Tú te lo pierdes Capítulo 22
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Capítulo 22

—¿Qué te parece? —pregunta Dylan Cole cuando se asoman por el pequeño balcón que da a una calle poco transitada.

Emma vuelve a mirar de un lado a otro, pero no le convence.

—No sé, no lo veo —tuerce el gesto cuando Dylan suspira—. Es que no creo que este balcón sea adecuado y el salón es muy pequeño, ¿no crees?

Dylan bufa a la vez que suelta una risa comedida.

—Sienna es una adicta en recuperación, no una suicida —explica Dylan porque, aunque no lo ve necesario, parece que Emma no lo tiene muy claro—. Este sitio está muy cerca de Blythemoor, el espacio está bien para ella sola y el edificio tiene seguridad las 24 horas.

Emma vuelve a mirar hacia la calle y, aunque Dylan tenga razón, a ella sigue sin convencerle que este piso sea el adecuado para que Sienna se mude una vez que la clínica le dé la primera alta médica.

En unas pocas semanas, la cantante ya no dormirá en Blythemoor, tendrá que ir cada día para las diferentes sesiones y podrá volver a donde elija residir, un sitio que debe ser tranquilo y seguro. Definitivamente, no como este.

—Tenías un par más en la lista, ¿no? —pregunta la doctora y se gira hacia Dylan.

—Sí —se pasa la mano por el pelo—, pero es el cuarto que vemos y tenía esperanzas de que este fuera el correcto.

Emma le guiña un ojo y camina hacia el salón.

Ninguno de los dos hace ningún comentario, pero ese simple gesto significa mucho.

Para Dylan, la mujer que hoy lo acompaña se parece más a aquella que conoció en Boston, y para Emma, que ya no siente parte del peso que la estaba asfixiando por la culpa de hacer cosas —como usar su día libre para buscarle hogar temporal a su exnovia— que no debería cuando tienes un novio a quien respetar.

Ahora que lo suyo con Freddi ha llegado a su fin, no se siente una tirana infiel.

Se suben al coche una vez que se han despedido del poco entusiasta asesor inmobiliario, mientras Dylan se disculpa por teléfono con una mujer que los está esperando para ver la siguiente propiedad porque van unos minutos tarde.

La casa que van a ver queda un par de millas más lejos que este piso, pero está dentro de una urbanización privada que Emma conoce porque uno de sus pacientes vive allí, un hombre de setenta años que presumió durante horas de su exquisito gusto por las mujeres y los coches. Insoportable.

—Creo que es aquella —señala Dylan cuando observan a una mujer joven vestida con un traje azul y un maletín frente a una fachada blanca.

Emma aparca el coche cerca de la propiedad y ambos se bajan al mismo tiempo.

—¿Dylan Cole? —pregunta la mujer y, cuando él asiente, estira la mano—. Bienvenidos, soy Olivia y seré la encargada de mostraros la vivienda.

Emma también le estrecha la mano y siguen a Olivia, que no tarda en empezar a explicar cada rincón desde que ponen un pie dentro de la propiedad, pero la doctora deja de escucharla cuando sus ojos se encuentran con un salón precioso que da hacia un patio trasero de tamaño mediano.

De alguna manera, Emma detecta que ese es el lugar correcto; su mente hace una especie de clic para activar los recuerdos y entonces lo ve claro.

—...y tendremos un jardín, un sitio donde seguramente tú estarás tomando el sol fuera y yo estaré componiendo dentro mientras me inspiro con tu cuerpo.

El cerebro de Emma es una máquina para traer recuerdos, frases sueltas en momentos que no parecían demasiado importantes, pero que ahora emergen con facilidad en los instantes correctos.

La doctora Grant la recorre, una pequeña casa lo suficientemente espaciosa para no sentirse asfixiada, pero tan acogedora como para convertirla en un lugar especial.

—El contrato se hace por un año; sin embargo, con una cuota adicional la estadía puede ser de seis meses —está explicando Olivia cuando Emma entra a la cocina—. ¿Tenéis claro el tiempo que vais a estar?

—De momento no. No depende de nosotros —Dylan se fija en un folleto informativo que le entrega la agente inmobiliaria.

—¿Se puede hacer ya la reserva? —la pregunta de Emma hace que Dylan levante la mirada de golpe y, cuando se da cuenta, se apresura a explicarse—. Lo tiene que decidir él, pero es solo por saberlo.

Olivia sonríe y saca una carpeta de su maletín.

—Aquí tenéis todos los requisitos —le entrega la carpeta a Emma—. Es una zona muy exclusiva y también muy demandada, por lo que os recomiendo que, si os decidís por la propiedad, me lo comuniquéis de inmediato.

Treinta minutos después, Dylan lo ha dispuesto todo para alquilar la casa para que su hermana la ocupe en cuanto salga de Blythemoor.

Salen de la urbanización con Emma al volante y el mánager de Sienna con el móvil pegado a la oreja, hablando con el equipo de seguridad que va a custodiar a la cantante.

El que volaba desde Los Ángeles y que perdió la conexión de su vuelo a Londres fue despedido, no solo porque le falló en el momento del traslado, sino porque tanto el St. Catherine's Private Hospital como la clínica donde se está desintoxicando cuentan con un servicio excelente que mantiene a todos los curiosos lejos; pero esto es diferente porque Sienna estará expuesta cada vez que salga de la vivienda para asistir a sus sesiones diarias.

—¿Crees que lo logrará? —pregunta Dylan de repente y Emma tiene que morderse el interior de las mejillas.

La doctora Grant vuelve a notar ese deje de desesperación que no se ha ido del todo, que parece quebrarle la voz a Dylan cuando saca el tema.

—Sienna es una de las personas más tozudas que conozco —Emma lo dice mientras gira para incorporarse a la avenida, y Dylan asiente—. Y si ha decidido luchar para curarse, no tengo dudas de que lo logrará.

Dylan Cole se queda callado unos segundos.

Quiere aferrarse a las palabras de Emma porque, aunque nunca lo reconocerá en voz alta, ha visto a Sienna intentarlo muchas veces sin lograrlo.

Ahora está en una clínica, es cierto, pero, tal como dice la mujer que conduce el coche, su hermana es tozuda y así como ha aceptado tratarse, puede volver a los viejos hábitos si le apetece.

Clava su mirada en la ventanilla y ve el paisaje de Ascot por el que están transitando.

Le parece un sitio precioso, completamente diferente a América y un lugar en el que, sin duda, se asentaría durante un tiempo.

Dylan piensa en lo agotado que está de sostener lo que quedó después de que sus padres murieran en aquel accidente y todo lo que significó para él convertirse en la única familia de su hermana.

Ha renunciado a tanto por Sienna que, si se alejara de ella, lo único que le quedaría sería el dinero que ha ganado estos años y que tampoco ha podido disfrutar.

—Voy a renunciar —suelta Dylan sin pensarlo y Emma tiene que apretar con fuerza el volante porque sus brazos han temblado ligeramente.

—¿A qué vas a renunciar? —la doctora Grant lo sabe, pero necesita confirmarlo de la boca del hermano de la cantante.

Dylan suspira y gira el cuerpo para mirarla a la cara.

—A ser representante de Sienna —cuando lo dice, la voz se quiebra porque lleva tanto tiempo con esas palabras atrapadas en la garganta que, cuando le han salido, ha sentido como si se le desgarrara la piel—. No puedo seguir siendo el responsable de todo.

Emma no dice nada por unos segundos, dejando que las palabras se asienten. Ella no recuerda a una Sienna sin Dylan. Cuando la conoció, le presentó a su hermano casi de inmediato y le contó todo lo que representaba para ella.

—Estoy agotado —sigue el hombre—, y estoy seguro de que, si no lo dejo, acabaré odiándola, Emma.

Sé que puedo sonar egoísta, pero le he dado mi vida a Sienna y no me arrepiento de haberlo hecho, me arrepiento de no haber vivido en el camino.

Las pocas relaciones que he tenido las he dejado a un lado, apenas tengo amistades y ni siquiera tengo un jodido gato.

—La tienes a ella —la respuesta sale demasiado rápido de la boca de Emma—, aunque entiendo que no es suficiente.

—Suena terrible.

—Lo siento —se disculpa la médica—, creo que he perdido la capacidad de decir las cosas sin parecer que quiero hacer daño. Entiendo lo que sientes y nadie va a juzgarte por pensar, por fin, en ti, Dylan. ¿Has decidido cuándo lo harás?

El mánager suelta un bufido largo.

—Si te soy sincero, querría hacerlo ya, pero no puedo por varias razones —extiende una mano para empezar a enumerarlas—.

La más importante es que no dejaría a mi hermana sola en este momento, cuando necesita todo el apoyo posible para seguir adelante.

Luego está el contrato con la discográfica y el jodido Jason Kelly, que no deja de presionar.

Quiero resolver toda la parte legal, asegurarme de que Sienna está mejor y luego dejarlo en manos del nuevo mánager.

Tengo tres nombres muy interesantes que no dudarían en llevar la carrera de mi hermana y que la mantendrían alejada de toda la mierda que yo no pude.

Emma gira hacia una calle estrecha y avanza unos quinientos metros hasta que se detiene detrás de un camión. Apaga el coche y se gira hacia Dylan para hablarle con calma.

—No puedes culparte de las decisiones de Sienna —Emma le coge una mano y se la aprieta con cariño—. Ella eligió ese camino. Ella, no tú.

—Eso lo sé, créeme, pero yo no supe frenarla —niega con la cabeza, enfadado—. Estos tres representantes de los que te hablo no permiten que sus artistas consuman drogas. Hay cláusulas legales que lo evitan, ¿sabes?

—Eso lo sabes ahora, Dylan, pero estoy segura de que cuando comenzó la carrera de Sienna no tenías ni idea de cómo hacerlo —la doctora Grant lo recuerda completamente perdido una noche en que tenía que organizar unas entrevistas para la cantante—.

Lo has hecho bien, has cuidado de ella y la has querido tanto que le has entregado años de tu vida sin pedirle nada a cambio.

—Bueno, me ha pagado mucho dinero por representarla.

Ambos rompen a reír y el momento de tensión parece disiparse ligeramente.

—Haz lo que necesites —le aconseja Emma sin dejar de mirarlo—, estoy segura de que Sienna lo entenderá.

Dylan la observa y entonces decide que no va a dejar pasar ese momento que se ha convertido en algo íntimo, algo que están compartiendo solo ellos dos.

—¿Y tú qué vas a hacer?

Emma frunce el ceño sin entender la pregunta, pero su corazón sí que parece haberla captado porque se acelera como un coche de carreras.

—¿A qué te refieres? —dice soltándole la mano a Dylan lentamente.

—A mi hermana —contesta sin titubear—. Sé que vas mucho a verla a Blythemoor porque el doctor Jensen parece algo obsesionado contigo y cada vez que voy o llamo, me habla de ti.

Emma tuerce el gesto y Dylan se ríe.

—Además, esta mañana he visto cómo os mirabais y no sé —se encoge de hombros—, creo que está pasando algo entre vosotras.

La doctora Grant se remueve en el asiento, incómoda, y siente que está en uno de esos programas de preguntas en los que no puede huir para no contestar, salvo que no está ahí, está aquí con Dylan y es diferente.

—Si te soy sincera, no tengo ni idea —suelta y, a pesar de la crudeza de su confesión, su cuerpo es capaz de mantenerse tranquilo—.

Me he negado todo este tiempo a acercarme a Sienna, he luchado contra cada uno de los sentimientos que he experimentado desde que volví a verla y, aunque estaba segura de no querer ni siquiera estar en la misma habitación que ella, ya no lo tengo tan claro.

A Dylan la sonrisa se le va ampliando poco a poco. Emma lo señala con el dedo.

—No te estoy diciendo que volveré a estar con ella —se ajusta las gafas con el mismo dedo con el que lo estaba señalando—.

Simplemente que ahora me siento diferente respecto a ella y, aunque aún no la he perdonado del todo, creo que lo que hizo fue producto de muchas cosas a la vez que no pudo controlar —Emma toma una bocanada de aire—.

No la estoy eximiendo de culpa. Sienna me hizo mucho daño, Dylan, pero tu hermana también se lo ha hecho a sí misma en el camino.

Ahora es Dylan quien le coge una mano y se la aprieta. Cuando decidió buscar a Emma, se imaginó cientos de escenarios, pero ninguno ni medianamente cerca de todos los que han ido ocurriendo a lo largo de estos meses.

El colapso de Emma en Dublín trajo mucha angustia, pero también cambios que no se esperaba que ocurrieran ni en un millón de años.