Tú te lo pierdes Capítulo 12
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Capítulo 12

E l beso de Freddi se profundiza y Emma tiene que concentrarse para no saltar de la cama y alejarse.

Su novio ha llegado a casa esa noche después de que acabara el turno y se ha metido en la cama de Emma mientras ella estaba dormida.

Llevaba un par de horas —milagrosamente— en un sueño profundo; el agotamiento la había noqueado y ella no se había resistido.

Entonces ha sentido el movimiento en su cama y los ojos se le han abierto de golpe.

—Tranquila, soy yo —ha dicho Freddi y se ha pegado demasiado a ella.

La vida sexual entre ellos ha sido entre gris y mediocre, pero a Emma le ha funcionado de esa manera.

Siempre había disfrutado al acostarse con sus novios, pero después de estar con una mujer, todo eso había cambiado.

Entonces conoció a Freddi y Emma se enganchó a su sonrisa fácil, a los buenos temas de conversación y a su caballerosidad.

Tuvieron una primera noche juntos y ella se sintió…

bien. Luego vinieron otras, menos emocionantes, pero aceptables, hasta que Emma logró meterse en la cabeza que, si había iniciado una relación con un hombre adulto, no era precisamente solo para ir de la mano por Camden Town.

El problema es que todo lo que había logrado avanzar Emma se ha reducido a una micropartícula de nada desde el segundo en que Sienna Cole llegó a Londres.

El esquema perfecto de la vida de Emma cambió por completo; pasa más horas en la clínica, le dedica más tiempo a sus habituales sesiones de estudio y esquiva al pobre Freddi como si el hombre tuviera la peste.

Y cuando hace unos minutos su novio ha empezado a acariciarla, ella ha respirado profundamente y ha decidido que era el momento de volver a equilibrarlo todo, aunque le está costando más que salir de su cama un día especialmente frío.

—Te he echado de menos, preciosa —suelta el médico y desliza sus manos por las piernas de Emma.

Emma siente un escalofrío y no es precisamente agradable. De nuevo tiene la sensación de que su cuerpo se había apagado durante años y ahora, de repente, ha vuelto a la vida porque una cantante de fama mundial lo ha reclamado como suyo sin ni siquiera abrir la boca.

Emma está rabiosa; el pensamiento la enfurece. ¿Quién coño se cree Sienna Cole para aparecer con sus ojos dorados y desestabilizar todo lo que Emma había construido con tanto esfuerzo? No tiene derecho, no. Y Emma va a hacer todo lo que esté en sus manos para deshacerse de esa sensación.

Se gira sorprendiendo a Freddi y se tumba sobre él. Emma toma el control en la cama y saca a Sienna de su cabeza para centrarse en el cuerpo de su novio, como tiene que ser.

Veinte minutos después, Emma está dentro de la bañera, con los ojos cerrados y la cabeza recostada en la pared.

Tiene una mezcla de sentimientos horribles, como si hubiera hecho algo terriblemente malo y estuviera asqueada por sus actos.

A unos metros de ella, Freddi duerme profundamente en la cama, ajeno a los pensamientos intrusivos de su novia.

Es un buen hombre y lo último que quiere Emma es hacerle daño, pero está tan perdida en ese momento que no tiene ni idea de qué hacer, así que lo único que se le ocurre es hundirse en el agua y acallar las voces que le están gritando.

—¿Cómo estás? —pregunta Rachel, sentada frente a ella en una cafetería a varias manzanas de la clínica.

Después de que Emma pasara una noche entre incómoda y culpable, esa mañana le ha mandado un mensaje a su amiga para quedar antes de que la enfermera comenzara su turno.

Aún no está lista para hablar porque, a pesar de que Rachel conoce la historia, no tiene ni idea de que la protagonista es la paciente de la Ivy Room.

Volver a remover su pasado puede ser demasiado peligroso para sí misma, pero Rachel merece una explicación ―así sea muy genérica― acerca de su comportamiento, sobre todo porque desde el día que la conoció en aquel hospital universitario, siempre ha estado para ella, soportando todos sus cambios de humor, sus llantos repentinos y sus alegrías desorbitadas.

—He estado mejor —contesta Emma y aprieta los labios; no es así como quería comenzar—. Lo siento. Estoy en la mierda.

Rachel asiente lentamente y se lleva el café a los labios. Luego hace una mueca de asco.

—Jodida porquería —dice dejando la taza sobre la mesa—. Perdona, es que este café es peor que el de la cafetería del St. Catherine's y eso ya era bastante improbable —Rachel la mira a los ojos y se centra en la conversación—. Sé que no has estado bien, pero he querido darte tu espacio.

—Y te lo agradezco —le contesta Emma con un intento de labios estirados—. Han sido unos días complicados… el pasado ha vuelto.

Rachel no necesita más explicaciones porque sabe muy bien de lo que su amiga habla sin necesidad de dar detalles. El pasado… esa mujer a la que Emma tanto lloró, casi como si se hubiera muerto, y a la que le costó sudor y más lágrimas dejar a un lado para reconstruir su vida.

—Prometo que te lo explicaré —Emma sigue hablando antes de que Rachel formule todas esas preguntas que ahora mismo no puede contestar—. Estoy intentando que mi vida no se desmorone, así que necesito algo de tiempo.

Rachel acerca su mano y toca el brazo de la doctora Grant. Lo aprieta durante un segundo y después lo suelta.

—Para lo que me necesites, ya lo sabes —ofrece Rachel con calma—. Y si tenemos que partir algunas piernas, soy tu chica.

Emma no puede evitar reír: «Soy tu chica», la misma frase que Rachel le dijo hace tantos años y que de una manera u otra la ayudó a drenar parte del dolor que cargaba sobre sus hombros.

Nunca fue la clase de mujer que hizo muchísimas amigas ni perteneció al típico grupo de inseparables; más bien fue de las que hacía pocas amistades, pero verdaderas, y Rachel sin duda es una de ellas.

—Gracias —responde y se termina su café. Ese sí que está bastante bueno, no como el de su desafortunada amiga y su régimen alimenticio sin azúcar y lácteos que le sientan mal—. ¿Vamos?

Ambas se ponen de pie y salen de la cafetería. Rachel no pregunta por qué Emma va a la clínica en su día libre; en su ignorancia, cree que el hecho de ser la cirujana de Sienna Cole la obliga a darle el trato de persona importante que el St. Catherine's ofrece a ese tipo de pacientes.

Emma entra a su despacho y, antes de ir a la unidad cardiaca especializada, envía un mensaje a Dylan para anunciarle que está en la clínica y que lo espera en su despacho en una hora.

A pesar de que su mente se mueve entre el miedo y las ganas de estabilizar de nuevo su vida, Emma ha dedicado tiempo a pensar en la conversación que tuvo con Dylan la tarde anterior.

Ser más consciente acerca de la fuerte adicción de Sienna la había dejado con los músculos tensos, a pesar de que era algo que ella sabía, pero escuchar cómo Dylan narraba sus episodios fue como vivirlo en primera persona.

No se ha atrevido a prestar atención real a sus canciones, aunque la maldita publicidad de la aplicación de música haya intentado empujarla a entrar en los álbumes de Sienna.

Nunca ha estado preparada para hacerlo porque ha sido realista y tiene claro que eso la volvería loca, pero después de oír lo que Dylan le contó, las puntas de los dedos le pican por ponerse ese cuchillo en la garganta que supondrá escuchar las letras escritas por su exnovia.

—¿Algún cambio? —pregunta Emma a la enfermera que está revisando las constantes de Sienna.

—Todo sigue igual —informa Natalie—. Se ha mantenido estable, ha pasado una noche tranquila y sus constantes son buenas.

Natalie termina de ajustarle la medicación y sale de la sala.

Emma vuelve a perderse en el rostro de Sienna por unos minutos; apenas se mueve y esta vez sí obliga a su mano a no levantarse para tocarla.

Le sube un poco la sábana hasta el pecho y alisa la tela como si necesitara sentir que todo lo que toca a Sienna en ese momento no le hace daño.

Suelta un suspiro cargado de frustración y se marcha a su despacho.

Tiene que revisar los informes que ha dejado el turno de noche sobre todos los niveles de su paciente.

El tiempo le pasa absurdamente rápido y se da cuenta porque su teléfono suena para informarle de que Dylan Cole ha llegado.

—Hola —saluda el hombre cuando accede a su despacho y se queda de pie frente a la mesa.

Dylan da un vistazo rápido y le cuesta reconocer que ese espacio sea de la Emma que un día conoció.

Es extremadamente opaco, sin nada que lo identifique como su despacho; más bien parece el lugar que comparten varios médicos, y los objetos personales no están permitidos por tratarse de una zona común.

—Siéntate, por favor —le dice Emma sin levantar la mirada del iPad que tiene en la mano mientras acaba de revisar el último ecocardiograma.

Dylan se ve un poco más despejado; las ojeras siguen ahí, pero su piel parece más viva y se mueve con más soltura que los días anteriores.

—He pensado en algo sobre lo que hablamos ayer —a Emma siempre le ha funcionado eso de arrancarse la tirita de golpe—. ¿Has oído hablar de Blythemoor?

Dylan parece pensarlo un momento, pero de inmediato niega. Emma da varios toques a su iPad y lo gira para dejarlo frente a él.

—Es una clínica de salud integral, o al menos es lo que publicitan —explica Emma, inclinada hacia adelante mientras le muestra la web de Blythemoor—, pero realmente es mucho más que eso.

Tienen un programa muy potente de desintoxicación guiada por profesionales y médicos expertos que están las veinticuatro horas con los pacientes.

Emma hace una pausa mientras sigue enseñándole, esta vez, las fotos de la clínica. Blythemoor es un espacio encantador con grandes jardines, habitaciones cómodas, salas de distracción, además de toda una zona hospitalaria especializada en tratar cualquier condición médica.

—Si Sienna ingresa en Blythemoor, podremos asegurarnos de que su proceso sea seguro. Se le irá retirando la medicación por fases, tratando muy de cerca los primeros síntomas de abstinencia y, finalmente, cuando venga el momento más complicado, manejarlo con cuidado.

A Dylan la mirada se le ilumina cuando levanta la cabeza.

—¿Crees que funcionará? —pregunta, ilusionado con la misma sonrisa que Emma recuerda de cuando lo conoció.

La doctora Grant se quita las gafas por un momento y las pone sobre la mesa. No ve especialmente bien sin ellas, pero aún puede permitirse no usarlas en algunos momentos.

—Es imposible saberlo porque eso va a depender de Sienna.

Lo que sí sé es que es la forma más segura de hacerlo —explica Emma, que en unas horas fue capaz de investigar a fondo todo sobre Blythemoor—.

Cuando aparezca la abstinencia real, su corazón sufrirá y, después de una cirugía como la que ha tenido, esto puede ser incluso mortal.

Ambos sienten el mismo escalofrío. Dylan porque siempre ha temido perder a su hermana y Emma… Emma se niega a ponerle nombre a ese estúpido estado en el que ha entrado su cuerpo.

—Lo haremos —Dylan lo dice con firmeza—. No importa si Sienna no está de acuerdo porque…

—Eso no es posible —lo corta Emma—. Sienna tiene que firmar una serie de consentimientos que son obligatorios; si no, Blythemoor no la aceptará como paciente. Esto es muy delicado, Dylan, y tu hermana de verdad tiene que quererlo para que pueda seguir con su vida.

Dylan se lleva los dedos al puente de la nariz y los deja ahí un instante.

Respira varias veces mientras piensa en lo difícil que será que su hermana acepte algo que él lleva persiguiendo años.

Además, tiene que lidiar con Jason Kelly, que no para de llamarlo pidiéndole fechas concretas porque Sienna tiene que retomar su carrera, y que su cantante estrella ingrese en un centro de desintoxicación no es algo con lo que vaya a estar de acuerdo.

—No es una decisión que tomar ahora —sigue hablando Emma—. A Sienna le quedan unas semanas aquí con nosotros y es tiempo suficiente para convencerla.

Emma recupera el iPad, vuelve a colocarse las gafas, saca una pequeña libreta del cajón izquierdo de su escritorio y hace varios apuntes. Arranca la hoja y se la entrega a Dylan.

—Si todo marcha según lo programado, mañana por la tarde empezaremos a retirarle la sedación a tu hermana.

Hasta entonces no tendrás nada que hacer aquí, por lo que te sugiero que vayas a Blythemoor —Emma se aprieta los labios con los dedos, sabe que lo que ha hecho no está en sus competencias profesionales—.

He llamado esta mañana. No he dado ningún dato, solo he dicho que tengo una paciente que está valorando su ingreso y que alguien iría a ver las instalaciones —hace una pausa para respirar—.

Si te decides, di que vienes de parte de la doctora Emma Grant del St. Catherine's Private Hospital.

Grant… a Dylan aún le cuesta acostumbrarse.

—Gracias por todo lo que estás haciendo, Emma —Dylan levanta sus manos cuando la médica niega con la cabeza—.

Y no me digas que solo es tu trabajo. Sé que tienes una vida y me fastidia admitir que, al aparecer en Londres, he sido egoísta, pero te prometo que cuando salgamos del país haré lo que sea para que Sienna se mantenga alejada de ti y no sabrás más de nosotros.

Hay un tintineo doloroso que comienza en la cabeza y se va expandiendo por la garganta hasta llegar a su pecho. A Emma se le corta la respiración al sentirlo, porque tiene bastante claro que escuchar a Dylan prometer que mantendrá a Sienna alejada de ella ha sido la causa.

Emma no sabe a qué demonios está jugando su cerebro, quizá a convertirse en un mártir masoquista al que le están ofreciendo una salida, pero se niega a escapar de su verdugo.

—Te dejo trabajar —Dylan ya está de pie y Emma tiene que parpadear para volver a la realidad—. Nos vemos mañana por la tarde.

Dylan sale del despacho antes de que Emma pueda siquiera asentir.

Resopla con rabia y su espalda rebota contra el respaldo de la silla.

Sabe que tiene que volver a casa; Freddi ha coordinado —como es habitual— su día libre con el de ella y la está esperando para ir a una tienda en Harbury a comprar algún disco clásico que sumar a su colección.

No tiene ganas de moverse de la clínica; por primera vez en mucho tiempo —y es bastante irónico— tiene la sensación de haber vuelto a Boston, a casa, donde realmente fue feliz y de donde nunca debió marcharse.

Se levanta con enfado, coge su bolso y sale del despacho. Si sigue así, definitivamente perderá la cabeza.

Maldita Sienna Cole.