Capítulo 8
L a doctora Emma Grant ni siquiera se detiene un segundo antes de empujar la puerta de la Ivy Room y entrar como si allí se encontrara una paciente cualquiera y no la famosísima cantante Sienna Cole, que resulta ser su exnovia y la misma que decidió que engañarla con dos modelos despampanantes mientras estaba de gira era una tontería que se le había ido de las manos.
―Buenas tardes ―dice Emma con voz firme y la mirada clavada en la ventana de la habitación.
Sienna está tumbada en la cama, con el gesto adormilado y los ojos casi cerrados.
Emma la observa por un segundo, pero de inmediato aparta la mirada.
Sabe que tiene que ser profesional, acercarse a Sienna como a cualquier otra paciente a la que tiene que tratar y no permitir que el pasado interfiera en su juicio.
Dylan se levanta de la silla que está al lado de la cama y se acerca a ella.
―Emma ―dice el hermano de Sienna y extiende una mano para saludarla―. Te estábamos esperando; no sé si es normal que Sienna esté así.
Toda esa seriedad a Emma le sienta como si le estuvieran pateando el hígado, porque, a pesar de que han pasado años, Dylan sigue siendo ese chico amable de sonrisa cálida que se reía de los chistes malos de su hermana Claire, pero, aunque le joda, ella así lo prefiere antes de entablar una relación demasiado estrecha que no tiene ningún sentido.
Están ahí para tratar un tema médico, no para actuar como si el pasado no se hubiera llevado por el medio una buena parte de su vida.
―Según el informe del doctor O'Neill ―Emma tiene que bajar la mirada a su teléfono porque el pulso se le ha acelerado tanto que le cuesta vocalizar―, tuvo que ponerle una dosis superior porque sus niveles de ansiedad habían empezado a subir.
Dylan asiente lentamente y se pasa la mano por el cabello corto.
―¿Podemos hablar un momento? ―pregunta bajando la voz mientras señala la puerta de la habitación.
Emma sabe que no es buena idea; sin embargo, acepta.
Cuando están en el pasillo, Dylan suelta todo el aire que lleva retenido desde que salieron del hospital en Dublín.
―Apenas ha estado consciente y no estoy muy seguro de que haya entendido que eres quien va a tratarla ―dice de repente el hermano de Sienna.
Emma se queda paralizada durante un momento; eso sí que no se lo esperaba.
Contaba con que Dylan preparara a Sienna, le explicara que ella sería su médica y además quien la operara.
Esto complica las cosas, al menos para Emma, porque no está lista para que esos ojos dorados que tanto quiso la miren con sorpresa o rechazo; no lo sabe.
―Ese no era el trato, Dylan ―contesta Emma, con los dientes apretados.
―Se lo dije, te lo prometo ―Dylan da un paso al frente, pero Emma retrocede―. Lo siento, de verdad, pero ha estado en una especie de duermevela todo este tiempo y cuando le dije que serías tú quien la trataría, simplemente asintió.
Maldita Sienna Cole y qué estúpido su propio corazón, que acaba de sentir una descarga al escuchar la indiferencia con la que actuó la cantante al oír que estaría cerca de Emma.
La doctora Grant lleva años pensando que había superado todo aquello, pero la manera en la que ha reaccionado su cuerpo le dice que ha estado bastante equivocada.
Emma evita llevarse los dedos a su muñeca; en cambio, se los lleva al puente de la nariz y aprieta con fuerza.
―¿Algo más que deba saber? ―pregunta mirando a Dylan a los ojos.
―No, nada más ―dice, y levanta ambas manos.
Emma hace un gesto con la cabeza y vuelve a entrar en la habitación.
Esta vez no vacila y se acerca directamente a la cama.
Sienna sigue con los ojos entrecerrados; parece que estuviera dormida, pero…
no, no lo está y eso lo confirma Emma cuando el dorado aparece de manera intensa y Sienna separa los labios.
―Mitchell ―susurra la cantante; muchas veces la llamaba por su apellido y, al escucharla, Emma siente que un huracán la arrastra a Boston siete años atrás.
Rompí lo único que sentía hogar.
Convertí tu amor en algo frío.
Y ahora cada paso en esta calle vacía , s e siente como cargar con lo mío…
En Mitchell Street, aún veo tu cara.
En cada esquina, en cada lugar, y daría todo por deshacer, la noche en que te dejé escapar.
Emma parpadea y saca del bolsillo de su bata una pequeña linterna.
―¿Puedes mirar a la luz? ―le pregunta, pero Sienna sigue con sus ojos clavados en su cara.
―Pensé que me había vuelto loca, y que me había inventado que eras tú quien me operaría ―dice Sienna con la voz pastosa, sin fuerza―. De verdad estás aquí.
Emma se odia a sí misma por sentir el miedo atroz que está experimentando.
Sienna está tan débil que le cuesta incluso hablar.
Tiene la sensación de que en Dublín no hicieron las cosas bien o Dylan presionó demasiado para trasladar a su hermana, que a la vista está, no estaba en condiciones de viajar.
Decide que no irá por ese camino. Su trabajo ahora que Sienna Cole está en el St. Catherine's es tratarla, operarla y procurar que su recuperación vaya lo mejor posible.
―¿Cómo te sientes? ―le pregunta Emma, mirándola e ignorando su comentario. Sienna tiene ojeras profundas, los labios agrietados y su piel no brilla.
La cantante tarda unos segundos en contestar porque no es capaz de asimilar que Emma Mitchell, la mujer a la que lleva componiéndole canciones desde hace tantos años, está frente a ella, más madura, con otro color de pelo, pero con la misma mirada sincera que la enamoró.
―Muy cansada ―contesta por fin la cantante―. Estás… estás preciosa y…
―Sienna ―Dylan se coloca al lado de su hermana―. No es el momento para esto. Emma se hará cargo de tu cirugía, ha aceptado tratarte, pero hay condiciones, así que es mejor que contestes a sus preguntas y nada más.
Sienna Cole ha estado noches enteras componiendo canciones que hablan de su error, de la pérdida de sus padres y también de su único gran amor.
Ha escrito sobre Boston, las calles que un día parecían llenas de felicidad hasta que todo empezó a oscurecerse por su propia culpa.
Cantó en cada escenario, gritando el nombre de la mujer que tiene al frente sin decirlo exactamente y, cuando pensó que sería imposible volver a verla, su corazón se detuvo en medio de un concierto, dejándola sin aliento, pero trayéndola de vuelta a Emma.
Aunque esté en una cama de hospital, débil y completamente perdida, sabe que si quiere hablar con ella, aunque solo sea por última vez en su vida, tiene que hacer las cosas bien y, definitivamente, eso es lo que hará.
―Me cuesta respirar y me duele un poco la cabeza, pero es soportable ―dice Sienna, y se acomoda en la cama.
Emma asiente y saca su teléfono de la bata para pedirle a la enfermera que se prepare para venir a la habitación.
―Voy a ajustarte la medicación y haremos un seguimiento durante un par de días ―explica Emma con tono profesional, aunque quien la conoce sabría que hay un ligero temblor debajo de cada palabra―. Tenemos que asegurarnos de que estés estable para poder entrar a quirófano.
Sienna asiente, pero tiene que cerrar los ojos porque un fuerte tirón le azota el pecho.
Emma estira la mano por inercia, no lo piensa, porque ella en cualquier otro caso lo haría.
Entonces se da cuenta de su error, porque volver a tocar a Sienna Cole no estaba en sus planes ni mucho menos sentir exactamente lo mismo que experimentó después de aquel primer «te quiero».
― Te quiero, Em. Nunca había querido a nadie como te quiero a ti.
―Doctora Grant.
Emma se mete la mano en el bolsillo de la bata y se gira. Tessa está detrás de ella con un carrito de medicinas.
―Si aún no está lista, puedo volver en otro momento.
Emma da varios pasos a un lado y le deja espacio a la enfermera.
Tessa mira a Sienna y Emma se da cuenta entonces de que la mira con los ojos iluminados.
Lo que le faltaba, que una de las dos enfermeras que ha elegido para la cantante sea una de esas fanáticas que hacen lo que sea necesario para tener un momento con ella.
―Ajusta la medicación y deja los cambios subidos en la aplicación. ―Tessa levanta la mirada porque el sonido que ha salido de la boca de Emma es más parecido a un rugido que a una orden―. Y que Natalie venga a verme a mi despacho.
―Sí, doctora Grant ―contesta la enfermera, y se pone unos guantes para cambiarle el suero a Sienna.
Emma aprieta las manos dentro de la bata; no puede comportarse de esa manera. ¿Por qué coño ha aceptado tratar a Sienna? Quizá quería demostrarse a sí misma que había pasado página y sin duda es lo más estúpido que ha hecho en su existencia.
―Pasaré más tarde a verte ―dice Emma, dirigiendo una mirada fría a Sienna―. Si todo va bien, mañana por la mañana podríamos empezar a hacerte algunas pruebas.
―Gracias ―contesta Sienna y, cuando sonríe, Emma comprueba una vez más que dejar que la cantante viniera a Londres y aceptar operarla ha sido un tremendo error.
Sale de la habitación como si de repente se hubiera desatado un incendio feroz y camina a paso rápido para refugiarse en su despacho.
Cuando cierra la puerta y se recuesta en ella, se da cuenta de que durante ocho años ha jugado a montarse una vida totalmente esquematizada solo para huir de la mujer que le rompió el corazón.
Se siente patética; un minuto al lado de Sienna Cole y se está replanteando todo lo que ha hecho desde que se fue de Boston.
Chasquea la lengua cuando su móvil personal empieza a sonar y, cuando lo coge, el universo le recuerda que, aunque se lo esté cuestionando, ha hecho una vida, una en la que también existe un novio y es quien la está llamando en ese momento.
―Mierda ―dice, y cierra los ojos mientras recuesta la cabeza a la puerta.