Capítulo 21
Tres semanas más tarde
E mma desliza las yemas de sus dedos con lentitud sobre el brazo desnudo de Sienna Cole. La doctora sigue el recorrido con la mirada y se humedece los labios cuando nota su propia piel erizarse.
Esa mañana no tiene por qué estar ahí, pero está.
A Sienna le han practicado una endoscopia porque lleva dos semanas con fuertes molestias estomacales como consecuencia del uso reiterado de estupefacientes, alcohol y poco alimento real durante años.
Le han aplicado una sedación suave y hace cinco minutos que han acabado con el procedimiento.
No tardará en despertarse; de hecho, ese tipo de ansiolíticos está diseñado para que haga efecto durante poco tiempo.
La doctora Grant sabe perfectamente lo que está haciendo e incluso se siente como una pervertida cometiendo alguna clase de abuso al tocar una piel que hace tiempo dejó de ser suya —figurativamente hablando— y sin que Sienna esté despierta para darle permiso a acercarse de esa manera, pero su mano ha ido por libre, como si hubiera recordado que ese era el tipo de caricias que la tranquilizaban cuando la cantante no podía dormir o había algo que la inquietaba.
Han pasado muchas cosas durante esas tres semanas.
Emma ha tenido largas conversaciones con su amiga Rachel, otro puñado de ellas con Claire y, sobre todo, consigo misma.
No puede pensar en lo que va a hacer de aquí a unos meses, pero sí tiene claro lo que va a hacer esa semana, en lo que es un inicio rotundo de su nuevo cambio.
—Hola —Sienna tiene la voz pastosa y la mirada algo vidriosa.
Emma se sobresalta, no porque se haya despertado, sino porque la cantante ha movido su brazo para capturar su mano y entrelazar los dedos.
—¿Cómo estás? —pregunta Emma aclarándose la garganta.
Sienna cierra los ojos y una sonrisa se dibuja en sus labios.
—No estoy segura de que esto sea bueno para una adicta en recuperación —ensancha más la sonrisa—, porque ahora me siento muy bien.
Emma niega con la cabeza, pero también sonríe.
—Ahora vendrán a buscarte para llevarte a tu habitación —explica Emma en voz baja—. Seguro que dormirás toda la tarde o, por lo menos, estarás acurrucada en la cama sin querer levantarte.
—Suena a buen plan si no estuviera aquí.
Un escalofrío recorre a Emma porque se ha imaginado de repente estando con ella en la cama sin ganas de salir de ahí durante días.
Le suelta la mano a Sienna; no lo hace de una manera brusca, pero sí repentina, haciendo que la cantante suspire.
Ninguna de las dos dice nada; no es necesario, porque Sienna sabe que el fantasma de lo que hizo sigue acechando desde un rincón y Emma no está preparada para dar ningún paso en esa dirección.
—¿Te vas? —pregunta Sienna mirándola.
Emma mueve la cabeza afirmando, mientras lucha contra el cosquilleo que sigue en la mano que aún conserva el tacto de la cantante.
—Nos vemos otro día —anuncia la médica—. Si sientes alguna molestia, avisa al personal sanitario.
—No te preocupes, y gracias por estar aquí, Em —si Sienna supiera cómo el corazón de Emma Grant vibra cuando la llama por ese diminutivo…—. No sabes lo que me calma que estés cerca.
Las voces en el pasillo le dan la oportunidad a Emma de no contestar, y lo agradece, porque ¿qué responde a eso?
En pocos segundos hay en la habitación dos médicos más y una enfermera, así que Emma aprovecha para despedirse.
Cuando sale de Blythemoor lo hace como siempre: agitada, confusa y sedienta.
Sedienta de tiempo, de la piel de Sienna y de esa mirada dorada que solía iluminar su alma.
Se sube al coche y conduce hasta su piso; hoy tiene guardia nocturna que incluye una cirugía y tiene que descansar, aunque no sabe si podrá.
Durante las últimas semanas hay cosas que han ido muy bien: tuvo un paciente con un caso complejo que pudo resolver con éxito, ha recuperado la conexión con su hermana —que había estado en punto muerto porque Emma había decidido que mejor era cortar la comunicación que decirle que Sienna había reaparecido— y le han publicado un ensayo en una revista médica de mucho prestigio en Alemania.
Sin embargo, con Freddi las cosas no han ido tan bien.
Su novio ha estado incómodo, haciendo preguntas sobre el futuro de su relación, el motivo por el que Emma está siendo tan distante y la inesperada insistencia en mudarse juntos.
Luego está Ted, el irritante gemelo de Freddi, que insiste en teorías absurdas que no han hecho más que llenarle la cabeza de basura a su hermano.
Antes de que Emma meta la llave en la cerradura, escucha ruido en el interior.
Cierra los ojos por un segundo y suelta un suspiro.
Esa es otra cosa: Freddi Hudges es un buen hombre, pero con una brutal incapacidad para leer las señales y entender las peticiones de Emma, que siempre le ha dicho que la avise cuando vaya a su casa porque no siempre quiere que su novio aparezca sin que ella lo sepa.
Tenía pensado hablar con él esa semana, pero cree que hoy es el día correcto.
Abre la puerta y lo encuentra trajinando en la pequeña estantería en la que tiene todos sus libros de medicina.
—¿Dónde tienes la enciclopedia de cuidados paliativos? —Freddi se lo pregunta sin mirarla, agachándose para buscarla en la balda más baja—. Llevo media hora intentando encontrarla.
Emma se acerca a la estantería, sube el brazo para sacar el grueso tomo y dárselo a Freddi, quien aparentemente tiene un problema de vista.
—Hola —lo saluda Emma mientras el hombre abre el libro—. No sabía que te pasarías hoy por aquí.
Freddi encoge los hombros, aún sin mirarla, con toda su atención puesta en las páginas que está ojeando.
—No he hecho la compra y pensé que mejor sería venir a tu piso.
Lo dice con despreocupación, como si fuera algo lógico.
Entonces Emma se da cuenta de que parte de la rutina en la relación ha sido esa: Freddi yendo a su casa simplemente porque no le apetece estar en su descuidado piso, porque Emma paga suscripciones a todos los canales de streaming a pesar de no ver ninguno, pero Freddi es un gran fanático del fútbol y pasa horas frente a la tele o, como en esa ocasión, para asaltar la nevera de su casa.
—He pensado que podemos comer aquí y pasar la tarde juntos —Freddi se sienta en el sofá y sube los pies a la mesa baja frente a él.
Emma no entiende cuándo ha empezado a odiar todos esos gestos, o simplemente nunca se fijó tanto en ellos como ahora. Pero ¿de verdad ha estado años así? No lo comprende.
—Tengo turno esta noche y pensaba descansar —Emma se quita las zapatillas y entra a su habitación, pero sale de inmediato al encontrar la cama deshecha con la toalla mojada sobre el colchón, y eso, de alguna manera, le hace perder el control—.
Ya que vienes a mi casa cuando te da la gana, te comes mi comida y usas mis cosas, ¿puedes ser más cuidadoso por favor?
Freddi levanta la mirada con el ceño fruncido.
—¿Perdona?
—Ya me has oído, Freddi —Emma lo dice con los dientes apretados—. No puedes simplemente estar en mi piso como si fuera el tuyo y hacer lo que te dé la gana.
El gesto de Freddi es como si Emma le hubiera escupido a la cara. Está indignado, sorprendido y enfadado por la reacción de la médica.
—Me estás engañando con otro, ¿verdad? —Freddi se pone de pie—. Joder, es que todos tienen razón.
—¿Qué clase de respuesta es esa? —a Emma le hierve la piel—. Asocias que no me gusta lo que estás haciendo con una infidelidad. ¿Qué sentido tiene lo que estás diciendo, Freddi?
El doctor Hudges se rasca la barba corta de tres días y luego suelta un bufido.
Camina por el salón meneando la cabeza de un lado a otro.
Su hermano Ted se lo ha dicho, siempre le ha advertido que Emma no es una buena chica, que no es de las que te esperan en casa ni de las que quieren un compromiso, y cuando Freddi le contó sobre su actitud, Ted afirmó que otro se la estaba follando.
—Siéntate, Freddi —Emma se acerca al sofá y se deja caer con cansancio—. Esto no puede seguir así y será mejor que lo hablemos.
Su respuesta es acercarse a ella, cruzar los brazos y quedarse de pie. No quiere sentarse; no quiere tener una conversación como esta como si estuvieran tomando el té.
—¿Desde cuándo me engañas? —insiste.
Emma quisiera estar en Boston, lejos de ese momento.
—Freddi, ni estoy con otro ni te estoy engañando —le aclara, sabiendo que es una verdad a medias porque masturbarse pensando en Sienna…—. Simplemente tengo la sensación que ya no conectamos como antes, y lo siento, ¿vale? Lamento no habértelo dicho antes, pero para mí también es difícil.
—¿Conexión? —inquiere enfadado—. ¿Pero de qué estás hablando?
—¿No lo notas? Joder, Freddi, hace tiempo que nos comportamos como dos desconocidos y cada vez tenemos menos cosas en común.
No sé, los primeros años fueron buenos, hacíamos cosas juntos, pero ahora todo se ha reducido a comer fuera un par de veces a la semana y, de resto, estar aquí en mi piso.
Además, casi no hablamos y estamos distanciados.
El doctor Hudges abre mucho los ojos.
—¿Y qué otra cosa quieres, Emma? Los dos somos médicos con trabajos exigentes y, además, ya no somos unos adolescentes. Así es como funcionan las relaciones adultas.
A Emma la respuesta le hace echarse hacia atrás.
¿En serio? A su mente vienen sus padres, el tipo de relación que tienen, y no se parece en nada a lo que Freddi dice.
El matrimonio de Danielle —su antigua colega en Boston— con Amber estaba lleno de cosas que ella siempre deseó.
Sin contar a otras parejas que tenía a su alrededor, que si bien es cierto algunas fracasaban, las que se mantenían en pie demostraban disfrutar de sus parejas, y eso es justamente lo que le falta a Emma, porque a ella le da igual llevar una vida más tranquila siempre y cuando sea feliz, y con Freddi no lo es.
—Yo no quiero una relación así, Freddi.
—¿Por qué no?
Emma aprieta los labios por un segundo.
—Porque yo necesito querer estar contigo, sentirme bien, añorar verte, y ya no siento nada de eso.
Freddi suelta una carcajada como si Emma hubiera contado un chiste.
—¿Y entonces qué propones? —el hombre levanta ambas cejas—, porque no siempre debe de tener todo eso para que una relación funcione.
—Freddi —dice Emma con cansancio; no entiende cómo ese médico tan brillante tiene un nivel tan bajo de comprensión—, no estoy proponiendo nada.
Te estoy diciendo que no soy feliz y lo que quiero es dejar lo que tenemos.
Eres un gran hombre y mereces estar bien, pero yo también merezco estarlo, y definitivamente no es lo que siento.
Freddi parpadea varias veces, como si no comprendiera ninguna de las palabras que Emma acaba de pronunciar.
—¿Estás rompiendo conmigo?
Madre mía.
—Sí, Freddi, estoy rompiendo contigo —Emma se lleva dos dedos a su muñeca izquierda y, para su sorpresa, su pulso está completamente en calma—. Creo que es lo mejor.
El hombre abre la boca y la vuelve a cerrar de golpe. Frunce el ceño y mira de un lado a otro como si no supiera qué viene a continuación. Se rasca la barba y tuerce el gesto.
—Ted tenía razón —se gira y entra a la habitación de Emma, y ella se queda sentada esperando otra reacción del que hasta hace segundos era su novio.
Dos minutos después, Freddi Hudges sale vestido con unos vaqueros y una camiseta.
—Si nos hubiéramos ido a vivir juntos hace años, esto no hubiera pasado —dice convencido mientras la señala—. Esto es tu culpa, con tu independencia norteamericana y ese tipo de libertad que jamás entendí.
Emma cruza la pierna y se acomoda en el sofá, pegando su espalda al respaldo. No piensa debatir; sabe que lo que está soltando Freddi es producto de la rabia que siente en ese momento, aunque su hermano sea un imbécil con unos ideales bastante turbios, él es completamente diferente.
Su exnovio recoge una pequeña mochila del suelo y se la coloca en la espalda. La mira por última vez, niega con la cabeza y sale del piso sin siquiera despedirse.
Emma suelta un suspiro largo y cierra los ojos por un momento.
Lamenta esta situación; nunca quiso que las cosas entre ella y Freddi acabaran de esa manera, porque si es completamente sincera consigo misma, en el fondo sabía que esa relación llegaría a su fin en algún momento.
No por Sienna, no por su pasado, sino porque ese hombre llegó en un momento en que ella necesitaba que la salvaran de esa oscuridad en la que estaba envuelta.
Fue feliz, pasó momentos maravillosos, pero nada más.
Ya no había chispa ni emoción. No había planes a futuro ni metas conjuntas.
Entre ella y Freddi todo se había acabado.
Se levanta del sofá dispuesta a darse una ducha y a descansar para el turno de esa noche. No se siente bien, pero está segura de que lo va a superar, porque este era el primer paso que necesitaba dar para empezar a poner en orden su vida.