Tú te lo pierdes Epílogo
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Epílogo

E l inicio del otoño en Boston está siendo especialmente frío porque, a diferencia de hace dos años cuando Emma Mitchell volvió a su ciudad natal, ahora va embutida en un abrigo que no debería usar al menos hasta diciembre.

La cardióloga camina apretando el paso, con las manos empuñadas dentro de los bolsillos y evitando que las ráfagas de aire que acompañan al pesado frío se le metan en los ojos.

—Joder —susurra cuando entra en su coche y se frota las manos como si se acabara de poner a resguardo después de caminar por una senda bajo cero.

Suelta un suspiro y mueve el cuello para destensarlo.

Está agotada, la semana ha sido más dura de lo que había imaginado —y planificado— y solo piensa en dormir al menos diez horas seguidas.

Se ríe de su fantástica imaginación cuando comprueba en su reloj que son las siete de la mañana y, a las doce, tiene que estar en casa de sus padres para recibir a los de la empresa de eventos que llevarán las mesas y las sillas que han alquilado para esa noche en la que van a celebrar, conjuntamente, el cumpleaños de Susanne y Jeffrey Mitchell.

Se suponía que Claire se encargaría porque Emma tenía dos guardias nocturnas seguidas, pero el viaje de trabajo en el que está se alargó un día más y no llega hasta esa tarde.

Enciende el coche y sale del aparcamiento del hospital. Conduce solo veinte minutos antes de girar a la izquierda y detenerse en la verja.

—Buenos días, doctora Mitchell —la saluda un hombre a la entrada de la urbanización en la que vive. Escudriña durante dos segundos el interior del coche y, con una sonrisa amable, abre la barrera para dejar pasar su vehículo.

Cuando está aparcando, su móvil suena y la pantalla anuncia el nombre de su hermana.

—Buenos días, ya estoy en el aeropuerto —dice Claire, y la voz le sale entrecortada.

Emma niega con la cabeza.

—Asegúrate de no perder el vuelo —la médica lo dice porque está segura de que su hermana está llegando tarde a coger el avión.

—Está todo controlado —jadea como si estuviera haciendo un último esfuerzo por ganar una maratón—. ¿Tú cómo estás?

Emma se tensa; es la pregunta que quería evitar.

—Bien —la respuesta le sale torpe.

Su hermana no dice nada de inmediato y el silencio cae entre ellas. Solo se oyen los altavoces del aeropuerto.

—Sé que esa no es una verdad completa —Claire ahora se escucha más serena—, y sabes que tienes todo el derecho de llorar hasta que para ti sea suficiente.

La cardióloga suelta un suspiro tembloroso y cierra los ojos por un segundo.

—Lo sé, solo que… no estaba preparada para esto, Claire —Emma ya no se derrumba como lo hacía antes, como cuando hace dos meses su vida se llenó de dolor—, pero te prometo que estoy mejor.

Una voz metálica vuelve a oírse al fondo interrumpiendo a la hermana de la médica cuando estaba a punto de contestar.

—Mi vuelo está embarcando —anuncia la menor de las Mitchell—. Siento haberte dejado el marrón, sobre todo después de tu guardia.

—No te preocupes, ¿para qué están las hermanas mayores?

—¿Para mantener a las menores?

Ambas estallan de risa y por un momento la tensión de Emma disminuye.

—Nos vemos esta noche —se despide Claire, y cuelgan la llamada.

La cardióloga se queda en el coche unos minutos más; no es que se esté escondiendo, pero necesita que su corazón vuelva a latir con normalidad, que el oxígeno entre en sus pulmones para dejar de sentir esa asfixia que desde hace meses le aprieta el cuello.

Dos golpes suaves en el cristal la sobresaltan y el giro de cabeza que hace es tan brusco que siente un tirón en el cuello. Abre la puerta y, con la mano libre, se masajea la nuca.

—Perdona, no quise asustarte. ¿Estás bien?

La doctora Mitchell sale del coche y se ancla a ese cuerpo que ha sido su lugar seguro durante los dos últimos años.

—Sí, estaba hablando con Claire y me he quedado absorta —dice escondida en el cuello de su chica—. ¿A qué hora te vas a la oficina?

—Después de que desayunemos; te estaba esperando —comprueba la hora en su móvil—. Dylan ya debe de estar en el estudio con la banda y yo tengo una reunión con Sasha en una hora.

Sienna le besa los labios y se queda un segundo más sintiendo el calor de Emma antes de entrar en casa.

No han sido meses fáciles para ellas porque hace dos meses la doctora Mitchell estuvo asistiendo a una operación de corazón a un niño de cinco años junto a la cirujana pediátrica y, aunque las probabilidades de que no sobreviviera eran muy altas, los médicos tenían esperanzas.

Después de una hora en el quirófano, el pequeño paciente entró en parada y no lo logró.

Emma entró en shock; fueron semanas durísimas en las que la doctora parecía no levantar cabeza, estaba apagada, triste y ausente, pero Sienna no se movió de su lado, buscó una buena terapeuta especializada en duelos y la ayudó a salir del estado depresivo en el que había entrado.

Hace apenas quince días que Emma salió de la baja y volvió al hospital; desde entonces su familia y la cantante han estado atemorizados porque no saben cómo puede reaccionar si le vuelve a pasar algo parecido.

—¿Qué tal ha ido la guardia? —pregunta Sienna dejando frente a Emma un plato con el desayuno que ella misma ha preparado hace un rato.

—Larga —sonríe Emma, y se lleva parte de los huevos revueltos a la boca—, pero ha sido tranquila. Danielle se ha asegurado de muchas cosas para que no me sienta agobiada en las guardias y en verdad lo ha logrado porque siempre tengo a un residente conmigo y una enfermera que no se despega de mí.

—Tengo que invitar a comer a esa mujer —la respuesta de Emma es levantar una ceja.

Sienna se ríe y niega con la cabeza.

—¿Está celosa, doctora Mitchell?

—Lo estaría si no supiera que solo tienes ojos para mí —Emma compone un gesto arrogante—, pero Danielle todavía reproduce en bucle tus conciertos como entretenimiento de fin de semana cuando su mujer está de viaje.

Fue la doctora Turner quien le ofreció a Emma una vacante que había en el Back Bay Community Hospital, el centro de salud en el que Danielle es jefa del departamento de cardiología.

Necesitaban a una cardióloga y Emma era perfecta con las credenciales que tenía.

Había llegado desde Londres apenas hacía cuatro meses y Sienna seguía en Los Ángeles mientras terminaba de trabajar en ese último disco que había pactado con Northstar Records.

Si la doctora Mitchell aceptaba el puesto, ya no podría viajar libremente para verse con su chica, y su primera reacción fue decir que no. Hasta que se lo contó a Sienna.

—Amas tu trabajo y eres buenísima haciéndolo, ¿por qué no querrías aceptar el puesto? —la voz de la cantante era tranquila y, cuando se dio cuenta de que Emma vacilaba al contestar, siguió hablando—: Y no digas que es por nosotras; ya has hecho suficiente. Ahora me toca a mí.

Y Sienna cumplió su palabra a rajatabla.

Durante meses estuvo encerrada en el estudio, noche tras noche, para lograr tener el disco listo antes de tiempo.

Alternaba su tiempo libre entre recibir visitas de Emma en casa y viajar hasta su ciudad para verla.

Luego, Keisha lo organizó todo para que pudiera estar veintisiete días en Boston antes de sumergirse en la preparación de la gira —diez ciudades y dos países— que había pactado con la discográfica.

Todo sucedió tan rápido que Emma no supo el momento exacto en el que Sienna apareció en su casa en mitad de la noche, le dijo que era libre para hacer lo que quisiera y que había decidido empezar su propia compañía de representación artística allí, cerca de ella.

Trabajaría con bandas desconocidas, artistas independientes que buscaban hacerse un hueco en el mundillo; sería quien los representara y guiara.

Los Ángeles estaba saturado de discográficas, agencias de talento y cazadores de presas ingenuas.

Sienna quería otra cosa: quería hacer lo contrario a lo que le hizo Jason Kelly, que la llevó a la cima, pero completamente dopada, creando tal adicción en ella que ni siquiera disfrutó de una buena parte de su carrera.

Sigue cantando, no lo dejaría por nada del mundo, pero ahora lo hace a su manera.

Espectáculos selectos con poco público en los que ella canta descalza y nadie le dice lo que tiene que hacer.

Pero en lo que está centrada realmente es en New Dawn Entertainment y en todo el trabajo que está haciendo junto a su hermano, que después de un largo viaje y una desconexión le pidió a Sienna estar a su lado; al fin y al cabo, era lo que había hecho toda su vida y, ahora que no tenía que batallar con llevar el timón de su carrera, no se veía en otro sitio que allí, junto a ella.

—Deberías irte o llegarás tarde —le dice Emma cuando Sienna termina de desayunar—. Al mediodía iré a casa de mis padres a lo de…

—Se lo he pedido a Bethany —la interrumpe Sienna acercándose a ella y pasándole los dedos por el cabello—. Tú descansa, que llevas dos noches de turno y esta también será larga con la celebración.

Emma se levanta y la besa, y quisiera profundizarlo hasta que ambas perdieran el sentido.

En estos meses, la médica no ha sido su mejor versión y, sin embargo, Sienna se ha ocupado de todo para que ella no tuviera nada de lo que preocuparse más que salir de ese agujero de tristeza.

Ha aguantado los desplantes de una Emma llorosa en mitad de la noche, las malas contestaciones y los rechazos.

Lo ha aceptado todo y no se ha movido de su lado, demostrándole que cuando le pidió esa segunda oportunidad iba de verdad, iba muy en serio.

—Podrías quedarte un rato —susurra Emma pegada a sus labios y pasando las yemas de los dedos por su espalda. Siente el escalofrío de la cantante y sonríe.

—No puedo cancelar ahora mismo la reunión y el chófer me está esperando fuera —contesta con los ojos cerrados.

—Tú te lo pierdes —el tono burlón de Emma hace que la cantante abra los ojos.

—Ya perdí demasiado tiempo sin ti, Mitchell —susurra acariciando su mejilla—. No voy a cometer el mismo error dos veces. Nos vemos esta noche.