Tú te lo pierdes Capítulo 15
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Capítulo 15

E mma se levanta sobresaltada de la cama.

Estaba profundamente dormida cuando un ruido molesto se le ha metido en la cabeza.

Al principio ha pensado que se trataba de una pesadilla, un zumbido que la estaba saboteando, pero luego ha caído en la cuenta.

Es su móvil, el personal ―no el que usa para el St. Catherine's― que ha empezado a emitir una serie de pitidos que no reconoce.

Estira la mano, enciende la lámpara que tiene en la mesilla de noche y coge el aparato.

La garganta se le cierra y el corazón le da un vuelco cuando mira en la pantalla al menos seis notificaciones en el sistema de seguimiento al paciente de Blythemoor.

Cuando Dylan Cole hizo el papeleo para el ingreso de Sienna, tuvo que dar los datos de Emma como su médica tratante.

El centro se puso en contacto con ella de inmediato para solicitar unos registros clínicos sobre la paciente y, en ciertos casos como ese, piden que colaboren con ellos por si surge algún problema que tenga que ver con la patología o la cirugía.

La doctora Grant ni siquiera dudó y, entonces, en la documentación de confidencialidad que debía firmar, le dieron acceso también a la aplicación que usan para el control de sus pacientes, muy parecida a la clínica en la que trabaja.

A pesar de que Sienna llevaba tres días ingresada, Emma aún no había recibido ninguna noticia y eso la tenía entre aliviada y angustiada. Hasta ese momento.

Se incorpora y busca sus gafas para empezar a leer de qué se trata.

Para cuando Emma termina de leer la última línea, su corazón no es el órgano que bombea sangre a su cuerpo, sino un potro salvaje que le está reventando el pecho.

Se pone de pie, con el pulso tan acelerado que apenas puede respirar. Sale al salón, enciende las luces y tiene que sentarse en el sofá porque todo le da vueltas.

—Cálmate, joder —se dice a sí misma y cierra los ojos durante unos segundos.

Todos los movimientos que hace los ejecuta sin pensarlos, de una manera tan mecánica que cuando se da cuenta, se está calzando unas zapatillas deportivas y tiene el teléfono pegado a la oreja, sujetándolo con su hombro derecho.

—Sí, lo entiendo, pero soy su médica tratante —explica Emma por tercera vez a la mujer que está al otro lado de la línea—. Ya le he dicho que no tengo ningún código.

Emma levanta la mirada un segundo y ve su reflejo en el espejo.

Lleva un pantalón ancho de algodón, una camiseta de manga larga y un chaleco acolchado.

El pelo se lo ha recogido en una cola alta y está lista para salir de su piso.

No ha sido consciente de cuándo se ha vestido, ni siquiera de cuándo ha tomado la decisión de hacerlo siendo casi las tres de la madrugada.

Supone que lo ha decidido cuando desde Blythemoor le han confirmado que sin una clave personal que debe tener no pueden darle ningún tipo de información.

—Estaré allí en treinta minutos —dice, y cuelga el teléfono.

Bajar a la calle, caminar al aparcamiento donde guarda su coche y conducir hasta la clínica de salud integral Blythemoor le lleva exactamente treinta y dos minutos, y siete más porque el guardia de seguridad ha necesitado comprobar su documentación y confirmar que no se trata de una pirada que aparece por ahí en plena madrugada por una razón desconocida.

Los jardines están iluminados con grandes farolas que parecen del siglo pasado. Todo el espacio parece creado para generar paz y que quienes visitan Blythemoor sientan que están en el lugar adecuado.

—¿Doctora Grant? —Emma desvía la mirada y se encuentra con un hombre de mediana edad—. Sígame, por favor.

El hombre espera a que Emma atraviese la puerta y con un gesto de cabeza le indica que camine con él.

—Soy el doctor Edward Jensen —extiende la mano y se la estrecha—. Siento todo esto.

Edward se refiere a todas las medidas de seguridad que existen en Blythemoor.

Para ellos la confidencialidad es lo más importante, básicamente porque es lo que en realidad les reporta ganancias astronómicas.

En la clínica se alojan hijos de magnates, políticos, artistas y hasta miembros de la iglesia.

Entre sus muros no hay gente común; nadie puede pagar los servicios de un centro de desintoxicación integral que tiene cuotas tan elevadas como el precio de un piso en el centro de Londres. De ahí que sean muy rigurosos con todo.

—Le hemos reenviado el código de seguridad a su móvil —explica el doctor Jensen, y a Emma no le pasa desapercibida la palabra «reenviado»—. Está encriptado; tiene que indicar algunos datos y lo obtendrá. Con ese número puede tener acceso casi completo a la paciente por teléfono en casos como este.

Emma asiente y sigue caminando al ritmo de Edward mientras va abriendo puertas bloqueadas con dispositivos electrónicos. Giran hacia una zona más amplia; Emma diría que más lujosa. Obras de arte adornan las paredes, sofás de diferentes colores y una pecera del tamaño de su habitación en Boston.

—¿Primera vez que nos visita? —pregunta el médico, que ha ralentizado el paso.

—Sí, es mi primera vez aquí.

Edward asiente.

—No es momento para un tour, pero puedo explicarle las zonas por las que vayamos pasando —señala con su dedo el salón que acaban de dejar atrás—.

Área común para los pacientes que comparten el mismo trastorno por consumo de sustancias.

No nos gusta mezclaros en la primera etapa, así que allí pueden relajarse, charlar o simplemente no hacer nada, todo esto mientras son monitorizados por nosotros.

El médico va apuntando con su dedo cada una de las cámaras y, en unos pocos metros, Emma puede contar más de diez.

—Sala de psicología —señala una puerta y luego otra—, salón de yoga y pilates.

Durante los cinco minutos que tardan en llegar a su destino, Emma cuenta un gimnasio, una sala de cine, una piscina interior y despachos.

Luego una hilera de habitaciones que están lo suficientemente separadas para que los pacientes no se escuchen los unos a los otros.

Cuando llegan al final, hay una habitación solitaria con puerta de madera que tiene detalles dorados y una placa con las iniciales «S.C.

» acompañadas del dibujo de una guitarra.

—Se nota que la discográfica la quiere completamente recuperada cuanto antes.

—¿Perdone? —Emma no comprende su comentario.

El médico sonríe y se acerca a ella como si fueran amigos de toda la vida que comparten una jugosa historia.

—No es habitual que un médico tratante venga a la clínica. Mucho menos a esta hora —Edward levanta las cejas—. Por eso digo que la discográfica está haciendo todo lo posible para volver a subirla al escenario. Hoy nos han llamado dos veces.

Emma no entiende el mundo de Sienna, pero sí vivió lo suficiente a su lado para saber que es una industria oscura que lo mismo le da cómo, con tal de sacar el máximo beneficio.

No contesta; le parece absurdo tener esa conversación con Jensen.

—Está profundamente dormida por fin —le explica Edward tras el silencio de Emma mientras saca el móvil de su bolsillo, da dos toques a la pantalla y un cristal completamente negro empieza a clarear hasta quedarse transparente—. No ha dormido desde que llegó hasta hace una hora que cerró los ojos.

Emma se queda mirando la figura inerte que hay sobre la cama y por instinto se lleva dos dedos a su muñeca izquierda. Su pulso se parece a las patadas de un niño rabioso y tiene que obligarse a respirar con profundidad para calmarse.

—No me han llegado notificaciones hasta esta noche —dice Emma, girando el cuello para mirar al médico.

—Papeleo —contesta él—. A veces podemos tardar hasta una semana en aprobar todos los accesos y dar de alta en el sistema a los médicos colaboradores.

Emma vuelve a mirar a Sienna. Está dormida en la misma posición que ella recuerda de hace años, el cuerpo de medio lado con una mano bajo la mejilla. La única diferencia es el gesto contraído y la forma en que aprieta la sábana con la otra mano.

—¿Puedo entrar? —pregunta, y Emma sabe que lo hace porque lo necesita.

—Claro, doctora Grant —Edward le entrega una tarjeta metálica color plata—.

Cuenta con acceso casi total a la paciente, dado que es su médica tratante y además tiene el permiso de la familia.

Lo único que debe hacer es anunciarse siempre antes de venir y, por favor —el hombre junta ambas manos—, intente no despertarla, aunque está tan agotada que dudo que incluso la caída de una bomba en esta habitación lo logre.

En otro momento, Emma incluso podría reír con la broma de mal gusto: ¿una bomba? Menudo imbécil, pero siente el estómago revuelto de angustia y unas ganas imparables de sentarse junto a la cama que observa desde el cristal.

—Gracias —murmura y entra con cuidado a la habitación.

El espacio nada tiene que ver con las habitaciones que hay en el St. Catherine's Private Hospital.

Es una habitación tan moderna que a Emma le recuerda a las naves espaciales que ha visto en las películas.

Todos colores pálidos, máquinas modernas que se esconden tras muebles de formas geométricas y un panel de control con tantos botones y pequeñas pantallas que siente que está en un avión.

Sienna Cole sigue sin moverse y su respiración continúa estando ligeramente agitada, pero así, tan quieta, parece otra persona, no la superestrella de la que todo el mundo habla.

Emma aún no se ha atrevido a ver ningún vídeo suyo a pesar de que, durante el tiempo que la cantante estuvo ingresada, el personal murmuraba sobre lo increíble que era verla sobre un escenario cantando temas que rompían almas y destrozaban corazones.

Emma quiere mantener intactos ambos, así que se mantiene alejada de todo lo que lleve el nombre y el apellido de esa mujer.

Coloca una silla junto a la cama y, de nuevo, sin poder frenar los movimientos completamente autónomos de su cuerpo, estira un brazo y con suavidad le coge la mano que Sienna tiene cerrada en un puño alrededor de la sábana.

No hace nada más; solo deja que sus dedos sientan esa piel tan suave que Emma alguna vez adoró e intenta transmitirle la seguridad y la tranquilidad que la cantante parece necesitar.

—Tiene una obsesión con mi cuerpo, doctora Mitchell —dijo Sienna con la voz pastosa.

Llevaban dos semanas sin verse y, desde que la cantante atravesó la puerta de la habitación, Emma no pudo dejar de tocarla.

—Es que me encanta tu piel —Emma hundió la cabeza en el cuello de Sienna a la vez que entrelazaba sus dedos—. Y a mí me encanta que me toques; no tienes ni idea de cómo me tranquilizas.

La doctora Grant toma una respiración profunda y se inclina un poco más hacia la cama. No sabe qué está haciendo, no tiene ni idea; solo sabe que actúa por instinto, como si alguien estuviera tirando de una soga ajustada alrededor de su cintura y ella no estuviera oponiendo ninguna resistencia.

El problema es que ese camino la está llevando últimamente al mismo lugar: el cuerpo de Sienna Cole.