Tú te lo pierdes Capítulo 19
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Capítulo 19

—¿Cómo estás hoy? —pregunta la mujer que la observa con mirada cálida.

Sienna suspira y se muerde el interior de la mejilla mientras piensa en qué contestar.

Hoy cumple un mes en Blythemoor y, si echa la vista atrás, podría decir con total seguridad que está infinitamente mejor que cuando llegó.

Ha sido durísimo, una de las mayores pruebas que la vida le ha puesto.

Piensa en que ha pasado de consumir casi a diario —marihuana sobre todo y alcohol— y un par de veces a la semana drogas bastante más fuertes que la anestesiaban del dolor y la hacían brillar en el escenario, a ni siquiera beber una cerveza.

De cien a cero y, claro, su cuerpo se ha rebelado.

Sobre todo lo ha hecho su mente, porque ahora Sienna puede pensar con total claridad, recordar cosas que había empujado a un rincón lejano de su cerebro y que ahora es casi como si pudiera tocar cada uno de esos momentos.

La muerte de sus padres es algo que le ha rondado bastante la cabeza estos días, la soledad que sintió, el desasosiego de despertar en plena madrugada con una pesadilla y no encontrar a una madre que la consolara.

Entonces eso se mezcla con la figura de su hermano, los esfuerzos que hizo Dylan por darle todo lo que ella pudiera necesitar y a lo que renunció por quedarse a su lado como única familia y mánager profesional.

—Mejor —contesta sin dar demasiadas explicaciones. Aún le cuesta soltarse.

La doctora Vega asiente y cruza una pierna.

No apunta nada; normalmente estudia bien las actualizaciones de los médicos de la cantante, revisa las fichas de sus sesiones anteriores y, cuando llega la hora, escucha atentamente las pocas cosas que Sienna quiera decir.

Luego saca su pequeña libreta y deja plasmados algunos puntos que considera importantes.

—Yo diría que avanzas muy bien, Sienna —dice la mujer—. Los vómitos han parado, parece que los temblores están casi controlados y has empezado a componer.

Los ojos dorados de la cantante brillan.

Una de las cosas que más la ha ayudado es tener su guitarra; al principio no podía ni tocarla, se limitaba a acariciar el instrumento con las yemas de los dedos, recordando sus inicios, pero a menudo esos recuerdos se mezclaban con ella encerrada en un estudio, raya tras raya mientras escribía con las manos temblorosas canciones que hoy canta el mundo entero.

Una de cal y otra de arena, eso le ha estado dando su cerebro casi a diario, pero entonces Emma dejó de venir a visitarla justo después de llevarle la guitarra y algo se activó dentro de ella.

Sienna esperó una semana entera y la médica no apareció, y justo ahí fue donde la música vibró en su alma, ayudándola a mantener el equilibrio sobre esa cuerda floja que es su vida últimamente.

—Sí, me ayuda a tranquilizarme —Sienna se mira las manos y luego a la doctora Vega—. Siempre lo ha hecho.

—¿Algún futuro éxito? —pregunta Isabel entornando los ojos.

Sienna suelta una carcajada y se sorprende porque hacía tanto que no se escuchaba reír en voz alta que apenas se reconoce.

—No lo creo —se encoge de hombros—. Aunque todos mis éxitos han comenzado así.

Isabel asiente y ahora sí coge su libreta para hacer unos cuantos apuntes.

—Lo estás haciendo muy bien, Sienna. Sé que a veces los pacientes no quieren escuchar esto o la frase simplemente les suena vacía, pero realmente has avanzado y lo que más nos preocupaba, que era la manera en la que tu cuerpo estaba reaccionando, está muy controlado —la psiquiatra hace una pausa y cierra la libreta—.

Tú y yo vamos a trabajar en todo lo que pasa por esa mente brillante.

Ahora te sentirás desorientada; es normal, estás luchando contra una adicción que se había convertido en algo natural de tu día a día. ¿Quieres hablar de algo en concreto?

A Sienna le cuesta ―diría que demasiado― verbalizar lo que siempre ha sentido.

Siempre lo ha hecho a través de su música.

Escribió una canción por cada dolor que se había instalado en su cuerpo, lo convirtió en letra y le agregó una melodía.

Muchas de esas canciones están incompletas porque así fue como se sintió.

Otras están terminadas, pero guardadas en un cajón, y la mayoría en sus discos, cantadas en directo en tantas ciudades del mundo que le sería imposible contarlas, pero ¿hablar? Eso sí que es difícil.

—No se me da bien esto —confiesa Sienna—. Es la primera vez que lo digo, pero es importante que lo sepas, porque no es que no quiera, es que las palabras se quedan dentro de mí.

—¿Qué te parece si haces una canción con lo que quieras decir?

—propone la doctora Vega—. No eres la primera persona que trato a la que le cuesta verbalizar lo que siente.

Normalmente les pido que escriban una carta o hacemos alguna otra actividad, pero ahora que estás componiendo, puede ser un buen recurso, ¿no te parece?

Sienna asiente.

—Eso parece más sencillo.

—Entonces tenemos un trato —Isabel extiende el brazo y ambas estrechan las manos—.

No sientas presión, que todo lo que llevas dentro fluya cuando lo sientas.

Te propongo que la siguiente sesión sea en los jardines traseros, si el tiempo acompaña, claro —hace una mueca con los labios—, estoy segura de que te sentirás más cómoda.

Ambas mujeres se despiden y Sienna vuelve a su habitación para ducharse antes de la hora de la comida.

Hoy tiene un buen día y, aunque parezca una tontería, el simple hecho de asearse, querer llevar ropa limpia, sentarse a componer o incluso cruzar más de diez palabras con Isabel Vega es un logro que hace semanas no creía poder cumplir.

Esa semana, en la que no ha vuelto a ver a Emma, se ha sentido completamente diferente.

Antes, entre la nebulosa de la adicción, la culpa por lo que le hizo a su exnovia y el empeño por encontrarla, verla de nuevo y que desapareciera de pronto, hubiera sido una caída estrepitosa para Sienna.

Ahora, sin embargo, algo ha cambiado. Entiende que han pasado años desde que estuvieron juntas, que Emma tiene una vida ahí fuera y que Sienna tiene que respetarlo.

Sería una completa mentirosa si dijera que no la quiere, pero ahora, con todos los sentidos en su sitio, su percepción es diferente.

Sigue pensando lo mismo que cuando estaba ingresada en St. Catherine's Private Hospital: si quiere al menos tener la oportunidad de acercarse a Emma, primero tiene que reconstruirse, y eso es lo que está haciendo.

La doctora Emma Grant mueve la pierna derecha de forma compulsiva mientras se muerde los labios.

Lleva exactamente diez días con la angustia alojada en alguna parte del pecho que no la deja respirar con tranquilidad.

Sienna se ha convertido en algo que jamás en tantos años —ni siquiera cuando estaban juntas— había sido para ella.

Una especie de dependencia que la tiene desestabilizada y fuera de su elemento.

Desde esa noche en que se masturbó escuchando la preciosa voz de su exnovia mientras contaba a través de una canción lo que sentía cuando hacían el amor, Emma no ha podido dejar de escuchar todos sus éxitos.

Anoche encontró el patrón: el primer álbum de Sienna está lleno de letras que hablan de amor profundo, de una vuelta a casa gracias a una mujer y de cómo, por fin, había hallado su lugar.

Luego encontró culpa, error y arrepentimiento en el segundo álbum.

En el tercero había una mezcla de rabia, duelo y algo de ausencia, pero fue el último el que la dejó sin palabras.

Canciones que hablaban de cientos de cuerpos en los que se había refugiado para paliar su dolor, de cómo seguía buscando ese amor que un día perdió y de cómo había convertido en brújula cada uno de sus excesos.

Había tanto sufrimiento en cada una de esas composiciones que Emma lo sintió directo en cada poro de su piel.

Entonces, como una obsesionada con el dolor, introdujo el nombre de Sienna Cole en un buscador de internet.

Navegó por su vida, o por lo que los medios publicaban acerca de ella, y Emma nunca había sentido tantos celos en toda su existencia.

Sienna posando con modelos famosas, yendo de la mano a premios con actrices, fotos en restaurantes, pillada in fraganti besándose con una mujer, saliendo de un hotel con una conocida periodista y diferentes cotilleos de fans, camareras e incluso de una vecina que aseguraban haber tenido aventuras subidas de tono con la cantante.

Ver todo eso la ha hecho sentirse físicamente enferma, está de mal humor y no se reconoce.

No ha ido a Blythemoor; aunque lo normal, siendo ella su médica externa, es que no tenga que hacer visitas diarias.

En el último mes había ido varias veces, la mayoría de ellas mientras Sienna estaba sumida en un sueño profundo, y otras para hacer un breve seguimiento de su evolución, cruzando apenas algunas palabras con la cantante, pero después de esa noche en que fue sincera consigo misma y aceptó que seguía enamorada de su exnovia, Emma ha tenido que frenar esas visitas.

Por mucho que siga queriéndola, lo que hubo entre ellas se ha roto por completo.

Sienna no solo le fue infiel —eso es algo que incluso ha podido superar— es que la humilló; plantada frente a ella, ni siquiera fue capaz de asumir su error.

En el rostro de la cantante hubo burla, desinterés, y cuando Emma le dijo que no podía seguir con ella, Sienna simplemente chasqueó la lengua.

«Tú te lo pierdes.»

Lo dijo casi escupiéndolo, dio media vuelta y salió de su piso en Boston.

Luego no la buscó, no intentó pedirle perdón, y con esas acciones le rompió el corazón a la familia Mitchell por completo, que la había querido como a una más.

¿Qué clase de mujer sería Emma si dejara todo eso a un lado solo porque se ha dado cuenta de que sigue queriéndola?