no le duele, porque la realidad es que está sintiendo un escozor tremendo en todo el cuerpo, bastante molesto, pero ¿qué esperaba?

¿Que Emma estuviera soltera el resto de su vida?

Al parecer su cerebro era exactamente lo que pretendía. Qué idiota.

Se levanta del sofá con pereza; lleva horas despierta porque la primera noche en su nueva —y temporal— casa ha sido rara.

El lugar es perfecto, pero va a necesitar unos días para adaptarse después de pasar los últimos meses internada en dos clínicas.

Ha hecho un poco de ejercicio físico, luego ha escrito en una libreta cómo se siente esa mañana siguiendo las recomendaciones de la doctora Vega, y ahora no sabe qué más hacer.

Experimenta una sensación que la desconcierta porque, aunque siempre fue consciente de que, dondequiera que estuviera Emma, seguro habría rehecho su vida, saberlo de primera mano y de boca de su hermano ha sido una bofetada directa en su mejilla derecha.

Decide tocar un rato la guitarra porque perderse en su música siempre ha sido un bálsamo que ha aliviado muchos de sus dolores. Sale al patio trasero, un pequeño remanso de paz que la deslumbró en cuanto entró a la propiedad la tarde anterior.

Sienna no sabe cuántas horas está ahí, rasgando las cuerdas con los ojos cerrados, sintiendo cómo parte de su angustia se disipa al menos por un momento.

Luego llega la hora de la comida; uno de los escoltas aparece con dos bolsas de papel y de inmediato se marcha.

Esa soledad que nunca había sentido la disfruta, aunque a ratos también le oprime el pecho, porque hace mucho que no sabe lo que es pasar tanto tiempo sin estar rodeada de tanta gente.

No calcula cuántas horas más tarde el timbre la sobresalta. Sin pretenderlo, se había quedado dormida en el sofá, y se levanta todavía con un ojo medio cerrado con ganas de estrangular a su hermano, que tiene llaves de la casa y ha preferido despertarla antes de abrir él mismo.

—Hola.

La respuesta se le queda atascada en la garganta cuando abre la puerta y quien está de pie en el umbral definitivamente no es Dylan.

La rubia de ojos azules la mira entre sorprendida y quizá un poco divertida; entonces Sienna entiende que debe de tener el cabello revuelto, la cara hinchada y tal vez la camiseta con una buena dosis de babas.

—¿Puedo pasar? —pregunta Emma cuando transcurren los segundos y Sienna la sigue mirando como si no comprendiera qué hace allí.

—Sí, perdona —se hace a un lado—, me había quedado dormida y esperaba a Dylan detrás de esta puerta.

Emma se muerde los labios mientras camina hacia el salón porque lo que Sienna no sabe es lo mucho que le gusta verla de esa manera, más ella, la chica que siempre fue de puertas para dentro, más que la gran cantante que todo el mundo ve.

—He pasado a ver cómo te adaptas en tu primer día en la nueva casa —Emma lo dice de una forma tan resuelta que a Sienna le resulta incluso irritante, porque parece que fueran amigas de toda la vida—.

Tu hermano no podrá venir; me dijo que te ha dejado un mensaje avisándote, así que he venido por él.

Sienna asiente y por un segundo se queda paralizada sin saber qué hacer. Se mira las piernas desnudas y recuerda que va en pantalones cortos —bendita calefacción—, descalza y con seguridad bastante desaliñada.

—¿Puedes darme unos minutos para cambiarme? —aunque es una pregunta, la cantante no espera respuesta porque se encamina hacia la escalera y sube a su habitación.

Se mueve con torpeza, como si Emma no fuera su Emma —no, no, la médica tiene novio y no es nada de ella— sino una mujer desconocida con la que tiene una cita. Coge unos pantalones de algodón, una camiseta sin mangas y se mete en el baño para una ducha veloz.

Diez minutos después está bajando hacia el salón y tiene que apretar la barandilla con fuerza para no trastabillar.

Emma no está haciendo nada especial; está sentada en el sofá con el torso ligeramente inclinado hacia adelante mientras lee algo en su móvil.

Se lleva un dedo a las gafas que se le habían deslizado por el puente de la nariz sin despegar los ojos de la pantalla.

Sienna piensa que parece que nada hubiera cambiado, que está viendo a la misma chica de la que se enamoró hace años, la que pensó tontamente que había cazado en una fiesta, y fue ella misma quien en realidad acabó cazada.

—¿Quieres algo de beber? —decide preguntar la cantante mientras termina de bajar las escaleras; parecía una auténtica pirada mirándola fijamente desde allí.

Emma levanta la mirada y la garganta se le cierra de inmediato.

Incluso cuando ni siquiera le atraían las mujeres, Sienna Cole le pareció preciosa esa primera vez que la vio en persona, y ahora, más mayor, con treinta y un años, es todavía más guapa.

Esa melena castaña que le roza las costillas, los ojos tan dorados que no parecen los de una mujer de este mundo, y sus labios —Dios—, Emma adoraba besarlos, morderlos mientras deslizaba las yemas de los dedos por su suave piel.

—Agua está bien —Sienna le guiña un ojo antes de girarse hacia la cocina, y Emma tiene que morderse el interior de la mejilla para detener el jadeo que venía en camino.

Asumir que sigue teniendo sentimientos por su exnovia es más difícil de lo que se había imaginado, porque aunque es algo que se ha guardado para sí misma, ha sido una especie de liberación que la mantiene en una tensión a veces desagradable: es ver a Sienna y que su cuerpo la reconozca de inmediato, revelándose contra las cadenas que Emma ha puesto a su alrededor y exigiendo la parte que le corresponde.

—¿Qué tal la primera noche? —Sienna le entrega el vaso y Emma se bebe la mitad después de hacer la pregunta. Joder, está sedienta.

—Si te soy sincera, mejor de lo que esperaba —Sienna se deja caer en el sofá, quizá demasiado cerca de la médica.

Emma vuelve a llevarse el vaso a los labios porque su inoportuno cerebro ha recordado la forma exacta en la que Sienna siempre se sentaba en el sofá.

Con una precisión que no tiene ni operando, la cardióloga adivina que la chica meterá una pierna debajo de la otra, luego apoyará uno de los talones sobre la tela y finalmente se recostará en el respaldo.

Sienna lo hace en ese mismo orden.

—Me alegra; tu hermano estaba preocupado y tuve que convencerlo de que estos pasos a solas son muy necesarios.

—Dylan siendo Dylan —Sienna sonríe y niega con la cabeza.

—Ya —Emma se lleva un dedo a las gafas para ajustárselas y mira el vaso vacío sintiendo que ya no tiene dónde ocultar su nerviosismo.

—Te quedan bien —Sienna señala las gafas con la barbilla cuando Emma arruga las cejas sin saber a qué se refiere—. Solo las usabas para estar en casa; ahora te veo siempre con ellas.

—Me siento más cómoda llevándolas; las lentillas empezaban a hacerme daño.

Lo que dice es una mentira mal maquillada, pero Emma no está dispuesta a decirle a la mujer que está sentada a su lado que llevarlas forma parte de ese cambio al que tuvo que aferrarse cuando dejó Boston atrás.

El silencio se instala, y ojalá fuera de los cómodos, pero no se le parece en nada. Hay muchas cosas que ambas quieren decir, pero en sus cabezas no es el momento adecuado, o quizá ni siquiera tengan derecho a traer una conversación que quedó en un pasado que tal vez no tengan por qué remover.

El corazón de Emma se acelera y no le gusta nada la sensación, porque aunque es consciente de lo que experimenta, justamente ese pasado le pesa como una bola de hierro atada al tobillo que no la deja avanzar en ninguna dirección.

—No sabía que tenías novio —la cantante rompe el silencio y clava sus ojos dorados en ella.

Emma sabe que es un comentario como cualquier otro; además, no hay nada en su tono de voz que sugiera molestia, rechazo ni siquiera curiosidad, pero de alguna manera que no entiende le enfada.

—No tienes por qué saberlo —la hosquedad en su tono cae entre ellas como una bomba de gas.

Sienna no aparta la mirada.

—No, no tengo por qué, pero lo sé ―se pasa la lengua por los dientes en un gesto que no controla.

—¿Y qué se supone que significa eso? —no son palabras, son cuchillos los que salen de la garganta de Emma.

Se pone de pie; es absurdo que esté reaccionando así ante un comentario que no debería tener importancia, pero al parecer la tiene para ella, porque si Sienna no la hubiera traicionado tal vez esta conversación no estaría teniendo lugar en su historia.

—¿Qué creías? ¿Que iba a guardarte luto toda la vida? —ahora lo pregunta con rabia, con el fuego quemándole la lengua.

No debería perder el control de esa forma, menos en un momento en el que la cantante lucha por estar estable, pero no puede, no... joder.

—No, no lo pretendía, solo... —Sienna se pasa la melena hacia un lado y Emma odia lo que su corazón hace cuando observa el gesto—. No sé, Em, fue una tontería decírtelo. Lo siento.

—¿Lo sientes? —Emma abre mucho los ojos y chasquea la lengua—. Ya es un poco tarde para eso, ¿no?