Tú te lo pierdes Capítulo 20
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Capítulo 20

E mma Grant lleva veinte minutos encerrada en su coche.

Se siente estúpida y sabe perfectamente que no está actuando como alguien que dice estar segura de lo que quiere.

La visita de Claire la ha calmado, pero a la vez ha abierto una nueva ventana que la ha dejado ver el tipo de vida que ha estado llevando últimamente y lo miserable que se ha estado sintiendo.

Ha decidido venir a Blythemoor, no lo ha hecho de forma consciente, sino que ha acabado su turno en el hospital, ha cogido su coche y ha conducido hasta aquí.

Así de automático, pero ahora duda, no sabe si ha hecho bien porque se le están acabando las excusas para ver a Sienna sin que se note que el verdadero trasfondo es que Emma ya no se siente capaz de resistir la tentación de estar cerca de ella.

—Mierda —Emma chasquea la lengua y pega la cabeza en el respaldo del asiento de su coche mientras cierra los ojos.

Está terriblemente cansada de todo, sobre todo cuando aparecen las ganas viscerales de acercarse a Sienna.

De inmediato, un recuerdo saboteador aparece oscureciéndolo todo.

Luego viene la sensación de pérdida que experimenta sola en su casa a mitad de la noche, a millas de donde está la cantante.

Y ahora la voz de Claire diciéndole que haga lo que sienta, y entonces la doctora Grant entiende que siente vergüenza porque admitir que quiere estar cerca de la mujer que tanto daño le hizo es una especie de debilidad que no se quiere permitir.

Tres golpes secos en la ventanilla de su coche hacen que abra los ojos y gire la cabeza. El doctor Edward Jensen la mira con una sonrisa cordial, como si su último intercambio de palabras se hubiera quedado apartado y volviera a ser el hombre amable que la recibió por primera vez.

—Doctora Grant, un placer verla —saluda Edward mientras la observa con interés.

Emma no puede decir lo mismo. Estaba a punto de marcharse, de alejarse de lo que ella define como una tentación, antes de que este hombre apareciera de la nada.

—Buenas tardes, doctor Jensen —Emma estira los labios todo lo que puede para intentar un amago de sonrisa.

—Estoy encantado de verla —el hombre se repite, y Emma entrecierra los ojos—. Tiene usted una gran implicación con su paciente. Vamos, la acompaño.

Para Emma sería muy fácil simplemente decirle que estaba de salida y que volvería otro día, pero se engaña, se dice que Edward ya la ha pillado y tiene que entrar con él.

Se baja del coche y cuando pone los pies en el asfalto nota que sigue vistiendo el uniforme médico del St. Catherine's.

En otro momento eso no tendría importancia porque, aunque Emma casi siempre se cambia en su baño al acabar el turno, hay ocasiones en las que se va directamente a casa con el pijama sanitario puesto, pero ¿venir a visitar a Sienna sin motivo y de esa manera? Está perdiendo la puta cabeza.

―No sabes lo sexy que te ves vestida así, doctora Mitchell.

La frustración la asfixia porque verdaderamente quiere entender cómo el simple hecho de que su exnovia haya vuelto a su vida de alguna manera hace que Emma empiece a actuar como una fanática obsesionada incapaz de pensar con claridad.

—La señorita Cole está haciéndolo muy bien —informa el doctor Jensen mientras atraviesan los pasillos de la clínica —. Lo peor empieza a quedarse atrás y la mejora está siendo significativa.

Emma lo sabe; aunque sigue sin tener acceso a ciertos informes, la directora Dawson le dio un permiso adicional que le permite conocer las opiniones de la doctora Vega sobre la evolución de Sienna.

La salud mental, en este momento, es más importante que la física porque si no se siente en calma, en control, el cuerpo terminará colapsando con facilidad.

La cantante lleva días estable, aunque ha tenido un breve episodio de ansiedad el día anterior.

—Me alegra —es lo único que puede decir Emma, aunque por la mirada de Edward entiende que el doctor esperaba algo más.

—Bueno, estaré por aquí si me necesita —el hombre mira hacia el inicio del pasillo y luego clava sus ojos en ella—. Si quiere alguna actualización, estaré encantado de dársela. Podemos tomar un café en la sala médica y…

—Gracias, doctor Jensen —Emma empuja la puerta de la habitación y se queda paralizada cuando ve a Sienna de pie en una esquina, con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor.

Lo primero que hace es cerrar la puerta y lo segundo dar varias zancadas hasta llegar a la cantante.

Tiembla ligeramente y tiene los labios apretados en una fina línea.

Emma le toca el brazo con cuidado y Sienna lo retira asustada.

No abre los ojos; de hecho, parece estar luchando por mantenerlos así.

—Soy yo —es lo único que Emma necesita decir para que la cantante parpadee y ese dorado, ahora apagado, se expanda para ella—. No dejes de mirarme.

El corazón de Sienna es un martillo percutor.

Lleva más de veinte minutos en una especie de bucle ansioso que no llega a ser un ataque de pánico, pero no está muy lejos.

Han venido a verla hace poco —su habitación tiene cámaras que lo registran todo las 24 horas del día— pero parte de esa recuperación es que ella sepa manejar momentos como estos.

Tiene en la mano el botón de emergencia, un pequeño aparato que puede activar en cualquier momento si piensa que no puede controlar lo que le está sucediendo.

Ha escuchado cuando la puerta se ha abierto, pero ha pensado que se trataba del personal médico del centro, no de Emma, a quien lleva casi dos semanas sin ver.

—Respira conmigo, Sienna —Emma le pone una de las manos sobre el pecho y ambas se miran sin apenas parpadear—. No te va a pasar nada. Vamos, respira.

Sienna lo intenta; lleva un rato haciéndolo, pero le cuesta.

Cuando le ocurre esto es como si su cuerpo estuviera cayendo al vacío y de ninguna manera pudiera detener la sensación.

La doctora Vega le explicó que es un efecto muy común cuando dejas los estimulantes, y es una de las cosas más difíciles de superar cuando se llega a controlar la adicción.

—Estoy bien —balbucea la cantante, y la barbilla le tiembla al decirlo—. Solo es un mal momento.

A Emma le pica el cuerpo. Verla así, apagada, temblorosa, sudada y con la mirada atrapada en el pánico puro, es una de las sensaciones más dolorosas que ha experimentado últimamente.

Sabe que lo que le hizo Sienna fue mezquino, pero Emma no la odia, no, todo lo contrario; por eso estar frente a ella mientras la chica lucha por estabilizarse la llena de una agonía incontrolable.

—¿Puedes moverte? —Emma entrelaza una de sus manos con la de Sienna—. Estarás mejor si nos sentamos en el sofá.

La voz es suave, cálida, y Sienna simplemente se deja hacer. Emma la guía y ambas se mueven con pasos torpes antes de sentarse sobre los mullidos cojines.

—Joder —Sienna se dobla hacia adelante y se tapa la boca para reprimir una arcada repentina.

Emma se levanta y coge una caja de cartón que tiene una bolsa dentro y hace de papelera —todos los artículos dentro de la habitación están colocados a conciencia por si un paciente sufre un brote agresivo, para que tenga lo mínimo a mano y no hacerse daño a sí mismo o al personal sanitario— y vuelve al lado de la cantante.

Su mano se desliza con calma por la espalda de Sienna, haciéndole caricias lentas para intentar calmarla.

—¿Quieres agua? —pregunta Emma. Sienna tiene los ojos cerrados y niega con la cabeza—. Vale, sigue respirando y ya verás cómo se te pasa.

Sienna aprieta más la mano contra su boca y Emma nota cómo las lágrimas empiezan a empapar el rostro de la cantante. No sabe si Sienna experimenta la misma desesperación que ella, pero la doctora siente que se ahoga porque no sabe cómo ayudarla.

—He escuchado tus canciones —suelta de repente, porque es lo único que le ha venido a la cabeza para distraerla.

La cantante se concentra en el tacto de la mano de Emma en su espalda y en lo que acaba de decir. Su mente la imagina sentada con ese gesto serio que ahora parece ser una marca identificativa, escuchando las letras que compuso en tantas noches de soledad y dolor.

—Cantas diferente ahora —sigue hablando Emma ante el silencio de la otra mujer.

Sienna respira profundamente; necesita hacerlo tres veces para poder quitarse la mano de la boca. Todavía siente el estómago revuelto, pero son tantas las ganas que tiene de preguntar que se concentra en la conversación y deja a un lado el malestar.

—¿Diferente es mejor o peor?

—Siempre has cantado bien —no es la primera vez que Emma se lo dice—, pero ahora las letras hablan…

—De ti —se adelanta Sienna—. Y de todo lo que he vivido en estos últimos años.

A Emma el ardor le sube desde la boca del estómago hasta la garganta porque de pronto recuerda las fotos con todas esas mujeres con las que Sienna posaba con una sonrisa o una mano alrededor de sus cinturas.

Mueve la cabeza intentando alejar esos pensamientos; no quiere ni puede tenerlos.

—¿Te ha gustado alguna en particular? —Sienna sigue hablando; estar distraída logra que su estómago deje de dar vueltas.

Emma se recuerda arqueándose mientras sus dedos trazaban círculos furiosos sobre su clítoris la noche que escuchó The Way You Took Me .

—No sabría decirte —la doctora se tensa porque Sienna se ha incorporado y ha girado el cuerpo para quedar casi frente a ella.

Sienna la mira, pasea sus ojos con calma como si estuviera buscando algo, aunque no sabe qué.

La luz dorada que emite su mirada hace que el alma de Emma recuerde todas las veces en que la cantante le decía que la quería, esos momentos en que la risa las hacía llorar y cuando el llanto tonto por el final de una película romántica las hacía reír.

—Cuando te observo, veo a una mujer distinta, pero cuando te miro a los ojos, estás ahí, Mitchell —Sienna lo dice casi en susurro, llamándola por su apellido, como era habitual—. Joder, cómo te he echado de menos.

Emma cierra los ojos porque las yemas de Sienna han empezado a deslizarse por sus mejillas. Es electricidad pura lo que la está recorriendo, y quisiera que esa sensación se quedara grabada para siempre en su cabeza.

La puerta de la habitación se abre —en Blythemoor ni siquiera ser Sienna Cole te concede privacidad.

Todas están sin asegurar, siempre, para que el personal pueda acceder en cualquier momento— y entra un chico joven que la cantante reconoce de inmediato.

Es uno de los enfermeros de la tarde, uno de los pocos con los que Sienna ha intercambiado algunas frases sobre algún acorde particularmente complicado que él no logra reproducir en los ensayos con su banda.

—Acabo de entrar al turno y tengo un par de alertas, ¿estás bien? —el enfermero, Hugh— se acerca a las mujeres que permanecen sentadas en el sofá.

Sienna ha retirado la mano en cuanto ha sentido que la puerta se abría. Sorprendentemente, Emma no se ha movido. Parece petrificada, como si en vez del enfermero hubiera sido el mismísimo Freddi quien hubiera entrado y la hubiera descubierto en pleno amorío.

Cuando logra salir de su estupor, se pone de pie, se alisa el pijama médico y se ajusta las gafas.

—Lleva más de veinte minutos en ese estado y nadie ha venido a verla —hay un pequeño rugido que emerge de la garganta de la doctora Grant—. Hace apenas dos meses que ha sido sometida a una cirugía y su corazón puede verse afectado si no se controlan estas crisis.

Hugh parpadea sin saber qué decir. Ni siquiera sabe quién es la mujer que parece tener algo metido por el trasero.

—Lo siento, el protocolo marca unos tiempos; además, yo…

—¿Protocolo? —Emma endurece el gesto—. ¿Dejar que un paciente supere completamente solo un ataque de pánico? Por Dios. Se supone que sois la mejor clínica de todo Londres para…

—Doctora Grant —la voz tiene un filo que Emma no puede ignorar.

Meredith Dawson, la directora de Blythemoor, entra a la habitación con su gesto pétreo y su traje impoluto—.

Comprendo su preocupación, pero créame, está todo bajo control.

Si tiene la amabilidad de acompañarme a mi despacho, yo misma le explicaré el protocolo que aplicamos en la clínica y por qué la señorita Cole ha estado sola mientras experimentaba lo que llamamos un episodio de ansiedad nerviosa.

Emma se muerde el interior de la mejilla mientras escucha lo que para ella es una sarta de sandeces.

Sin embargo, decide seguir a Meredith a su despacho; ha cruzado una línea más con Sienna y esto tiene que parar de alguna manera.

No va a seguir discutiendo con su yo interior sobre lo que siente por la cantante, pero, ante todo, Emma es una mujer que pregona la importancia del respeto.

Ella está con Freddi y, desde luego, con su actitud no se lo está dando.

—Claro —Emma da varios pasos, pero por poco tropieza cuando siente los dedos suaves de Sienna acariciar su muñeca.

—Gracias por estar aquí.

La doctora Grant simplemente asiente y sigue caminando detrás de la directora de la clínica.

Mientras lo hace piensa que tiene que empezar a tomar algunas decisiones en su vida porque, aunque no tiene intención de acercarse a Sienna de manera romántica, lo que está haciendo es algo bastante parecido.