Capítulo 17
—No podemos darle acceso a ese tipo de información, doctora Grant —dice el doctor Edward Jensen con una paciencia que está a punto de perder.
—Sienna Cole es mi paciente, no solo porque soy su cirujana, sino porque también soy su médica tratante —Emma lo dice mirando al doctor Jensen con los ojos azules brillando más que nunca en una mezcla de rabia y desesperación—. Debería poder revisar cada uno de sus informes.
Edward la mira como si la mujer frente a él hubiera perdido la cabeza, discutiendo por algo en lo que no tiene la razón y exigiendo cosas que evidentemente no puede reclamar.
—Le sugiero que hable con la directora del centro —contesta, hastiado; llevan veinte minutos en esa tonta discusión—. Yo no pongo las reglas. Tiene acceso a la aplicación, a las actualizaciones diarias e incluso a las sesiones que hace la señorita Cole. El resto es confidencial.
Emma lo mira durante unos segundos y tiene la sensación de que no va a llegar a ningún sitio.
Además, el doctor Jensen empieza a mirarla de una manera que ya no es tan amigable como al principio, ¿y quién puede culparlo?
Ha llegado hace media hora a Blythemoor como si, en vez de médica, fuera una auditora dispuesta a cerrar la clínica si no le daban lo que estaba pidiendo.
Lo que ha sucedido es que los ataques de ansiedad de Sienna no han disminuido apenas; parece que la abstinencia está siendo más dura de lo que ella misma había pensado y la cantante se pasa las horas temblando o vomitando.
Emma ha pedido un informe completo porque, en ese estado, su corazón puede verse directamente afectado con una operación tan reciente.
Blythemoor le ha negado los detalles alegando que uno de los mejores cardiólogos del Reino Unido está en el equipo médico de Sienna y que su salud es estable a pesar del desgaste que le está pasando factura.
—Lléveme a verla, por favor —Emma no está segura de estar haciendo lo correcto, pero se convence de que ante todo es profesional y necesita ver por sí misma el estado de su paciente.
Edward suspira con alivio de saber que ese intercambio desagradable que estaban teniendo ha culminado y empieza a caminar por los pasillos de la clínica.
—Hace casi una hora que ha terminado la sesión de terapia con la doctora Vega —dice Edward, y parece que su voz se ha suavizado—. Ha ido bien; ha hablado más de lo habitual.
Emma asiente; no se imagina a Sienna delante de una psiquiatra —la doctora Isabel Vega es quien está a cargo de la salud mental de la cantante— contándole cómo se siente.
No después de la muerte de sus padres, que tuvo que hacerlo tantas veces y con distintos profesionales, que en las últimas sesiones tomó la decisión de dejar de hablar.
—¿Quiere que entre con usted o prefiere hacerlo sola?
Emma ni siquiera duda.
—Entraré sola —pone la mano en el pomo para acceder a la habitación, pero nota que el hombre se queda de pie mirándola con curiosidad—. Gracias, doctor Jensen.
Emma entra sin pensarlo demasiado; si lo hace, entonces su cerebro se encargará de enviarle toda clase de alertas y mensajes con los que ella ahora mismo no está dispuesta a batallar.
Sabe lo que está haciendo, pero necesita respirar, dejar de contenerse en cada paso que da como si estuviera caminando constantemente al borde de un precipicio.
Sienna Cole gira la cabeza en cuanto la puerta de su habitación se abre y se muerde los labios cuando reconoce a Emma en la entrada.
Lleva días sintiendo que no puede más, que en cualquier momento va a explotar.
Le ha pasado cientos de veces por la cabeza abandonar la clínica; se repite en bucle que si se encierra en una habitación de hotel con unas cuantas papelinas en los bolsillos, se sentiría mejor, que por una vez más no pasaría nada.
Su cuerpo la empuja, porque Sienna necesita sentir la euforia que experimenta cuando se coloca y luego la calma que le indica que todo está bien, pero a su vez esos impulsos a menudo vienen acompañados de recuerdos que a ella le parecen pesadillas.
Ha perdido el control tantas veces que no podría ni contarlas.
No se acuerda de la mayoría de sus actuaciones del último año; ha tocado muchísimos cuerpos de caras borrosas que no podría reconocer jamás.
Escándalos, escenas bochornosas, desprecios a personas que la han acompañado todos estos años y, sobre todo, ha herido a su hermano Dylan en innumerables ocasiones.
No, no puede volver a lo mismo y menos cuando esos ojos azules que tanto adora la miran de esa manera, con preocupación, porque, aunque Emma la odie por lo que le hizo, esa mirada jamás ha podido ocultar lo que siente en realidad.
—Hola —dice Sienna, y elige quedarse sentada donde está porque lleva rato muy mareada.
Emma cierra la puerta y camina hacia ella, quedándose a una distancia que a ninguna de las dos les parece demasiado amplia porque sus cuerpos siempre acaban reclamándose.
—¿Cómo estás? —pregunta la doctora Grant, paseando la mirada por el rostro de su exnovia.
A Emma se le comprime el corazón; Sienna está demacrada, más delgada y temblorosa. Tiene la frente perlada de sudor y mueve los dedos de las manos de manera compulsiva.
—He estado mejor —Sienna intenta sonreír—, no te lo voy a negar. No está siendo un camino fácil.
Emma aprieta los labios y asiente con lentitud.
Cuando trabajaba en Boston, trató a muchos pacientes adictos a diferentes sustancias, también vio morir a algunos, y el pensamiento la atraviesa como un cuchillo caliente entre las costillas porque, a pesar de que en ese momento Sienna Cole no es su persona favorita, verla en ese estado la destroza.
—¿Quieres…?
Sienna decide levantarse, pero el mareo hace que pierda el equilibrio y da varios pasos torpes hacia un lado. Emma se apresura y con ambas manos la sujeta. La sensación cuando sus pieles entran en contacto es como la picadura de una hormiga bala: intensa, eléctrica y penetrante.
—Mírame —le pide la doctora Grant, y se muerde la lengua con rabia porque el tono ha sido tan dulce como cuando estaban juntas.
Los ojos dorados de Sienna se clavan en los de Emma.
Durante una fracción de segundo, un año de relación se proyecta en sus memorias de forma acelerada.
Todos los besos, las risas, sus cientos de primeras veces…
y el amor. Cuánto amor había entre ellas dos.
Sienna se sentía en casa por primera vez en tantos años después de quedarse huérfana junto a un hermano angustiado que no sabía qué hacer con tanta responsabilidad, y Emma había encontrado, al fin, su lugar.
—Lo siento, ha sido un mareo —Sienna lo dice sin apartar la mirada—. Están siendo unos días complicados.
Emma no contesta; la ayuda a sentarse de nuevo y luego coge una silla para sentarse frente a la cantante.
—No puedo acceder a todos los detalles clínicos —Emma ha pasado a ser de nuevo la doctora Grant—, pero según el doctor Jensen no corres peligro.
Sienna hace una mueca con los labios. No sabe si eso es verdad o no, pero lo que está experimentando desde que entró a la clínica para desintoxicarse es lo más horrible y angustioso que ha sentido jamás.
—Dime cómo te sientes realmente.
Ahí está de nuevo esa voz baja, tranquila, casi sedosa que Emma creía haber perdido en algún lugar entre Boston y Londres. Se reprende mentalmente, pero le cuesta muchísimo esfuerzo controlar algo que parece formar parte de ella y que solo resplandece cuando Sienna está a su alrededor.
La cantante toma una bocanada de aire y coloca ambas manos sobre su regazo, intentando sin éxito que dejen de temblarle.
—Llevo muchos años tan metida en mis adicciones que simplemente no sé cómo funcionar sin ellas —confiesa Sienna, y se sorprende de la facilidad con la que se le escapan las palabras, porque la doctora Vega no ha logrado que hable de ese tema—.
No sé en qué momento perdí el control; de hecho, hasta el momento en que me desplomé en Dublín, pensaba que lo tenía todo en orden.
El silencio se extiende entre ellas, no porque ninguna tenga nada que decir, sino porque Emma está luchando con las ganas de cogerle las manos a Sienna para que dejen de temblar, y la cantante batalla con la vergüenza de confirmar una vez más en lo que se han convertido.
—¿Has sentido dolor agudo en el pecho, taquicardias o falta de oxígeno? —Emma necesita caminar por la senda profesional y no desviarse—. Aunque la cirugía salió bien y tu recuperación no sufrió ningún altibajo, el síndrome de abstinencia puede ser más peligroso de lo que pensamos.
Sienna la observa durante unos segundos.
Emma ya no es aquella mujer de treinta años que conoció en la fiesta de Chester Philip hace nueve años; sigue siendo preciosa.
Los años le han creado arruguitas alrededor de los ojos; el cabello lo tiene más corto, en un color que ella apenas reconoce, pero que le queda incluso mejor que el negro que usaba en aquella época.
Joder, cómo le encantaría tocarla, acercarse más a ella y decirle cuánto lo siente, confesarle cuánto ha llorado por ella cada maldito día que su cerebro le recuerda lo que hizo, lo que destrozó.
—He tenido taquicardias, pero hay un médico —Sienna se aprieta el puente de la nariz intentando recordar su nombre—, un cardiólogo que viene a verme a menudo y se asegura de que no vaya a más.
No es suficiente; para Emma, al menos no lo es.
Sienna necesita otro tipo de monitorización, que sus constantes estén supervisadas las veinticuatro horas, que una enfermera no se despegue de su lado y…
y… mierda. Sabe que no está pensando con claridad; si estuvieran en el St. Catherine's, el protocolo sería exactamente ese; de hecho, es el que ella misma llevaría a cabo.
Necesita salir de ahí, volver a su piso o al hospital, dejar que su cerebro se enfoque en otra cosa que no sea en la mujer frente a ella, que no deja de mover los dedos de las manos como si no supiera qué hacer con ellos, y esos preciosos ojos dorados que han dejado de brillar.
Se pone de pie y se ajusta las gafas.
—Hay días más complicados que otros —dice Emma con tono profesional—. Lo importante es que hagas caso a lo que te digan tus médicos.
—¿Y tú qué dices? —pregunta Sienna, descolocando completamente a Emma—. Eres mi doctora también, ¿no?
De manera instintiva, Emma se lleva dos dedos a la muñeca izquierda. Su pulso late desbocado, vivo, y ni siquiera hace el esfuerzo de intentar ralentizarlo; estando frente a la cantante, es imposible.
—Que cualquier cosa que sientas, se lo digas al personal sanitario. No te calles nada; todos los síntomas son importantes.
Se miran, Sienna se muerde el labio inferior y a Emma se le corta la respiración.
—Es lo que estoy haciendo —contesta la cantante y, por un instante, Emma capta un amago de esa sonrisa ladeada que tanto le gustaba.
—Descansa —la doctora Grant decide cortar ahí la visita; no cree que sea sano para su mente seguir en esa habitación.
—Gracias por venir, Em.
Sienna lo suelta así como tal cosa: «Em», como si no tuviera importancia. Como si no se lo hubiera dicho cada vez que la besaba o por teléfono le decía que la echaba de menos. Cuando la acorralaba en la ducha y la hacía jadear hasta casi desmayarse.
La doctora Grant aprieta la mandíbula, se gira y camina hacia la puerta para salir de la habitación.
Cuando Emma camina hacia el aparcamiento del Blythemoor, lo hace con el alma revolucionada porque, a pesar de que han pasado tantos años, ella sigue sintiéndose como la misma mujer a la que se le aceleraba el corazón cuando veía a Sienna entrar por la puerta de su piso en Boston.
Ni las más de tres mil millas de distancia, el cambio de ciudad, los nuevos amigos y, por si fuera poco, compartir su vida con el doctor Freddi Hudges han logrado que lo que ella siente por la cantante desaparezca por completo.
Se sube al coche y, antes de encender el motor, respira tres veces y mueve el cuello en círculos para destensarlo.
De repente, una idea aparece como un disparo y duda, porque no debería ser ella quien haga esos movimientos, pero Sienna parece necesitarlo tanto que se sentiría como una completa miserable si al menos no lo propone.
Coge el teléfono, busca un contacto y se lleva el aparato a la oreja.
—Dylan, soy Emma —saluda la doctora, y parece que el hombre necesita un segundo para salir de su asombro—. Sí, sí, todo está bien. No te preocupes. Te llamo por otra cosa, ¿podemos vernos?
Emma escucha de inmediato cómo Dylan le dice que sí, confirmando su completa disponibilidad.
—Sí, conozco la zona —contesta Emma cuando le dice el nombre del hotel en el que se está hospedando—. Hay una cafetería a dos manzanas de ahí, ¿nos vemos en una hora?
Unos segundos después cuelga la llamada y empieza a maniobrar con su coche para salir de la clínica.
Cuando está atravesando la verja, se da cuenta de que hay un hombre con una cámara fotográfica en la mano hablando con el agente de seguridad que hay en la garita, y una mujer joven que parece estar haciendo un barrido visual por la zona.
Por alguna razón, Emma tiene la certeza de que están ahí por Sienna, porque el hecho de que una artista como ella esté en un centro de desintoxicación seguramente es la comidilla del momento.
Gira hacia la izquierda y se incorpora a la avenida para reunirse con Dylan Cole, sintiendo con absoluta seguridad que lo que está haciendo empeorará lo que ya sabe que siente.