Capítulo 14
―Preciosa, ¿me estás escuchando?
Emma levanta la mirada de la pantalla de su móvil y mira a Freddi.
El hombre está sentado en el sofá, con una pierna cruzada sobre la otra y su inseparable taza de té.
Mueve la cabeza dos veces, porque antes Emma no se fijaba en este tipo de cosas, ahora sí, y no es la primera vez que se pregunta qué vio en este hombre como para embarcarse en una relación con él.
No quiere ser hipócrita consigo misma; su novio es un excelente médico y una buena persona, es cercano, amable y adorable… quizá demasiado adorable.
―Sí, perdona ―se disculpa la doctora Grant―. Estaba revisando un procedimiento para esta noche.
Freddi asiente varias veces y toma un sorbo de su té. Cierra los ojos, con una expresión casi de excitación, pero lo que realmente está experimentando es fascinación por el nuevo sabor de su bebida.
―Esto está impresionante ―dice Freddi, y Emma lo imita en su cabeza al mismo tiempo, pero con una voz más odiosa―. Tengo que pedir más antes de que se me acabe.
Freddi es predecible, un hombre al que le gusta hacer las cosas bien, pero de una forma que Emma nunca ha terminado de entender.
Es como si su concepto de felicidad fuera un cuadrado que ha dibujado en un trozo de papel y dentro de él todas las cosas que quiere en la vida.
No se sale nunca de esas cuatro líneas y, al principio ―hace años, cuando empezaron a verse― a ella le parecía encantador.
Por fin había encontrado a una persona ordenada que sabía lo que quería y tenía respeto por todo lo que prometía.
Ahora Emma comprende que lo suyo no fue un flechazo, sino que el hombre sentado frente a ella fue un salvavidas al que se aferró con fuerza, alguien totalmente opuesto a lo que la hizo huir de Boston.
―¿Qué te parece si vamos mañana al cine? ―pregunta Freddi descruzando las piernas―. Ya está esa película rara que quieres ver ―chasquea varias veces los dedos rebuscando el nombre en su mente―, la del tipo ese rubio y…
―¿Te refieres al documental sobre el Holocausto basado en el libro de Albert Strictzet por el que ganó un Premio Nobel de Literatura? ―pregunta Emma levantando una ceja.
Freddi sonríe.
―Ese, sí ―dice―. Ya lo están proyectando y me preguntaba si querrías ir mañana.
Emma sabe que tiene la noche libre; el problema es lo que mañana tiene que afrontar, porque Sienna…
su paciente de la Ivy Room ―se corrige― tiene el alta programada en el St. Catherine's y su ingreso aprobado en Blythemoor.
La función de Emma es firmar los papeles de salida, desearles buena suerte y marcharse, pero su mente sigue presionándola contra las cuerdas y, por alguna razón que ella conoce perfectamente, pero que no va a admitir, quiere estar disponible por si en el traslado surge algún inconveniente.
No debería pasar nada; Sienna ha estado durante doce días en su habitación monitorizada las veinticuatro horas y su evolución ha sido bastante favorable.
Alguna noche con taquicardias, pero perfectamente controladas porque, tras una cirugía como la suya, que este tipo de cosas ocurran es normal.
A ella no le gusta soltar las responsabilidades tan fácilmente o quizá lo que realmente le cuesta soltar es a ella. Irónico.
―¿Lo dejamos para el fin de semana? ―propone la doctora con la culpa carcomiéndole la piel―. Tengo un VIP en la clínica y me gustaría asegurarme de que todo vaya bien.
Emma se felicita por cada palabra que ha salido de su boca.
No ha mentido, le ha dicho a Freddi lo que en realidad va a hacer, omitiendo el nombre de Sienna, aunque si se lo dijera no cambiaría nada; su novio no sabe quién fue la cantante en su vida, pero algo en su gesto la pone alerta.
Freddi tiene los labios fruncidos y con cuidado deja la taza sobre la mesa.
―Es la primera vez que te oigo quedarte por un paciente más de la cuenta ―Freddi ladea la cabeza.
―Eso no es verdad y lo sabes ―rebate Emma con enfado―. Me he quedado muchas noches, incluso cuando no tenía guardia.
―Sí, pero nunca por un VIP. ¿Dónde ha quedado aquello de «ese tipo de pacientes tiene a media clínica a su disposición, no me necesita»?
Emma sabe que Freddi tiene razón, porque, aunque ella se siente bien trabajando en el St. Catherine's, los pacientes considerados muy importantes ―como Sienna Cole― suelen ser maleducados, quejumbrosos y exigentes como si estuvieran en el Burj Al Arab.
Por eso Emma suele ser algo más distante con ellos, lo que no significa poner en juego su profesionalidad, pero tampoco gasta un minuto de más en su tiempo libre para estar junto a ellos si no es necesario. De ahí el cuestionamiento de su novio.
―Lo sé ―no le queda otra opción que asentir―, pero Ellwood está particularmente interesado en que esta paciente esté contenta y pueda hablar bien de la clínica.
Freddi se lleva la mano al pecho con dramatismo.
―Menos mal que la paciente es mujer y no tengo nada de qué preocuparme ―se levanta de la silla y se acerca a Emma para darle un beso en los labios―. Últimamente has estado demasiado en la clínica y no sabía si tenía que ponerme celoso.
El comentario es como una pestaña que te entra en el ojo en el peor de los momentos y, aunque no sea doloroso, es molesto y bastante incómodo.
―Ya dejaremos el cine para la semana que viene; recuerda que este fin de semana me voy con Ted y los chicos a escalar.
Obviamente, Emma lo había olvidado, sobre todo porque su cuñado Ted es la persona más insoportable que conoce, con chistes desagradables la mayoría del tiempo y un nivel de homofobia tan evidente que Emma ha pensado que lo que realmente le ocurre al gemelo de su novio es que no acepta lo mucho que le gustan los hombres.
―Claro, la semana que viene quizá también podemos ir a cenar al restaurante francés que te gusta ―ofrece Emma, que se siente tan miserable que iría a cualquier lugar solo para compensar a Freddi.
Está siendo una novia terrible y en este punto Emma sabe perfectamente que tiene que dejarlo.
El doctor Freddi Hudges no merece que, mientras elabora grandes planes para ambos, ella tenga un solo nombre en bucle en su cabeza y que no sea precisamente el suyo.
Que mientras el hombre le deja caer cada vez más seguido que todo sería mejor si vivieran juntos, ella solo quiera pasar todo el tiempo posible en la clínica y entrar a la Ivy Room cada vez que sus pasos la llevan hasta allí.
No, sin duda no lo merece, pero Emma está tan asustada que no es capaz de dar el paso en esa dirección; prefiere estar aferrada a la mentira de que puede volver a ser feliz junto a él, que una vez que Sienna abandone el St. Catherine's, podrá retomar su tranquila vida sin pensar en ella porque, a pesar de que es consciente de que no ha superado a su exnovia como había creído, tiene muy claro que estar cerca de ella no es una opción. Cobarde.
―Ha sido un enorme placer haberla tenido con nosotros, señorita Cole ―dice el director de la clínica Charles Ellwood cuando el coche llega a recoger a Sienna y él la espera en la puerta de la habitación como si fuera la reina―.
Le pido disculpas si hubo algo en lo que no estuvimos a su altura; le prometo que trabajaremos siempre para mejorar.
Sienna está en una silla de ruedas con Dylan a su lado y detrás de ella un celador que espera a que Charles termine su monólogo para avanzar.
El hombre le entrega una pequeña bolsa con detalles de la clínica como si Sienna hubiera estado en un parque de atracciones y no en una cama tras una operación de corazón.
Emma está al lado de Charles con la mandíbula apretada por el espectáculo y también porque su maldita mente no para de atormentarla.
Hace una hora, cuando ha llegado a la clínica, se había convencido de que lo que le estaba pasando con Sienna era simplemente que su historia no había tenido un buen cierre, que lo dejaron de una manera demasiado caótica y que volverla a ver había removido cosas del pasado porque no todo lo que vivió con la cantante fue malo; todo lo contrario, la mayoría del tiempo fue feliz.
Sienna la hizo reír cientos de veces, la llevó a lugares increíbles donde solo eran ellas dos y la ayudó a descubrir lo que era sentirse amada.
―Te ves preciosa después de correrte.
Emma se lleva las manos a los bolsillos de la bata y aprieta los puños. Necesita una tregua de todo esto porque, si no, se va a volver loca.
Sienna la mira, directamente a los ojos, con ese dorado iluminándola, y se queda clavada allí durante varios segundos.
Ya no existe la voz de Charles dándole ese patético discurso de despedida, ni su hermano tecleando furiosamente en su teléfono porque los guardaespaldas que deberían estar ya en Londres han perdido la conexión del vuelo en Barcelona.
Solo están Emma y Sienna, no la doctora y la cantante, sino dos mujeres que un día se quisieron demasiado y que ahora parecen dos desconocidas.
A Sienna le encantaría levantarse de esa silla, acariciarle la cara con las yemas de sus dedos y decirle que estos últimos ocho años sin ella han sido el peor castigo que la vida ha podido darle por el error que cometió.
Quiere preguntarle si ha escuchado todas las canciones que ha escrito mientras se hacía pedazos por su ausencia.
Preguntarle lo mismo de cada noche de los últimos meses que estuvieron juntas.
―¿Eres feliz, Em?
Y que esta vez, a diferencia del pasado, Emma dijera que no, que no lo es porque solo es feliz si está a su lado.
―No dude en volver si lo necesita, señorita Cole ―Charles suelta una risa corta y levanta ambas manos―. Ni Dios lo permita, pero aquí en St. Catherine's siempre será bienvenida.
Sienna vuelve a mirar a Emma y esta vez su ceja derecha se levanta un poco, el mismo gesto que hacía cuando salían por Boston a comer y el dueño del restaurante se acercaba a ellas para alabar cada canción de Sienna que seguramente el hombre no había ni siquiera escuchado.
―Son unos lameculos.
―¿Lameculos? ―Sienna soltó una carcajada que le salió del pecho―. Doctora Mitchell, por favor, modere su vocabulario.
―Gracias por todo ―dice Sienna al fin―. Sobre todo, al personal; me han tratado increíblemente bien.
Charles sonríe y vuelve a abrir su bocaza, pero Emma da un paso adelante y lo interrumpe.
―Os acompaño hasta abajo ―Dylan hace un gesto de agradecimiento y el celador empieza a empujar la silla.
―Charles Ellwood puede ser muy… efusivo a veces ―dice Emma cuando se suben al ascensor y el celador tiene que apretar los labios.
―Buena definición ―contesta Sienna, y el silencio se instaura.
Así han pasado la última semana y media, con preguntas profesionales de parte de Emma, respuestas concretas de Sienna y silencio.
Emma empezó a pasar por la Ivy Room dos veces durante su turno, una por la mañana y otra por la tarde antes de irse.
Al octavo día, sus visitas se contabilizaban entre diez y doce veces.
Dylan la miraba de soslayo, pero no decía nada porque, primero, no era asunto de él y, segundo, sabía que Emma negaría que iba a la habitación de la cantante porque lo necesitaba.
Siempre iba preparada; si no era revisión de constantes, era la medicación; si no, alguna prueba que para él tenía poco sentido, pero ¿qué podía saber él si no era su médico tratante?
La noche en la que Sienna tuvo las primeras taquicardias, Emma entró a la habitación a las ocho de la mañana, vestida impecable como siempre, pero con unas ojeras mal disimuladas debajo de sus gafas de montura negra.
Dylan descubrió entonces que la clínica usaba un sofisticado sistema para mantener al personal sanitario informado en todo momento y la notificación de lo ocurrido esa noche a Emma le habría llegado en plena madrugada.
Dylan Cole llevaba días uniendo puntos y atando patrones, pero ese no era su asunto y ni siquiera se iba a permitir pensar en ello. Eso era cosa de ellas.
―Me alegro de haberte visto de nuevo, Emma ―Dylan ni siquiera vacila y se acerca a ella para darle un corto abrazo antes de darle un minuto a su hermana para que se despida―. Gracias por todo, de verdad. No sé qué habríamos hecho sin ti.
Emma no contesta; le hormiguea la piel después de sentir el tacto de quien fue como un hermano para ella.
―Gracias por salvarme ―la voz de Sienna emerge ronca y sus ojos brillan más―. Volver a verte ha sido un buen regreso a la vida.
La doctora Grant se siente colapsada, como si en cualquier momento sus piernas fueran a fallar y ella no tuviera la mínima posibilidad de evitar el mal aterrizaje. Toma una bocanada de aire que no le llega a los pulmones, pero le sirve para que la voz le salga.
―Cuídate, Sienna ―le contesta con una bola atravesada en medio de la garganta.
―Espero que este no sea el final.
Sienna no dice nada más. Ni es el momento ni puede siquiera pensar en abordar una conversación que, dada su situación, no tiene sentido.
No sabe nada de la vida de Emma; intuye que no está casada o, al menos, la falta de alianza en su dedo anular se lo confirma, pero tampoco es un dato demasiado esperanzador.
Lo único que sí tiene por seguro es que aún la detesta y no la culpa por ello; si la situación hubiera sido al revés, Sienna quizá habría reaccionado mucho peor.
Lo ve en sus ojos, la manera en la que evita su mirada o las veces que tenía que tocarla, cómo retiraba la mano con rapidez.
Sienna quiere hablarle, desnudarle el alma y, si todavía queda rastro de lo que una vez sintieron, quizá pedirle una cita, pero antes tiene que curarse.
Antes tiene que someterse a lo que siempre ha estado huyendo porque no recuerda la última vez que estuvo realmente limpia y está más aterrada que nunca.
―Nos vemos, Em ―se despide, y Dylan se acerca para empujar la silla de ruedas hasta el coche que la espera.
Cuando la puerta del vehículo se cierra y Emma ya no puede verla, no siente la tranquilidad que esperaba. Siente un desasosiego muy parecido a la ansiedad y entiende con mucha claridad que lo que está experimentando es casi parecido a una segunda ruptura.
―Joder.