Capítulo 11
E l agua de la ducha del baño privado de la doctora Emma Grant sale completamente helada y ella tiembla desde hace dos minutos sintiendo cómo caen esas agujas congeladas sobre su cuerpo.
No le importa el dolor porque lo necesita, necesita algo que la saque de ese estado en el que lleva días sumergida y que no ha hecho más que aumentar su desesperación.
La cirugía de Sienna Cole ha durado exactamente seis horas y veintidós minutos.
No hubo complicaciones, todo ha salido tal y como Emma había planificado, solo que se ha tardado más porque pensaba dos veces cada vez que tenía que hacer un movimiento, pero hubo un momento que fue para ella como una revelación, una verdad que ya había intuido y que le explotó en la cara.
Cuando ha retirado la pinza de la aorta para que la sangre entrara al corazón, el esperado primer latido no llegaba.
El equipo médico ha esperado y a ella le han empezado a temblar las manos.
Entonces se ha quedado congelada, con el sonido de las máquinas pitando a su alrededor y ella, una médica experta, por un momento, no ha sabido qué hacer.
Ha sido la voz del cirujano que la acompañaba la que la ha sacado de su trance, y Emma ha tenido que reunir toda la fuerza posible para reaccionar.
—Carga —Emma levantó la voz y Rachel se acercó a ella con el desfibrilador.
Emma aprieta los puños con fuerza y golpea la pared de la ducha varias veces. Le duele el cuerpo, su mente está completamente colapsada y su alma ha reconocido a su mitad en el mismo momento en que Sienna llegó aquella mañana a la clínica.
Sale de la ducha temblando y se envuelve en una toalla de inmediato.
Se viste de forma mecánica, se seca el pelo y se lo recoge con cuidado.
Tiene que salir a hablar con Dylan Cole porque, a pesar de que está informado de que la operación ha finalizado, ella es la cirujana encargada y la que tiene que sentarse con la familia para resolver sus dudas.
—Emma —Dylan se levanta de un salto cuando la doctora Grant entra a la Ivy Room—. ¿Cuándo puedo ver a Sienna?
La médica le señala el pequeño sofá que está en una esquina frente a una mesa baja.
—Sienna está en cuidados intensivos —empieza explicando, y se odia a sí misma por el temblor de su voz—.
Tenemos una unidad cardiaca especializada en la que estará unos días.
Ahora mismo está sedada y con respiración asistida…
—Emma se detiene ante el gesto de dolor de Dylan—.
Tranquilo, es el protocolo; después de una cirugía como la que le hemos practicado, no podemos despertarla de inmediato.
Como ya te expliqué, hay que monitorizar constantes, administrar la medicación para el dolor y luego hacer una retirada progresiva de la sedación.
Dylan se lleva la mano a la boca mientras asiente. Emma se da cuenta de la mirada vacía del que fue su cuñado, la piel opaca de su rostro y los surcos bajo sus ojos. Parece terriblemente agotado, como si alguien le hubiera drenado la vida de golpe y solo quedara un cuerpo sin nada por dentro.
—Ahora tenemos que esperar —Emma vacila porque lo que va a decir no debería ser parte de su discurso profesional—. ¿Tienes un sitio para ir a descansar?
Dylan mueve la cabeza.
—Tengo una habitación de hotel aquí al lado —contesta y toma una bocanada de aire.
—Entonces ve allí y descansa, Dylan. Aquí no puedes hacer nada, Sienna está bien atendida, créeme, y hasta que no la subamos a planta, no podrás verla —Emma lo mira a los ojos durante dos segundos—. Yo estaré aquí, no te preocupes.
Hay una cosa que Emma se ha saltado deliberadamente y es que esa tarde, al acabar su turno, debería tener un día y medio libre.
Lleva toda la semana trabajando sin descanso y, tras la cirugía de Sienna Cole, debería marcharse a su casa, solo estar disponible en caso de emergencia y volver para despertar a la paciente.
No es lo que hará, no puede; su cuerpo se ha anclado a ese sitio donde la cantante se está recuperando y, aunque intente engañarse diciéndose que lo hace porque es su responsabilidad, sobre todo porque se trata de alguien VIP para la clínica, sabe que ninguna de esas palabras son reales.
Se queda ahí porque lo necesita y decide que es algo que se guardará para ella.
—¿Estás segura de que no me necesitáis? —inquiere Dylan, que depende de esa confirmación para poder ir a descansar.
—Tengo tu número de teléfono; si ocurriera algo, yo misma te llamaré.
Dylan parece conforme y, durante diez minutos más, Emma le explica el protocolo que aplicarán una vez que Sienna esté despierta.
La subirán a su habitación; allí estará diez días si no hay ninguna complicación y, posteriormente, necesitará al menos doce semanas para volver a hacer una vida relativamente normal.
—Es vuestra decisión dónde estará tu hermana durante esa recuperación. Lo único es que, si quieres subirla a un avión, tienes que esperar al menos tres semanas —finaliza Emma y se ajusta las gafas al puente de la nariz.
—¿Qué recomiendas? —pregunta Dylan directamente.
A Emma se le acelera el corazón y no tiene que llevarse los dedos a su muñeca para sentir el pulso porque las costillas le duelen de lo fuerte que ese órgano está bombeando sangre.
—No la muevas de Londres —lo dice y la lengua le quema. Está cavando su propia tumba—. Sé que hay maneras muy seguras de llevarla de vuelta a Estados Unidos, pero lo mejor es que viaje cuando pueda hacerlo por su propio pie y esté recuperada al menos en un 80 %.
Dylan desvía la mirada y Emma ve algo que no debería haber notado, pero durante ese año que estuvo con Sienna, lo conoció muy bien.
Aprendió a identificar cuándo algo le molestaba o le preocupaba.
Cuándo algo le hacía tanta gracia que, aunque aguantaba las ganas de reír, el aire le salía por la nariz y terminaba soltando una carcajada.
Dylan es como una extensión de la cantante y Emma —al menos la Mitchell que un día existió en Boston— era experta en Sienna Cole.
—¿Qué te preocupa? Aquí está segura, Dylan, y…
—Su adicción —suelta sin pensarlo—, es lo que me preocupa.
Emma se muerde los labios.
—Ha empeorado con los años —dice Dylan, y se pasa la mano por el pelo corto—. Siempre está colocada, fumando hierba, bebiendo o metiéndose cualquier mierda por la nariz. Ella insiste en que lo tiene controlado, pero no es así.
Dylan se detiene un momento, pero decide soltar lo que tiene en el pecho porque siente que va a explotar.
—Cuando entendió el daño que te hizo, algo cambió en ella.
Parecía como si algo se hubiera desconectado en su cabeza y entonces pasaba noches enteras sin dormir escribiendo, componiendo —Dylan niega con la cabeza—.
Una mañana la encontré en su estudio; llevaba dos noches sin dormir.
Había estado trabajando en una canción, tenía…
tenía los dedos llenos de sangre de rasgar la guitarra.
—Dy, tengo un plan —le dijo Sienna esa mañana con los ojos tan abiertos que su hermano tuvo miedo—. Haré que mis canciones la encuentren.
—¿Encuentren? —Dylan arrugó la frente, confundido.
—A Emma —Sienna se levantó de un salto y empezó a gesticular—. Va a ser inevitable que no me oiga y, si no puedo hablar con ella directamente, las letras de todo lo que escriba lo harán por mí.
—Y ahora tengo miedo de que, después de haberte encontrado por fin, incluso sin planificarlo, todo empeore cuando salga de esta clínica.
Es una verdad inevitable; Dylan lo sabe.
No fue consciente cuando tomó la decisión de buscar a Emma para que operara a su hermana.
En su desesperación, pensó que eso realmente ayudaría a Sienna, pero ahora que lo ha analizado con más frialdad, se da cuenta de su error.
Es como darle dosis durante días a un adicto y quitárselas de golpe sabiendo dónde puede ir a buscarlas.
Emma no se mueve. Las palabras de Dylan bailan en bucle en su mente: la adicción, la culpa, las canciones. No sabe qué sentir; hay una mezcla de sensaciones que le cuesta definir porque hay cosas que no deberían estar ahí y, sin embargo, están.
—Ve a descansar, Dylan —el cerebro de Emma se mueve a toda velocidad—. Mañana hablaremos con más calma sobre las opciones que hay.
Dylan hunde los hombros, como si el peso que lleva años torturándolo ahora fuera compartido, como si alguien estuviera poniendo sus manos para aliviar la carga, así sea por unas horas.
Sienna lo es todo para él, pero justamente por eso, Dylan se ha quedado sin nada.
Desde que sus padres murieron, ha sido él quien se ha encargado de absolutamente todo en la vida de su hermana y lo que comenzó como el trabajo de gestionar su carrera se convirtió en realidad en gestionar su vida.
Dylan no ha tenido una relación sentimental en tanto tiempo que está seguro de que se le ha olvidado cómo es querer a una mujer; apenas conserva algunos amigos y el tiempo que dedica para sí mismo es casi inexistente.
Sin embargo, todo eso no es lo peor; lo más duro para Dylan Cole son las noches llenas de preocupación y ver a Sienna destruyéndose cada día mientras se lleva por el medio también la existencia de su hermano.
Ambos se ponen de pie, y hay un momento, una décima de segundo, donde sus cuerpos parecen querer unirse en un abrazo de apoyo verdadero. Ninguno se acerca; al contrario, Dylan da unos pasos hacia atrás y Emma camina para salir de la Ivy Room.
La médica mira la hora en su reloj; debería marcharse a casa a descansar porque, para funcionar como una buena médica, estar despejada es una de las cosas más importantes, pero sus pies funcionan de manera independiente y, cuando se da cuenta, se está poniendo una bata estéril y unos guantes para entrar a la unidad cardiaca especializada.
El pecho le vibra cuando se acerca hasta la cama y la ve ahí, completamente en calma, sumida en su sueño profundo y ajena al sonido desbocado del corazón de Emma Grant.
La doctora la observa y se queda prendada de su rostro durante varios minutos.
Entonces, aunque puede evitarlo, se permite posar su mano enguantada sobre la mano de Sienna.
El contacto es brevísimo, apenas un segundo, porque Emma ha sentido un corrientazo, uno verdadero, como si la luz de su existencia hubiera recibido un corte violento hace ocho años y justo ahora alguien hubiera decidido volver a conectarla.
Se da la vuelta y sale de la habitación con la mente nublada. Está agotada y decide que sí, necesita ir a casa, meterse bajo las sábanas y olvidar, así sea por un momento, que quien está en el St. Catherine's Private Hospital es la criptonita de la que lleva años huyendo.