Capítulo 13
―Los signos vitales son estables, hay buen intercambio de oxígeno y su temperatura corporal está controlada ―dice el médico anestesista mientras pasa el dedo suavemente por la pantalla del iPad―. Ya podríamos empezar con la disminución gradual de los sedantes. ¿Qué opinas, Emma?
La doctora Grant tiene el ceño fruncido y un molesto malestar en el centro del pecho. Anoche al menos durmió del tirón, pero desde que se levantó esa mañana no ha podido controlar los nervios que han empezado a enrollar sin piedad una cuerda alrededor de su garganta.
Revisa los dos informes sobre el estado actual de Sienna, el del turno de anoche y el de esa mañana.
Está todo perfecto; la paciente ha reaccionado bien a cada una de las pruebas de estímulos que le han hecho, sus niveles están controlados y está perfectamente lista para salir de la sedación.
El problema ―Emma parece tener muchos desde que cierta cantante reapareció en su vida― es que con ella tiene que comprobarlo todo hasta tres veces.
Siente que ha vuelto a sus inicios, a aquellos tiempos en que era una residente novata y tenía que consultarlo absolutamente todo.
―Emma ―la llama Sean, y ella retira la vista del iPad―. ¿Firmas el consentimiento?
Emma se muerde el interior de la mejilla derecha con tanta fuerza que siente el sabor metálico inundándole la boca. Es inmediato y, a pesar de haber leído que la gente que lo hace siente calma, ella lo que experimenta es rabia.
―Hagámoslo ―Emma firma el documento donde figura como médica responsable y le entrega de vuelta el iPad a Sean―. Vamos a prepararnos.
Mientras se está colocando la vestimenta estéril, se da cuenta de que las manos le están temblando. Las cierra en un puño y aprieta los ojos mientras toma varias respiraciones e intenta calmarse. Nada de esto está saliendo como ella esperaba y se culpa a sí misma por ello.
Cuando entra a la unidad cardiaca especializada, el doctor Sean Wood está junto a Natalie esperándola, pero sus ojos se clavan en la figura pálida que está en la cama y Emma no puede evitar pensar en lo indefensa que se ve allí, rodeada de cables, con un tubo en la boca y los ojos dorados completamente ocultos.
―¿Estamos listos? ―pregunta Emma.
―Iniciamos protocolo de desescalada sedativa y ventilatoria ―anuncia el anestesista―. Reduciendo propofol.
Todo se queda en silencio mientras Sean trabaja, Emma controla y Natalie sirve de apoyo. Un proceso de retirada de sedantes lleva tiempo porque los fármacos que mantienen inconsciente al paciente se reducen poco a poco para evitar un despertar demasiado agresivo.
Emma ha asistido a muchos protocolos de este tipo, sobre todo desde que está en Londres y es responsable de cada paciente que opera o trata. Está tranquila, ese temblor en sus manos ha desaparecido y su respiración está controlada… hasta que hay señales de que Sienna está despertando.
Hay un movimiento leve en sus hombros y también en sus párpados cerrados; es lo que la pone en alerta. Entonces a Emma se le corta la respiración porque, de repente, Sienna abre los ojos. El dorado la ilumina, pero su gesto de terror mata por dentro a la doctora.
―Tranquila ―le dice, y le coge la mano de manera automática―. Sienna, tranquila.
―Fibrilación auricular ―anuncia Natalie mientras revisa el monitor.
Emma no escucha a la enfermera; hay un pitido agudo que le atraviesa los tímpanos y no la deja pensar con claridad.
Aprieta la mano de Sienna y la cantante se ancla en sus ojos durante unos segundos.
Como en los viejos tiempos, dorado y azul fundiéndose, convirtiendo el mundo en un agujero pequeño solo para ellas dos.
―Natalie, prepara 150 mg IV de amiodarona ―dice Sean, y se mueve para coger el carro de paradas por si necesitan hacer una cardioversión eléctrica sincronizada.
―Démosle unos minutos ―Emma parece salir del trance y habla con firmeza.
La fibrilación auricular es una reacción bastante habitual y no debería ser preocupante a menos que continúe durante más tiempo.
Sean y Natalie se quedan al otro lado de la cama.
Emma no controla su cuerpo; desde luego que alguien debe tener el mando a distancia que gestiona cada uno de sus movimientos porque lo que hace es inclinarse más sobre Sienna, quedando muy cerca de ella.
Le tiene una mano cogida y la otra se la pone con cuidado sobre el pecho.
―¿Sabes dónde estás? ―susurra Emma, como si hablarle demasiado alto pudiera dañarla.
Los ojos de Sienna se mueven de un sitio a otro por la habitación, pero casi de inmediato vuelven a clavarse en el rostro de Emma. Asiente, haciendo movimientos demasiado bruscos.
―Estoy aquí ―y a Emma sus propias palabras le saben a dolor―. Estamos en una clínica, en Londres, y hace casi dos días saliste de quirófano. La operación ha ido bien. Tranquila.
Sienna no aparta su mirada de los ojos de la médica, pero sigue estando alterada.
―Teníamos que asegurarnos de que estuvieras estable para poder despertarte ―sigue explicando Emma, con una calma totalmente opuesta a lo que realmente siente―. ¿Entiendes lo que te digo?
La cantante vuelve a asentir, pero parece darse cuenta de que por algún motivo no puede hablar e intenta llevarse su mano libre a la boca. Emma la atrapa antes de que llegue a tocarse el tubo.
―Necesito que intentes calmarte ―le pide―. Estás intubada y no podremos quitártelo si no estás tranquila.
Ahora tienen las dos manos cogidas y la comparación es absurdamente irónica.
La última vez que estuvo en una cama con Sienna fue tras una noche especialmente agotadora.
Una guardia demasiado movida, un viaje a Rhode Island porque la cantante estaba en plena gira y un encuentro durante los dos días que tenía de descanso.
Llegaron casi al mismo tiempo al hotel y, cuando sus cuerpos tocaron el colchón, la doctora apoyó la cabeza sobre el pecho de su novia y entrelazaron sus manos para quedarse dormidas en apenas minutos.
Tres semanas después, Sienna Cole era noticia tras haber protagonizado un sonoro trío con dos modelos desconocidas.
―Ritmo cardiaco estabilizándose ―anuncia Natalie y Sean se acerca al monitor para confirmarlo.
Emma parpadea, le suelta una de las manos a Sienna y se la coloca sobre la cama.
―Intenta moverte lo menos posible, ¿vale? ―pide la doctora, y esta vez Sienna asiente con más calma―. ¿Sientes dolor?
Sienna abre más los ojos y vuelve a mover la cabeza. Es un dolor que le atraviesa el pecho y le llega hasta la espalda. Está paralizada por el miedo y se siente completamente indefensa, pero de alguna manera, tener a Emma allí, en ese momento, le hace sentir que todo irá bien.
―Sean, ¿cómo va el ajuste de la medicación?
El anestesista está concentrado mientras toca la pantalla que tiene a su lado. El analgésico empieza a liberarse entrando directamente a la sangre.
―En breve debería empezar a hacerte efecto ―informa el doctor Wood dirigiéndose a Sienna.
―De acuerdo, entonces vamos a extubar ―le dice a su equipo y ambos asienten. Luego mira a la cantante―. Vamos a sacar el tubo, pero antes necesito que hagas algo por mí. Respira despacio y después vuelve a tomar aire profundamente.
―Genial, lo estás haciendo muy bien. Ahora suéltalo poco a poco.
Sean Wood conoce a Emma desde hace dos años, cuando llegó al St. Catherine's Private Hospital desde Alaska.
Reconoce que es una buena médica, de las que no les tiembla el pulso para tomar decisiones arriesgadas basadas en la ciencia y la primera que siempre ofrece una solución para alguna patología complicada, pero también sabe la fama que tiene.
Es inaccesible para ciertas personas, no hace amigos en el hospital ni es demasiado cercana con nadie y, con los pacientes, su comportamiento es bueno sin llegar a ser espectacular.
Entonces, ¿qué está presenciando en ese momento?
Emma Grant tiene una expresión suave que jamás le había visto; sus ojos se cierran de cierta manera cuando le habla a Sienna que parece incluso dulce, y su mano no la ha soltado ni por un segundo. Está completamente desconcertado.
―Vas a sentir muchas ganas de toser ―sigue hablando Emma―, es normal, no te asustes, hazlo para que ayudes a tu vía aérea a quedar despejada.
Cuando Natalie Lewis comienza con el proceso, a Sienna se le llenan los ojos de lágrimas. No es precisamente dolor lo que siente, pero es una sensación de ahogo desagradable que se une a un leve ardor que le quema la garganta.
―Bien, bien ―dice Sean Wood cuando el tubo sale completamente de la boca de Sienna y ella tose con fuerza. Cuando advierte las intenciones de la paciente, levanta una mano―. No intentes hablar, será más molesto para ti y, además, querrás mantener intacta esa increíble voz.
Sean lo dice como un comentario cualquiera, pero eso hace que la pequeña burbuja en la que se había metido Emma explote con fuerza. Sienna lo nota, porque la doctora le suelta la mano y su gesto vuelve a ser contraído.
Emma respira varias veces y revisa los monitores para confirmar que todo está bien.
Por un momento, la chica que está en esa cama no era la cantante Sienna Cole, sino…
no sabe ni siquiera cómo explicárselo a sí misma, pero se sentía bien cuidando de ella, ayudándola a volver a la vida después de la cirugía.
―Voy a hablar con su hermano ―anuncia Emma sin mirar a Sienna―. Natalie, prepáralo todo para que suba a su habitación.
―Sí, doctora Grant ―contesta como siempre la enfermera y Sean la mira por unos segundos sin decir nada.
Emma se da la vuelta y sale de la sala. Se va a una esquina y empieza a quitarse la vestimenta estéril con rabia.
Prácticamente se la arranca y en dos minutos está empujando la puerta.
Tiene la mandíbula tan apretada que le duele toda la cara y maldice ―otra vez― el momento en que aceptó ser la médica tratante de Sienna porque, aunque tenía bastante claro que su vida sufriría una sacudida, esto que está sintiendo es peor que el impacto de un tren contra su cuerpo a máxima velocidad.
No, no ha superado a esa mujer que está en una cama a varios metros de ella; es una total estupidez seguir negándoselo y no, no es capaz de controlar lo que su cerebro está haciendo con su cordura, pero tiene que intentarlo porque Emma Grant ha logrado todo lo que se ha propuesto en su vida y esto no va a volver a destrozarla.
Tiene un buen puesto en una clínica élite en Londres, una amiga maravillosa que se preocupa por ella y un novio encantador que la adora.
En eso va a centrarse, en recuperar su estabilidad.
Y con esa mentira que ni siquiera ella misma es capaz de creer, atraviesa los pasillos de la clínica con la misma seguridad de siempre, aunque con el corazón reventándole las costillas por culpa de la paciente que ocupa la Ivy Room desde hace varios días.