Capítulo 9
Hace una breve pausa y desliza el dedo por el iPad que tiene en la mano.
―La analítica también es tranquilizadora: los niveles de troponina son normales, lo que significa que no hay daño cardíaco reciente. Los electrolitos están equilibrados y…
Emma Grant lo interrumpe extendiendo su mano y el doctor Wright aprieta la mandíbula. Le entrega el iPad con aspereza y se cruza de brazos mientras la médica revisa la información con el ceño fruncido.
Con otros pacientes, Emma dejaría que Wright ―o cualquiera de los médicos del St. Catherine's― hiciera su evaluación y ella, como la especialista, solo tendría que dar su aprobación y empezar a preparar la operación.
El problema es que Sienna Cole no es cualquier paciente y esa distinción es la que asfixia a Emma, porque su mente solo la impulsa a actuar como alguien que ha perdido completamente la cabeza, y eso la hace querer asegurarse de cualquier manera de que la vida de la cantante ―que está en sus manos― no corra ningún tipo de peligro.
―Repetid el electrocardiograma ―pide Emma, devolviéndole el iPad al doctor Wright e ignorando la irritante mirada de confusión con que la está taladrando―. Y volved a hacerle el cribado toxicológico.
Emma se gira para salir de la pequeña sala donde también está Natalie Lewis como enfermera principal, que se mantiene en silencio, pero en su interior se sorprende de la petición de la doctora Grant.
―Y, Wright, quiero prioridad ―exige Emma―. Necesito tener los resultados esta misma tarde.
Emma no se queda para esperar la respuesta, no la necesita; ha pedido algo y se tiene que hacer.
No solo porque ella sea una médica especializada bien valorada en la clínica, sino que también ser Sienna Cole tiene una especie de pase dorado para que las puertas de cualquier cosa se abran para ella.
Emma sabe que se está comportando como una de esas doctoras insoportables que se creen superiores a los demás y que quizá su actitud le cueste la buena relación que tiene con algunos de sus compañeros, pero al parecer, cuando se trata de Sienna, a su mente le da igual absolutamente todo, y esa es una de las cosas que la enfurece.
―Hola ―Emma entra en la Ivy Room como lo ha hecho las últimas veces, sin pensarlo demasiado y con el semblante serio.
Se acerca a la cama de Sienna y la furia se duplica cuando la cantante levanta la mirada, le sonríe y el pulso de Emma se dispara. Esa sonrisa… esa maldita sonrisa que besó tantas veces y que la hizo temblar muchas más, y Sienna no tiene ningún derecho a ofrecérsela con tanta ligereza.
―¿El dolor de cabeza se ha ido? ―pregunta la médica, y enciende la linterna con un toque―. Mira a la luz.
Sienna obedece y, cuando Emma termina de hacer el rápido chequeo, decide permitirse observar a su doctora durante un par de segundos.
A Sienna Cole le pueden gustar muchas cosas, pero algo que siempre la ha seducido es la belleza.
No importa de dónde provenga, si es de una mujer, una canción, un paisaje o de un simple gesto, y Emma siempre tuvo una belleza increíble en cualquier cosa que hacía.
La recuerda moviéndose por la cocina con pereza mientras preparaba el café o totalmente concentrada cuando escribía un artículo para alguna de las revistas médicas con las que colaboraba.
Todo en ella era arte y Sienna maldice cada segundo de esa noche en que decidió aceptar los consejos de Jason Kelly, el ejecutivo de la discográfica que desde el inicio lleva su carrera.
―Sienna, para que alguien como tú brille, también tiene que permitirse ciertos placeres que no cualquier mortal puede ―le dij o Jason dentro del camerino, después de acabar un concierto especialmente agotador en Jacksonville―. Diviértete esta noche; yo te cubro. Siempre lo hago.
Que Jason cubriera a Sienna significaba que iba a conseguirle cualquier cosa que la relajara y él se encargaría de que ni la prensa ni los directivos de la discográfica se enteraran.
Hasta ese momento, solo le había conseguido la mejor cocaína que Sienna había probado nunca, pero esa noche en la fiesta de celebración con los patrocinadores del concierto, hubo más alcohol del habitual y algo que a Sienna le puso la libido por las nubes.
―Ellas son Crystal y Ashley ―dijo Jason con una sonrisa radiante―. Dos chicas que tienen muchas ganas de conocerte.
Lo demás ocurrió como algo que Sienna apenas recuerda.
Más alcohol, más drogas, una habitación de hotel y ella follando como si lo necesitara para vivir.
Después apareció la policía, Dylan con el gesto desencajado y un Jason Kelly al teléfono con la voz completamente desprovista del tono meloso de la noche anterior.
―Tú solo sonríe y dile a Dylan que no se despegue de tu lado ―le dijo, y Sienna lo escuchaba como si estuviera muy lejos de ella―. Intentaré contener los daños.
Y Sienna sonrió cuando su hermano la arrastró fuera del hotel.
La sonrisa seguía pintada en su rostro cuando se subió al coche, e incluso seguía ahí al llegar al aeropuerto.
No recuerda nada más, aunque con el paso de los años entendió que ese tirón en el pecho que la asfixió esa noche no era por culpa de su miocardiopatía, sino que se trataba de una alerta que le estaba enviando su cuerpo para avisarle de que ese dolor estaría ahí el resto de su vida como un recuerdo de lo que había hecho y lo que había perdido.
―Sienna ―dice Emma, porque la cantante no le ha contestado la pregunta―. ¿Cómo te sientes?
La cantante toma una bocanada de aire. Lleva tantos años inmersa en un bucle de recuerdos que ya estaba acostumbrada, pero no es lo mismo recordar sola que frente a la mujer que alguna vez la hizo tan feliz.
―Sigo sintiendo que me falta oxígeno, pero supongo que es normal ―dice, y se pierde un segundo en los ojos azules que la miran a la cara―. Y el dolor de cabeza se ha ido.
Emma asiente y teclea en su teléfono lo que le está diciendo Sienna. Tiene su historial abierto y cada cosa que apunta es importante para que todo su equipo médico esté informado.
―¿Has sentido mareos o náuseas? ―pregunta Emma, levantando la mirada de la pantalla.
―No ―contesta Sienna y levanta una mano para pasársela por los ojos.
―¿Todavía necesitas las gotas?
La pregunta de Emma hace que la habitación se convierta en un campo de minas cargado de recuerdos mortales que no deberían estar ahí.
Sienna tiene unos ojos dorados poco habituales que le causan una sensibilidad lumínica que en ocasiones le resulta insoportable.
Nunca supo si por eso sufría de una molesta resequedad que la obligaba a llevar consigo las lágrimas artificiales que tenía que usar varias veces al día.
Que Emma haga esa pregunta deja bastante claro que se acuerda de esos detalles que debería haber borrado de su memoria hace años.
―Sí, últimamente cada vez más ―contesta después de unos segundos.
Emma intenta no torcer el gesto y se centra en pedirle a Rachel o a Natalie que, en su ronda, incluyan las gotas para hidratar los ojos de Sienna. Que últimamente necesite usarlas más es por el consumo de sustancias que empeora la hidratación general.
―Esta tarde te harán un nuevo conjunto de pruebas ―informa Emma y frunce ligeramente el ceño cuando le llega una notificación al teléfono. El director de la clínica quiere verla―. Si los resultados son buenos, entonces te prepararemos para entrar a quirófano mañana.
Sienna se pasa la lengua por los dientes y la médica vuelve a maldecir en silencio. Es algo que la cantante hacía cuando algo la ponía nerviosa, y Emma siempre la cogía por la cintura y la besaba con una suavidad que acababa desarmándola.
―Creo que lo haces a propósito.
―¿El qué?
―Eso que haces de pasarte la lengua por los dientes fingiendo estar nerviosa solo para que te bese.
―Puede que tenga razón, doctora Mitchell.
―¿Podemos hablar un minuto? ―pregunta Dylan, que se había mantenido en silencio mientras Emma hacía su evaluación.
―Claro ―contesta Emma y mira a Sienna―. Si notas cualquier malestar, avisa a la enfermera.
Emma sale de la habitación seguida por Dylan y, en cuanto el hombre cierra la puerta, suelta la pregunta que lo ha mantenido nervioso durante días.
―¿Qué pasa con la abstinencia? La he visto sobria y no es nada parecido a como está ahora.
La pregunta golpea a Emma de un modo distinto. Es consciente de la condición de Sienna, lo ha visto en cada analítica y prueba que ha estudiado, pero escucharlo de la boca de Dylan es hacerlo aún más real.
―La medicación es una especie de efecto placebo para su cuerpo ―explica Emma, y aprieta los puños dentro de los bolsillos de la bata―. Empezará a sentir los efectos reales cuando esté recuperada de la operación y se le retiren todos los analgésicos.
Dylan convierte sus labios en una línea fina y cierra los ojos por un momento.
―Si realmente quieres que tu hermana esté a salvo, tiene que mantenerse completamente limpia, Dylan ―le dice Emma, que ha visto cómo las drogas se han llevado a algunos de sus pacientes―. Si vuelve a sus hábitos, dudo que su cuerpo lo resista.
El teléfono vuelve a avisarle a Emma de que el director la está esperando, así que corta la conversación, se despide de Dylan y camina hasta el ascensor para subir a la última planta.
Cuando llega, la secretaria ―una mujer amable que lleva en la clínica más años de los que Emma puede contar― la deja pasar directamente diciéndole que Charles Ellwood la está esperando.
―Doctora Grant ―saluda Charles con su marcado acento del norte―. Por favor, toma asiento.
Emma quiere decirle que no tiene tiempo, pero la mirada de Charles siempre esconde algo que dice que es mejor no contradecirlo.
―¿En qué te puedo ayudar? ―pregunta la doctora y Charles le sonríe. No de forma amistosa.
―Has repetido tres veces las pruebas de la paciente de la Ivy Room, y no me malinterpretes ―Charles mueve los dedos de las manos como si se preparara para tocar el piano―, confío en tu criterio y sé que tienes una explicación para ello.
Su tono de voz es tan suave que cualquiera pensaría que lo que siente Charles es mera curiosidad por las decisiones de Emma, pero en verdad lo que le está recordando es que en el St. Catherine's Private Hospital tienen un protocolo muy estricto que ella no está siguiendo, y eso no se lo permiten a cualquiera.
―Aparte de que la operación no es rutinaria, la condición de la paciente me obliga a asegurarme de que, después de que la meta en mi quirófano y la duerma por completo, vaya a despertarse en su habitación sin ningún problema ―Emma hace una pausa y aquí entierra un cuchillo que Charles sabe que no le conviene sacar―.
Sería muy mala publicidad para nosotros que Sienna Cole tuviera algún tipo de complicación en medio de la cirugía.
Charles levanta la barbilla y Emma puede ver cómo sus ojos lanzan una pequeña llamarada que incendiaría una aldea entera. Sin embargo, el hombre asiente y entrelaza ambas manos por encima de la mesa.
―Por supuesto ―contesta el director―, y soy el primero que quiere evitar que la señorita Cole corra peligro.
Solo te pido que, una vez estés segura de que puedes operarla, le hagas las pruebas que sea realmente necesarias.
Tampoco queremos que nos demanden porque piensen que estamos intentando quedarnos con su dinero.
Charles se ríe de su propio chiste de mal gusto y Emma ni siquiera pestañea.
―¿Necesitas algo más? ―le pregunta, levantándose de la silla y dando por finalizada la reunión antes de que Charles pueda responder.
―Nada más ―contesta y vuelve a sonreír enseñando un poco los dientes como un tigre de Bengala―.
Y Emma, estaré monitorizando los avances de la paciente.
Es un honor saber que Sienna Cole ha elegido nuestra clínica para tratarse y quiero que sepas que yo mismo le daré las gracias antes de que le den el alta.
Emma sabe que esas palabras solo significan que vigilará cada decisión que ella tome sobre Sienna.
El único interés de Charles porque todo salga a la perfección es que su clínica pueda decir en voz alta que la cantante del momento está viva gracias a la gran profesionalidad del St. Catherine's Private Hospital. Asqueroso.
Mira la hora en su reloj y todavía le quedan cuatro horas para acabar su turno y al menos dos visitas más a la Ivy Room antes de marcharse.
Emma siente el cuerpo rígido y los músculos engarrotados.
No duerme bien, come a medias, y su mente está todo el rato en un estado de alerta que jamás había experimentado.
Antes de subirse al ascensor para bajar hasta su despacho, se da cuenta de que esa sensación que lleva días experimentando es miedo.
Uno bastante parecido al que sienten los novatos cuando tienen su primera asignación de responsabilidad y están completamente perdidos.
Eso siente Emma porque, a pesar de haber operado a cientos de pacientes en todos estos años, la que estará en su quirófano mañana es la única mujer en su vida que le ha hecho replantearse sus decisiones, pero sobre todo la que ha vuelto para sembrarle una duda: ¿de verdad ha dejado de querer a Sienna Cole?