Tú te lo pierdes Capítulo 10
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Capítulo 10

E mma tiene el impulso de mandar a repetir todas las pruebas que se le han hecho a la paciente de la Ivy Room, pero hasta para ella misma y su lógica, hacerlo es algo completamente absurdo.

Todo apunta a que Sienna está lista para entrar en el quirófano y, a pesar de que la doctora Grant se ha pasado las últimas noches revisando cada analítica, ecocardiograma y prueba que se le han hecho, no ha logrado controlar el miedo que le sube por la garganta y amenaza con dejarla sin oxígeno.

No lo entiende, joder, es que no lo comprende.

Cuando llegó a Londres, lo hizo completamente rota, pero con el paso de los meses y la cantidad de horas que le dedicaba a cada turno, Emma fue dejando de experimentar cada pinchazo agudo que sentía en las costillas desde que su relación con Sienna acabó.

Por supuesto que no ayudó el hecho de que su exnovia se volviera mundialmente famosa y que sus canciones sonaran en todas partes.

Mucho menos contribuyó que las letras tuvieran palabras que Emma reconocía con facilidad, palabras que Sienna le había dicho tantas veces, conversaciones que mantenían en la cama a las tres de la mañana, calles por las que un día caminaron y sueños que se prometieron cumplir juntas.

Emma intentó no leer ni oír nada sobre Sienna, pero era muy difícil; sus compañeros de trabajo hablaban sobre sus conciertos y hasta el maldito hilo musical del St. Catherine's Private Hospital incluía sus más recientes piezas. Agotador.

—Grant —Rachel se acerca a ella cuando Emma se sienta en una de las mesas vacías de la cafetería del personal—. ¿Preparada?

Emma levanta la mirada y detesta que su amiga tenga ese conocimiento tan exacto sobre ella.

Sabe que Rachel ha notado algo, un cambio, por más ligero que sea —que sabe que de ligero no tiene nada— porque en otro momento nunca le preguntaría si está preparada para una cirugía que, aunque no sea nada sencilla, tiene buena experiencia realizando ese procedimiento.

Así que sube sus muros y prepara las defensas que nunca ha necesitado con Rachel, pero que en este instante le parecen vitales.

—¿Por qué no habría de estarlo? —lo pregunta con el tono seco que solo le dirige a la gente incompetente.

Las cejas de Rachel se pierden en su flequillo. Se sienta frente a la médica y se inclina un poco hacia adelante.

—Si crees que soy como Hannah, que prefiere ser mordida por un perro rabioso antes de tener que pasar tiempo contigo por el miedo que le das, te equivocas —Rachel entrecierra los ojos cuando nota cómo Emma aprieta la mandíbula—.

No voy a presionarte, Grant, solo quiero que sepas que, si quieres hablar de lo que te pasa, aquí estoy.

Emma la mira un segundo y Rachel gruñe cuando se lleva a la boca ese insípido café que ha pedido.

—Si no te gusta, ¿por qué lo pides? —Emma no está lista para abordar ese tema, así que desvía la conversación hacia el café de Rachel.

La enfermera mueve los hombros con gracia.

—La nutricionista me ha prohibido el azúcar y resulta que ahora la leche ha empezado a sentarme mal —tuerce el gesto, muy disgustada—. Por lo que me toca pedir este veneno mezclado con bebida de almendra. Sin café, sabes que no funciono.

Emma estira los labios y piensa en lo fácil que sería todo si su vida fuera eso: conversaciones absurdas con su amiga, días de trabajo que pasan más rápido de lo que se imagina porque le encanta estar ahí y una buena cerveza mientras engulle un bocadillo de cerdo en el Borough Market, pero no, no es de esa manera.

Emma Grant tiene una vida… ¿Cómo llamarla?

Increíblemente mecánica, sin cervezas ni bocadillos en mercados atestados de turistas, un trabajo que se ha vuelto aburrido y un novio con el que lleva cuatro años y no está demasiado segura de lo que siente por él.

Luego está Dylan y su aparición sorpresa, y ahora Sienna, que ha llegado en una camilla, pálida y con los ojos dorados apagados y, sin embargo, ha zarandeado con tanta fuerza el mundo que Emma ha construido en ocho años que todavía puede sentir el mareo.

—Nos vemos en dos horas, Grant —dice Rachel y le aprieta la mano a Emma.

Es solo un segundo, pero le transmite serenidad, algo que parece necesitar con desesperación.

Emma sale de la cafetería diez minutos después hacia la Ivy Room.

En dos horas Sienna estará tumbada en su mesa, bajo las luces de su quirófano, y la imagen tiene una ironía que la sorprende porque esta vez no serán las luces que iluminan un escenario con miles de personas viendo a la cantante.

Ahora es un espacio reducido y Emma será la que ponga su atención en ella.

Los dedos le pican cuando empuja la puerta y encuentra a Sienna sentada y ligeramente inclinada en su cama mientras Natalie le cambia la hidratación que lleva conectada a sus venas desde que llegó a la clínica.

La mirada de Sienna se desvía y la clava en Emma con la misma intensidad de siempre. La doctora Grant se tambalea, pero sigue caminando hasta llegar a ella.

—¿Has administrado la premedicación? —pregunta a la enfermera y revisa el color del líquido en una bolsa que cuelga de la cama.

—Sí, doctora Grant. Todo listo.

Emma asiente y repite lo que ha hecho cada vez que entra a esa habitación. Saca la linterna, le pide a la cantante que mire la luz, revisa las constantes de Sienna y siente su piel. Suave e increíblemente delicada. Aprieta los dientes.

—Cuando Natalie acabe, vendrá Rachel, tu otra enfermera, y juntas te prepararán para la cirugía —explica Emma con una postura profesional y su tono de voz controlado.

Mira a Dylan y le pide que se acerque para que ambos estén informados—.

La operación suele tener una duración de cuatro horas; no es un tiempo exacto porque nunca sabemos con lo que nos vamos a encontrar. ¿Tenéis alguna duda?

No es a Emma a la que van a operar del corazón, pero cuando nota el leve temblor en la mandíbula de Sienna, siente como si alguien hubiera metido la mano en su pecho y se lo estuviera destrozando.

—¿Qué riesgos existen? —pregunta Sienna en voz baja—. Ya sabes… si algo no sale del todo bien.

La doctora Grant tiene la pequeña linterna en la mano y la aprieta con tanta fuerza que siente un leve crujido. La simple mención de que la operación tenga complicaciones hace que la asfixia con la que lleva viviendo días se intensifique mucho más.

—La miectomía septal es una cirugía importante —empieza Emma su explicación y una vez más piensa que si se tratara de otra paciente, no tendría tanto cuidado con las palabras que usa—. El solo hecho de entrar, de detener los latidos de tu corazón, ya implica riesgos.

Sienna se pasa la lengua por los dientes mientras asiente. En ese momento parece tan pequeña; no hay nada de la cantante que revienta conciertos y llena estadios completos en esa chica pálida que está en la cama.

—¿Y la recuperación? —inquiere la cantante.

—Eso dependerá del resultado de la operación, pero una vez que salgas del quirófano, te tendremos tres días en la unidad de cuidados intensivos.

Sienna vuelve a asentir y toma una respiración profunda.

—Sé que puede sonar aterrador, pero tenemos un buen equipo médico, uno experimentado, y te aseguro que haremos todo lo que está en nuestras manos para que todo salga bien y no te pase nada.

Yo no dejaré que nada malo te pase.

—Confío en ti, Em —suelta Sienna mirándola a los ojos.

Para Emma es imposible saber que ese corto momento entre ellas marcará el inicio de muchos que sucederán a partir de ese día.

El sonido de las máquinas se silencia y todo a su alrededor se cierra para ellas, creando una burbuja que ambas pensaban que había explotado hacía años.

El sonido de la puerta de la Ivy Room hace que el mundo vuelva a girar de golpe y Emma se obliga a apartar la mirada de ese oro potente que la está iluminando.

—Dylan, asegúrate de que toda la documentación que habéis firmado para la cirugía esté en tu correo —Emma se gira y se dirige a la enfermera que acaba de entrar—. Rachel, que la paciente esté en preoperatorio en treinta minutos.

La siguiente hora para la doctora Emma Grant es un caos mental disfrazado de control.

Vuelve a revisar todas las pruebas que se le han hecho a Sienna, repasa el plan quirúrgico a conciencia y se reúne con el equipo que va a acompañarla.

Cuando empieza con el lavado quirúrgico, Emma tiene la mente centrada en lo que va a hacer.

Se coloca la vestimenta estéril y entra al quirófano con el pulso ralentizado.

Muchos de sus compañeros médicos entran a la sala antes de que el paciente esté inconsciente; Emma no.

Ella es de las que esperan a que estén completamente anestesiados, excepto esta vez.

Lo ha decidido mientras hablaba en la reunión preoperatoria y el anestesista —que ya ha trabajado con ella en muchas ocasiones— ha informado del tipo de cóctel que le aplicaría a Sienna.

Entonces Emma ha estado de acuerdo hasta que su lengua ha actuado sin permiso.

—Estaré presente cuando lo apliques, Sean —le ha dicho, y las dos enfermeras se han mirado de reojo. Es algo completamente inusual en la doctora Grant.

Emma se acerca a la mesa y Sienna gira el cuello. Se miran por unos segundos hasta que la médica se dirige a Sean.

—¿Todo listo? —pregunta, y el anestesista lo confirma.

A Emma se le agolpan las palabras en la garganta; quiere decir tantas cosas y a la vez ninguna, que piensa que, si sigue así, acabará perdiendo la cabeza.

Respira varias veces, intenta comportarse como la doctora Grant y dejar a un lado a la Emma Mitchell que insiste en aparecer desde que Sienna entró en el St. Catherine's Private Hospital.

—Nos vemos luego —se atreve a decir Emma, y luego le hace un gesto a Sean para que empiece a hacer su trabajo.

El anestesista le dice a Sienna que se relaje y que empiece a contar con él.

Una técnica que suele ayudar a los pacientes a estar más tranquilos mientras la anestesia hace su efecto.

Emma espera y vuelve a sentir el miedo que la azota porque esos ojos dorados que la hipnotizan han empezado a cerrarse, y se da cuenta de que ahora que ha vuelto a verlos tan de cerca, no está segura de poder soportar no volverlos a ver nunca más.

—Paciente anestesiada, constantes estables —anuncia Sean.

Emma escucha un pitido en sus oídos y después, silencio. Está lista y, aunque en sus manos tiene la vida de quien alguna vez fue la mujer que tanto quiso, se siente más segura que nunca.

—Empezamos —dice Emma y levanta su mano poniendo la palma hacia arriba—. Bisturí.