Tú te lo pierdes Capítulo 23
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Capítulo 23

—¿Qué ha pasado? —Emma lo dice mientras atraviesa a largas zancadas uno de los pasillos de Blythemoor que da a las habitaciones, específicamente a la de Sienna.

A su lado, Meredith Dawson, la directora de la clínica, le sigue el paso subida en unos tacones finos con una agilidad propia de una joven de veinte años.

—Estaba en una sesión con la doctora Vega —explica la mujer con la voz calmada—, ha empezado a encontrarse mal, lo que ha derivado en un aumento de la ansiedad hasta que ha acabado en un ataque de pánico.

Emma gira a la derecha como si estuviera en su propia casa, se sabe de memoria el camino hasta Sienna, siempre lo ha sabido; simplemente que durante unos años se negó a recorrerlo.

—¿Qué tipo de sesión? —inquiere la doctora Grant, que presiente que no ha sido de las habituales.

Meredith aprieta los labios y acelera el paso; a sus cincuenta años ya no le es tan fácil seguir este tipo de ritmos.

—Una regresión —la mujer toma una bocanada de aire—. Es una terapia muy efectiva para adictos en recuperación.

La directora de la clínica le explica a una muy escéptica Emma Grant que la terapia de regresión es una técnica terapéutica que busca acceder a recuerdos y emociones del pasado que permanecen ocultos o poco conscientes, generalmente relacionados con la infancia o experiencias emocionalmente intensas.

A través de estados de relajación profunda, meditación guiada o hipnosis ligera, la persona explora recuerdos, sensaciones e imágenes asociadas a conflictos actuales como ansiedad, miedos, bloqueos emocionales o patrones repetitivos de conducta.

—La doctora Vega ha guiado a Sienna mediante preguntas e imágenes mentales para ayudarle a conectar con experiencias pasadas y procesar las emociones vinculadas a ellas —ambas mujeres se detienen frente a la puerta de la habitación de la cantante y Meredith pone la mano en el pomo antes de que Emma lo haga—.

No debería estar aquí, doctora Grant. En Blythemoor sabemos muy bien lo que hacemos con nuestros pacientes y lo de hoy es parte del proceso.

La señorita Cole se está enfrentando a sus momentos de oscuridad; es normal que su mente se quiebre, pero está siendo monitorizada porque no permitiremos que le pase nada.

Emma se siente una troglodita capaz de empujar a Meredith con fuerza para que se aparte de su camino. Sus explicaciones no le importan; no duda de que en la clínica estén haciendo su trabajo, pero ella es la cardióloga de Sienna, su médica tratante, su… su… joder.

—Me gustaría confirmar por mí misma que está bien —Emma le señala la mano sobre el pomo a la mujer—. Si me permite.

Meredith la mira durante un segundo, evaluándola, buscando en su expresión algo que realmente no sabe qué es, pero que está ahí porque la angustia en el rostro de la médica dista mucho de un gesto meramente profesional.

Da un paso atrás soltando el pomo de la puerta.

—Estaré en mi despacho —dice la mujer de manera educada—. Si tiene alguna pregunta adicional, por favor no dude en buscarme.

Emma asiente de inmediato y empuja la puerta para acceder a la habitación de la cantante.

La cortina que está en la ventana impide el paso de la luz, haciendo que el espacio parezca más una cueva siniestra que un lugar de descanso.

Sienna ni siquiera gira el cuello para ver quién ha entrado; se mantiene sentada en el sofá con el torso doblado hacia adelante y las piernas moviéndose con inquietud, como si el gesto la ayudara a contrarrestar el dolor que está sintiendo.

La doctora se acerca a ella y se arrodilla a su lado. El corazón se le agrieta al sentir a Sienna temblando, sudorosa, y verla con los ojos tan apretados que parece estar teniendo una pesadilla.

—Sienna —la cantante no da ninguna señal de haberla escuchado—. Sienna, estoy aquí.

Nada. Sienna Cole parece estar en trance, en una realidad paralela que la mantiene atrapada en un lugar siniestro y no le permite moverse, hablar ni respirar con calma.

—Nena, mírame —Emma desliza una mano por el brazo de Sienna hasta que llega a sus dedos y los entrelaza con los suyos.

La doctora se siente aquella chica de treinta años que estaba completamente enamorada de la cantante, a la que el corazón le destrozaba el pecho cada vez que la tocaba, que podía sentirla en su cama, pegada a ella como si Emma fuera algo necesario para su vida.

Esa tarde estaba acabando un turno horrible en St. Catherine's Private Hospital y estaba deseando llegar a su casa cuando revisó las alertas de la clínica donde estaba siendo tratada la cantante.

Sintió la asfixia de inmediato, esa mano fuerte que aprieta el cuello con rabia y hace que las piernas pierdan fuerza.

Llamó enseguida y le explicaron de manera muy profesional lo que había pasado, asegurándole que la cantante estaba siendo controlada, pero ella sintió ese picor en la piel de los que tienes que rascarte con mucho ímpetu para calmarlos y al final consigues el efecto contrario.

Entonces Emma se subió a su coche y condujo con aparente calma, pero apretando tanto el volante que ahora las manos le duelen.

—Em —susurra Sienna con las pupilas dilatadas y un temblor nada ligero en su boca.

—Estoy aquí —le repite la médica y se aferra más a su mano—. No dejes de mirarme. Vamos a respirar juntas.

Emma Grant no tiene ni idea de lo que está haciendo; ella es cardióloga, la que detecta patologías, abre pechos y repara corazones.

Todo lo que esté alejado de la ciencia no es su fuerte, pero ella siempre ha sabido que existe otra Emma en su interior capaz de lograr lo que se proponga con tal de hacer lo que sea para que la gente a la que quiere sea feliz: sus padres, su hermana y, por lo visto, también Sienna.

Emma se sienta en el suelo, frente a la cantante, y Sienna se escurre del sofá hasta quedar en la misma posición que su exnovia.

Están frente a frente, con las manos entrelazadas mientras inhalan profundamente y van soltando la respiración despacio.

No hablan; solo repiten una y otra vez lo que a Emma le parece una técnica fallida que no está mejorando la sensación. Decide cambiarla.

—¿Por qué no has aceptado el calmante? —pregunta Emma, y por un instante se pierde en los ojos dorados que siempre supo que acabarían encandilando al mundo entero.

Sienna toma una bocanada temblorosa y se humedece los labios.

—Creo… —la voz le suena rota, perdida—, creo que si cada vez que sufro un episodio de ansiedad tomo cualquier cosa que me ayude a estar en calma, voy a acostumbrar a mi cuerpo. Quiero estar lo más alejada de todo eso.

—No ha sido un simple episodio de ansiedad; has tenido un ataque de pánico —le recuerda Emma.

Sienna asiente lentamente; la mirada está clavada en sus manos entrelazadas con las de Emma.

—Lo sé, pero no quiero, Em —de repente un par de lágrimas empiezan a deslizarse por sus mejillas—. Me merezco todo esto; no supe frenar y…

—Eh, eh —Emma recupera una de sus manos y le pasa las yemas de los dedos por el rostro—, no es momento para esto. Todos cometemos errores y no por eso merecemos que nos den una paliza.

Sienna se ríe, aunque no parece demasiado animada.

—Los errores que yo cometí merecen un verdadero castigo —lo dice con el gesto tan contraído que parece incluso doloroso—.

He hecho daño a mucha gente, he tomado malas decisiones, he convertido mi pasión en un circo y, sobre todo, he fastidiado a la gente que más me ha querido —la cantante niega con la cabeza—.

¿Sabes lo más triste? Que aquí dentro es donde me he dado cuenta de que estoy realmente sola. Solo tú y mi hermano…

La voz se le rompe y se muerde los labios con fuerza para intentar calmarse.

—Tú y Dylan sois a quienes más he hecho daño y sois quienes no me han dejado caer. Es irónico, pero no deberías estar sentada aquí intentando calmarme; deberías estar lejos de mí, huyendo de todo lo que causo.

Emma siente una ligera vibración en la garganta producto de esas palabras no dichas que la están arañando, buscando una salida. Traga saliva con fuerza, intentando que se vayan a cualquier sitio, pero no puede; son demasiados años manteniéndolas cautivas.

—Me hiciste mucho daño; creo que la frase correcta sería que me destrozaste —Emma no aparta la mirada ni un instante—, pero estoy cansada de huir.

Ya lo hice y mira ahora dónde estamos. Quizá tengamos tiempo para hablarlo; ahora no es el momento ni mucho menos el lugar —la médica mira de soslayo una de las cámaras instaladas en la habitación—.

Lo que necesitas es centrarte en ti, en superar lo que te trajo a este lugar y volver a ser Sienna Cole.

La cantante suelta un bufido que parece más incertidumbre que queja.

—Eso es algo que también tengo que descubrir, porque siento que he perdido tanto en todo este camino que me ha dejado vacía, ¿sabes?

—Sienna pega la espalda al asiento del sofá, más calmada—.

Antes adoraba sentarme en el suelo, descalza y con la guitarra en mi regazo.

Cantar cerca de los que amaban mi música, hablarles con la verdad.

Ahora eso se convirtió en un espectáculo, un entretenimiento creado por otros.

Emma no ha monitorizado la carrera de Sienna —gracias a Dios, porque si no estaría completamente obsesionada con seguir sus pasos— pero sabe que la chica ha llenado espacios que incluso las grandes estrellas musicales no han sido capaces.

Una artista que ha movido masas y enloquecido a millones de personas.

—¿Ya no te gusta lo que haces? —la médica sigue hablando, por curiosidad de saber más de su vida y sobre todo porque parece que la charla está obrando milagros.

—Amo lo que hago, Em —sube la mirada al techo y uno de sus dedos empieza a moverse, dejando caricias cortas en la mano entrelazada—, pero no de esta manera.

No soy tonta; sé que muchos artistas matarían por llegar hasta donde estoy y de cierta forma lo he disfrutado, no te voy a engañar.

He cantado en sitios espectaculares, he conocido a personas que jamás ni siquiera soñé, y estoy muy agradecida.

—Pero…

Sienna hace una mueca, una sonrisa verdaderamente triste.

—Para lo único que me ha servido es para hacer dinero y abrir más un agujero aquí —se señala el pecho—.

Por eso quiero salir de esto; lo estoy intentando con todas mis fuerzas porque voy a usar todo lo que he logrado para decidir cómo quiero llevar mi carrera.

No más giras agotadoras en las que tengo que preguntarle a Dylan en qué país estamos antes de subirme al escenario porque en una semana hemos estado en cuatro diferentes.

Quiero estar más cerca de mi público y decidir dónde y cómo.

Emma recuerda las palabras de Dylan sobre el tipo de las discográficas que está presionando, el contrato que no se ha cumplido y los conciertos que ha tenido que suspender.

También recuerda que el hermano de la cantante va a dejar de ser su mánager, y no está muy segura de que Sienna pueda hacer lo que desea, al menos no ahora, porque supone que primero tienen que resolver todo eso para que sea libre como le está diciendo.

—Tengo miedo —Emma vuelve a tierra cuando la escucha—. Miedo de que cuando salga de aquí no sea lo suficientemente fuerte para no romperme.

Emma levanta la mano y le despeja la cara de esos mechones rebeldes que se le han salido del recogido desordenado que lleva esa tarde.

—No estás sola en esto —la convicción de la médica las sorprende a las dos—. Tu hermano no te dejará sola… yo no te dejaré sola.

No le pesa ni le arden los pulmones; todo lo contrario, siente paz al decirlo en voz alta. Porque Emma Grant lleva años escondida, agazapada en Londres como si esa ciudad fuera un muro infranqueable que le permite estar segura de todo aquello que dejó atrás. Qué equivocada estaba.

La ironía es que siempre lo supo: cuando aceptó ese puesto, mientras hacía las maletas en Boston, cuando decidió que salir con Freddi Hudges era una idea grandiosa… En todos esos momentos, Emma sabía que hiciera lo que hiciera, Sienna Cole jamás saldría de su corazón.

El primer amor es como una lanza que, según cómo te atraviese el cuerpo, la marca se queda ahí como un buen recuerdo o como una pesadilla que querrías borrar de tu existencia.

En el caso de la cantante, y muy a pesar de sus malas decisiones, la cicatriz que dejó ese año de tanto amor, a Emma a veces le picaba, otras le escocía y muchas otras le ardía, pero en ningún caso quiso borrarla porque de alguna manera la ha mantenido en pie.