Capítulo 18
E mma está sentada frente a Dylan en el pequeño café de la calle Sleanford.
Llevan una hora hablando y, aunque no quiera sorprenderse de la facilidad con la que fluye la conversación, es inevitable no hacerlo.
El tema principal claramente ha sido Sienna; juntos han revisado los seguimientos y todo lo que los médicos del Blythemoor han ido actualizando cada día.
A pesar de que puede parecer horrible por todos esos terrores nocturnos, las taquicardias, las náuseas y los vómitos, la cantante está respondiendo bien al tratamiento.
Un proceso de desintoxicación tras una cirugía de corazón es uno de los movimientos más peligrosos que se puede hacer, aunque también el más inteligente, siempre y cuando se haga de manera controlada y supervisada. Tal y como se está llevando a cabo.
—Me duele verla así, Emma —dice Dylan y se lleva la taza a los labios—. Hace dos días ni siquiera me reconoció.
—No es algo agradable de ver, sobre todo al principio —Emma intenta modular la voz, pero con los Cole le cuesta—. En unas semanas, lo peor habrá pasado.
Dylan asiente —no demasiado convencido— aunque está tranquilo porque su hermana está internada, lo que significa estar casi atada de pies y manos sin ningún tipo de estupefacientes cerca.
Sin embargo, lo que realmente le preocupa es cuando Sienna supere la primera etapa.
En Blythemoor, los primeros tres meses, sus pacientes están bajo observación continua y no pueden salir de la clínica, pero una vez cumplido este periodo y que lo hayan superado, el tratamiento sigue, aunque de manera externa.
Sienna tendrá que ir cada día al centro de desintoxicación durante varias horas para las actividades programadas y luego volverá a su casa, lo que supone que estará viviendo sola sin supervisión.
El hermano mayor de la cantante espera que, cuando ese momento llegue, Sienna esté lo bastante recuperada como para no tener una recaída.
—¿Su nivel de consumo era muy alto? —Emma saca a Dylan de las divagaciones mentales en las que se había perdido.
No se había atrevido a preguntar nada sobre la vida de Sienna más allá de lo que profesionalmente necesitaba saber, pero de nuevo se da cuenta de que cuando se trata de la cantante, poco puede hacer para controlarse.
Dylan la observa mientras medita qué contestar.
Es un tema complejo que incluye partes desastrosas de la vida de su hermana, cosas que él ni siquiera tiene derecho a mencionar, pero está frente a Emma, la mujer que accedió a operarla, a tratarla y, además, sigue preocupándose por Sienna como si esta no le hubiera roto el corazón. Se merece, como poco, saber la verdad.
—Bastante alto —Dylan se pasa una mano por el pelo—. Yo no lo supe hasta que todo se hizo muy evidente, sobre todo... ya sabes... —hace una pausa y Emma ladea la cabeza—, cuando pasó lo vuestro. A partir de ahí fue cuesta abajo. Entró en una espiral de autodestrucción que fui incapaz de frenar.
Emma nunca vio a Sienna colocada o, al menos, no se dio cuenta.
La cantante llegaba agotada del estudio o de algún concierto fuera de la ciudad y se acurrucaba junto a ella en el piso de Boston.
Al día siguiente desayunaban juntas o, si la doctora tenía turno, hacía hueco para comer con Sienna.
No había nada fuera de lugar, solo aquellas noches que pasaba enteras sin dormir mientras componía, pero que a Emma no le parecían raras.
Ahora que lo piensa, quizá ese fue el inicio de lo que está pasando ahora.
—No es tu culpa, lo sabes, ¿no? —dice Emma y Dylan se aprieta los labios.
—No fui yo quien le dio toda esa mierda, pero sí el único que podía haber hecho algo al respecto —lo dice negando con la cabeza—. Soy su hermano, su mánager y la única familia que tiene. En cierta forma le he fallado, aunque no sea el culpable de que acabara desplomada en pleno concierto.
Dylan se ve interrumpido porque su teléfono emite varios sonidos. Lo coge de la mesa y tuerce el gesto. Aprieta la mandíbula y luego deja el aparato sobre la madera, soltando un bufido de frustración.
—¿Ha pasado algo? —Emma, por instinto, levanta su teléfono y confirma que no tiene ninguna notificación.
—Es Jason Kelly —Emma frunce el ceño porque no reconoce el nombre—. Es uno de los ejecutivos de la discográfica y responsable de Sienna. Un hijo de puta, siempre lo ha sido, y ahora está obsesionado con que la recuperación de Sienna se pueda monetizar de alguna manera.
Emma se inclina hacia adelante con un gesto de incredulidad.
—Esto es lo habitual —explica Dylan—. Sobre todo ahora que la gira europea se ha suspendido.
Solo le quedaban tres conciertos, pero la discográfica se ve afectada.
Hay que reunirse con el seguro que estaba a cargo, los abogados, los organizadores de los espectáculos en cada ciudad y, mientras todo eso ocurre, Sienna no está produciendo dinero.
—Joder —suelta Emma y agradece no haber nacido con ninguna habilidad artística para que ni siquiera se viera seducida por ese mundo tan oscuro.
—Sí, joder —repite Dylan—. Tengo que volar a Los Ángeles la semana que viene para reunirme con él.
Sienna aún tiene firmado un disco más con ellos y Jason está empezando a perder la paciencia.
En realidad, a este tipo nunca le ha importado mi hermana, solo los millones que le ha reportado cada año.
Además, no quiere cancelar una presentación en un evento benéfico pautado para dentro de unos meses aquí en Londres y, sinceramente, no sé si Sienna estará lista.
La camarera aparece y Emma mira la hora antes de decidir qué hacer. Se ha hecho más tarde de lo que había planificado, así que paga las consumiciones para irse.
—Si puedo ayudarte en algo —Emma lo dice con los labios casi apretados, como si quisiera impedir que esas palabras salgan de su boca.
—Ya estás haciendo demasiado, de verdad —Dylan le sonríe como en los viejos tiempos—. Toma, te traje lo que me has pedido.
—Gracias —Emma se pone de pie y por un momento vacila. Su cuerpo la ha empujado a abrazar a Dylan, pero ella lo ha evitado y simplemente levanta una mano para hacer un gesto—. Cuídate, Dylan.
Una hora después, Emma Grant vuelve a atravesar los pasillos de Blythemoor.
Ha tenido una conversación interesante con la directora del centro, la doctora Meredith Dawson, y está lo suficientemente satisfecha como para catalogar la charla de exitosa.
Ha tenido que confesarle a la mujer que conocía a Sienna Cole desde hacía muchos años y que sabía que había algo mejor que las habituales sesiones de psiquiatría para los adictos en recuperación.
Meredith la ha escuchado sin interrumpir y, tras una breve llamada a Dylan Cole, ha aprobado la petición de Emma.
—Hola —dice Emma con la voz estrangulada cuando entra a la habitación de la cantante y la observa.
Sienna está sentada en el suelo, con la espalda pegada a la pared y los ojos cerrados.
El temblor en sus manos ha disminuido, pero todavía sus dedos se mueven nerviosos.
La doctora Dawson le ha comentado que la cantante acababa de terminar una sesión de movilidad que suele ayudar mucho en esta fase del proceso cuando un adicto está aprendiendo a controlar la necesidad de una dosis.
Los ojos dorados empiezan a iluminar la habitación y Emma siente una sacudida en su pecho que la deja paralizada por un momento, pero enseguida se recompone y camina hasta Sienna.
Cuando Sienna se da cuenta de que lo que Emma tiene en las manos es el estuche de su guitarra, los ojos se le humedecen y tiene que morderse los labios para no romperse. La doctora Grant se sienta en el suelo, a su lado, y le entrega el instrumento.
—Recuerdo que no había nada más que te diera tanta calma como tocar tu guitarra —Emma lo dice mirando al frente, incapaz de engancharse a esa mirada rota—. Puedes tocarla siempre que lo necesites, cuando sientas que no puedes más o que la ansiedad te esté asfixiando.
El nudo que Sienna tiene en la garganta le impide hablar porque lo que realmente quiere contestarle es que sí que había algo que la calmaba más: estar a su lado.
Es consciente de que no tiene derecho a decirle eso, así que saca la guitarra de su funda y con una exhalación temblorosa se la pone en el regazo.
Pasa los dedos por las cuerdas, con lentitud, como si necesitara acariciarlas para anclar sus pies a la tierra.
—Gracias —logra decir y Emma solo mueve la cabeza una vez antes de ponerse de pie.
Emma Grant tiene la sensación de estar viviendo una escena que no corresponde a la actualidad, sino a algunos años atrás en una ciudad diferente a Londres.
La presencia de Sienna Cole en su vida es como un faro que simplemente está ahí; cuando está apagado, Emma vive, respira, pero completamente a ciegas.
En cambio, cuando se ilumina con ese dorado intenso, la doctora Grant es capaz de abrir los ojos y detectar el lugar exacto en el que quiere estar.
—¿Has escuchado algunas de mis canciones? —suelta Sienna la pregunta que ha querido formular desde que volvió a ver a su exnovia.
Emma no se gira, pero tampoco sigue caminando. Simplemente se queda de espaldas a Sienna a un metro y medio de la puerta sin poder abrir la boca.
—Todas y cada una de ellas, Em, las escribí para ti.
Emma cierra los ojos por un segundo y aprieta con fuerza ambos puños. Toma una respiración y, con una determinación que no sabe de dónde proviene, da varios pasos hacia adelante, abre la puerta y sale de la habitación de la cantante.
Todo el trayecto desde Blythemoor hasta su piso sucede como si la médica estuviera en un sueño con un ruido sordo por debajo que la mantiene alerta, pero completamente sumida en los recuerdos.
Agradece que Freddi haya decidido ir a su propio piso al salir de trabajar; Emma necesita estar sola y batallar con su mente sobre todo lo que está sintiendo.
Se ducha, se pone una camiseta vieja de la universidad y se mete en la cama con un resoplido.
Le duele la cabeza y sabe que necesita descansar porque al día siguiente tiene dos operaciones que requieren de toda su concentración.
Revisa su móvil, descarta correos basura y responde un mensaje de su hermana Claire.
Se pone los auriculares y entra a la aplicación para reproducir una lista de ruido blanco que la ayuda a relajarse cuando necesita poner su cerebro en pausa.
Se acomoda bien en la cama, pero antes de bloquear el teléfono, los dedos empiezan a picarle y, sin poder detenerlos, introduce el nombre de Sienna y la pantalla le devuelve todos los álbumes que la cantante ha lanzado.
Su mirada se pasea por los títulos de las canciones y el temblor en su pecho se intensifica:
Empty corners of your name. I ruined the ending. Apologies I never sent. You still haunt my silence. You were water, I was fire. Perfect damage.
Los títulos hacen que el corazón de Emma se estremezca, pero hay uno en especial que le salta a la vista como un letrero con luces de neón y, sin meditarlo, empieza a reproducir The way you took me.
Recuerdo cómo temblaba tu respiración, como si cruzaras cada límite que conocías.
Tus dedos dudaban sobre mi piel, como fuego aprendiendo a existir.
Decías mi nombre como si pudiera romperse, como algo sagrado, algo nuevo, y en el silencio de aquella habitación, sentí que el mundo empezaba contigo.
Tus manos eran suaves, pero seguras, como si siempre hubieras sabido el camino, dibujando líneas sobre mi espalda, como si escribieras lo que sentías.
Los recuerdos vuelven a asaltarla porque reconoce cada una de esas palabras.
La primera vez que tocó a Sienna, que reunió el valor para pasear sus yemas por la espalda desnuda de la que era su novia.
Cierra los ojos porque está sintiendo todo lo que no debería; está reviviendo cada sensación como si estuviera ocurriendo en ese mismo momento.
Lucha, lo hace con fuerza, pero pierde y entonces su mano se desliza entre sus muslos.
Está húmeda, con el clítoris completamente hinchado y el calor de la excitación le deja la boca seca.
La curva de tu cuerpo bajo mis manos, los sonidos que no podías ocultar. Cada susurro, cada gemido, era una puerta abriéndose en mí.
Los dedos de Emma empiezan a moverse en círculos y de su garganta empiezan a salir gemidos bajos.
Dijiste que nadie te había tocado bien, que nadie te había entendido así, pero la noche que me tocaste primero, Dios… sabías exactamente qué hacer.
La otra mano de Emma busca su entrada y, sin prepararse, se penetra con dos dedos. Ahora está llena mientras sus dedos se mueven de forma frenética por su botón hinchado. Recuerda esa noche, cómo pudo sentir el calor de Sienna, ver su espalda arquearse y saborearla entera.
Su cuerpo convulsiona y se aprieta alrededor de sus dedos cuando en su mente destellan los ojos dorados, brillantes después de que Sienna se corriera por primera vez en sus labios.
El orgasmo la golpea con tanta fuerza que tiene que abrir la boca; jadea, se retuerce, sintiendo que está tocando el cielo con todo su cuerpo. No había vuelto a experimentar algo así, más ocho malditos años sin volver a sentir cómo era llegar al clímax de esta manera tan visceral.
Se quita los auriculares de un tirón y los lanza contra la pared.
El pecho le sube y le baja sin control y se da cuenta de que tiene la cara mojada.
Está llorando y, ahora que ha comenzado, no va a parar.
Las lágrimas caen una detrás de otra; Emma llora de una forma desesperada y suelta lo que no se atrevió nunca.
Llora por la chica de treinta años que se enamoró de Sienna Cole, llora por la traición y la distancia que se impuso para sanar.
Llora por la mujer que ahora está luchando por recuperarse en una clínica de desintoxicación y llora por ella misma.
Por lo rota que se siente, por lo vacía que está su alma y porque por fin acepta que sigue amando a Sienna como si fuera el primer día.