Tú te lo pierdes Capítulo 16
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Capítulo 16

E mma agradece que su turno en el St. Catherine's no empiece hasta las cinco de la tarde porque son las ocho de la mañana y no ha dormido ni un solo minuto después de haberse despertado en plena madrugada con las alertas de Blythemoor que casi la han matado de un susto.

Ha vuelto a su piso a las cinco y media, dejó a Sienna completamente dormida y duda bastante de que la cantante siquiera se haya dado cuenta de que ella ha estado allí durante un par de horas.

El corazón le late con furia como si Emma acabara de terminar una maratón. Y es que se siente un poco de esa manera: cansada, en un estado de alerta que no puede evitar y con los sentidos tan activos que incluso le cuesta respirar con normalidad.

—En serio, ¿no me vas a decir qué es lo que te pasa?

La pregunta de Freddi la sobresalta y por poco hace que el vaso que tiene en la mano se le caiga.

Esa es la razón por la que sigue despierta; en el momento en que estaba llegando a su casa, Freddi volvía de su turno.

Habían hablado, habían planificado que él vendría al piso al terminar de trabajar y dormiría unas horas con ella.

Luego bajarían al restaurante de la esquina que sirve el mejor pescado frito del barrio y comerían un buen plato mientras hablaban de sus cosas.

Y lo que ocurrió fue que Emma lo olvidó por completo, y eso es lo que le ha estado pasando últimamente: cuando Sienna Cole aparece de alguna manera, la doctora Grant aparta todo lo demás.

No lo hace porque sea mezquina con su novio o con el resto del mundo; su cerebro simplemente activa un interruptor que solo le deja tener espacio para la cantante.

Freddi la mira esperando una respuesta y Emma no tiene más palabras.

Han estado hablando durante más de una hora, en la que su adorado novio ha hecho preguntas muy concretas que iban desde si tenía la menstruación hasta si había ocurrido algo que no le había contado.

La respuesta a todas ellas fue un no rotundo que Freddi no ha aceptado del todo; entonces han hecho una pausa para que él se duchara —es muy especial con la higiene corporal— y ahora acaba de salir buscando más respuestas.

—Freddi, solo estoy cansada —contesta Emma y deja el vaso dentro del fregadero—. Llevo semanas de turnos interminables.

Su novio se cruza de brazos y Emma se da cuenta de que nunca le había visto esa expresión de perplejidad tan marcada.

—Es que no lo sé, Emma —el doctor Hudges se pasa la mano por el pelo mojado—. Llevas días muy rara, se te olvidan nuestras citas, siempre estás cansada o irascible. Hay momentos en que no sé cómo comportarme.

Emma siente pena y sabe que está siendo una auténtica cabrona.

Freddi ha sido un buen novio, el tipo paciente que ha aguantado cada cambio de humor, que la ha apoyado en cada decisión y nunca la ha dejado sola.

Ella le paga dejándolo a un lado, mientras le dedica cada minuto de su existencia a la mujer que la humilló en televisión nacional hace años.

—Mira, no quiero ser esa clase de novio, pero lo he hablado con un compañero que me ha visto preocupado —Freddi hace una pausa porque no sabe cómo decir esto—. Y bueno, él está convencido de que puedes estar engañándome.

Emma se tensa y ahora se siente peor porque, aunque no ha tenido nada con Sienna —ni con nadie—, desde luego la infidelidad no es únicamente un acto físico.

Y está segura de que aceptar tratar a la que fue el amor de su vida, pensar en ella las veinticuatro horas del día y salir de la cama en plena madrugada porque esta está teniendo un terrible ataque de ansiedad, constituye perfectamente una traición.

Deja a un lado el hecho de que alguien que ni siquiera la conoce la está acusando de algo que no puede saber.

—Freddi, eso no es lo que pasa aquí —Emma decide tomar ese camino, el camino de la mentira, pero ¿qué otra cosa puede decirle?

El médico levanta ambas manos y luego se pasa una por la cara, intentando barrer el cansancio de la noche y de la discusión.

—Vale, vale… voy a confiar en lo que dices —el hombre se acerca a ella—. Lo siento, solo que de verdad no estás siendo tú estos últimos días.

Freddi le da un beso y Emma agradece que no quiera profundizarlo porque en esos momentos tan confusos no podría intimar con él ni harta de vino barato.

Lo sigue a la habitación y ambos se meten en la cama. En cuestión de minutos, Freddi está suspirando calmadamente y Emma tiene los ojos clavados en el techo.

«No estás siendo tú estos últimos días».

Esa frase se le ha quedado grabada y ahora le da vueltas como si tuviera oculto un doble sentido.

¿Quién es Emma realmente? ¿Aquella mujer que se pintaba el pelo de negro, amaba dar largas caminatas por la montaña y se reía de las tonterías de su hermana Claire, o la que se hace llamar por el apellido de su madre, de quien sus compañeros huyen y que lleva años con novio formal?

Le cuesta contestar esa pregunta, sobre todo ahora que su vida es un intento constante por mantener la cordura y el equilibrio.

Se lleva los dedos a la muñeca izquierda, siente el pulso golpearla con calma y eso la tranquiliza.

Se queda dormida a los pocos minutos con la mente en ebullición y completamente agotada.

Cuando la doctora Emma Grant entra en su despacho esa tarde, lo hace con la convicción de que, para darle un respiro a su casi estropeado cerebro, necesita hablar, desahogarse, y aunque se había negado con rotundidad, siente que, si no lo hace, va a colapsar.

Revisa la hora en su reloj de muñeca y sale directamente a la cafetería del personal.

Antes de salir de su casa, le ha mandado un mensaje a Rachel para que tomaran un café juntas.

No es el lugar ideal, pero la enfermera y Emma tienen por delante una semana completa de turnos en los que no coinciden, así que el único momento es ese.

Rachel ha accedido a esperarla, aunque su jornada haya acabado.

—¿Te has ido de cervezas sin mí? —saluda Rachel escudriñando el rostro de su amiga cuando esta se sienta frente a ella—. Aunque francamente pareces haber bebido veneno; menuda cara traes.

Rachel siempre logra suavizar todo en la vida de Emma, la hace reír con sus comentarios brutos y le saca una sonrisa en los momentos que ella misma cree imposibles.

—Apenas he dormido —Emma se tapa la boca porque no ha podido evitar un gran bostezo—. Luego llegó Freddi y…

—Estuvisteis moviendo la cama —Rachel levanta las cejas varias veces y Emma arruga la nariz.

—Hablando —corrige la doctora Grant.

A Rachel se le borra la sonrisa porque entonces entiende que algo ha pasado.

Emma lleva semanas actuando de manera errática, perdida en sus pensamientos y con un cansancio que la empuja a casi arrastrar los pies cuando camina por los pasillos de la clínica, y ahora llega con un gesto en el rostro que no es agotamiento, sino algo más que la enfermera no sabe leer.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —pregunta su amiga, inclinándose hacia delante sobre la mesa.

Emma se muerde los labios; ahora ya no se siente tan segura de hablar. Rachel parece leerle el pensamiento.

—Sabes que puedes confiar en mí, ¿no? —su amiga suaviza la mirada. Lleva semanas intentando que Emma le cuente lo que le pasa y ahora que sabe que está a punto, no quiere que se arrepienta.

Emma suelta un suspiro que suena a quejido y asiente.

—¿Recuerdas a mi expareja? La de Boston.

—¿A la hija de puta que te engañó, te hizo huir de ciudad y te dejó completamente hecha polvo? —Rachel ladea la cabeza—. Claro que la recuerdo; estuviste llorando por ella en cada bar al que entrábamos en aquella época.

Rachel exagera —bueno, solo un poco— porque Emma lloró, pero no en cada bar.

—Está aquí —suelta Emma, y nota cómo la enfermera entrecierra los ojos, frunce el ceño y luego abre la boca, conmocionada.

—No me jodas, ¿ha venido a buscarte? —Rachel mueve la cabeza de un lado a otro buscándola como si la ex de Emma estuviera agazapada bajo alguna mesa de la cafetería.

—Está en Londres —hace una pausa y se aprieta los labios con los dedos—, pero estuvo ingresada aquí en el St. Catherine's.

La mente de Rachel se mueve con rapidez y Emma puede notar cómo está intentando analizar a cada una de las pacientes que han pasado por la clínica el último mes. La doctora Grant también sabe que es imposible que lo sepa; la cantidad de personas que entran en el centro de salud cada mes es abismal.

—Eres la mujer a la que Sienna Cole ha escrito cada puñetero éxito que ha sonado alrededor del mundo —Rachel abre muchísimo los ojos—. Esa hija de puta.

Primero ha sido la conmoción de darse cuenta de que la exnovia de su mejor amiga es una cantante mundialmente famosa, y luego hilar que fue esa misma la que le destrozó el corazón a Emma; y a Rachel le da exactamente igual quién sea o a qué se dedique: si hieres a alguien que ella quiere, te conviertes automáticamente en su enemiga.

Emma tiene que parpadear varias veces para entender cómo la mujer sentada frente a ella pudo adivinarlo.

—¿Cómo…?

—Cielo, desde que esa chica entró en esta clínica, esa cabecita tuya empezó a colapsar —la enfermera chasquea la lengua por haber unido todos los puntos demasiado tarde—.

Pasabas mucho tiempo en la Ivy Room, sin contar las veces que abrías el expediente —Rachel apoya la mejilla izquierda sobre la palma de su mano—.

¿Sabías que la aplicación de seguimiento lleva un registro de las veces que consultamos la ficha de un paciente?

¿Cómo Emma iba a saber tal cosa? Niega con la cabeza.

—Según el idiota de Ellwood, es para que la clínica se asegure de que todos revisamos las actualizaciones que se suben en cada turno, y tú —Rachel la señala—, entrabas al historial de Sienna Cole muchas veces al día.

—Era su médica tratante —Emma se defiende de inmediato.

La enfermera eleva una ceja perfectamente delineada.