Capítulo 24
—Ahora viene la parte más difícil —la doctora Vega lo dijo con calma y mirándola a los ojos.
A Sienna le gustaba su forma de llevar las sesiones.
—¿Y cuál sería esa parte? Porque creo que lo más complicado fue romper el ciclo que había creado; mi cuerpo no paraba de pedirme más. Ahora no me siento así.
La psiquiatra cerró esa pequeña libreta que siempre tenía a mano y apoyó los codos sobre sus piernas, creando un entorno más casual entre ellas.
—Cuando estés bajo estrés, exista alguna situación que celebrar o quizá soportar, un concierto que no haya salido como esperabas —la doctora hizo una pausa y sonrió—, o que las entradas de tu próximo evento se vendan en pocas horas.
Puede ocurrir en cualquier momento, Sienna, que sientas una necesidad de volver a caer.
Vas a tratar de engañarte, decirte que por una dosis no pasa nada, que solo quieres sentirte bien durante un rato.
Sienna se removió incómoda; conocía esa sensación, solo que hasta entonces nunca se había puesto freno, solo se repetía que lo tenía controlado.
—¿Siempre será así?
Isabel Vega miró a la cantante con una mezcla de ternura y pena.
—La respuesta corta es que sí —cogió su móvil, que estaba sobre la mesa, y buscó algo durante unos segundos—.
Hace años empecé un pequeño proyecto personal después de especializarme en el tratamiento psicológico para adicciones.
Abro una ficha anónima a cada uno de mis pacientes cuando los trato y unos meses después volvemos a tener contacto.
Ninguno de ellos ha dejado de sentir esa necesidad tan intensa de volver al consumo.
Todos y cada uno de ellos ha querido hacerlo: algunos por separaciones sentimentales, otros por celebrar alguna victoria, el nacimiento de un hijo, un reencuentro.
Cualquier cosa; la mente asocia ese tipo de eventos con lo único que les hacía sentir bien —metió esa última frase entre comillas hechas con sus dedos— y, por desgracia, algunos han sucumbido.
La cantante empezó a mover la pierna derecha con un nerviosismo que había aprendido a detectar desde que inició con la desintoxicación.
—¿Cómo evito volver atrás? —la voz le salió rasposa, presa del vértigo.
—Lo más importante es seguir trabajando tu mente; busca a una terapeuta con la que siempre puedas contar.
Ejercita tu cuerpo; sé que no podrás ir a un gimnasio como el resto de nosotros, pero puedes tener alguna máquina en casa, en tu estudio, donde pases mayor tiempo —Isabel hizo una pausa porque sabía que lo que venía, para alguien como Sienna, era lo más complicado—.
El entorno en el que te mueves es lo más importante; estar lejos de las personas habitualmente consumidoras es lo que te mantendrá a salvo.
La cantante sigue recogiendo sus cosas, preparándose para su salida. Entra al baño y comprueba que no queda nada allí. Cuando sale, Dylan está con la mirada clavada en la pantalla del teléfono. Tiene las cejas ligeramente juntas y los labios contraídos.
—¿Pasa algo? —pregunta mientras se acerca a su hermano.
Dylan suspira, teclea durante unos segundos y bloquea el móvil para guardarlo en su bolsillo.
—Jason viene a Londres —Dylan se pasa la mano por el pelo y Sienna reconoce ese gesto de agobio con mucha naturalidad—. Quiere que hablemos de tu vuelta.
Entonces las sesiones con la doctora Vega vuelven a la cabeza de Sienna, porque sabe que, si reanuda las presentaciones, hay una gran posibilidad de que vuelva a caer.
Su hermano no lo sabe, o quizás sí, pero no es un tema que entre ellos haya surgido.
Lo cierto es que fue el mismo Jason quien le puso la primera papelina en la mano; lo recuerda con una claridad irreal, porque fue justo antes de grabar su primer éxito mundial.
—Esto hará que te relajes —le dijo Jason, y le entregó lo que sería el principio de su adicción.
Sienna se sintió tan bien, y la canción que grabó fue tan perfecta, que su cerebro asoció las dosis con el éxito.
Todo empeoró cuando estaba a punto de dar su primer gran concierto.
La cantante ya se había presentado en varias ciudades de los Estados Unidos, aunque todos esos espectáculos fueron pequeños, con un número reducido de personas; algo que hacen las discográficas para decidir si merece la pena dar el siguiente paso.
Y allí estaba Sienna hecha un manojo de nervios en su camerino del Madison Square Garden, sin poder creer todavía que una chica como ella hubiera llegado hasta ahí, con una venta total de entradas, y a punto de salir a cantarle a quince mil personas.
Jason apareció diez minutos antes de que saliera a cantar y le entregó algo que ella no había probado nunca.
Sienna brilló esa noche, voló por el escenario, el pecho no le cabía en el cuerpo, y la adicción ganó el máximo terreno en su vida.
—¿Cuándo llega? —la cantante se sienta y Dylan la imita.
—Dice que en diez días está aquí —su hermano le pone una mano en la pierna—. Intentaré todo lo que esté en mi mano, pero, Sienna, sabes...
—Lo sé —lo interrumpe ella—. Sé que hay un contrato, muchos compromisos que cumplir y, sobre todo, el dinero que la discográfica ha perdido, pero quiero hacer las cosas de manera diferente esta vez, Dy.
Sienna se gira y coge entre sus manos la de su hermano. Lo mira con el cariño que siempre le ha tenido, pero consciente de que muy pocas veces se lo ha demostrado.
—Necesito que me ayudes una última vez con esto y, después, te dejo libre —Dylan se tensa y abre la boca, pero su hermana se adelanta—.
He sido una caprichosa, una inmadura que solo ha pensado en sí misma, en cumplir los sueños que siempre he tenido mientras tú abandonabas los tuyos y tu vida por estar a mi lado.
Sienna niega con la cabeza y toma una respiración profunda.
—Hiciste lo que un buen hermano haría después de la muerte de papá y mamá. Nunca podré agradecerte lo que has hecho por mí, pero si quiero tener el control de mi vida, tengo que hacer un cambio y, sobre todo, dejar de ser egoísta.
—Todo lo he hecho porque así lo he querido —Dylan se apresura a contestar.
—Lo sé, pero también veo en tu mirada el vacío que eso te ha dejado.
No has hecho una vida, hermano; no has podido mantener una relación con ninguna chica, apenas has tenido espacio para las cosas que siempre has querido —Sienna esboza una sonrisa triste—, y lo siento, siento muchísimo no haberme dado cuenta antes, y quiero que eso cambie.
Los dos hermanos se miran, casi sin pestañar, entendiendo que a partir de ese momento todo va a cambiar entre ellos.
—Quiero llegar a un acuerdo con la discográfica, uno que sea beneficioso para ambas partes, así tenga que pagarles una compensación —la expresión de Sienna es ahora de seguridad—. Tú más que nadie sabes que amo cantar, pero también es lo que me ha estado matando en los últimos años.
—¿Quieres dejarlo? —Dylan no puede ocultar la sorpresa en su voz.
Sienna suelta una carcajada.
—No podría; creo que jamás dejaré de cantar, solo que quiero hacerlo a mi manera —sus ojos se iluminan—. Tengo planes, hermano, ideas que nunca pude ver con claridad porque mi mente estaba perdida.
Dylan Cole siente como el corazón se le resquebraja, pero a la vez como su alma vuelve a respirar.
La idea de dejar de llevar a Sienna profesionalmente era algo que en su mente era un hecho, pero también algo que no cabía en este momento, justo cuando su hermana sale de una primera fase de desintoxicación.
Ahora ella le ha quitado la horrible tarea de dar ese paso, anunciarle que se retira y deja de ser su mánager; solo por eso —y porque la ama más que a nadie en este mundo— la ayudará con las negociaciones; al fin y al cabo, es él quien mejor conoce la marca personal de Sienna Cole.
—Cuenta conmigo —Dylan la abraza, y el momento se corta unos segundos después cuando la puerta de la habitación se abre.
La mirada de Sienna brilla; el dorado lo ilumina todo, y es que no puede ser de otra manera cuando su retina captura la imagen de Emma Grant.
Dylan gira la cabeza y sonríe al verla.
—¿Ya podemos irnos? —pregunta el hombre poniéndose de pie.
El mundo parece que ha dejado de girar porque los ojos de ambas mujeres están enganchados, como si ese simple gesto las anclara y les diera la calma que necesitan.
—Ha sido un placer tenerla con nosotras, señorita Cole —Meredith Dawson atraviesa el umbral y se acerca a Sienna con la mano extendida—.
Nos seguiremos viendo en sus sesiones diarias, pero después, y no me malinterprete —la directora de Blythemoor hace una mueca que pretende ser sonrisa—, espero no verla de nuevo.
Sienna estrecha la mano de Meredith y ambas se miran durante unos segundos.
—Gracias por todo —la cantante le suelta la mano—. Yo también espero no verla, al menos no bajo estas mismas condiciones.
La despedida formal se alarga unos minutos más hasta que salen de la habitación y los cuatro caminan por los pasillos de la clínica.
Meredith cambia de rumbo cuando llega a una de las esquinas y, junto a los Cole, Emma sigue hasta el aparcamiento.
Se suben a una Range Rover con los cristales tintados que los espera junto a la puerta con varios guardaespaldas que, a partir de hoy, protegerán a la cantante, porque la prensa ha estado como perros de caza al acecho para conseguir unos instantes de ella en medio de uno de los peores momentos de su vida. Malditas pirañas.
Se mantienen en silencio, como si salir de ese sitio fuera parte de un ritual sagrado que no pueden dejar de cumplir a menos que quieran atraer la mala suerte.
—¿Lo tienes todo? —pregunta Dylan una vez que atraviesan la verja de Blythemoor y dejan atrás la horda de periodistas que seguro que los perseguirá hasta la urbanización privada en la que Sienna vivirá temporalmente.
Emma Grant ha sido la encargada de gestionar, junto a los médicos de Sienna, su alta en el centro; lo hizo en calidad de colaboradora o, como ella misma no deja de repetir, su médica tratante.
Gestionó el papeleo, tuvo una conversación con Isabel Vega y algunos sanitarios sobre el calendario de sesiones que debe cumplir la cantante, las medidas de seguridad que conviene adoptar y varios consejos sobre posibles recaídas.
Emma sigue intentando ocultar sus sentimientos a todos, menos a ella misma.
Ha aceptado, sin ningún género de dudas, que sigue enamorada de su exnovia y, aunque no se ha planteado si entre ellas puede pasar algo, ha decidido dejarse llevar; y eso implica estar a su lado en el momento en que la necesite. Como ahora.
—Sí, no te preocupes —Emma le entrega una pequeña memoria portátil—. Está codificada; cuando la conectes al ordenador te pedirá ciertos datos para que puedas acceder.
Dylan estira el brazo por encima de su hermana —Sienna va en medio de los dos— y coge el dispositivo para guardarlo en su bolsillo.
—Han hecho un cambio; mañana no tendrás que ir a la clínica —dice Emma, ladeando un poco el cuerpo para mirar a Sienna—. La directora me ha dicho que es para que te instales con calma en tu casa.
—Es una mujer amable, pero me parece muy fría —opina Dylan refiriéndose a Meredith Dawson.
—Lo es —confirma Emma.
—Menos cuando está frente a la doctora Vega —Sienna lo suelta con media sonrisa, ganándose una expresión de ojos muy abiertos de sus acompañantes—.
No sé si ya ha pasado algo entre esas dos, pero no pueden dejar de mirarse cuando están en la misma habitación y la directora es incluso más dulce con ella.
—Meredith Dawson es la mujer de Terrance Dawson, el propietario de Blythemoor —Emma lo sabe porque en Londres todo el mundo conoce a esa familia: dueños de clínicas de élite en el Reino Unido, además de ser uno de los principales proveedores de insumos médicos del continente.
Sienna encoge los hombros.
—Casada o no, esa mujer babea por Isabel Vega.
El silencio vuelve a caer entre ellos cuando Dylan contesta una llamada de la que Sienna no quiere saber nada.
Cierra los ojos y recuesta la cabeza en el respaldo intentando controlar la respiración.
No está teniendo un ataque de ansiedad, pero sí está agitada, nerviosa ante esta nueva etapa.
No puede evitar que los pensamientos intrusivos pululen por su mente e intenten boicotearla.
Se le acelera el pulso porque no quiere recaer, quiere mantenerse limpia, volver a ser aquella chica soñadora que cantaba descalza para unos pocos, que cuando se subía al escenario tenía la mente ahí y no en la estratosfera, con el corazón a reventar y la sangre llena de porquería.
Abre los ojos de golpe cuando siente una mano cálida deslizarse sobre la suya y entrelazarse a sus dedos. El mar en calma que la mira le hace promesas que Sienna desea que se cumplan.
—Estoy aquí —le susurra Emma, y Sienna suelta un suspiro cargado de anhelo.
Quizá lo mejor está por empezar. Ojalá.