Capítulo 19 #2
—Doctora Grant —Chris, uno de los agentes de seguridad del hospital, asoma la cabeza por la puerta entreabierta—. La buscan ahí fuera.
Emma suelta un bufido casi inaudible. Alguien ha interrumpido su enfermiza investigación sobre Sienna.
—Gracias, Chris —se pone de pie—. ¿De quién se trata?
—Dice que se llama Claire Mitchell y la está esperando en la entrada.
Emma se sujeta con fuerza al respaldo de la silla. Su hermana no aparece nunca por sorpresa; siempre le avisa con antelación cuando viene a Londres. Teme que le haya pasado algo a sus padres o cualquier cosa peor.
En unos pocos segundos, Emma está bajando los escalones de dos en dos hasta la entrada. Divisa a su hermana, de pie junto a una pequeña maleta en la mano y el abrigo doblado en el brazo. Claire sonríe cuando la ve, y eso disipa un poco los nervios de Emma.
—Hola —Claire abre los brazos y se pega a su hermana abrazándola con fuerza.
Emma se ancla en ese cuerpo tan familiar y luego echa la cabeza hacia atrás para verle la cara.
—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? —las frases le salen atropelladas y la respuesta de su hermana es volver a abrazarla.
—Todo está bien, tranquila —le dice al oído—. No pensaba venir; he tenido que volar a Bélgica, pero al final he podido sacar dos días para visitarte.
Emma frunce el ceño; la historia no le cuadra.
El trabajo de Claire la obliga a estar fuera de los Estados Unidos varias veces al año y, cuando tiene que viajar a esta parte del continente, le avisa con antelación para encontrar la manera de coincidir en cualquier ciudad.
La última vez se vieron en Barcelona, solo hubo tiempo de una comida en la Barceloneta, varias horas de charla, y Emma volvió a Londres esa misma noche.
—Vamos a mi despacho —le dice Emma y coge el asa de la maleta—. No me habías dicho nada de este viaje.
Claire tuerce el gesto.
—Ha sido un viaje de última hora y, en cuanto lo supe, te llamé. Tres veces —Emma se muerde los labios mientras escucha a su hermana—. No hubo respuesta y, bueno... me imaginé el motivo. Así que he podido sacar algo de tiempo para venir a verte.
Se suben en el ascensor y Emma es incapaz de decir una palabra. Es cuando entran en su despacho que mira a su hermana y le habla con franqueza.
—Lo siento, han sido unos días complicados.
Claire asiente y le pasa la mano por la mejilla. Puede ver el gesto contraído y las ojeras de su hermana, y eso solo puede lograrlo la maldita Sienna Cole.
—Papá y mamá están preocupados —empieza Claire—. Sobre todo porque en todas las llamadas que hemos tenido, nunca mencionaste que estabas tratando a Sienna y que incluso fuiste su cirujana.
Emma aprieta los labios y se deja caer en su silla.
—No... no encontré el momento ni las palabras para decíroslo. No quería que os preocuparais por mí; simplemente pensé que no se sabría hasta que Charles Ellwood decidió hacer una campaña de marketing para la clínica con Sienna de paciente.
Claire asiente varias veces. Su madre —una gran seguidora de su propia hija— busca cada día en internet el nombre de Emma. La mujer casi se cae hacia atrás cuando se enteró de que Sienna era su paciente y de que el último mes había estado ingresada en St. Catherine's Private Hospital.
—¿Cómo estás? —decide preguntar Claire, y Emma, harta de contenerse, abre la boca.
—No tengo ni idea de cómo me siento —se lleva los dedos al puente de la nariz y se lo aprieta con fuerza—.
Desde que llegó a Londres todo se ha vuelto un caos en mi vida.
No quiero verla, pero lo necesito. Detesto sentir estas ganas de tocarla, pero me arde la piel si no me acerco a ella.
Es asfixiante y doloroso. No puedo... no puedo pensar, ni siquiera sabiendo que estamos en la misma ciudad, que puedo coger el coche y plantarme en su habitación porque soy su jodida médica y tengo acceso total a ella.
Emma empieza a hiperventilar y, para cuando acaba de hablar, las lágrimas le mojan las mejillas. Se siente débil, expuesta e injustamente enamorada de una mujer que no merece su amor.
Claire se acerca a ella, se inclina sobre la silla de su hermana y la abraza. Aunque Emma sea la mayor, Claire siempre ha tenido esa madurez que la ha convertido en un apoyo incondicional. Nunca la ha juzgado y no lo hará ahora.
—¿Sabes que, aunque cuando vuelva a verla le romperé la cara, tienes todo el derecho de estar con ella si es lo que quieres?
Emma suelta una carcajada entre lágrimas y Claire sonríe mirando a su hermana.
—Joder, es que no puedo, Claire —Emma coge un pañuelo y se limpia las lágrimas—. No me siento preparada para eso.
En ese momento, a Claire su hermana le parece una adolescente perdida que se ha enamorado por primera vez y no sabe qué hacer con lo que siente. Sus ojos se mueven nerviosos, pero detrás de ese azul cálido hay un brillo que Claire hacía años que no veía.
—Entonces no te obligues si no estás preparada —Claire le pasa una mano por el cabello a su hermana—. La decisión es únicamente tuya.
Como si fuera tan fácil, piensa Emma, porque su cuerpo y su cerebro se han aliado en una campaña a favor de lo que su estúpido corazón quiere, a pesar de que tiene claro que estar cerca de la cantante es lo mismo que caminar por el borde de un acantilado con los ojos vendados.
—Vamos, te invito a comer. Por la tarde tengo una cirugía, pero puedes irte a casa a descansar —Emma se pone de pie y comprueba la hora en su reloj.
Quiere aprovechar la visita de Claire y no solo agobiarla con lo que está pasando—.
Quiero que me cuentes quién es ese afortunado del que mamá no para de hablar en cada llamada pidiéndome que le guarde el secreto porque no quiere que piense que te está espiando.